viernes, 10 de diciembre de 2010

DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS

El cine español que viene


Ayer se me ocurrió ir al cine y no acerté con la película que escogí. Se trata de BIUTIFUL, así, como suena y como en una de las escenas de la película el protagonista, Javier Bardem, explica a su hija mientras la ayuda a hacer unos deberes de Inglés. La película, ambientada en una Barcelona degradada, retrata un mundo marginal y miserable donde la explotación laboral adquiere tintes sórdidos y trágicos. En ese mar de fondo se mueve como puede Uxbal (Javier Bardem), un hombre joven aún, pero muy enfermo y con graves problemas de todo tipo, empezando por el personal y de pareja y terminando por el familiar, laboral y social (¡cómo va a salir adelante una persona, por muy voluntariosa y generosa que sea!). Lógico es que el protagonista naufrague en su faceta altruista. No se me quita de la cabeza la escena en que los trabajadores chinos, que viven en unas condiciones infrahumanas, aparecen una mañana muertos intoxicados por los gases que desprenden unas estufas en malas condiones que Uxbal les había comprado para que al menos no murieran de frío. Más positiva es su faceta de padre sacrificado por sus hijos, a quienes adora y cuida como puede. ¡Lástima que la presencia esporádica pero decisiva de la madre, alcohólica y drogadicta, impida a los niños vivir en un ambiente tranquilo y saneado, como sería de esperar. Y luego está la corrupción de los policías que trapichean con la necesidad de la emigración ilegal, y el embrutecimiento de Tito, hermano del protagonista, y los pisos patera en los que viven hacinados los sin papeles, y la insistencia en pintarnos una Barcelona sucia, marginal, delictiva... ¡Menuda imagen da la película de la ciudad condal, pese a la paradoja de haber aumentado este año considerablemente el número de turistas! Hay también en la cinta, todo debe decirse en honor de la verdad, fotogramas de poesía y ternura que sin duda conmueven al espectador (casi todas tienen que ver con la relación padre-hijos y algunas de los chinos explotados), pero en medio de tanta sordidez, miseria, embrutecimiento y corrupción, apenas se dejan notar. No creo que sea verdad los que dice Aute en una canción de su último trabajo, que todos estamos al albur de la intemperie. Podemos poner cada uno de nosotros nuestro granito de arena para que cosas como las que se pintan con tanta crudeza en la película de Iñárritu dejen de suceder. Aunque a alguno pueda parecerle adecuado que se denuncien en una película como la presente. Es verdad que Barcelona es también eso, pero no sólo eso. Hay esperanza, ganas de hacer cosas, monumentos y calles cuidadas, gente que cumple honradamente con su trabajo, familias felices, parejas bien avenidas, pequeñas empresas de emigrantes legales, etcétera, etcétera. Si todo el cine español es así de esperanzador, que Dios nos coja confesados.

jueves, 9 de diciembre de 2010

MADRID ESENCIAL 2010

EN EL REINA SOFÍA




Por un antiguo Hospital de Sabatini, curados de todo espanto, tuteamos a Nonell, Dalí o Picasso y hablamos con sus gitanas, sus blandos masturbadores y sus horrores bélicos, pero sin grandes sobresaltos, como si fuéramos inmortales, igual que la pintura que salió resucitada y nueva de sus pinceles.


Por frías galerías y blancas habitaciones, convertidas en salas de exposición, caminan nuestros pasos con sonidos de cansados fantasmas que fueron confidentes de los antiguos enfermos que yacieron con dolor en sus desaparecidas camas, huecos moradores de sus fríos y encalados silencios.


Espectaculares ascensores, asomados por un lado a la noche viajera de la vecina Atocha y por otro a los ventanales encendidos del Conservatorio de Música contiguo, nos conducen a constantes emociones visuales, marcos abiertos a sueños que han olvidado al tiempo, ventanas donde viven seres intangibles que nos hablan sin palabras.


He llegado a la conclusión de que en el Museo Reina Sofía suenan voces que claman en el desierto de la muerte, seducen mujeres que son incapaces de enamorar de nuevo, se levantan garrotes que no sirven para ajusticiar, se ofrecen frutas que no alimentarán nunca, braman toros incapacitados para embestir y cornear…






De pronto en la sala del Guernica el Pie Grande, encarnado por José Sacristán, gesticula y vocea palabras maduras delante del gran cuadro de la guerra más injusta, sin que la antorcha empuñada vuelva a temblar de miedo, el caballo relinche o los niños lloren otra vez bajo el furibundo bombardeo.


¡Qué feliz vive ahora Picasso con su cordero en brazos, sin sufrir los estampidos de las sangrientas bombas en sus tapiados tímpanos! ¡Qué felices están ahora estas blanqueadas paredes de Hospital, salvado para siempre, aséptico y cambiado por la magia del futuro en ventanas de luz donde cantan los pájaros de la belleza!


Hay andamios de hierro y de cristal que me emocionan mientras los dejo atrás en los rincones, donde los ascensores son aves que suben al cielo de la noche y bajan al silencio de la calle, y el Gran Profeta de Gargallo o el Espectador de Espectadores del equipo Crónica me desean felices cervezas y luces de neón.



miércoles, 8 de diciembre de 2010

PROSAS DE ANTAÑO

Seguimos un día más con las narraciones de Cabeza de Tortilla. Hoy toca a

12. La mujer del pantano




Escribir aquellas memorias le daba a Berni la oportunidad de regresar, valiéndose además del pasaporte de la nostalgia, a su más remoto pasado, cuando con el grupo del soto recorría en bici trayectos interesantes. Un día dieron por casualidad con un pequeño y escondido pantano, al que se llegaba por un sendero tortuoso que bordeaba la montaña. Era uno de esos días de invierno desapacibles y de poca claridad; por eso se quedaron poco allí, aunque hicieron propósito de volver en cuanto el tiempo se volviera más bonancible, y el merendero, a la sazón cerrado y cubierto de maleza, abriese de nuevo sus puertas y la gente acudiera a sus mesas que, alabeadas por la humedad, más que protegidas por una pérgola, parecían constantemente amenazadas por la ruina de los ladrillos y hierros de la construcción. Con el propósito de regresar en primavera al lago del merendero, montaron en sus bicicletas y remontaron la ladera de la montaña para salir de aquella especie de oscuro y húmedo embudo vegetal.
Así pues, un domingo de abril por la mañana volvieron a aquel reducto de belleza y de paz. No se parecía en nada al que habían visto la primera vez: una luz amarilla, dorada, de polen en plena efervescencia, se cernía sobre las mesas del merendero; en una de ellas una pareja jugaba a pulsarse las cuerdas del amor, expectantes en sus musicales cuerpos; y detrás, el lago, limpio y despejado, mostraba una presencia rotunda, primaveral, consistente, y los reflejos de los pequeños álamos, que se nutrían con el frescor de la orilla, temblaban como niños en su cristal esmeralda.
Dejaron las bicicletas apoyadas sobre una de las columnas de ladrillo de la pérgola y se sentaron en la mesa más cercana del chiringuito. Allí, al apacible sol que permitía el emparrado de la pérgola, almorzaron largamente, saboreando cada bocado como si fuera el único. Las mesas, al sol de abril, parecían recién construidas. En cuanto al pantano, envuelto por aquella luz de polen y aquel silencio pautado solamente por el rumor de sus voces y el musical y esporádico gorjear de los mirlos, se convirtió a sus ojos en un lago de ensueño, de magia, de poesía.
Cuando al fin montaron otra vez en sus bicicletas, soles rodantes por sombras y silencios de montaña, para abandonar de nuevo aquel paraje, llegaron a la conclusión de que, sin duda alguna, era el sitio más atractivo y encantador de cuantos habían descubierto en sus excursiones ciclistas.
De todo eso hacía ya muchos años. Y como también el tiempo y la dejadez humana acabaron por convertir el merendero en un montón de escombros y el pantano en casi un charco inmundo, a Berni se le ocurrió dedicar, en sus memorias, un homenaje escrito al pantano, una especie de relato misterioso ambientado en él.


“Sucedió hace dos otoños, en plena temporada de caza y cuando aún el lago y sus alrededores conservaban su antiguo encanto. Delante de mí tengo el recorte del periódico que se hizo eco del asunto. Intentaré contarlo a mi manera sin tergiversar sustancialmente lo que los propios testigos y protagonistas de la historia manifestaron en su día a la gente de la prensa.
Era ya noche cerrada cuando dos cazadores regresaban a su casa con la percha vacía, y a su paso por el merendero que llaman El Pantano decidieron tomarse un respiro. Todo a su alrededor estaba oscuro como boca de lobo y sus ojos no lograban vislumbrar nada más allá de los metros necesarios para saber dónde debían poner los pies para no salirse del sendero y caer rodando por el terraplén hasta el fondo del pantano. Encendieron sendos cigarrillos para verse las caras y, sobre todo, para coger ánimos antes de enfrentarse al empinado desnivel que los separaba de la carretera de la población más cercana. En esto estaban cuando oyeron un ligero chapoteo procedente del lago. Supusieron que se trataba de algún animalillo acuático que en aquellos momentos se solazaba brincado en su elemento favorito, y no le prestaron mayor atención. De cara al pantano siguieron saboreando el gusto amargo del alquitrán del cigarrillo hasta que de pronto el humo que aspiraban se les atragantó en el gaznate. Algo blanco, vaporoso y muy iluminado empezó a brotar del lago y enseguida alcanzó una altura como de dos metros a la vez que había ido adquiriendo la forma de una mujer.
Uno de los cazadores, al ser preguntado por los periodistas, dijo al respecto:
--Vimos salir de improviso de las aguas del lago, en su parte más honda, la figura de una mujer y luego se quedó flotando en el aire.
--Así es—corroboró su compañero--, una mujer muy alta, de unos dos metros, y delgada, muy delgada...
--Y con el cabello largo – concluyó el primero--, el cabello le llegaba a la cintura y ante nuestros ojos se lo arregló con las dos manos.
Según los cazadores, la blanca mujer del lago permaneció en levitación unos segundos, se giró hacia donde estaban los hombres y los miró intensamente. Uno de ellos le preguntó quién era, pero la señora no le contestó.
--Le preguntamos de dónde venía –dijeron a los periodistas—y por qué se presentaba de aquella manera, pero la dama del lago no nos dio ninguna respuesta.
Finalmente la dama blanca se deslizó suavemente hasta los árboles de la orilla opuesta y allí desapareció.
Al reclamo de la parición fantasmal del pantano acudieron otras personas en noches sucesivas para intentar arrancar a la mujer blanca alguna palabra y así apuntarse un tanto de celebridad entre sus amigos y conocidos.
Un grupo de excursionistas una noche, al filo de las doce, vieron acercarse a ellos la dama del pantano. Todos coincidieron en atribuirle una edad alrededor de los treinta años. Uno de ellos, armado de máquina fotográfica, tuvo tiempo de reaccionar ante la súbita aparición y le disparó dos veces la cámara, pero al revelar el carrete descubrió que todo él se había velado.
Otro visitante del lago afirmó que antes de que se le apareciera la dama blanca, los pájaros que dormían en los árboles del contorno se entregaron a una repentina aunque breve actividad de cantos y revoloteos; acto seguido, se produjo un silencio total y enseguida, tras una inmovilidad inquietante, empezó a observarse la escalofriante presencia de la mujer del lago. He aquí algunas palabras de estos testigos.
--La mujer del lago –dijo uno-- tiene una larga cabellera negra y viste una falda que le cubre hasta los pies.
--En cuanto se acercó al grupo—dijo otro--, le dediqué un piropo, pero permaneció silenciosa mirándonos fijamente antes de desaparecer.
Un experto parapsicólogo logró retratar a la dama del lago con una cámara hipersensible y en la fotografía obtenida aparecía una mancha clara flotando a pocos centímetros de la superficie del pantano, la cual podía tratarse del alma o del cuerpo astral de la aparecida.
En cuanto esto último se dio a conocer, la gente empezó a inventar historias y relatos presuntamente explicatorios del origen de aquellas apariciones. Hasta surgió a raíz de aquello un romance anónimo sobre la dama del lago que comenzaba así: “Una noche de tristeza / sobre el espejo del agua / apareció una mujer / vestida con luces blancas...” Y el asunto se disparó de tal forma, que las autoridades se comprometieron a hacer las averiguaciones pertinentes para acabar con cualquier lucubración que se hiciera sobre él. Resultado: al cabo de unas semanas la policía local disponía ya de unos datos altamente fidedignos, los cuales hacían referencia a un desgraciado accidente en que habían hallado la muerte, ahogados en el lago, una mujer joven y su hijo de tierna edad. Las extrañas circunstancias del suceso habían impedido hasta la fecha rescatar de las aguas el cadáver del niño. Ante lo que el parapsicólogo propuso la teoría inquietante de que las apariciones de la mujer blanca se debían al afán impenitente de encontrar el cuerpecito de su bebé.”

sábado, 4 de diciembre de 2010

MADRID ESENCIAL 2010

ARANJUEZ, MON AMOUR

A las once de otro día tomábamos en Méndez Álvaro el autobús de Aranjuez. Y una hora más tarde estábamos ya en los Reales Sitios. Los amplios patios con arcadas y la monumental iglesia de San Antonio es lo primero que el visitante encuentra nada más empezar a buscar la ubicación del Palacio Real y del Jardín de la Isla.


En cuanto el visitante entra en la gran explanada, las cúpulas azules y el ladrillo rojo de la fachada le entran por los ojos. Pero el sonido del agua cercana es más poderoso y le obliga a tornear el palacio para acceder a un mundo de agua y estatuas, enmarcado por la magia caediza y ocre del otoño.

Magníficos mármoles de dioses y héroes mitológicos coronan puentes, balaustradas, fuentes. En un banco frío, bajo el otoño bello y tras la estatua de Hércules y sus vivos surtidores, escribo estas calientes impresiones de un mundo galante y festivo que ahora es un cadáver hermoso rodeado de jardines.


Nos esperan paseos matutinos, bajo un sol que apenas nos calienta, por senderos alfombrados de hojas muertas, laberintos vegetales, diosas blancas coronando cien fuentes, jardineros que arreglan los parterres… Una rosa cortada y el recuerdo musical del maestro Rodrigo serán nuestros compañeros.

En Aranjuez suena el agua incesantemente. El Tajo y los surtidores de las fuentes aúnan sus notas para formar sinfonías sin libreto y sin batuta. Y el otoño presta su telón de colores a la escena. Nuestros pasos son voces solitarias sobre las alfombras de hojas muertas que el viento frío ordena y desordena a su capricho.

Junto a los paseos románticos, el río, domado sabiamente por el hombre, se remansa mimoso al pie del Palacio Real. Ahí el tiempo no existe, se quedó un día bordando siglos de galanteos y jarrones chinos. Sólo los patos, nuevos amos del agua, se burlan de la presa y firman su constancia nadando sabiamente.



Sobre una piedra lisa, vertical y decidida, como la vida sin aristas, como la música del corazón, asoma la cabeza ciega del maestro Rodrigo. Su decisión es clara: mirar soñadoramente, con impulso y ahínco insobornables, a la cuna inmortal de la tierra, origen y final de la acción creadora.

Las almas de las rosas afilan su perfil sedoso y frágil con sutiles cuerdas de violín, entre mármoles de dioses y hojas muertas de otoño, entre risas de surtidores que el Tajo regala generoso y palabras de corazones enamorados. Sobre una piedra lisa, limpio transcurrir del tiempo, asoma la memoria impertérrita del músico.

Sinfonía impertérrita, brota de la piedra como una rosa de bronce la cabeza serena del maestro Rodrigo. Su silente mirada, a sol y a sombra, otoños y veranos, resucita amores olvidados, promesas que se hicieron y besos que se besaron. Richard Anthony les pone letra y voz entre las rosas y las fuentes de los jardines de Aranjuez.




viernes, 3 de diciembre de 2010

PROSAS DE ANTAÑO

Cabeza de Tortilla

Todavía una más de estas narraciones vitales inspiradas en la historia que me contaba mi hermano mayor cuando yo estaba convaleciente de alguna pequeña enfermedad de tantas como teníamos en nuestra infancia.



11. A buen capellán, mejor sacristán

Y allí, entre sus manos tenía el libro de poesía de su amigo. Leyó unos cuantos poemas. Pero la mente no seguía el significado de los versos, sino que volaba por el cielo de la memoria. Berni recordó que durante un tiempo el poeta y él colaboraron en una empresa romántica relacionada con la Literatura y la narración oral, que duró todo un curso escolar. El poeta escribió, basándose en conocidas obras literarias, pequeños relatos que luego Berni, aportando su voz y la magia comunicadora que le caracterizaba, se encargaba de hacerlos llegar a pequeños auditorios constituidos por escolares de toda la comarca. El conjunto de relatos se llamó Los cuentos de mi literatura, y allí se incluían pasajes del Poema del Cid, como el de la niña que le pide al Campeador que pase de largo para evitar que el rey castigue a su familia; algunos romances novelescos, como el del prisionero, que en su mazmorra sólo llega a saber cuándo vualve a amanecer por una avecilla que cantaba y que, de repente un día, ya no la vuelve a oír porque un ballestero la ha matado de un flechazo; cuentos de don Juan Manuel, como el de los dos caballos enemigos que unen sus fuerzas para combatir un león que quiere devorarlos, o el del zorro que se fingió muerto; de Berceo, el labrador avaro, el niño judío o el vasallo del diablo; de Timoneda, de Juan Rufo, del Quijote... Berni recordaba vivos los cuentos en su memoria y siempre que tenía ocasión volvía a contarlos, porque contándolos, de algún modo su amigo el poeta seguía vivo.
Había uno en especial, titulado A buen capellán, mejor sacristán, que como homenaje a su amigo el poeta lo incluyó en sus memorias.


“Había una vez en una aldea castellana un capellán que solía comer muy bien en cantidad y en calidad. Y en cierta ocasión en que estaba comiendo en la fonda del pueblo una perdiz asada, un caminante se acercó a su mesa y le dijo:
--Señor capellán, yo soy un caminante que está muy cansado del camino y tiene mucha hambre. ¿Sería usted tan amable de compartir conmigo su comida? No dudaré en pagarle mi parte.
El capellán, sin dejar de comer, le respondió:
--Señor caminante, créame que lo siento, pero esta es mi comida y sólo yo voy a dar cuenta de ella.
Visiblemente contrariado, el fatigado y hambriento caminante se sentó en la mesa de al lado, sacó el pan que llevaba en su mochila y, a secas, empezó a comerlo mientras no dejaba de aspirar el olor que despedía la perdiz asada del capellán. Y cuando uno y otro acabaron de comer sus respectivas viandas, el caminante dijo:
--Habéis de saber, señor capellán, que vos el sabor y yo el olor, entre los dos hemos comido la perdiz, aunque vos no queráis reconocerlo.
El capellán miró a su interlocutor de arriba abajo y le contestó:
--Pues si eso es así, quiero que al momento me paguéis vuestra parte de la perdiz.
El caminante le dijo que no y el capellán que sí, y como no se ponían de acuerdo, ambos acudieron en busca de justicia al sacristán de la aldea, que ocupaba otra mesa de la posada y había visto y oído todo. Y dijo al capellán:
--¿Cuánto os ha costado la perdiz?
--Dos dineros—respondió.
El sacristán se dirigió entonces al caminante:
--Déme usted un dinero.
El caminante se lo dio. Con la moneda en la mano, el sacristán golpeó la mesa con ella haciéndola sonar y luego habló con el capellán en estos términos:
--Señor capellán, con el sonido de la moneda estáis pagados.
--¿Cómo es eso? –preguntó con estupor.
--Pues lo mismo que el caminante comió con el olor de la perdiz.
En ese momento pasaba cerca el posadero y al oír las palabras del sacristán comentó:
--A buen capellán, mejor sacristán.”

jueves, 2 de diciembre de 2010

MADRID ESENCIAL 2010

EN EL PRADO

Dos estatuas de pintores universales españoles anuncian las entradas del Museo del Prado. La de Velázquez y la de Goya. Dentro, el pasmo es contante. Desde el bronce de los Leoni de la cúpula representando a Carlos V y el Furor, hasta la monográfica de Renoir, impresionismo lírico, ni el ojo ni el corazón descansan.


Pese a ello, casi sigue igual todo, los Tiziano, los Greco, los Velázquez, los Bosco, aunque desubicados, como los magníficos señores del paraíso, Adán y Eva, creaciones soberbias de Durero, que ahora, limpias y perfectas, se ofrecen en medio de la sala para que los visitantes vean los trabajos que los expertos han realizado en ellos.


Aparecen sus cuerpos tan limpios que parecen seguir disfrutando del Edén del que fueron expulsados, si no fuera por las hojas que velan sus partes pudibundas y por los letreros que explican los arreglos que han sufrido las maderas que indefectiblemente soportan el el color y el tiempo de sus carnes sonrosadas.



La exposición de Renoir adolece de excesivas visitas. Aún así, vale la pena soportar esa humanidad añadida. Bodegones de peonías y manzanas, paisajes de Nápoles y Venecia, bañistas rubias y atrevidas que atraen las miradas de los más atentos; en resumen, un Renoir en muchos casos afortunadamente desconocido.


El Prado siempre es una caja de sorpresas inacabables para el ojo hecho a la belleza resuelta con pintura y escultura. Tanta carne humana y tanta alma, que se desnudan ante la mirada atrevida de los visitantes. Mitología, Religión, Historia y Vida expuestas desafiantemente a la emoción sin fin de la mirada.


miércoles, 1 de diciembre de 2010

CURSOS

LA MAGIA, EL DIABLO Y LAS BRUJAS
EN LA LITERATURA ESPAÑOLA


Durante mi etapa universitaria elaboré un trabajo con este título bajo la dirección de mi profesor y amigo José María Castro Calvo, a quien desde aquí vuelvo a darle las gracias por su dedicación y tiempo. Parte de ese trabajo lo incluyo en el presente, previas ligeras correcciones y breves añadidos.
En la literatura española, heredera en gran parte de la literatura clásica (ahí están los ejemplos de Lucano, Homero, Virgilio, Apuleyo, Petronio, Eurípides y un largo etcétera), existen presencias constantes del poder de la magia, el diablo y las brujas.



1.


Ya en la baja Edad Media encontramos verdaderas reliquias de estas presencias. Por ejemplo, en el Poema de Mio Cid (anónimo de mediados del siglo XII) encontramos al protagonista interpretando augurios a la salida de su tierra tras ser desterrado por el rey Alfonso VI. Se trata del vuelo de la corneja, ave con signos mágicos, que una vez le señala buena suerte al volar a la derecha de las huestes y que al poco tiempo se convierte en adversa cuando vuela a la izquierda del ejército del Cid. Veamos los versos del Cantar que aluden a ello:


“A la salida de Vivar tuvieron la corneja diestra,
Y entrando en Burgos tuviéronla siniestra.
Movió Mio Cid los hombros y sacudió la cabeza:
Albricias, Alvar Fáñez, pues echados somos de nuestra tierra,
Pero a gran honra volveremos a Castiella.”

Unas veces son las aves y otras las piedras las que indican a los hombres extrañas señales y hasta, bajo los signos de las estrellas, adquieren virtudes y poderes extraordinarios y ofrecen bienes y males sin cuenta.


Es lo que ocurre con las piedras de El Lapidario, libro supervisado por el monarca Alfonso X el Sabio, hijo de Fernando III el Santo y nacido en Toledo alrededor de 1220. Supo compaginar su vida de luchas contra los moros e intrigas familiares con una labor literaria y lingüística de primer orden. Fue un gran poeta en gallego y a él se debe, entre otras cosas, la creación de la prosa científica en castellano, entre cuyos libros principales destaca el arriba mecionado Lapidario, que se tradujo entre 1250 y 1260 con el propósito de describir trescientas sesenta piedras cuyas propiedades están relacionadas con los trescientos sesenta grados del Zodiaco. Tienen nombres extrañísimos y son de todos los colores, olores, temperaturas, formas, tamaños, texturas, transparencias y opacidades que puedan imaginarse. Y entre sus poderes se encuentran los siguientes: curan enfermedades, provocan otras, ayudan en tareas y labores domésticas e industriales, son buenas para la alquimia y la cosmética, favorecen la preñez y el buen parir, pero también los perjudican, ayudan a enamorarse y provocan el desamor, unas envenenan y otras sirven de triacas. Y en cuanto a la forma de aplicarse, pueden estar molidas, pulidas, llevadas al cuello tal cual, mezcladas con agua, vino, aceite, vinagre, etcétera.
Copiamos a continuación algunos ejemplos ilustrativos:


“De la piedra a que dicen milititaz.
(…) Su propiedad es tal que, si la pulen con alguna cosa, sale de ella sabor dulce como miel. En el arte de física hace esto gran provecho, pues si lo dieren a beber a hombre que tenga tos u otra dolencia en el pecho, hácele gran bien y sana luego. Y si la colgaren sobre aquel lugar donde fuere la dolencia, hará eso mismo, pero no tan pronto.”



“De la piedra que llaman abarquid.
(…) Tiene tal virtud que cuando alguna mujer la trae consigo, enciéndela tanto por codicia de varón, que no se puede contener sino por muy gran fuerza; y así lo hace cualquier animal que la tenga que sea hembra. Los de India, que trabajan mucho del arte de nigromancia, obran mucho con esta piedra. Y tiene tal virtud que si dieren de esta piedra molida a beber a mujer, hínchale el vientre poco a poco, de manera que semeja a preñada; y cuando viene el tiempo de parir, deshácese. Y los nigromantes hacen creer que, por su arte y por su saber, se hace aquella preñez y se deshace.”


“De la piedra que tiene nombre zamorat.
(…) Y tiene otra virtud: que al que la trae consigo, protégele de la enfermedad a que llaman demonio, usándola antes de tener la enfermedad, y por esta razón y porque es muy hermosa, ámanla los hombres y mayormente los honrados. Y en aquella tierra donde hallan las mejores, cuéganla a los niños a los cuellos para que no tengan esta enfermedad sobredicha; y si la tienen en comienzo y se la atan al muslo del brazo o de la pierna, antes de que envejezca, cura.”

2.


Gonzalo de Berceo es el primer escritor castellano de nombre conocido, aunque conocemos pocos datos biográficos suyos (sabemos, sin embargo, que fue natural de Berceo, localidad cercana a Nájera, en la Rioja, y que se crió en el monasterio de San Millán de Suso; su nacimiento ronda alrededor de 1200 y su muerte después de 1250). Entre sus obras destacan los Milagros de Nuestra Señora, compuestos alrededor de 1245, de los cuales nos interesa destacar El romero de Santiago, El clérigo embriagado y El milagro de Teófilo.



El primero (milagro VIII de la colección) cuenta lo sucedido a un hombre llamado Guiraldo antes de meterse a fraile en la abadía de Cluny, de donde San Hugo era abad. Este Giralt, de soltero, se daba a todo tipo de pecados, hasta que un día el apóstol Santiago le tocó el corazón animándole a que le hiciera la romería a su Catedral. Y así lo hizo, pero en vez de hacer vigilia, se acostó con una mujer, y sin tomar penitencia como la ley obliga, se puso en camino. En la tercera jornada se le apareció el demonio con apariencia de ángel verdadero



“El antiguo demonio que siempre fue traidor
es de toda enemiga maestro sabedor;
a las veces semeja ángel del Creador,
pero es demonio fino de mal sonsacador.” (versos 21-24)



y le recordó su fea acción, que sería desaprobada por la Virgen María. Preguntado quién era, el falso ángel le contestó que era el mismísimo apóstol Santiago, y que para redimirse debía cortarse el miembro con que había pecado y luego degollarse, haciendo así a Dios sacrificio de su propia vida.



“Dijo el falso Santiago: “Este es el juicio:
que te cortes los miembros que hacen el fornicio,
luego que te degüelles: harás a Dios servicio,
que de tu carne misma tú le harás sacrificio.” (versos 45-48)


El pobre loco le creyó y con un cuchillo que llevaba se cortó los genitales y se degolló, muriendo de este modo excomulgado. Los compañeros de romería decubrieron el cadáver de Guiraldo y descartaron el robo como móvil de su muerte porque seguía teniendo sus pertenencias encima. Temerosos de que la justicia los apresara a ellos, huyeron a la descampada. Y los diablos se dispusieron a llevarlo al infierno, pero Santiago les salió al encuentro para impedírselo diciéndoles que era romero suyo y eso lo convertía en un hombre de bien. A lo que un diablo le replicó que Guiraldo se había matado como Judas y por ello debía ser juzgado y condenado. Entonces Santiago le recordó que su romero había sido engañado por uno que se había hecho pasar por él, y para arreglar el pleito, propuso acudir al juicio de Santa María. La Virgen oyó a una y otra partes y luego sentenció que, como Guiraldo, creyendo que obedecía al propio Santiago, se quitó la vida, volviese su alma al cuerpo de donde salió y que el romero, recuperada la vida, hiciera penitencia para redimir su pecado. Con pesar de los demonios, Guiraldo volvió a vivir: el corte del cuello desapareció al instante, pero el miembro viril no le volvió a crecer. Aún así, rindió gracias a Dios y a la Virgen María, y también a Santiago, cuya romería cumplió totalmente. Luego volvió a su tierra y se metió a monje en Cluny, como quedó ya dicho.