martes, 6 de mayo de 2008

LA EDUCACIÓN LECTORA DEL FRANQUISMO

Revistas

Por otra parte, los mayores y pequeños lectores, disponíamos de lecturas que nos ponían en contacto con el mundo cultural y literario de casa y de fuera, generalmente en formato de revista. Para todos los públicos y respecto a España existían revistas de ideología muy cercana al Régimen y revisadas constantemente por algún organismo eclesiástico, como La familia, que era una “revista mensual ilustrada del hogar”, como reza en el subtítulo, y que había sido fundada en 1908 en Barcelona. Cada ejemplar (escogemos la de enero de 1947) contenía las siguientes secciones: “En torno a nuestra portada “ (sobre la ilusión infantil de la noche de Reyes), “El problema de hoy” (el de que los hombres “han empezado a perder el sentido del pecado”, Pío XII), Un personaje de nuestra historia (el del Cardenal Cisneros), “Cuando nuestros abuelos eran niños” (un cuento de Julia García Herreros sobre la noche de Reyes titulado “El zapato de Angelito”), “El humor de aquel tiempo” (cuatro viñetas mudas que cuentan una historia), “La iglesia enseña” (Declaración colectiva del Episcopado norteamericano), “Poesía” (de varios autores; Federico Yarza de San Pedro, el más presente), “Páginas de hoy” (otro cuento, “Un milagro en la Noche de Reyes”, de Marina de Castarlenas), “En la cocina” (recetas y remedios caseros), “Relato” (“El impromptu de Chopin”, de A. P. De Olaguer), “Historia en serie” (“Bienaventurados los misericordiosos”, por J. Spillmann, S. J. , conclusión), “Chispas de ingenio” (variedades, epigramas, chistes, poemas...), “A ratos perdidos” (pasatiempos, crucigramas, jeroglíficos...), “Libros y críticas” , “Notas de historia” (sobre fray Francisco Ximénez de Cisneros), “Los cuentos de la familia” (en viñetas, “El sueño de Rosalía”), “Con pluma ajena” (Glosa de F. Valdés, comentando la antología de la poesía española e hispanoamericana de Federico de Onís y centrando su comentario en Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral); leamos lo que dice sobre la poesía, precisamente, F. Valdés: “...La poesía ha de contener sentimiento y emotividad. Tiene que nacer de una intención pura y limpia. Ha de ser sencilla y espontánea. Y creará en nosotros una esencia de vida nueva, depuradora y santificante. Poesía es redención.” Y acaba, tras comentar tres poemas de A. Machado, Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral, con esta especie de resumen: “Es lo permanente y lo eterno, porque Dios ha guiado, por sendas misteriosas, el aliento poético, encarnado en estos tres poetas. En su vida externa pueden estar alejados de los rigurosos mandatos, pero en su conciencia obra el espíritu divino, dirigiéndolos a la perfección, en medio de sus inquietudes; y ellos, a su vez, inundando de salud a quien se ponga en contacto con su obra. Poesía: aliento angélico. Eternidad. Pureza. Camino de Dios.”; la última sección de la Revista es “Arte contemporáneo” (reproducción de un cuadro y comentario crítico sobre él; aquí “Paisaje de invierno”, de Ceferino Olivé; la crítica está firmada por las iniciales E. F.).
Los poemas que aparecen en sus páginas obedecen los dictados anteriores. Son ejemplos de ello la Canción de Reyes, de Susana March, que empieza
“Álamos tristes, álamos secos,
juncos marchitos, amarillentos...
o Un soneto, de Federico Yarza de San Pedro o la Navideña, de Lope de Vega que lleva como estribillo
“Norabuena vengáis al mundo,
Niño de perlas;
que sin vuestra vista
no hay hora buena.”
Otra revista de la época era la titulada De broma y de veras, ésta editada en Bilbao y dirigida por Enrique de Larracoechea, S.J., en cuya última página podía leerse, sobre sus intenciones morales y religiosas: “La dirección de la Revista ‘De Broma y de veras’ garantiza a sus lectores que los artículos o trozos seleccionados se ajustan a la más estricta moral y ortodoxia...” Veamos el sumario de una de ellas (ejemplo, el número correspondiente a julio de 1959): “Vayamos al pobre”, “El compañero Martín no es peligroso, pero...”, “Las posibilidades del cine”, “Tres poemas”, “La familia de don José”, “Himno al Señor”, “De la noticia al lector, pasando por la rotativa”, “La prensa de la Iglesia hace iglesia” y “Examen de cultura”. Había alguna que era monográfica, sin embargo, como la dedicada al humor, a la Navidad o la que lleva como título “Un obrero habla con Dios” (Diario íntimo de Luis Felipe del Moral).
Para informar al lector de cómo iba el mundo exterior, existía, entre otras, la revista Meridiano, “síntesis de la prensa mundial”, según rezaba en el subtítulo. Era madrileña, y durante muchos años fue su director Manuel Jiménez Quílez. Aunque sus temas eran más bien generales y de ámbito universal, de vez en cuando incluía artículos que atañían concretamente a lo español, como el “Elogio de la lengua española” del entonces secretario de la Academia Española Julio Casares, “Don Alfonso XIII”, “Nuevas normas de prosodia y ortografía”, “Don Leonardo Torres Quevedo, genio español de la Automática”, “Historia de Numancia “ o “La mejor singladura de una escuadra española”, sin contar con las fotografías que se refieren a diversas calles, plazas, parques y monumentos de Madrid, a los hijos de los hombres célebres (de Menéndez Pidal, Primo de Rivera, Ortega y Gasset, Concha Espina, Juan Belmonte, Ricardo Zamora...)

lunes, 5 de mayo de 2008

HILO DIRECTO CON DIOS

EL PABELLÓN DE LA PIRÁMIDE Y EL SEÑOR MULERO

Desde el Pabellón de la Mariposa al Pabellón llamado de la Pirámide se bajaba por un sendero de losas que orillaba la riera por un lado y por otro el césped con forma de triángulo cuyos bordes estaban adornados con azulejos que Cabañas, el profesor de Arte, había previamente elaborado con un grupo de alumnos que destacaban en artes plásticas. El nombre del pabellón le venía por el volumen que tenía en forma de pirámide. Las aulas se disponían alrededor de una base octogonal y en el centro se elevaba una cúpula en punta acristalada por donde entraba tamizada la luz tranquila y limpia del Vallés. Allí estudiaban los niños que cursaban Preelemental y Elemental (luego Primaria). Aunque también se experimentaron sistemas de enseñanza foráneos como el EDI, que en términos jocosos los profesores de las secciones superiores traducíamos como El Didacta Idiota. En pocas palabras, se trataba de un sistema especial de enseñanza en el que los alumnos escogían en unos sobres preparados para la ocasión las actividades que debían realizar. El que salía perdiendo, efectivamente (en todos los sistemas educativos ocurre igual, pero en ese más) era el profesor, que se pasaba todo el día (y en su casa parte de la noche) corrigiendo trabajos, ejercicios y actividades de los chicos, de modo que el tiempo de preparación de clases era prácticamente nulo. Y si al menos hubiera servido de algo. No fue más que una experimentación basada en un sistema ensayado en otras latitudes con resultado negativo. Lo único que había de cierto era que, además de lo apuntado acerca del trabajo docente, los alumnos poco o nada trabajadores realizaban las actividades más fáciles y un número reducido de ellas. Allí reinaba la “santa” voluntad de los chicos. Y a eso se le llamaba libertad responsable.
El conserje del Pabellón de la Pirámide era el señor Mulero, un exguardia civil, alto y ancho como un baobab, que se movía con la “ligereza” y “elegancia” de un oso. Todos los chicos, a pesar de la forma brusca que tenía el conserje de dirigirles la palabra, lo querían y respetaban. Lo que más le fastidiaba de su trabajo al conserje era tener que subir al Pabellón Central cada dos por tres a buscar tinta para la ciclostiladora o paquetes de folios para los exámenes y demás trabajos de los profesores. Y cuando no era eso era otra cosa, como acompañar a los niños pequeños a la enfermería o al aparcamiento donde alguna madre acababa de llegar con su imponente utilitario para llevarse a su hijo a casa.
El señor Mulero tenía un gracejo tan especial para decir las cosas que sus frases pasaron al acervo anecdótico del Colegio. Si por ejemplo veía a algún alumno con la americana mal puesta, le decía con voz cuartelera:
“¡ Niño, abróchate la guerrera!”
En cuanto al césped que rodeaba al pabellón, se refería a él en cuanto descubría la velocidad con que había crecido la hierba con esta frase:
“ ¡ Cómo crece el hijoputa del césped! ¡Si al menos fuera trigo!”
El señor Mulero tenía sus más y sus menos con algunos profesores de la Sección, cuyo jefe fue durante muchos años Manolo Hierro, también compañero de exilio de Antonio y mío, el cual, al poco de su salida del Colegio, murió en circunstancias deplorables. Había un miembro de la Obra, un tal Masiá, que no hacía otra cosa que invitarle a retiros y convivencias espirituales, hasta que un día, harto ya el señor Mulero del recalcitrante asedio, le dijo al acosador:
“Dios ya sabe cómo soy yo. No necesita verme en otro sitio que no sea el mío”.
Eso debió de molestarle al tal Masiá porque, malinterpretando las palabras del conserje, le faltó tiempo para ir con el cuento a los jerifaltes de Sendero, que enseguida debieron de pensar que la vida espiritual del señor Mulero dejaba mucho que desear. Y cuando al cabo de un tiempo Manolo Hierro dejó de ser jefe de Sección para pasar a ser profesor de Filosofía en el Pabellón del Delfín y Masiá ocupó un cargo importante dentro del Pabellón de la Pirámide, empezó este último a cargar al conserje con más trabajo del que realmente le correspondía por su rango. Le mandaba, por ejemplo, recoger el aula de dibujo y la de actividades manuales, que quedaban hechas un estercolero cuando los chicos las abandonaban, y sobre todo, y eso era la gota de agua que colmó el vaso de la paciencia del conserje, limpiar el pequeño zoológico en que se había convertido un ángulo inservible del Pabellón entre dos módulos de clases. Pues bien, como esta última tarea lo desesperaba y sacaba de quicio, decidió el hombre vengarse de Masiá. Y un día apareció la serpiente, una culebra vieja que se pasaba el día durmiendo en el terrario y por la cual sentía verdadera aversión el conserje, muerta junto al tronco seco de chopo en el que solía enroscarse. Menos mal que se achacó el suceso a que por entonces había habido una ola de calor y se pensó que había afectado al ofidio. El señor Mulero respiró aliviado. Cada vez que le contaba el caso a su colega Guerrero, ambos reían de lo lindo durante un buen rato.

domingo, 4 de mayo de 2008

"Revelión" sin reglas

El domingo 4 de mayo me encontré en Público, ¿cómo no?, otra "lindeza" del idioma en la columna Asuntos & cuestiones titulada en esta ocasión Otra vez la justicia. A poco de comenzar a leerla topé con las siguientes líneas: "Ahora le ha tocado el turno a la asignatura de Educación para la Ciudadanía en la que, como recordamos, se revelaban (sic) contra lo que llamaban 'la intención de impartir doctrina en las aulas'..." La columna hablaba de la justicia. ¿Dónde se había quedado la justicia ortográfica en "se revelaban contra"? En el diccionario de la RAE vemos que Revelar con V (del latín "revelare") significa "Descubrir o manifestar lo ignorado o secreto", en su primera acepción (otros significados son: "Proporcionar indicios o certidumbre de algo" o, como término relacionado con la fotografía, "Hacer visible la imagen impresa en la placa o película fotográfica"). Evidentemente, ninguna de las acepciones indicadas es la de la columna. Más bien el término que aparece en ella es el que la RAE recoge en su diccionario con B, "Rebelarse" (del latín "rebellare"), construido siempre pronominalmente y cuya acepción principal es "Sublevarse, levantarse, faltando a la obediencia debida". Así pues, el columnista debió escribir "se rebelaban contra lo que llamaban...".

sábado, 3 de mayo de 2008

HILO DIRECTO CON DIOS

VIDAS Y CHANCHULLOS

Cuando pienso en todo aquello ahora, me parece haber despertado de una pesadilla, como digo. Sin embargo, a veces vienen todavía a perseguirme algunos recuerdos de aquel Colegio del Vallés, buenos algunos, malos casi todos los demás, unas veces, las menos, como enjambres de abejas, que me dejan un poco de miel en el corazón, y las más de avispas, que descargan en mi alma su aguijón de amargura.
Cuatro pabellones principales constituían el Colegio. El primero que el visitante se encontraba al entrar en el recinto era el Pabellón Central, en cuya primera planta se hallaban los principales despachos del Colegio: la Secretaría, la Gerencia y la Dirección, que ocupaban un ala del edificio, mientras que en la otra estaban la Biblioteca, la Recepción, el primer Oratorio del Colegio y la sala de primeros auxilios, una especie de Enfermería que se convertía a veces en despacho administrativo, sobre todo, en época de admisiones de nuevos alumnos. A cargo de una cosa y otra estaba el practicante Díaz, que además de proporcionar la típica aspirina y curar los rasguños y pequeñas heridas que se multiplicaban durante la hora del recreo y las de los deportes, se veía obligado a realizar tareas administrativas.
Él fue el primero en enterarse de las reacciones nerviosas y por otra parte dentro de toda lógica de algunos profesores cuando los gerifaltes del Colegio nos comunicaron que prescindían de nuestros servicios durante el mandato del recién llegado director Iñigo Tajada. La más grave y más sonora fue la de Gimeno, un profesor que llevaba más de veinte años enseñando en el Colegio mientras se iban al garete su salud y su vida por sacar adelante el Departamento de Psicopedagogía, que al final quedó en aguas de borrajas. Pues el caso es que cuando el blando y redondo director, sin inmutarse siquiera, le espetó que a partir de ese día dejaba de ser profesor del Colegio, Gimeno se levantó de la silla y le soltó una retahíla de improperios, todos justos según el profesor, con voz más que alterada. Hasta le amenazó con denunciarle y, preso de un ataque de ansiedad, salió del despacho dando un formidable portazo que retumbó en todo el Pabellón.
Díaz, que salió de su despacho para ver qué pasaba, descubrió a Gimeno rojo como un tomate maduro y a punto de reventársele la vena de la frente, temblando y dando gritos de socorro. Díaz se acercó a él y, tratando de calmarlo con buenas palabras, lo condujo dentro de la enfermería. Allí logró serenarlo suministrándole trankimacín. Sin comentarios.
En la planta superior del Pabellón Central se encontraba la Residencia, cuartos, salitas y pasillos decorados con gustos fríos que eran habitados por profesores y sacerdotes de la Obra.
Conviene dejar bien sentado que en este Pabellón se han batido multitud de batallas, todas económicas y todas con resultados favorables para el Colegio y ninguna para el sufrido personal, docente y no docente. Parece una ironía del destino porque en él se encontraban precisamente dos de las secciones más importantes, serias y morales propias de un colegio como el Colegio. En primer lugar, la Biblioteca, que a todas luces debe ser siempre sede del conocimiento, de la reflexión y de las buenas maneras, y sobre todo, alma y vida de la libertad, el respeto a los demás, la paz y la belleza. (Sin contar con el hecho sublime y casi divino de que entre sus cuatro paredes tuvo lugar la única tertulia que el Monseñor llevó a cabo en la zona.) Y en segundo lugar, el Oratorio, recinto sagrado para justificar, encontrar y confirmar la caridad y el amor a los semejantes, morada eterna de quien dio su vida por nuestros pecados y de la Virgen María, madre suya y madre nuestra e infalible intercesora de nosotros pecadores.
En la Secretaría estuvo siempre como jefe hasta el año de la estampida, en que también salió, Nicasio Meléndez, una persona agradable al principio, pero cuyo carácter se le fue torciendo con el paso del tiempo, sometido como estaba a presiones que tenían que ver con la Obra. Era el encargado del material escolar y de las matrículas de los alumnos, entre otros cometidos, y como los recursos económicos, según los gerifaltes del Colegio, habían ido disminuyendo, cada principio de curso se le hacía más difícil entenderse con los profesores, que, unos por hacerle bromas y otros porque necesitaban material fungible, aparecían a todas horas por la oficina a pedirle lápices, rotuladores, borradores de pizarra, tiza, folios, gomas de borrar, sacapuntas... Era lógico que Nicasio contestara de la manera más intempestiva después de que hubieran pasado por allí más de una docena de bocas pidiendo de todo.
Un día de esos entró en la oficina Aurelio Marqués, el "Árbitro", para saludarle simplemente. Pero cuando iba a abrir la boca para decirle “Buenos días”, Nicasio le interrumpió para contestarle:
“No hay nada de eso.”
Nicasio Meléndez nunca perteneció a la Obra, aunque siempre, por su comportamiento, sus silencios prolongados y aquel aire de misterio que se daba cuando salía a relucir el tema de los retiros, hizo pensar a más de uno que sí. De cualquier modo, sus inclinaciones hacia la Obra eran ambiguas. Casi siempre se le veía en sus reuniones y acudía con frecuencia a los retiros que se convocaban en el Colegio y en otros lugares de Barcelona y su provincia. A Barrios, uno de los jardineros, le hablaba a menudo de los retiros espirituales que tenían lugar en Sierralegre y le invitaba a asistir a ellos asegurándole que si lo hacía sería bien visto en el Colegio y tendría allí el puesto de trabajo asegurado. A juicio del jardinero, si aquello no era apostolado poco le faltaba. Pero Barrios le daba largas con una frase que no dejaba lugar a dudas:
“De momento prefiero retirarme los fines de semana a la casa que me estoy levantando en Piera. Cuando termine ya veremos.”
De cualquier modo, la Secretaría era Nicasio Meléndez y Nicasio Meléndez era la Secretaría.
La Secretaría dependía de la Gerencia, despacho que se hallaba al final del pasillo que da a la parte frontera del pabellón y que estuvo regentado durante mucho tiempo por Gerardo Romero, un ser voluminoso que sí pertenecía a la Obra, haciendo juego con el volumen que por aquel entonces había ido adquiriendo la asociación religiosa. Tenía una mirada fría y astuta como de zorro perseguido y un hablar lento y dominante. Era el dios del dinero y por él pasaban los negocios del Colegio. Refiriéndose a él, el "Extremeño" decía a menudo:
“Pecunia et fides montes movent”.
Cuando Romero se cruzaba con algún profesor en los pasillos o en el comedor, siempre le preguntaba:
“¿Qué tal andas de salud?” Y luego añadía entrecerrando sus ojillos de zorro mientras palmeaba la espalda del interpelado: “Hay que estar sano para cumplir con esta profesión como merece.”
Lo decía uno que no había pisado un aula en su vida.
Formando ángulo recto con el Pabellón Central se hallaba el Pabellón de la Mariposa, donde estaban, además de las aulas de EGB (antes Preparatorio e Ingreso) y los despachos de los profesores, el Departamento de Arte, el primer salón de Audiovisuales, el Laboratorio de Ciencias, las cocinas, y los dos comedores de los alumnos y el de los profesores, se extendía en un nivel inferior que el Central y formaba con él el trazo más largo de una L.
Allí estuvo de conserje muchos años el señor Ángel, murciano de toda la vida y seguidor incondicional del Barça. En su vida privada, relegada exclusivamente a los fines de semana y a los periodos vacacionales, era un gran aficionado al mundo de las palomas. Conocía por el ruido del vuelo si la paloma en cuestión era una tórtola, una torcaz o una paloma común. En su casa de Hospitalet del Llobregat, en la azotea, había construido un palomar con forma de pagoda china y allí criaba decenas de palomas. Y los domingos acudía al Club Columbario con sus pichones para cruzarlos con otras palomas o para participar en concursos de vuelos, que casi siempre ganaba. De ese modo obtenía un dinerito extra para los gastos de la casa, respecto a lo cual siempre añadía:
“Gastos que nunca se cansan de darnos problemas”.
El señor Ángel conocía un secreto que dejó de serlo cuando se le ocurrió revelárselo a Sotero, el oficial de mantenimiento, creyendo que éste era persona de fiar y no lo era porque todo el mundo supo después que se hizo de la Obra, cuyo ingreso siempre anduvo buscando por todos los medios. El secreto nació un día en que el conserje dormitaba en un cuarto que se usaba para las visitas de padres. De repente, a él llegó en retazos una conversación procedente del despacho adjunto al del jefe de Sección, que entonces era Arguijo, una persona competente en materias educativas aunque un tanto fiscalizador de las idas y venidas de los profesores, pues era de dominio común que acostumbraba a espiar a algunos docentes mientras daban sus clases. El señor Ángel reconoció enseguida aquellas voces. Una pertenecía al propio Arguijo, que decía a todo sí, de acuerdo, claro y cosas por el estilo para que la voz del otro acabara de decir lo que tenía que decir. Resulta que la otra voz era la de Francesc de Deus, que se acababa de estrenar como director. En aquel momento éste le decía:
“Es sabido que hay algunos profesores que tienen un sueldo muy elevado y un colchón excesivo. Con el tiempo estos sueldos tan voluminosos convertirán en insostenible la buena marcha económica del Colegio.
Su conclusión era que había que propiciar la salida del centro de algunos de esos profesores. A continuación citó nombres. Esos nombres los llevó mucho tiempo el señor Ángel en su cabeza. Pero de allí no salieron nunca. Jamás dijo a nadie ninguno de esos nombres. Como persona juiciosa que era, siempre creyó que era muy traumático darlos a conocer. Porque ¿y si luego no salía adelante el plan que proponía de Deus? No había por qué alarmar a una serie de personas que llevaban allí media vida. Jamás dijo nada a nadie sobre aquellos nombres, salvo a Sotero, que durante un tiempo le debió de sorber la voluntad con promesas falsas.
El caso es que Sotero se fue de la lengua y desde entonces al señor Ángel lo trataron de otro modo. Él lo notó. Y un día fue a la Gerencia para hablar con Romero de un asunto que había descubierto en su nómina. Resulta que se le había añadido una cantidad en conceptos de incentivos y quería saber si era un error u otra cosa. Romero se echó hacia atrás en su sillón, entrecerró sus ojillos de zorro y desde esa postura de dominio le soltó lentamente estas palabras:
“No es un error. Ese dinero que aparece en tu nómina de más es para que sigas siendo bueno.”
“¿Para que siga siendo bueno o para que no hable con nadie de lo que he oído?”, se dijo a sí mismo el conserje.
Luego se produjo el cambio de jefe de Sección porque Arguijo se iba a Madrid, de donde era originario, a ocupar un cargo político relacionado con el Ministerio de Educación y Ciencia. El nuevo jefe de Sección, Justo Aval, hacía honor a su nombre y apellido trabajando con esmero y rigor en el puesto que ocupaba. Trataba humanamente a las personas que trabajaban para él y fueron memorables las charlas que dirigía a los alumnos en la sala de audiovisuales. Les hablaba de usted y les pedía por favor que se hicieran más amigos de los libros porque en ellos estaba el camino del mañana. Casi siempre terminaba igual sus intervenciones.
“Y cuando un día estén todos ustedes fuera de estas paredes”, decía, “ su forma de actuar hablará de lo que aprendieron aquí y de los profesores que tuvieron. Porque el Colegio impone siempre a su gente la impronta de su buen obrar.”
Con el señor Ángel también tenía detalles muy humanos. Un día que lo sorprendió practicando beatíficamente su acostumbrada siestecita en el cuarto contiguo a su despacho, detuvo amablemente el gesto que el conserje hizo por incorporarse y le dijo:
“Tranquilo, siga con su ratito de sosiego. De momento la sección no le necesita.”
Ese signo de deferencia siempre se lo agradeció el conserje.
Y de repente un lunes el señor Ángel faltó al Colegio. Había caído enfermo del estómago el fin de semana anterior y nunca más se levantó. Le operaron del hígado y al cabo de unos días murió entre horribles dolores. Un Viernes Santo para más señas. Una gran parte del Colegio, entre alumnos y profesores, acudió a su entierro. Y cuando, al regreso del cementerio, un grupo de profesores, entre los que se hallaban Antonio de Pedro y Aurelio Marqués, se vieron a solas con la viuda del conserje para darle de nuevo apoyo en tan duros momentos, la pobre mujer rompió a llorar. El "Árbitro", para consolarla, le dijo:
“No llore más, que su marido es un santo y está en el mejor de los lugares.”
La viuda, entre sollozos, dijo:
“ Un santo, sí. Ya dice usté bien. Si hasta ha muerto el pobre mío un Viernes Santo, como Nuestro Señor.”
Sustituyó al señor Ángel un hombre con cara de ratón llamado Hoyos, que era miembro de la Obra y procedía de otro colegio de Barcelona. El hombre siempre se mostraba taciturno, serio y con la cara larga. Seguramente por ello algunos alumnos lo llamaban “Tristón”. Aún seguía en el Colegio cuando Antonio y yo salimos de él. Medio en broma medio en serio y más a petición del "Árbitro" y el "Extremeño", llegué a escribir una especie de canción burlesca dedicada a tan singular personaje que decía así:
“Siempre estás triste, Tristón,
en tus Hoyos de tristeza
metido hasta la cabeza
y dolido el corazón.
Esa cara has de encender
con buenos tragos de vino
y alegrar tu gris camino
con la miel de una mujer.”

LA EDUCACIÓN LECTORA DEL FRANQUISMO

C) Otras disciplinas

Hasta para enseñar otras disciplinas se empleaban ejercicios basados en la lectura y trabajo de poesías. Un botón como muestra. En el Libro de Álvarez, Sugerencias y ejercicios, hallamos en las llamadas Unidades didácticas multitud de ejemplos que se proponen para ser recitados, aprendidos de memoria y comentados: en “El agricultor”, Crepúsculo matutino, de Francisco Villaspesa“El pastor” cuenta con El zagal y las ovejas, de Samaniego y así hasta una treintena de composiciones, entre las que sobresalen Plegaria por el nido, de G. Mistral, El sapo y el mochuelo, de Iriarte, El Teide, de Gerardo Diego, El lagarto está llorando, de Lorca, La ola, de Ricardo E. Pose, Castilla, de M. Machado, El niño bien criado, de Calderón de la Barca, El barquito de papel, de A. Nervo...
Por supuesto que la asignatura de Lenguaje basaba el conocimiento y práctica del idioma en la lectura, copia y aprendizaje de textos poéticos, tanto en prosa como en verso, de manera que encontramos entre sus páginas poemas y composiciones de todo tipo, desde juegos líricos como Chiquitín, de Aurora Medina, hasta Las siete vidas del gato, de R. Pombo o Bien por mal, de Hartzenbusch, pasando por La señora luna, de J. De Ibarbourou, ¡A dormir, que llueve ya!, de Gloria Fuertes o Abril florecía, de A. Machado.

Pues bien, muchos de estos trozos literarios y poemas los hice míos, como también empecé a sentir como propios aquellos textos que el Libro de Lengua de Segundo, ya en el Instituto, insertaba entre lección y lección el romance del Infante vengador los versos vocacionales de Amado Nervo, que luego hizo universales la famosa canción de los Panchos,
“Si Tú me dices: ¡Ven!,
lo dejo todo.
Pero dímelo fuerte, de tal modo
que tu voz, como toque de llamada,
vibre hasta en el más íntimo recodo
del ser, levante el alma de su lodo /
y hiera el corazón como una espada....”,
los cantares populares de las tierras de España la Elegía del niño mariscador, de José María Pemán el serio y fervoroso soneto de Gerardo Diego al ciprés de Silos la misteriosa Balada de la placeta donde Lorca pide a Dios que le devuelva su antigua alma de niño la Canción del pirata, que todos aprendíamos de memoria Los motivos del lobo de Rubén Darío, señalada la página con una hoja seca de chopo del Duero o la Oriental de Zorrilla donde el moro que habla se confiesa cautivo en la prisión de los ojos de su cristiana Antes de terminar este apartado, me gustaría comentar una Antología poética juvenil que la editorial Mateu dio a conocer en Barcelona en 1965 y que yo tuve la suerte de encontrarla en un puesto del Mercadillo de San Antonio por aquel entonces. Resulta que ojeando su contenido, llegué a la conclusión de que había seguido los pasos de aquel “Versos para niños”, de Antonio Fernández del que ya me ocupé en otro lugar de este trabajo. Me explico. Trece años después, los poetas principales del libro de Antonio Fernández, volvían a aparecer en el libro de la editorial Mateu, y lo hacían con los mismos poemas de entonces. Siguiendo un riguroso orden alfabético, he aquí los poetas y poemas repetidos: Anónimos: El señor don Gato, el Soneto a Cristo que comienza: “No me mueve mi Dios para quererte” (en el de Antonio Fernández se titula “Acto de contrición” y lo firma San Francisco Javier). Ávila, Francisco de : el Villancico que comienza: “Portalico divino...” Berdiales, Germán : Mañana de domingo y En tus brazos. Bernárdez, Francisco Luis: El establo. Cané, Luis: Romance de la niña negra. Darío, Rubén: Marcha triunfal y A Margarita Debayle. Diego, Gerardo: Letrilla (en el de Antonio Fernández se añade “de Navidad”), Si la palmera pudiera (“Canción del Niño Jesús”, en Antonio Fernández) y ¿Quién ha entrado en el Portal? Fernández, Antonio (por lo del favor con favor se paga): Tienen alma. Gabriel y Galán, José María: Idilio y Dos nidos. García Lorca, Federico: Canción (“El lagarto está llorando...”). García Nieto, José: Canción del pastor en vela. Góngora, Luis: Hermana Marica. Góngora, Manuel de: Romancillo del desvelo de la Virgen bordadora. González Hoyos, M. : Bajo el palio azul del cielo. Ibarbourou, Juana de: Lirio del Valle y La higuera. Jiménez, Juan Ramón: Lo que Vos queráis, Señor, Novia del Campo, amapola, La estrella y La cojita. León, Ricardo: Sonetillos. Machado, Antonio: Caballitos, Sueños de felicidad (en Antonio Fernández, Anoche cuando dormía) y Canciones (“Abril florecía...”). Machado, Manuel: La primera caída y Castilla. Marquina, Eduardo: La hermana. Mesa, Enrique de: Voz del agua y ¿Por qué corriendo te alejas? Nervo, Amado: Buen viaje y El puente. Pemán, José María: Sol de las cinco, Yo me levanté a la aurora, Ya mi galera de oro, la infanta jorobadita y Arroyuelo del molino. Pérez de Ayala, Ramón: La muñeca. Pose, Ricardo E. : La ola y El capitán. Rueda, Salvador: El mirlo. Selgas, José: La cuna vacía. Villaespesa, Francisco : La hermana. Zurita, Marciano: Los ojos del huerfanito.
Como vemos, Pemán gana a todos, incluidos A. Machado y Juan Ramón Jiménez. Se incluyen poetas poco conocidos (Ávila, González Hoyos, Zurita o el mismo Fernández, que entonces copaban todas las audiencias de notoriedad) y también hispanoamericanos de parecida entidad como Berdiales, Bernárdez, Cané o Pose al lado de los mundialmente reconocidos, casos de Nervo o Rubén Darío.
Sin embargo, conviene anotar que esta Antología poética juvenil gana en presentación y cuidado editorial a la de Antonio Fernández y, sobre todo, en organización, pues, por ejemplo, en la que comentamos aparecen los poemas distribuidos en apartados que la convierten en un trabajo didáctico y altamente pedagógico, siempre, claro está, según las directrices de la época, a saber: Poesías ingenuas, religiosas, España y los españoles, Hogareñas y Amenas. Además, todo hay que decirlo, incluye nombres que en aquél no aparecían como Acuña, Campoamor, Espronceda, N. Fernández de Moratín, Fray Luis de León, Bernardo López García y algún otro que, con los anteriores, formarían habitualmente la nómina de los libros de versos del franquismo.

viernes, 2 de mayo de 2008

HILO DIRECTO CON DIOS

LOS JARDINEROS DEL COLEGIO

Las historias de los conserjes, y del personal no docente en general del Colegio, dan para mucho. Allí, además de las personas que se cuidaban del aspecto físico del centro, como jardineros y oficiales de mantenimiento, existían las personas encargadas de llevar a cabo la gerencia y administración del Colegio, como conserjes, personal de oficinas y administradores, sin olvidar a quienes se encargaban de la alimentación y la salud de todos cuantos hacíamos nuestra vida allí, desde alumnos hasta profesores, pasando por las personas mencionadas más arriba. Así pues, en los jardines y en los pabellones, además de profesores y alumnos, había gente que con mimo y profesionalidad procuraba que su funcionamiento siguiera unas pautas determinadas.
Los jardines y los bosquecillos de pinos que salpicaban de verde y sombra el vasto recinto del Colegio eran su pulmón físico. Cuidaban de ellos cuatro personas día y tarde. Manolo, el señor Manuel, que era su padre, Barrios y Cristian. Los cuatro disponían de un habitáculo a un costado del Pabellón del Delfín, mitad taller,en el que guardaban las herramientas y los monos de trabajo, mitad habitación, donde aliviaban sus cansancios. A la hora de comer bajaban al comedor y lo compartían con los profesores, aunque siempre que podían preferían ocupar solos una mesa. El resto de la jornada se la pasaban arreglando el césped, que era la principal ocupación, podando árboles y arbustos, abonando, regando, sulfatando, limpiando de broza y hierbas malas la riera, acarreando la leña cortada a la zona de la piscina privada, reponiendo los parterres de las rosas o cambiando, según la temporada, los planteles de flores en los sitios estratégicos de los grandes espacios de césped de los huecos que separaban los distintos pabellones.
El más hablador de todos era el señor Manuel, un hombre bajito y delgado, de piel morena y arrugada, que entendía de todo y cuya filosofía espontáneamente humana me gustaba mucho. Cuando el tiempo cambiaba y se avecinaba el invierno, solía decirme:
“Todo tiene su explicación. Para que disfrutemos de la primavera y de los colores y olores de las rosas, la tierra y los hombres deben padecer un poco. Si no, la cosa no tendría gracia.”
Y cuando perdía un equipo de fútbol grande, comentaba sonriendo:
“También los equipos chicos necesitan un respiro”.
Era extremeño como mi amigo, de un pueblecito cercano a Guadalupe. A veces, él con la azada en la mano y Antonio con el cuaderno de notas bajo el brazo, adornaban durante unos minutos el sendero de la subida al Pabellón del Delfín. Hablaban de Extremadura, de las vacaciones y del viaje que iban a hacer a ella para inyectarse de esperanza y recordar viejos tiempos.
Al señor Manuel el mucho fumar y una afección de garganta que contrajo un invierno se lo llevaron en cuatro meses.
Manolo, su hijo, era más callado. Iba a su faena. Tuvo dos hijos que estudiaron hasta cuarto en Sendero. Por lo que fuera, no rendían académicamente lo necesario y buscaron nuevos aires. Con él se llevaba muy bien Aurelio, a quien en más de una ocasión le dejaba la llave de la zona privada de la piscina para que pudiera entrar con el coche y llenar el capó con la leña cortada que allí se almacenaba. El favor se lo pagaba el profesor proporcionándole libros para sus hijos al principio de cada curso.
Barrios era el que mejor congeniaba con Manolo. Se les veía muchas veces juntos faenando en la riera cuando la época de las lluvias se avecinaba y había que limpiar el cauce de broza y ramas caídas para que las aguas encontrasen su camino expedito durante los diluvios que solían tener lugar de noviembre a enero. Barrios era partidario del Barça y hablaba acaloradamente en la mesa del comedor con Manolo de los errores que había cometido el entrenador al alinear a tal o a cual jugador en la media o la defensa del equipo culé. Manolo decía simplemente sí con la cabeza mientras se llevaba la comida a la boca. Formaban una pareja singular.
En cuanto a Cristian, era el jardinero más joven. Le faltaba experiencia y, por ejemplo, cuando regaba solía encharcársele el césped del Pabellón de la Mariposa. Entonces se ponía muy nervioso y soltaba por lo bajini alguna blasfemia de nota, que si la hubiera escuchado alguno de la Obra le habría reportado una buena reprimenda o algo peor. Siempre acudía Manolo en su ayuda. Éste, con la pericia que lo caracterizaba, manipulaba en la llave de paso o en las juntas de la manguera y a los pocos minutos quedaba solucionado el problema. Cristian se llevaba muy mal con Sotero, el oficial de mantenimiento general del Colegio, por un asunto relacionado con herramientas que desaparecieron del Colegio y que, según Sotero, se las había apropiado indebidamente Cristian. Como al final no se averiguó nada, en vez de arreglarlo con palabras, la tirantez se enquistó del todo.
Junto con Sotero formaba el dúo de mantenimiento un andaluz de Granada muy simpático llamado Luis el Paleta. Luis, visto de espaldas, se parecía al señor Manuel. Era bajito y delgado como él. Y de frente, destacaba también su rostro moreno y su piel arrugada. Pero, a diferencia del jardinero, era bastante más joven y no poseía tanta filosofía como el mayor de los jardineros. Contaba, sin embargo, unos chistes que eran la delicia de quienes lo escuchaban. Sólo le habría ganado en eso el "Extremeño". Cuando se juntaban los dos a la hora del café en el comedor, entre ellos se armaba una lucha infernal por ver quién vencía al otro en contar el chiste más verde o el que hacía reír más. Una de aquellas tardes de junio calurosas, a punto ya de terminar el curso escolar, se pusieron los dos a disputarse la primacía del chiste. Ganó Luis el Paleta. Curiosamente, para sorpresa de José Santamaría, que estaba presente, al Extremeño se le había agotado momentáneamente el manantial. Y Luis el paleta remató su faena diciendo:
“A usté le ha pasao lo que al lorito del chiste”. Y acto seguido contó lo que le pasó al loro de un prestidigitador al que todas las noches le estropeaba los números de la chistera, hasta que una noche el transatlántico en que había sido contratado el artista chocó con un iceberg y se hundió. Sólo se salvaron el loro y el prestidigitador que lograron llegar hasta una isla desierta. Allí, el animal, harto de tanta soledad y miedo, le dijo al artista: “Venga va, me rindo esta vez. ¿Dónde has metido el barco?”

jueves, 1 de mayo de 2008

HACE DOSCIENTOS AÑOS

Hace doscientos años por estas fechas Nicolás López, pinche de cocina del ministro de la Guerra O’Farrill, decía olfatear algo gordo en el ambiente. Aunque el olor no procedía precisamente de los guisos del palacio. Hacía tiempo que el pueblo llano andaba inquieto por las calles, como con ganas de liarse a mamporros a la menor ocasión. Todo se debía a la omnipresencia, cada vez más atosigante, de los franceses. No de los franceses turistas que venían a Madrid para visitar el Prado o darse un garbeo por los bares de tapas del centro de la villa a degustar unos callos, unas gallinejas o unos bocadillos de calamares. Ni de los comerciantes galos que venían a hacer a España sus negocios. No, no eran esos franceses los que se movían con aire intranquilizador en el ambiente de Madrid. Eran lisa y llanamente soldados y oficiales armados de sables y vestidos con vistosas guerreras y lustrosos correajes como provocando con sola su presencia a la ciudadanía. Y era, sobre todo, la nefasta sombra del cuñado de Napoleón, el Murat desalmado que estrangulaba la vida cotidiana de Madrid de tal modo que hasta las madres les decían a sus niños para que se fueran a la cama: “A dormir, que viene Murat”. En resumen, desde que el pasado marzo se levantara el pueblo en Aranjuez, harto del mal proceder del Rey, para obligarle a abdicar la corona en favor del heredero Fernando, las cosas habían ido de mal en peor.
Matías del Rosal, jefe de protocolo del palacio, decía en el lenguaje grandilocuente que solía emplear que lo que pasaba en España y en especial en la capital del país era un descontento popular contra el modelo político y económico impuesto por la Ilustración, de origen francés, para beneficio exclusivo de la burguesía. A Nicolás todo eso le sonaba a monsergas. Él sólo entendía una cosa: que los españoles, por lo menos los españoles de a pie como él, los que tenían que ganarse cada día las habichuelas con el sudor de su frente, estaban muy bien sin que nadie viniera de fuera a decirles lo que debían pensar, sentir, decir y hacer. Y, sobre todo, le costaba entender que toda una nación como España, en otro tiempo dueña de medio mundo, se hubiese arrodillado en tan escaso tiempo a los pies de Francia. Y enseguida exponía ante quien quisiera oírlo su esquema del mundo español presente, esquema polarizado en dos vertientes contrapuestas: por un lado estaban Francia, Godoy, Carlos IV y su consorte la reina Maria Luisa, es decir, los ricos, los que vivían sin dar un palo al agua; y por otro, España, el pueblo de España, los pobres, los proletarios como él, incluyendo en el grupo al príncipe Fernando, al que consideraba uno de los suyos porque, según él, encarnaba la figura del español escarnecido y ultrajado. Y si ya había corrido abundantemente la sangre por las calles de Madrid el pasado mayo al levantarse el pueblo como una sola persona contra ejército invasor, el problema no había hecho más que empezar y lo peor no había llegado aún.
Y ahora, por arte de birlibirloque y sin que los españoles hubieran tomado parte alguna en la decisión, ocupaba el trono español el hermano del emperador francés, aquel José Bonaparte al que todos llamaban Pepe Botella por su afición al jugo preferido de Baco. Respecto a la ocupación del trono español, el encopetado jefe de protocolo había dicho que gran parte de la culpa la tenían la aristocracia y la jerarquía eclesiástica en pleno, las cuales habían consentido de buena gana la desposesión de los Borbones, mostrándose dispuestos a colaborar con Napoleón y permitiendo que un extranjero llevara puesta la corona de España.
Aún recordaba el pinche de cocina con indignación cómo algunas personas pertenecientes a las clases sociales altas de Madrid habían adornado con colgaduras sus balcones para recibir al nuevo soberano. Y lo de su proclamación el día de Santiago había sido una vergüenza bochornosa. El conde de Campo Alange, en medio de la comitiva, había salido del Ayuntamiento agitando el pendón y gritando: “¡Castilla, Castilla, Castilla, por el rey nuestro señor, que Dios guarde, don José Napoleón I!” ¡Qué vergüenza! Sin duda los mandamases se creían que con lanzarnos entonces unos puñados de monedas, como si se tratara de un bautizo, íbamos a olvidarnos enseguida de lo que España y los españoles estábamos tragando. El INRI fue que la estúpida ceremonia se repitió otras tres veces en la plaza de la Villa, la Mayor y las Descalzas Reales. Menos mal que a dicha proclamación le siguieron unos cuantos festejos gratuitos. Y las buñolerías, los aguaduchos y las charangas que se instalaron en las esquinas de docenas de calles y plazas. Y las representaciones de comedias en los tres teatros principales de Madrid. Y las pintorescas corridas de toros. Sin embargo, estaba a las claras que todo eso no había sido más que una cortina de humo con que se pretendía ocultar el verdadero problema. ¿Acaso han llegado a creerse que de un simple plumazo y de un día para otro puede un pueblo invasor, con sólo desearlo, transformar la vida, las costumbres, el modo de divertirse, de beber y comer de un pueblo independiente y soberano como el nuestro? ¿Qué tenían que ver, por ejemplo, las viandas francesas llenas de volovanes, salsas báquicas, huevos ambarinos, casse-museaux, pimpinelas, berlingozzos, pommeaux, canapés y amourettes con las comidas y guisos españoles, que sólo con olerlos en los fogones o verlos humear en los platos servidos sobre la mesa reconfortaban el vientre?
Hasta en esto último estaba de acuerdo con él el chef de cocina, Etienne Perigord, originario del país vecino. La risa contagiosa de que éste hacía gala, el jocoso e incesante parloteo que adornaba su boca o la figura rechoncha y divertida que resumía su idiosincrasia, lo hacían muy cercano al tipo de español dicharachero y jovial. En otro tiempo había sido muy amigo de Grimod de la Reynière, el excéntrico gastrónomo francés que en su recién aparecido libro Le Manuel des Ampytryons se había mostrado partidario del libertinaje como práctica subversiva y había dejado dicho entre otras cosas que si el desayuno es la comida de la amistad, el almuerzo de la etiqueta y la merienda de la infancia, la cena es fundamentalmente la del amor. Pero disentía de la frase preferida de Grimod, aquella que decía con descaro que España era un país hambriento donde había más altares que cocinas. Y, a cambio, frecuentaba la lozanía y la salud de los yantares propugnados por cocineros españoles. Además, Perigord solía citar dichos y refranes de clara raigambre nacional como “El buen alimento hace buen entendimiento”, “Con pan y vino se anda el camino” o “Panza llena quita penas”.
A decir verdad, Nicolás López había aprendido de su jefe de cocina sabias lecciones de vida y en especial a nadar y a guardar la ropa en medio de las aguas revueltas de aquellos tiempos de incertidumbre; así que seguía al pie de la letra la ley de la supervivencia: oír, ver y callar. De este modo llegó a averiguar muchos asuntos que se cocían entre las paredes del palacio y que hacían referencia velada a aventuras políticas y amorosas que muy poca gente conocía. Por ejemplo, en uno de los salones del palacio la sobrina del Ministro de la Guerra, doña Teresa Montalvo, reunía a su alrededor una tertulia entre literaria y mundana adonde acudían personas de la alta sociedad y otras pertenecientes a las profesiones liberales y a la literatura para tratar los temas más variados. Pero eso no tenía nada de particular, salvo que en ocasiones dichas veladas se utilizaban para llevar a cabo otros asuntos que no tenían nada que ver con la cultura, la política o los libros. Uno de esos asuntos fue la aventura amorosa que mantuvieron durante un tiempo el propio rey José y la anfitriona del cenáculo, la mencionada Teresa Montalvo, reciente viuda del cubano conde de Jaruco, pero joven todavía y de muy buen ver.
Más de una noche Nicolás había visto llegar hasta las puertas traseras del palacio un coche de caballos cerrado y descender de él un personaje embozado que no era otro que Pepe Botella. Nicolás recordaba con cierta tristeza el mal fin que aquellos ocultos amoríos del Rey francés habían tenido, y no lo lamentaba por el monarca, cuyo destino le importaba un pimiento, sino por el de la bella a la vez que infortunada Teresa Montalvo, a la que unas fiebres malignas la arrastraron finalmente a la tumba cuando aún estaba en la flor de la edad. Los restos de la condesa fueron de los primeros en estrenar el recién terminado cementerio del Norte. Sin embargo, el cadáver de la mujer no permaneció enterrado allí mucho tiempo pues a la noche siguiente un par de hombres, pagados al parecer por miembros de la familia del ministro O’Farrill, forzaron las puertas del camposanto, sacaron de su tumba el cuerpo de la Montavo y lo llevaron al palacio, en cuyo jardín lo volvieron a enterrar al pie de un alto roble.
Todo aquello era ya polvo y miseria del pasado, del que ya sólo quedaba colgado en una de las paredes del salón donde habían tenido lugar las tertulias un cuadro de la escuela de Murillo que el rey José había expoliado, según costumbre, de un convento madrileño. Ahora Madrid y toda España ardían en un presente amenazador que auguraba un futuro lleno de incertidumbre. Matías del Rosal, el jefe de protocolo, solía decir con su acostumbrada voz engolada que al Rey de España empezaban a torcérsele los negocios del poder, y aunque los Consejos de Indias y Estado habían prestado juramento de fidelidad, pronto abandonarían su compromiso, mientras que los grandes señores y los diputados de la Junta estaban profundamente desmoralizados y en todas las provincias el pueblo llano formaba pequeñas guerrillas que empezaban a hacer la vida imposible al ejército de ocupación, sin contar con las serias derrotas que éste había sufrido ya en citas tan importantes como Bailén.
En la cocina, entre los fogones y el olor a pitanza, los comentarios se vestían de otro tono. Tanto el chef como su ayudante deseaban que pronto volviera el orden a las calles y los españoles a su vida serena y familiar, y libre de yugos extranjeros para poder disfrutar de las cosas sencillas y cotidianas como poder moverse de un lugar a otro sin peligro alguno, charlar con los amigos, hacer el amor o entregarse al segundo de los placeres: comer y beber bien. Nicolás, a petición de su jefe, le acercó una ristra de rojos y lustrosos chorizos y acto seguido se puso a desespumar las ollas. Al conjuro del olor de la comida le recordó a Perigord las matanzas de su pueblo. Le habló de las fiestas que se montaban en torno a ellas. Los chicos el día de la matanza no iban a la escuela con consentimiento de sus padres y se arremolinaban alrededor del protagonista de la fiesta. Y ante sus ojos asombrados, al cerdo se le degollaba, se le sacaba la sangre, se le chamuscaba, se le abría en canal y se le descuartizaba. Luego les entregaban la vejiga del animal y, tras lavarla adecuadamente, la inflaban y jugaban con ella como si fuera una pelota. Los mayores bebían buenos tragos de vino y aguardiente, que corrían a cargo del dueño del cerdo. Sobre las mesas se disponían recipientes con sal, pimienta, canela, azúcar… y utensilios de cocina como embudos, perolas y calderos donde más tarde se cocerían los chorizos y las longanizas, sin faltar los hilos y cordeles con los que se ataban los embutidos que en máquinas manuales se iban metiendo en las mismas tripas del recién sacrificado puerco.
Perigord sonreía al oírle hablar con aquel entusiasmo imparable, pero enseguida tomaba la palabra para evocar reuniones y banquetes que habían tenido lugar en el palacio, como las célebres chocolatadas que ofrecía Teresa Montalvo a gente variopinta de ambos sexos entre la que destacaban abogados, militares y escritores. Uno de éstos últimos era el afrancesado Leandro Fernández de Moratín, al que el buen comer y buen beber, así como la buena vida en general, le atraían tanto o más que las comedias que escribía. Al final las literaturas acababan en las literas blandas de las habitaciones superiores; las virtudes del chocolate espeso y la proximidad de mujeres alegres hacían que las risas de placer resonaran en todo el edificio. Y eso que a don Leandro los hoyos de la viruela que le afeaban la cara desde niño y su débil constitución física le habían hecho tímido y retraído. Pero en pequeñas reuniones y entre gente amistosa como las que daba la condesa de Jaruco, donde el chocolate y el chinchón reconfortaban el estómago, se mostraba locuaz y atrevido y hasta la menor de sus manifestaciones se volvía de lo más espontáneo y natural.
Nicolás recordaba a propósito lo que Matías del Rosal decía del comediógrafo, que era un escritor camaleónico, para enseguida explicar que, habiendo sido protegido de Godoy, cuando éste cayó en la revuelta de Aranjuez, el dramaturgo tuvo que huir de su casa; sin embargo, le faltó tiempo para tomar partido por los franceses, y el Rey José lo nombró Bibliotecario Mayor de la Biblioteca Real. No es extraño que, cuando las cosas se pongan feas, que se pondrán, acababa vaticinando solemnemente el jefe de protocolo, veamos al autor de El viejo y la niña salir corriendo de Madrid y hasta de España.
En ese momento sonó una campanilla que sacó a los dos cocineros de sus nostálgicas evocaciones. Acto seguido apareció Matías del Rosal para comunicarles que el Ministro acababa de hacer su entrada en palacio. Así que debían ir preparando lo necesario para servir la comida del mediodía. Añadió antes de desaparecer que debían servirle el cocido en la sopera de loza de Valencia, la de la tapadera con motivos de caza, y el vino en la jarra que le regaló su sobrina poco antes de morir, la que llevaba esmerilada la figura de Baco.