sábado, 17 de diciembre de 2011

Una novela del siglo XVIII


18. Sabotaje en el camino

Salí del excusado todo lo deprisa que pude y busqué a Ortega para ponerle al corriente. Cuando en un rincón de la cocina le contaba el contenido del retazo de la conversación que había escuchado, a Ortega le tembló la voluminosa barriga y sólo logró decir en voz baja y entre
resuellos:
--O sea, que al Indiano lo ha traído aquí engañado el tal Figueras y con no muy buenas intenciones, por lo que veo. Hay que buscarlo para decírselo y luego salir a toda prisa de la finca, antes de que caigan la noche y las fuerzas del mal sobre él y sobre nosotros.
Encontramos al Indiano hablando precisamente con el dueño de la finca, y lo hacía al parecer muy amigablemente porque no dejaba de reír las ocurrencias de este último. Ortega le hizo un
gesto con la mano y acudió hacia nosotros tras excusarse ante Figueras, el cual, al vernos, nos saludó con la mano en alto y una sonrisa ambigua.
--¿Ocurre algo?-- preguntó en voz baja.
Ortega le abrevió lo que yo acababa de contarle, y el Indiano, llevándose una mano a la barbilla, dijo lacónicamente:
--Así que era verdad lo que yo sospechaba.
Por mucho que le insistimos Ortega y yo en que nos explicara el motivo de su sospecha, el Indiano no soltó prenda: sólo dijo que no quería por nada del mundo que por culpa suya nos pasara algo malo. Y acto seguido añadió que había que inventar algo para salir de aquella trampa como fuera. Dijo presa del mayor nerviosismo:
--Esperadme en el coche de caballos, que en cuanto pueda y convenza a Figueras de que algo urgente nos espera en Barcelona, me reúno con vosotros. Confiad en mí. Hasta pronto.
Momentos después nos encontrábamos subidos a la calesa, medio helados de frío y de miedo, esperando con ansiedad al Indiano. Mientras lo hacíamos, apenas nos atrevíamos a hablar del asunto. Sólo fuimos capaces de pronunciar frases sueltas, un poco promovidas por las
circunstancias . A Ortega se le ocurrió decir que los sicarios de don Matías y sus adláteres se hallaban cada vez más cerca de nosotros y estaba convencido de que iban definitivamente a por él. En cuanto a mí, me dio por mencionar que conocía al invitado que se había presentado a última hora. Ortega me tiró de la lengua y añadí que el señor Esquerra o Esquerda conocía a mi padre adoptivo y que había sido él quien le había entregado la Biblia con la lista comprometedora para que se la diera con toda urgencia al cura de Santa Ana. Ortega me preguntó exaltado:
--¿Qué lista? Nunca me habías hablado de esa lista.
Le contesté, y era la verdad, que ni a él ni a nadie le había hablado nunca de la lista conspiratoria. Insistió, con una mezcla de interés y preocupación, en que le hablara de ella. Pero en ese momento apareció corriendo el Indiano, que, saltando al coche, azotó a los caballos con la tralla mientras decía verdaderamente excitado:
--¡Arre! Salgamos de aquí antes de que sea demasiado tarde.

Los caballos iban al galope, y los traqueteos del coche, unidos a la angustia que nos provocaba aquella huida, nos impedían articular palabra, y sólo cuando ya las turbias luces del alumbrado de Barcelona se veían a lo lejos, Ortega sacó a relucir lo de la lista. La voz del Indiano no se hizo esperar:
--¿Qué lista es esa?
No tenía más remedio que decírselo. Sin embargo, estaba escrito que aquella tarde noche ni el Indiano ni Ortega oirían de mis labios nada acerca de la dichosa lista. Porque en el mismo instante en que lo iba a decir, el coche produjo un siniestro crujido y saltó a un costado del camino, separado de sus ruedas, que siguieron rodando cada una por su lado, mientras los caballos galopaban espantados por el opuesto. Acto seguido oí otro crujido, éste increíblemente mayor que el primero, y las maderas del vehículo saltaron por los aires mientras mis amigos proferían horribles gritos de dolor. Justo ahí perdí el sentido.
Cuando abrí de nuevo los ojos, me hallaba tumbado en la cama de un hospital. Había una monjita a mi lado y en cuanto me vio despertar dijo:
--Sólo la Virgen del Remedio ha podido hacer el milagro de que sigas vivo, hijo mío.
Le pregunté qué había sucedido y por qué estaba allí y me contó que un arriero me había encontrado desmayado y herido en la cabeza en un terraplén del camino de Sarriá, junto a los restos de una tartana, y me había traído al hospital en la suya. Luego caí en la cuenta, entre dolores de cabeza muy fuertes, de lo que había pasado tras la fiesta ofrecida por el señor Figueras y de vuelta a Barcelona y que conmigo viajaban Ortega y el Indiano. Preocupado por lo que hubiera podido pasarles, le pregunté a la hermana por ellos. La monja me miró con pena antes
de contestarme:
--Siento, hijo mío, decirte que uno de ellos entregó su alma al Creador recién ingresado en esta casa. Quedó apresado bajo el coche, y sus múltiples heridas, repartidas por todo el cuerpo, eran demasiado graves.
Por las características que a continuación me dio de él, deduje fácilmente que se trataba del Indiano. Consternado por la luctuosa noticia, le pregunté por Ortega:
--¿ Y el otro herido, hermana?
Me dijo que había tenido mejor suerte y que se encontraba en un cuarto al fondo del pasillo; luego añadió que, aunque grave, estaba fuera de peligro. Y acabó su breve y amable charla con estas palabras:
--Los médicos dicen que en cuestión de una semana le darán de alta. Pero todos estos pormenores se los proporcionará el médico que le atiende cuando pase a verte en la visita de esta mañana. Ahora descansa un rato, hijo mío.
La monja se fue y me quedé a solas con mis tristes pensamientos y pésimos presagios. Evidentemente, Esquerra, en connivencia con Figueras, había preparado todo para que el atentado del coche de caballos pareciera un accidente.
Tras la muerte del Indiano y el estado grave de las heridas recibidas por Ortega, mi existencia en Barcelona se había convertido en un riesgo de capital importancia. De nada me había servido
cambiarme de piso dos veces, pues los tentáculos del grupo encabezado por el cura de Santa Ana me habían demostrado que llegaban a todas partes. Era verdad que de nuevo me había salvado, pero ¿y la próxima vez?
Mi médico pasó casi a mediodía, después de que me fuera servida una sopa en la que nadaban unos cuantos garbanzos. Me dijo que mi herida de la cabeza seguía satisfactoriamente su proceso de curación y que por la tarde, tras la última cura, me darían el alta. Le pregunté por Ortega y me contestó que la gravedad de mi amigo requería atenciones exhaustivas por lo menos durante una semana pues tenía fracturas abiertas en ambas piernas y una hemorragia interna a la altura del vientre. Luego me dijo que antes de irme vendrían unos agentes del orden a hacerme una serie de
preguntas.
Aquello me gustaba tanto como las mismas heridas o el acoso a que estaba siendo sometido desde tantos años atrás pues hacía mucho tiempo que había llegado a la conclusión de que la corrupción no tenía límites. Así que me vestí y, sin esperar a la última cura, salí al pasillo y me mezclé con las visitas.
Disimuladamente, me colé en el cuarto donde se encontraba Ortega. Estaba consciente y al verme, sonrió ligeramente. Hizo intención de hablar, pero los dolores no se lo permitieron. Le pedí calma y le dije:
--Ahora tengo que irme. Pero volveré pronto a ver cómo sigues. Entonces te explicaré muchas cosas. Lucha por salir adelante. Confío en ello. Hasta la vista amigo.
Vi que me sonreía nuevamente.

Al salir del hospital reconocí en algunos detalles de su fachada que era el mismo en que Albert y Ortega me habían ingresado la vez que sufrí el primer gran ataque de tos.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Poca cultura


Los concursos de la televisión
Es evidente que los concursos de la televisión de nuestro país han proliferado como una plaga de conejos. Ya es imparable la aparición de muevos concursos. Así que de nada sirve lamentarse. Y asumiendo el hecho como algo fatal, me voy a permitir hacer un breve comentario sobre ellos. Ahora no me refiero a los juegos esperpénticos del tipo de Acorralados, Tú sí que vales y compañía, que se comentan solos; estoy pensando en los concursos culturales (dejo aparte Saber y ganar, de la 2, que por su larga y reconocida trayectoria y bien hacer está fuera de toda crítica, o Pasa palabra, de TV5, en en el que hay de todo) en que el participante debe mostrar conocimientos de tipo general. Como ocurre últimamente en dos concursos de Antena 3, Ahora caigo y Atrapa un millón. A lo que voy es a denunciar la escasa cultura general que posee el españolito medio, sin hacer diferencias de edad o de sexo. Un ejemplo bastará para demostrar lo que digo. En este último concurso citado, es decir, Atrapa un millón, que, por otra parte conduce magistralmente Carlos Sobera, se ofrecía a la pareja concursante cuatro posibles respuestas, de entre las cuales había que elegir una que correspondiera a la pregunta que saldría posteriormente en la pantalla. Las respuestas eran: Grecia, Italia, Egipto, Babilonia. Y la pregunta: ¿De dónde eran los etruscos? Pues bien, la pareja de concursantes dividieron la mayor cantidad de dinero entre Grecia y Egipto y sólo dejaron en Italia una mínima representación por si acaso. Para más inri, sobreimpresa en la pantalla apareció la frase que decía que un 57% de los concursantes "on line" habían fallado también la respuesta. ¿Quieren saber cómo acabó la pareja el concurso y cuánto se llevaron a casa? Enseguida se lo cuento. La última pregunta, que es todo o nada fue: ¿Cuántas jorobas tiene el dromedario? Posibles respuestas: 2, 1. Y la pareja depositó la escasa cantidad de euros que les quedaba en la pantalla que indicaba el número 2. Ustedes mismos.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Fotografías que hablan

Una nube especial

A veces en nuestras vidas sucede algo que rompe las barreras de lo normal, y todo en nuestro interior se desordena: lo que nos parecía nuestro, un libro, un gesto, una señal de intimidad, pertenece de pronto a un vecino, a un desconocido con el que nos cruzamos en la calle, a alguien que vive a mil kilómetros de distancia. Y, al contrario, lo que siempre ha sido ajeno a nosotros, otro libro, otro gesto, otra señal de intimidad, de repente forma parte de nuestra existencia, nuestro cuerpo lo adopta y nuestra alma lo reconoce como algo inherente a nuestra personalidad desde que nacimos. Eso me ha ocurrido hoy, cuando visitaba la playa y el entorno del mar que más es mío, y me encuentro con este escenario, que parece el mismo de siempre, el mar azul intenso, el rojo sangre de la isla de las gaviotas, el misterioso azul del cielo, pero que esa nube especial, como inventada por una mano caprichosa, algodón de azúcar sin feria y sin niños golosos, lo convierte en algo que siempre he esperado. Y me quedo con él, como si fuera un recuerdo que acaba de abandonar el pozo del olvido para salir a mi encuentro. Y sonrío porque me hace feliz y diferente.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Claves de la prosa barroca española



Claves de la prosa barroca española

1. La novela bizantina, cortesana y picaresca.

La novela bizantina floreció a principios del siglo XVII con El peregrino en su patria, (Sevilla,
1604), de Lope de Vega, novela compuesta de cinco libros con intercalaciones de otros géneros como poemas o autos sacramentales, y donde el protagonista efectúa sus viajes dentro de su propia patria. Cervantes, en su obra póstuma Persiles y Sigismunda (1617), continúa
el género y Enríquez de Zúñiga lo imita con su Semprilis y Geronodano (1629).


La novela corta, llamada más tarde cortesana, tiene sus raíces en las Novelas Ejemplares (1613) de Cervantes. Sus máximos cultivadores son, entre otros, María de Zayas, en cuyas Novelas ejemplares y amorosas otorga el protagonismo a mujeres que viven apasionantes historias de amor; Lope de Vega, autor de cuatro narraciones que llevan el nombre de Novelas a Marcia Leonarda; Castillo Solórzano, con Noches de placer; o Salas Barbadillo, a quien debemos Don Diego de noche…

La novela picaresca nace con el Lazarillo (1554), y en el siglo XVII sus seguidores la convierten en un género muy importante. El primero, Mateo Alemán, publica en 1599 la primera parte del Guzmán de Alfarache (la segunda aparecería en 1604), cuyo
protagonista es más vicioso y delincuente que Lázaro, aunque capaz de arrepentirse de sus fechorías; en la novela se cumplen todas las características del género (narración retrospectiva en primera persona, estructura episódica, etc.), enriquecidas ahora con digresiones morales de todo
tipo. Continúa la estela Francisco de Quevedo con El Buscón, escrita entre 1603 y 1604 y finalmente publicada en 1626 en Zaragoza; de ella hablaremos en la página siguiente. Otros autores y obras del género son Vicente Espinel (Vida del escudero Marcos de Obregón) y Vélez de Guevara (El diablo cojuelo. También se da el caso de que el protagonista de la novela picaresca sea una mujer, como en La pícara Justina, de López de Úbeda, La hija de Celestina, de Salas Barbadillo, o La garduña de Sevilla, de Castillo Solórzano.

Tratados morales y otras prosas barrocas

Se cultivaron también en el Barroco otras clases de prosa, como libros de temas políticos y morales, tratados de historia o cuadros de costumbres. Entre los tratados morales, ajustados a la
ortodoxia católica dictada por la Contrarreforma, destaca El Criticón (que adquiere además forma novelada), de Balsar Gracián; entre las obras que se ciñen a los dictados de la monarquía se hallan las Empresas políticas, de Saavedra Fajardo (de uno y otro hablaremos asimismo a lo largo de esta unidad); finalmente, una suma de ambos aspectos la constituye la obra de Quevedo Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satanás.

También se escribieron libros de historia en esta época, aunque siguiendo las directrices
renacentistas. Tal vez el más destacado sea la Expedición de los catalanes y aragoneses contra
turcos y griegos, publicada en 1623 y obra del valenciano Francisco de Montcada, consejero de Estado y de Guerra; en dicho libro el autor, en lugar de hablar del conjunto de los expedicionarios, destaca las personalidades de sus jefes, como Roger de Flor, Entenza o Rocafort.

Finalmente, apareció un tipo de obra que recogía costumbres y curiosidades de la época. Una
de las más celebradas, por su interés literario, es el Viaje entretenido, del madrileño Agustín de Rojas, soldado, corsario, viajero y hombre de vida aventurera; en el libro, de carácter misceláneo, se cuenta en forma de diálogo (los interlocutores son el propio Rojas y otros cómicos de la legua), la vida cotidiana de los comediantes que recorren media España representando obras de la más diversa índole y también cuestiones de la Antigüedad y la historia de ciudades y pueblos. Otro autor es Zabaleta, dos de cuyas obras más conocidas son: El día de fiesta por la mañana y El día de fiesta por la tarde.
La prosa de Quevedo

La prosa de Quevedo puede dividirse en libros morales y ascéticos, de contenido histórico y político y obras satíricas. En los libros morales y ascéticos se refleja el pesimismo del autor y su elevado ascetismo, que le lleva a decir: “La calavera es el muerto y la cara es la muerte, y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo”. Entre ellos destaca La
cuna y la sepultura.

En las obras de asunto histórico y político Quevedo retrata la decadencia de la monarquía española, cuyas causas son, a su juicio, la corrupción de las costumbres, la preponderancia de lo material sobre lo espiritual y el abandono del gobierno en manos de favoritos ineptos. Un ejemplo claro de este tipo de obra es la Vida de Marco Bruto.

En las obras satíricas Quevedo pasa revista a diversas figuras de los estamentos sociales con el objeto de ridiculizarlos o denunciar sus defectos principales; y así, su pluma arremetecontra médicos, poetas, autores teatrales… y ni siquiera perdona a los ministros. Lo comprobamos leyendo sus famosos Sueños (cuya edición de 1631 fue expurgada por el Santo Oficio por encontrar irreverentes algunas citas de las Sagradas Escrituras).

El Buscón, novela picaresca


Su título completo es Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños. Obra de juventud, es una especie de parodia o caricatura de novela picaresca que cuenta con todos los ingredientes del género: elementos autobiográficos, estructura episódica, narración retrospectiva en primera persona, protagonista antihéroe de origen poco honorable, etc.

Su argumento es como sigue: Pablos, hijo de un barbero ladrón y de una mujer aficionada a la brujería, se pone al servicio de un hijo de don Alonso Coronel; ambos se educan en Segovia en casa del dómine Cabra, sacerdote avaro y mezquino que apenas les da de comer. Luego acuden a estudiar a la Universidad de Alcalá de Henares, donde Pablos es objeto de vergonzosas burlas. Enterado por un familiar de que su padre ha sido ahorcado, regresa a Segovia para cobrar su herencia. Después viaja a Madrid donde forma parte de una banda de pícaros. Tras vivir unos días en la cárcel, recorre varias ciudades en busca de nuevas aventuras: en Toledo se hace cómico y en Sevilla, cansado de ver que su vida no medra, se embarca para América, aunque su existencia sigue por los mismos derroteros.

El estilo es muy rico; unas veces emplea un lenguaje cortado, sobrio, conciso, y otras muy complejo, plagado de juegos conceptistas, antítesis, neologismos inventados, etc. El humor
es la nota que más destaca, lograda en muchas ocasiones a base de hipérboles increíbles; aunque a veces se vuelve negro y amargo, lleno de crueles sarcasmos. Los diálogos son chispeantes y vivos, y respecto de las descripciones, no le van a la zaga (recuérdese la proverbial del dómine Cabra).




2. Lectura y actividades

Te propongo la lectura de un fragmento del Buscón. Como sabes, se trata de una parodia de novela picaresca en la que se dan, eso sí, las principales características del género: relato episódico en primera persona, criado de varios amos, elementos autobiográficos, recorrido por varias ciudades, etc. Aquí, el protagonista entra al servicio del hijo del noble segoviano don Alonso Coronel y con él vive el hambre y otras adversidades por el estilo en una primera parte llena de elementos picarescos a imitación del Lazarillo; pero enseguida adopta una actitud de desvergüenza rayana en la inmoralidad y delincuencia, que nos recuerda más al protagonista del Guzmán de Alfarache. En el fragmento presente asistimos al momento en que Pablos, con su señor, entra en pupilaje con un licenciado avariento llamado Cabra.

“Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje: lo uno por apartarle de su regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado. Supo que había en Segovia un licenciado Cabra, que tenía por oficio criar hijos de caballeros, y envió allá el suyo y a mí para que le acompañase y sirviese. Entramos el primer domingo después de Cuaresma en poder del hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. Él era un clérigo cervatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo. No hay más que decir para quien sabe el refrán que dice, ni gato ni perro de aquella color. Los ojos avecinados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos; tan hundidos y oscuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, entre Roma y Francia…; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que, de pura hambre, parecía que
amenazaba comérselas; los dientes le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate, largo como avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer, forzada de la necesidad; los brazos, secos; las manos, como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo, parecía tenedor, o compás, con dos piernas largas y flacas; su andar, muy despacio; si se descomponía algo, le sonaban los
huesos como tablillas de San Lázaro; la habla, ética; la barba, grande, por nunca se la cortar, por no gastar; y él decía que era tanto el asco que le daba ver las manos del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese; cortábale los cabellos un muchacho de los otros. Traía un bonete los días de sol, ratonado con mil gateras, y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos de caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra, y desde lejos, entre azul; llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños; parecía con los cabellos largos y la sotana mísera y corta, lacayuelo de la muerte. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él; conjuraba los ratones, de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba; la cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado, por no gastar las sábanas: al fin era archipobre y protomiseria.”
Actividades

a) Resume brevemente el contenido del texto.

b) ¿Cuáles son las razones que aduce Pablos para que don Alonso decida poner a su hijo en pupilaje?

c) Explica en qué tiempo tuvo lugar la entrada al pupilaje y qué significado aporta al pasaje.

d) ¿De qué modo se relaciona en el texto el rasgo físico “largo sólo en el talle” con la forma de ser del licenciado?

e) Explica el sentido del refrán “ni gato ni perro de aquella color” aplicado al físico de Cabra.
f) En el texto se establecen relaciones entre los rasgos físicos del licenciado y su vestimenta
con otros elementos comparativos o metafóricos. Explícalas.

g) ¿Cuál es el origen de la expresión “como tablillas de San Lázaro”?

h) Explica qué relación guardan los muebles y su casa con la avaricia y mezquindad del dómine Cabra.

i) Cita las dos palabras que resumen la forma de ser del protagonista y explica qué tienen de particular gramaticalmente hablando.




3. Saavedra Fajardo y Gracián.

Diego Saavedra Fajardo (1584-1648) nació en Algezares (Murcia) en el seno de una familia con bienes. Estudió Letras en Salamanca mientras se ordenaba clérigos de órdenes menores. Luego entró al servicio del cardenal Gaspar de Borja y ejerció la carrera diplomática en varias cortes de Europa (Nápoles, el Vaticano, Alemania…). Intervino en varis cónclaves para elegir Papa, sobre todo en las elecciones de Gregorio XV y Urbano VIII y estuvo presente en distintos congresos. Su gran cultura y exquisita perspicacia le ayudaron a entender con exactitud y rigor las razones por las cuales el que había sido un gran imperio se estaba hundiendo en la decadencia más lastimosa.

Obra

Dejando aparte sus poemas, de escaso interés, Saavedra Fajardo es conocido sobre todo por su prosa entre crítica e histórica, de la cual destacan los siguientes títulos: Idea de un príncipe cristiano representado en cien empresas (abreviado en Empresas políticas), que resume la experiencia diplomática del autor y cuya directriz esencial es oponerse a las ideas de Maquiavelo y trazar las líneas de lo que debe ser un verdadero príncipe cristiano; Locuras de Europa, que es un diálogo entre Mercurio y Luciano, en el que éste expresa la pregunta cínica sobre
política y Mercurio la respuesta práctica y clara; la obra es importante para entender los motivos de las rebeldías de Cataluña y Portugal o las guerras en que estaba metida Europa. Pero la mejor para muchos es República literaria, aparecida póstumamente y que representa como ninguna el estilo sereno y natural de Saavedra Fajardo, ajeno a las corrientes del culteranismo y conceptismo del Barroco. A esta obra pertenece el siguiente fragmento donde habla de las nueve musas y sus respectivas ocupaciones, estatuas que adornan la entrada a la ciudad de la república literaria:


“El frontispicio de la puerta de la ciudad era de hermosas columnas de diferentes mármoles y jaspes. En ellas (no sin misterio), parece que faltaba así misma la arquitectura, porque de los cinco órdenes solamente se veía el Dórico, duro y desapacible, símbolo de la fatiga y el trabajo. Entre las columnas estaba en sus nichos nueve estatuas de las nueve musas, con varios instrumentos de música en las manos a las cuales había dado la escultura tal aire y movimiento ¡a pesar del mármol! , que la imaginación daba a entender que imprimía en ella aquellos
afectos, que suelen infundir desde las esferas del cielo, donde las consideró inteligencias o almas la antigüedad. Clío parece que encendía en los pechos llamas de gloria con las hazañas de los varones ilustres. Tersícore elevaba los pensamientos con la dulzura de la música. Erato daba números y compases a los movimientos de los pies. Polimnia avivaba la memoria. Urania se servía de ella para persuadir el ánimo de las contemplaciones de los astros. Calíope levantaba
los espíritus heroicos a acciones gloriosas. Melpómene los alentaba con la memoria de muchos que merecieron con las hazañas los elogios. Talía, disimulando en el donaire la censura, a un tiempo entretenía y engañaba. Y Euterpe formaba diversas flautas, acomodando a todas diferentes sentidos, con tal propiedad, que parecía que para cada uno las había fabricado. Este
frontispicio se remataba en la estatua de Apolo, cuya madeja de oro, con lustroso curso de luz, bajaba sobre los hombros. Ocupaba su mano derecha el plectro y la izquierda la lira; y aun sin herir las cuerdas, hacía armonía al discurso, si no al oído, la propiedad.”


Baltasar Gracián (1601-1658) nació en Belmonte (Zaragoza) en una familia muy modesta y cargada de miembros. Cursó estudios en el colegio de jesuitas de Calatayud y Huesca. A los dieciocho años ingresó en la orden de la Compañía de Jesús y profesó los votos en 1635. Estuvo varias veces en Madrid donde ganó fama de gran predicador. Una vez conseguido su nombramiento de rector del colegio de jesuitas de Tarragona, mostró gran interés por la arqueología y las antigüedades. Intervino en la liberación de Lérida como capellán del ejército
en 1646. Habiendo demostrado en más de una ocasión su carácter solitario e independiente y tras predicar en Valencia que tenía en su poder una carta del infierno, sus superiores empezaron a retirarle su apoyo hasta perder la plena confianza que en él había puesto la Compañía, que acabó por desterrarlo a Graus. Después de querer abandonar la Orden en varias ocasiones sin conseguirlo, murió en Tarazona.

Obra

Gracián nos ha dejado los siguientes grupos de obras:

Un tratado de estética y crítica literaria: Arte y agudeza de ingenio, donde encierra sus principales ideas conceptistas (“Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. “Las voces son lo que las hojas en el árbol, y los conceptos, el fruto”. “Más pesan quintaesencias que fárragos”…).

Un tratado religioso: El comulgatorio, en el que propugna el camino que debe recorrer el cristiano para alcanzar la Divinidad ( entre otras cosas afirma que la voluntad y la constancia son los únicos que pueden salvar al hombre).

Cuatro tratados políticos en los que pretende reflejar los modelos o tipos ideales que
el hombre debe seguir en los diversos campos de la existencia (la guerra, la cultura, el gobierno y la vida cotidiana): El Héroe, El Discreto, El Político y Oráculo manual o arte de prudencia.

Un tratado filosófico expuesto en forma novelada: El criticón, para muchos su mejor obra. En el prólogo define el autor su obra como un discurso del paso de la vida en sus cuatro edades o
estaciones: Niñez o Primavera, Juventud o Estío, Varonil edad u Otoño, Vejez o Invierno. El libro muestra además el contraste entre el instinto y la razón que, complementadas, guían al hombre hacia el buen obrar. Si las ideas filosóficas de Gracián se resumen en forma de máximas o sentencias como las contenidas en el Oráculo manual, para conocer con mayor profundidad su pensamiento debe leerse El criticón. Su argumento, a grandes rasgos, es el siguiente: Un náufrago llamado Critilo encuentra en la isla de Santa Elena, adonde ha ido a parar, a Andrenio, un hombre semisalvaje que ha vivido solo en la naturaleza y que desconoce su origen y hasta el lenguaje, pormenor que le enseña Critilo. Ambos recorren parte de Europa, Andrenio dirigido por sus instintos y Critilo por la razón (España, Francia, Italia), y van encontrando personajes, la mayoría alegóricos, que sirven al autor para hacer todo tipo de consideraciones filosóficas (sobre la amistad, la hipocresía, la reputación, la desilusión…), hasta que llegan a Roma donde
comprenden la fragilidad de la vida y la seguridad de la muerte, aunque ellos van a la isla de la inmortalidad, cuyos dos únicos caminos son la virtud y el valor.


He aquí un fragmento de El criticón que pinta la vida como un valle de lágrimas:

“Porque, ¿quién, sabiéndolo, quisiera meter el pie en un reino mentido y cárcel verdadera, a padecer tan muchas como varias penalidades? En el cuerpo hambre, sed, frío, calor, cansancio, desnudez, dolores, enfermedades y en el ánimo engaños, persecuciones, envidias, desprecios, deshonras, ahogos, tristezas, temores, iras, desesperaciones y salir al cabo condenado a miserable muerte, con pérdida de todas las cosas: casa, hacienda, bienes, dignidades, amigos,
parientes, hermanos, padres y la misma vida, cuando más amada. “Bien supo la naturaleza lo que hizo y mal el hombre lo que aceptó. Quien no te conoce, ¡oh, vivir, te estime!; pero un desengaño tomará antes haber sido trasladado de la cuna a la urna, del tálamo al túmulo. Presagio común es de miserias el llorar al nacer. Que, aunque el más dichoso cae de pies, triste posesión toma y el clarín, con que este hombre y rey entra en el mundo, no es otro que su llanto: señal que su reinado todo ha de ser de penas.”


4. Comentario de texto literario


Lee el siguiente fragmento de Agudeza y arte de ingenio, de Baltasar Gracián, y contesta las preguntas:


“Era la verdad la esposa legítima del entendimiento, pero la mentira, su gran émula, emprendió desterrarla de su tálamo y derribarla de su trono: para esto ¿qué embustes no intentó?, ¿qué supercherías no hizo? Comenzó a desacreditarla de grosera, desaliñada, desabrida y necia; al contrario a sí misma venderse por cortesana, discreta, bizarra y apacible, y, si bien por naturaleza fea, procuró desmentir sus faltas con sus afeites. Echó por tercero al gusto, con que en poco tiempo obró tanto, que tiranizó para sí el rey de las potencias. Viéndose la verdad despreciada y aun perseguida, acogióse a la agudeza, comunicóle su trabajo y consultóle su remedio. Verdad amiga, dijo la agudeza, no hay manjar más desabrido en estos estragados tiempos que un
desengaño a secas, mas ¡qué digo desabrido!, no hay bocado más amargo que una verdad desnuda. La luz que derechamente hiere, atormenta los ojos de un águila, de un lince, cuando más los que flaquean. Para esto inventaron los sagaces médicos del ánimo el arte de dorar las verdades, de azucarar los desengaños.
Quiero decir (y observadme bien esta lección, estimadme este consejo) que os hagáis política; vestíos al uso del mismo desengaño, disfrazaos con sus mismos arreos, que con eso yo os aseguro el remedio, y aun el vencimiento. Abrió los ojos la verdad, dio desde entonces en andar con artificio; usa de las invenciones, introdúcese por rodeos, vence con estratagemas, pinta lejos lo que está muy cerca, habla de los presente en lo pasado, propone en aquel sujeto, lo que quiere condenar en éste, apunta a uno para dar en otro; deslumbra las pasiones, desmiente los afectos, y por ingenioso circunloquio viene siempre a parar en el punto de su intención.”
Contexto
a) Sitúa el texto en el movimiento literario al que pertenece y dentro de la obra de su autor.

Análisis del contenido
b) Redacta el contenido del texto como si fuera un relato.
c) Confecciona un campo semántico referido a la mentira a partir del léxico del texto.
d) Describe el cambio que experimenta la verdad a lo largo del fragmento. Explica la causa de ese cambio.
e) ¿Qué consejo da la agudeza a la verdad?

Análisis de la forma
f) Identifica en el texto los pasajes de narración y de diálogo. ¿Qué crees que consigue Gracián
valiéndose de estas formas de elocución?
g) Localiza en el fragmento un ejemplo de cada una de estas figuras retóricas: aliteración, antítesis, metáfora, interrogación retórica, personificación, comparación, asíndeton, paronomasia.
h) Explica el cambio de las personas gramaticales del texto.

Comentario final
i) Redacta un comentario que incluya los puntos anteriores.








jueves, 8 de diciembre de 2011

El relato del mes


EL GATO VIRILI

Virili era un gato negro con manchas blancas en las patas y el rabo, juguetón como él solo, que gustaba salir a los tejados vecinos por la ventana de nuestra cocina y deambular con otros de su especie por los corrales. También solía dormir sus siestas sobre los sarmientos del corral de
la señora Arsenia o al sol en el balcón de Felisa, quizá soñando en las caricias de la hermosa joven.
Virili había nacido en un hueco del desván y un día desapareció con sus hermanos de camada siguiendo a la madre. Pero el gato debió de sentir la querencia de aquel hueco cálido del desván que había sido su lugar de nacimiento y allí volvió para quedarse.
Deambulaba a sus anchas por toda la casa como un miembro más de la familia. Se dejaba acariciar el lomo y emitía al sentir la caricia un ronroneo cariñoso de agradecimiento. Muchas veces me acompañaba en silencio en el desván mientras yo leía los cuadernos de aventuras que acababa de cambiar con otros chavales del barrio.
Pero Virili también desaparecía de pronto y se pasaba varios días sin volver a casa. Así que cuando volvía, se montaba una fiesta por todo lo alto, al menos entre los menores de la familia.
Un año al volver de la romería del Cristo de Morales nos encontramos con una terrible desgracia. Como casi siempre por esas fechas, en casa se pintaba o encalaba alguna estancia y así se inauguraba la primavera y el tiempo de bonanza. La habitación más difícil de todas era la cocina pues había que vaciar todos los rincones, en especial los vasares donde se depositaba todo el polvo y las morceñas que desprendían los infiernillos durante todo el año. Mi madre llamaba
morceñas a las pavesas que se escapaban del fuego y, volando como diminutas mariposas blancas, iban a posarse en lo alto de los vasares detrás de los platos y los vasos, y allí criaban.
Sin embargo, el año de la desgracia tocaba encalar la sala materna; así que antes de irnos a la romería del Cristo de Morales, quedó todo listo para, una vez vueltos a casa y secas ya las paredes, arrimar los muebles y colocar los demás enseres en sus respectivos lugares.
La cuestión es que el somier de la cama, que había quedado arrimado a un lateral de la cómoda, se había deslizado hasta caer de golpe sobre las baldosas del piso pillando en su caída a Virili, que debía de haber estado jugando momentos antes con sus alambres. Y al entrar en la sala nos encontramos con el peor de los desenlaces. El animalito yacía bajo el peso del somier con
la cabeza reventada y profiriendo unos maullidos tan lastimeros que nos abrieron el corazón a mayores y pequeños. Lo sacamos de debajo del somier y lo envolvimos en un trapo hasta que, sin dejar de maullar, se fueron acabando una tras otra sus siete vidas gatunas.
Era de noche cuando cogimos entre mi hermana Mari y yo el cuerpo de Virili, callado ya definitivamente y, aunque tibio todavía, muerto del todo, rígido y con el pelaje tieso, y lo llevamos hasta el puente desde donde, a la altura del segundo ojo, lo lanzamos al río. Nos respondió el ruido del agua al golpear el envoltorio contra ella. Luego, el silencio y el eterno
murmullo del Duero bajando hacia las aceñas de Olivares.
De nada me sirvió entonces el dulce recuerdo de la romería ante el doloroso suceso de la muerte de Virili y su posterior desaparición.
Hubo después en casa algún gato más, como aquel minino blanco de pelo sedoso que gustaba tanto a mi hermana pequeña, quien quizá, por la muerte de Virili, refugió en él todo su amor por los animales.
Pero nunca fue lo mismo. El nuevo gato tenía pocos días de vida cuando se lo trajo Demetrio, un amigo de mi padre. Mi hermana pequeña lo llamó Bolita y cada mañana se quitaba un poco de leche de su desayuno y en un cuenco se la ofrecía empapada de migas de pan. Bolita acababa en un santiamén con la leche migada y se quedaba relamiendo con su lengua rosada la pared húmeda del cuenco hasta que lo secaba del todo, aunque la lengua del gatito seguía restallando en el aire un rato todavía.
Algunas veces que íbamos de visita a casa de Demetrio, Mari se empeñaba en llevárselo consigo y no había manera de disuadirla. Así que mi madre le preparaba una cestita y en ella lo transportaba. Pero, ya digo, nunca llegó a ocupar el sitio que había tenido Virili en nuestras vidas.
(Del libro inédito Cuentos del barrio)

viernes, 2 de diciembre de 2011

De vista, de oídas, de leídas

Nicanor Parra, premio Cervantes 2011
El poeta chileno Nicanor Parra (1914) sucede a la novelista española Ana María Matute (1926) en la ya ilustre lista de ganadores del Cervantes.
Creador de la llamada antipoesía y hermano de la cantautora Vileta Parra, es académico, matemático y físico, muestra en su larga carrera literaria títulos tan significativos como Cancionero sin nombre (1937), influido por el popularismo de Lorca, Poemas y antipoemas (1954) y Versos de salón (1962), puntos de inflexión para su cambio de rumbo poético; a este último pertenecen los siguientes:
"Durante medio siglo
la poesía fue
el paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
y me instalé con mi montaña rusa.
Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
echando sangre por boca y narices."
Su forma de concebir la poesía no puede ser más clara: "Busco una poesía a base de hechos y no de combinaciones o figuras literarias. Estoy en contra de la forma afectada del lenguaje tradicional poético". Y así ha sido. Lo conversacional y directo salpica su expresión poética.
He aquí una muestra:
Nervioso, pero sin duelo
a toda la concurrencia
por la mala voz suplico
perdón y condescendencia.
Con mi cara de ataúd
y mis mariposas viejas
yo también me hago presente
en esta solemne fiesta.
¿Hay algo, pregunto yo
más noble que una botella
de vino bien conversado
entre dos almas gemelas?
El vino tiene un poder
que admira y que desconcierta
transmuta la nieve en fuego
y al fuego lo vuelve piedra.
El vino es todo, es el mar
las botas de veinte leguas
la alfombra mágica, el sol
el loro de siete lenguas.
Algunos toman por sed
otros por olvidar deudas
y yo por ver lagartijas
y sapos en las estrellas.
El hombre que no se bebe
su copa sanguinolenta
no puede ser, creo yo
cristiano de buena cepa.
El vino puede tomarse
en lata, cristal o greda
pero es mejor en copihue
en fucsia o en azucena.
El pobre toma su trago
para compensar las deudas
que no se pueden pagar
con lágrimas ni con huelgas.
Si me dieran a elegir
entre diamantes y perlas
yo elegiría un racimo
de uvas blancas y negras.
El ciego con una copa
ve chispas y ve centellas
y el cojo de nacimiento
se pone a bailar la cueca.
El vino cuando se bebe
con inspiración sincera
sólo puede compararse
al beso de una doncella.
Por todo lo cual levanto
mi copa al sol de la noche
y bebo el vino sagrado
que hermana los corazones.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El poema del mes


AVANZAMOS
A los viejos amigos

A ciegas avanzamos
sin conocer si es luz
lo que alcanzamos
o sólo sombra fría,
oscuridad de invierno.
Y sin embargo vamos
desenroscando el tiempo
empujados por el ansia
de estrenar días nuevos.
Sabiendo que pensar en el pasado,
vivir en sus espejos,
no nos ayuda: impide
poner los pies seguros,
constantes en el suelo.
Es diciembre. Y espera
una nueva estación fuera del sueño.
No miremos atrás, el corazón
necesita latir en aires nuevos,
Navidades sin mitos que la infancia
inventó como otro juego,
lejos de la verdad oscura y dura;
curar errores con aciertos,
alzar andamios, abrir nuevos caminos,
subir roca tras otra sin sosiego.
A ciegas avanzamos;
pese a todo avanzamos
entre prosas de asuntos cotidianos
y algunos renglones tiernos,
emociones que son como milagros
en medio de los miedos
que viven nuestros trenes
estaciones y vías recorriendo.
A ciegas avanzamos
buscando la verdad sin que alcancemos
a saber si el andén
siguiente es el auténtico
o sólo otra llamada del pasado,
la imagen reflejada en un espejo.
A ciegas avanzamos,
pero avanzando un día llegaremos
a la estación de paz
que todos merecemos,
una paz andamiada sin atajos,
una paz amasada con esfuerzo.