martes, 15 de abril de 2008
Femeninos machistas
Viendo la película "Sáhara", volví a encontrarme de sopetón con uno de esos términos femeninos machistas que tanto nos acribillan los oídos desde todos los medios de comunicación icluido el cine. Y fue en labios de Penélope Cruz, la protagonista que trabaja en la citada película para la OMS en África y se ve envuelta en una aventura arriesgada a raíz de una epidemia que ciertos sectores políticos y sociales quieren ocultar. El caso es que, cada vez que se presenta a otros personajes del film, pronuncia la misma frase: "Hola, soy médico." Así, "médico". Médico (del latín "medicus"), igual que abogado, catedrático y muchos otros vocablos referidos a oficios o profesiones,según la RAE es, por un lado, un adjetivo de dos terminaciones relacionados con la medicina, y por otro, un sustantivo en masculino y femenino que designa personas que ejercen la medicina. Por lo tanto, en uno y otro caso, existe médico para el masculino y médica para el femenino. Así que la guapa Penélope debió decir "Hola, soy médica".
HILO DIRECTO CON DIOS
PRIMEROS CONTACTOS CON EL COLEGIO
El Colegio, considerado físicamente,se encuentra situado a poca distancia de la décima estación de ferrocarril de la línea Barcelona-Tarrasa. La primera vez que salí de la estación para encaminarme al Colegio, miré hacia el lugar donde se asentaba según las referencias que me había dado Fontana, paisano mío del que hablaré a su debido tiempo. De buenas a primeras, el Colegio me pareció un campo de concentración a juzgar por la extensa verja que lo limitaba y el silencio que se desprendía de él, un silencio oscuro y quieto como los pinos y los cipreses que crecen allí.
Los dos mundos físcos del Colegio, el vegetal y el mineral, están perfectamente cuidados; los jardines, los bosquecillos de pinos que sirven de separación a los diversos pabellones de clases y oficinas, el oratorio, grande como una catedral, los campos de deportes, la zona privada de la piscina y una riera de cauce cubierto donde crecen álamos frondosos y románticos, que en otoño decoran sentimentalmente el conjunto. Y caminos, de tierra y de piedra, por donde van y vienen las personas que allí conviven, las que estudian, las que enseñan, las que llevan la burocracia y las que se encargan del mantenimiento.
Nada más incorporarme, fui asignado al Pabellón de la Mariposa, llamado así por el gigantesco mosaico que el Departamento de Arte construyó, con ayuda del alumnado, en la zona del recreo situada delante del Pabellón. Éste tenía dos plantas y en las vidrieras de la escalera que las ponía en comunicación podía verse el escudo del Colegio en gran tamaño y a todo color, con su barco y su águila, símbolos de la vida en marcha y de las altas miras o la espiritualidad. El primer profesor que me encontré en la escalera fue Aurelio Marqués. Recuerdo que me dijo que de tanto subir y bajar aquellas escaleras, unas veces para ir a las clases y otras a su despacho, tenía grabados en sus pupilas aquel barco y aquella águila del escudo. Me presentó luego a nuestro Jefe de Sección, un hombre de baja estatura, pero de mirada inquieta y viva llamado Roberto Dados, que luego resultó ser tan buena persona como gran pedagogo y dotado de un especial don de gentes,características que lo hacían, a la primera de cambio, simpático a profesores y a alumnos. Roberto Dados fue quien me dijo totalmente convencido:
“Lo más importante en la enseñanza para el profesor es ser consciente de que la gente que tiene uno ante sí son hombres, personas en crecimiento y que cada una de ellas es diferente de las demás. Mundos en pequeño que conviene cuidar”
Después conocí a compañeros estupendos, unos desgraciadamente desaparecidos hoy y otros felizmente jubilados. Ente los primeros, Juan Espejo, profesor de Inglés y poeta, con el que pronto asistiría a la tertulia literaria de Jurado Morales de Barcelona. Espejo era una persona encantadora, sensible, muy querida por los alumnos. Soltero y fumador empedernido, le gustaba mucho la música y, sobre todo, viajar. En un viaje que realizó a Estambul contrajo una enfermedad extraña que los médicos tardaron mucho en diagnosticar. Demasiado. Se complicó finalmente con una dolencia antigua producida por el tabaco. Tanto que, cuando se disponían a operarle urgentemente, el pobre Juan se les quedó en el quirófano. Recuerdo que Aurelio le hacía bromas sobre los peligros del fumar. Espejo le respondía que morir por culpa del tabaco era muy poético, y le citaba los casos de ilustres poetas que habían muerto a causa del tabaco, uno de los cuales era su admirado Kavafis aunque,cuando salía a colación el tema, reconocía que no le llegaba ni a la altura del betún al poeta de Alejandría. No olvidaré nunca unos versos suyos que dicen:
“Como siempre tengo la ventana abierta,
irremediablemente abierta,
esperando que entre hasta el último rincón
del último mueble
la última, y para siempre, luz de todas las lunas llenas;
la luz de todos los calores del verano;
el olor alegre de todos los trigos del mundo;
la callada melodía de todos los ruiseñores,
el reflejo de todos los hombres buenos que aún no existan.”
A los pocos días de su muerte organicé para él en el Ateneo de la población donde resido un sentido homenaje. Al acto acudieron, entre otros compañeros del Colegio, José Santamaría, Antonio de Pedro y Aurelio Marqués.
Juan Espejo era poeta. De su Mancha natal le venía la hidalguía que llevaba como se lleva una sonrisa entre los labios o el traje de amistad sobre el corazón. Él sabía cantar la vida como algo que hay que merecer cada mañana. Era poeta. Recuerdo su voz ronca, desgarrada y misteriosa cuando recitaba en la tertulia de José Jurado Morales de Barcelona el último poema que había escrito. Escribía de la soledad y del camino diario, del amor y de la libertad, y siempre el buen gusto y la belleza brillaron en sus versos con luz propia.
Entre los compañeros felizmente jubilados se encontraba Javier Cabañas, que pertenecía a la Obra, pero, como en el caso de Mariano Valdovinos, no hacía de la religión una bandera, sino que la reservaba para sí, como debe ser, y se esforzó siempre por hacer de sus clases verdaderos ratos de aventura, buscando nuevos caminos para la creación e inventiva de sus alumnos. Era profesor de Dibujo y llegó a ser jefe de su Departamento, al que pertenecieron, en épocas diferentes del Colegio, figuras de nuestra pintura nacional, como Higueras, Canales y Montagut.
Cabañas, además de buena persona y profesor de Dibujo en el Colegio, era un excelente pintor que contaba ya por entonces con varias exposiciones y premios pictóricos a sus espaldas. Precisamente, Aurelio había decorado ya algunas paredes de su casa con cuadros de Cabañas. En realidad, era raro el profesor que no tenía colgada alguna marina suya con el puerto de Barcelona al fondo o escenas costumbristas del Vallés envueltas en el pintoresco paisaje de la comarca, cuando no bodegones sobre fondos ocres y sienas. Sin embargo, el profesor más aficionado a asistir a las exposiciones de Cabañas y a comprar cuadros suyos era sin duda José Santamaría.
El Colegio, considerado físicamente,se encuentra situado a poca distancia de la décima estación de ferrocarril de la línea Barcelona-Tarrasa. La primera vez que salí de la estación para encaminarme al Colegio, miré hacia el lugar donde se asentaba según las referencias que me había dado Fontana, paisano mío del que hablaré a su debido tiempo. De buenas a primeras, el Colegio me pareció un campo de concentración a juzgar por la extensa verja que lo limitaba y el silencio que se desprendía de él, un silencio oscuro y quieto como los pinos y los cipreses que crecen allí.
Los dos mundos físcos del Colegio, el vegetal y el mineral, están perfectamente cuidados; los jardines, los bosquecillos de pinos que sirven de separación a los diversos pabellones de clases y oficinas, el oratorio, grande como una catedral, los campos de deportes, la zona privada de la piscina y una riera de cauce cubierto donde crecen álamos frondosos y románticos, que en otoño decoran sentimentalmente el conjunto. Y caminos, de tierra y de piedra, por donde van y vienen las personas que allí conviven, las que estudian, las que enseñan, las que llevan la burocracia y las que se encargan del mantenimiento.
Nada más incorporarme, fui asignado al Pabellón de la Mariposa, llamado así por el gigantesco mosaico que el Departamento de Arte construyó, con ayuda del alumnado, en la zona del recreo situada delante del Pabellón. Éste tenía dos plantas y en las vidrieras de la escalera que las ponía en comunicación podía verse el escudo del Colegio en gran tamaño y a todo color, con su barco y su águila, símbolos de la vida en marcha y de las altas miras o la espiritualidad. El primer profesor que me encontré en la escalera fue Aurelio Marqués. Recuerdo que me dijo que de tanto subir y bajar aquellas escaleras, unas veces para ir a las clases y otras a su despacho, tenía grabados en sus pupilas aquel barco y aquella águila del escudo. Me presentó luego a nuestro Jefe de Sección, un hombre de baja estatura, pero de mirada inquieta y viva llamado Roberto Dados, que luego resultó ser tan buena persona como gran pedagogo y dotado de un especial don de gentes,características que lo hacían, a la primera de cambio, simpático a profesores y a alumnos. Roberto Dados fue quien me dijo totalmente convencido:
“Lo más importante en la enseñanza para el profesor es ser consciente de que la gente que tiene uno ante sí son hombres, personas en crecimiento y que cada una de ellas es diferente de las demás. Mundos en pequeño que conviene cuidar”
Después conocí a compañeros estupendos, unos desgraciadamente desaparecidos hoy y otros felizmente jubilados. Ente los primeros, Juan Espejo, profesor de Inglés y poeta, con el que pronto asistiría a la tertulia literaria de Jurado Morales de Barcelona. Espejo era una persona encantadora, sensible, muy querida por los alumnos. Soltero y fumador empedernido, le gustaba mucho la música y, sobre todo, viajar. En un viaje que realizó a Estambul contrajo una enfermedad extraña que los médicos tardaron mucho en diagnosticar. Demasiado. Se complicó finalmente con una dolencia antigua producida por el tabaco. Tanto que, cuando se disponían a operarle urgentemente, el pobre Juan se les quedó en el quirófano. Recuerdo que Aurelio le hacía bromas sobre los peligros del fumar. Espejo le respondía que morir por culpa del tabaco era muy poético, y le citaba los casos de ilustres poetas que habían muerto a causa del tabaco, uno de los cuales era su admirado Kavafis aunque,cuando salía a colación el tema, reconocía que no le llegaba ni a la altura del betún al poeta de Alejandría. No olvidaré nunca unos versos suyos que dicen:
“Como siempre tengo la ventana abierta,
irremediablemente abierta,
esperando que entre hasta el último rincón
del último mueble
la última, y para siempre, luz de todas las lunas llenas;
la luz de todos los calores del verano;
el olor alegre de todos los trigos del mundo;
la callada melodía de todos los ruiseñores,
el reflejo de todos los hombres buenos que aún no existan.”
A los pocos días de su muerte organicé para él en el Ateneo de la población donde resido un sentido homenaje. Al acto acudieron, entre otros compañeros del Colegio, José Santamaría, Antonio de Pedro y Aurelio Marqués.
Juan Espejo era poeta. De su Mancha natal le venía la hidalguía que llevaba como se lleva una sonrisa entre los labios o el traje de amistad sobre el corazón. Él sabía cantar la vida como algo que hay que merecer cada mañana. Era poeta. Recuerdo su voz ronca, desgarrada y misteriosa cuando recitaba en la tertulia de José Jurado Morales de Barcelona el último poema que había escrito. Escribía de la soledad y del camino diario, del amor y de la libertad, y siempre el buen gusto y la belleza brillaron en sus versos con luz propia.
Entre los compañeros felizmente jubilados se encontraba Javier Cabañas, que pertenecía a la Obra, pero, como en el caso de Mariano Valdovinos, no hacía de la religión una bandera, sino que la reservaba para sí, como debe ser, y se esforzó siempre por hacer de sus clases verdaderos ratos de aventura, buscando nuevos caminos para la creación e inventiva de sus alumnos. Era profesor de Dibujo y llegó a ser jefe de su Departamento, al que pertenecieron, en épocas diferentes del Colegio, figuras de nuestra pintura nacional, como Higueras, Canales y Montagut.
Cabañas, además de buena persona y profesor de Dibujo en el Colegio, era un excelente pintor que contaba ya por entonces con varias exposiciones y premios pictóricos a sus espaldas. Precisamente, Aurelio había decorado ya algunas paredes de su casa con cuadros de Cabañas. En realidad, era raro el profesor que no tenía colgada alguna marina suya con el puerto de Barcelona al fondo o escenas costumbristas del Vallés envueltas en el pintoresco paisaje de la comarca, cuando no bodegones sobre fondos ocres y sienas. Sin embargo, el profesor más aficionado a asistir a las exposiciones de Cabañas y a comprar cuadros suyos era sin duda José Santamaría.
lunes, 14 de abril de 2008
PROCRIS
PROCRIS
I.
Una mujer semidesnuda, con el cuello manchado por la sangre de una herida, yace muerta en un prado verde y florido. La muerte y la vida. Un fauno, vida salvaje y natural, se inclina solícito sobre la mujer, mientras que un gran perro de caza, vida animal, vela sentado a sus pies. Al fondo una laguna de aguas quietas con pájaros y perros en su orilla. Amanece. Flota sobre la escena una atmósfera propia del mundo de los sueños. Este es el cuadro. Su autor, Piero di Cosimo, vivió el apogeo del Renacimiento y de Florencia. Era un hombre de humor caprichoso, capaz de las invenciones más extrañas. Como este cuadro. El cuadro se encuentra en la National Gallery de Londres con el título Un tema mitológico, y representa la muerte de Procris, último episodio de una leyenda antigua contada por Ovidio en sus Metamorfosis.
II.
En el cuadro falta el marido celoso, Céfalo, causante de la muerte de la infortunada esposa. Pero no el perro Laelaps, regalo de Diana a Céfalo. El can asiste a la tragedia como símbolo de fidelidad, virtud en la que ambos esposos tuvieron tan poca confianza. Con el mismo tema de los celos y con los mismos personajes, Niccolo de Correggio escribió un drama titulado Céfalo que se estrenó en Ferrara y luego se imprimió en Venecia, donde probablemente la conoció el pintor. Entonces, como ahora, las catástrofes y las muertes originadas por los celos eran muy corrientes. Un ejemplo fue el de Galeotto Manfredi, señor de Faenza, que fue descuartizado por orden de su esposa Francesca por haberle sido infiel. De ahí que tuviera tanta importancia el drama de Correggio, aunque le dio un final contrario al de Ovidio, pues en el quinto acto una diosa compasiva devolvió a Procris a la vida y se la entregó a Céfalo. A la muerte le sigue la resurrección. Ahora, a diario, los casos de celos salpican de sangre la pantalla de la televisión, el papel de los periódicos, la paz de las familias.
III.
La primera obra de Piero di Cosimo fue el paisaje de El sermón de Cristo que figura en la Capilla Sixtina. Los retratos y los cuadros del artista adquieren con el paisaje una atmósfera y un encanto especiales, pues siguiendo a los pintores holandeses contemporáneos como Jan van Eyck o Hugo van der Goes creía que el paisaje otorgaba un carácter decisivo al cuadro. Y así, La muerte de Procris está envuelta en la melancolía de un paisaje acuático bajo un cielo incierto. Garzas plateadas deambulan por la orilla, imagen del reino de los muertos, adonde Procris acaba de ingresar. El dolor, las lágrimas y el olvido la envuelven para siempre. Ahora, a diario, la muerte de las mujeres por celos aparece envuelta en la melancolía atroz de un paisaje urbano bajo un cielo también incierto. Una manta de papel de estaño cubre el cuerpo y hay policías deambulando por la acera como seres perdidos en el tiempo de la sangre.
IV.
Un fauno, orejas puntiagudas, cuernos y patas de cabrón, representante del mundo salvaje y la lujuria, se inclina sobre Procris. Ahora inútilmente. Antes, en vida, intentó seducirla. También inútilmente. Entonces el salvaje se vengó del desdén de Procris haciéndole creer que Céfalo la engañaba, provocando así la perdición y la muerte. Ahora, después de todo eso, se lamenta y se inclina con ternura sobre Procris.
V.
Piero di Cosimo, el creador de la pintura, era un solitario y vivía apartado de la gente. Una de sus aficiones principales era la alquimia, ciencia que había aprendido de su maestro. La alquimia y sus secretos palpita en La muerte de Procris. Los perros de la pintura son un ejemplo. Los alquimistas consideraban a la perra blanca de Corascene y al perro Armenio símbolos de los dos estados químicos antagónicos: lo sólido y lo volátil. Unirlos mediante el fuego era un paso importante para lograr la Piedra Filosofal. También había que sublimar en un alambique la materia muerta descompuesta para convertirla en la piedra blanca simbolizada por un cisne. Un cisne aparece también en el fondo de la pintura. El perro de caza lo vemos dos veces representado en el cuadro: una, en la orilla, vigilando la lucha de los contrarios, el perro negro y el perro blanco; y la otra, en primer plano, a la derecha, velando a los pies de su dueña difunta.
VI.
Más alquimia. El cuerpo muerto de Procris aparece envuelto en dos velos, uno rojo y otro dorado, colores que simbolizan los de la Piedra Filosofal: el rojo ardiente que convierte todo en oro. De un cuerpo muerto, de un hombre o una mujer, Eva o Adán, los alquimistas creían ver brotar un arbusto, el arbor philosophica, porque a la muerte de la materia le sucedía la resurrección, la liberación del espíritu, la transmutación material. En la pintura de Piero di Cosimo no brota el arbusto directamente del cuerpo muerto de Procris: lo ha pintado justo detrás, por encima de sus hombros y su corazón. Los alquimistas ven en el cuadro la victoria sobre la muerte, la inmortalidad, aunque con la intervención de las fuerzas naturales encarnadas aquí por el hombre salvaje, es decir, el fauno.
I.
Una mujer semidesnuda, con el cuello manchado por la sangre de una herida, yace muerta en un prado verde y florido. La muerte y la vida. Un fauno, vida salvaje y natural, se inclina solícito sobre la mujer, mientras que un gran perro de caza, vida animal, vela sentado a sus pies. Al fondo una laguna de aguas quietas con pájaros y perros en su orilla. Amanece. Flota sobre la escena una atmósfera propia del mundo de los sueños. Este es el cuadro. Su autor, Piero di Cosimo, vivió el apogeo del Renacimiento y de Florencia. Era un hombre de humor caprichoso, capaz de las invenciones más extrañas. Como este cuadro. El cuadro se encuentra en la National Gallery de Londres con el título Un tema mitológico, y representa la muerte de Procris, último episodio de una leyenda antigua contada por Ovidio en sus Metamorfosis.
II.
En el cuadro falta el marido celoso, Céfalo, causante de la muerte de la infortunada esposa. Pero no el perro Laelaps, regalo de Diana a Céfalo. El can asiste a la tragedia como símbolo de fidelidad, virtud en la que ambos esposos tuvieron tan poca confianza. Con el mismo tema de los celos y con los mismos personajes, Niccolo de Correggio escribió un drama titulado Céfalo que se estrenó en Ferrara y luego se imprimió en Venecia, donde probablemente la conoció el pintor. Entonces, como ahora, las catástrofes y las muertes originadas por los celos eran muy corrientes. Un ejemplo fue el de Galeotto Manfredi, señor de Faenza, que fue descuartizado por orden de su esposa Francesca por haberle sido infiel. De ahí que tuviera tanta importancia el drama de Correggio, aunque le dio un final contrario al de Ovidio, pues en el quinto acto una diosa compasiva devolvió a Procris a la vida y se la entregó a Céfalo. A la muerte le sigue la resurrección. Ahora, a diario, los casos de celos salpican de sangre la pantalla de la televisión, el papel de los periódicos, la paz de las familias.
III.
La primera obra de Piero di Cosimo fue el paisaje de El sermón de Cristo que figura en la Capilla Sixtina. Los retratos y los cuadros del artista adquieren con el paisaje una atmósfera y un encanto especiales, pues siguiendo a los pintores holandeses contemporáneos como Jan van Eyck o Hugo van der Goes creía que el paisaje otorgaba un carácter decisivo al cuadro. Y así, La muerte de Procris está envuelta en la melancolía de un paisaje acuático bajo un cielo incierto. Garzas plateadas deambulan por la orilla, imagen del reino de los muertos, adonde Procris acaba de ingresar. El dolor, las lágrimas y el olvido la envuelven para siempre. Ahora, a diario, la muerte de las mujeres por celos aparece envuelta en la melancolía atroz de un paisaje urbano bajo un cielo también incierto. Una manta de papel de estaño cubre el cuerpo y hay policías deambulando por la acera como seres perdidos en el tiempo de la sangre.
IV.
Un fauno, orejas puntiagudas, cuernos y patas de cabrón, representante del mundo salvaje y la lujuria, se inclina sobre Procris. Ahora inútilmente. Antes, en vida, intentó seducirla. También inútilmente. Entonces el salvaje se vengó del desdén de Procris haciéndole creer que Céfalo la engañaba, provocando así la perdición y la muerte. Ahora, después de todo eso, se lamenta y se inclina con ternura sobre Procris.
V.
Piero di Cosimo, el creador de la pintura, era un solitario y vivía apartado de la gente. Una de sus aficiones principales era la alquimia, ciencia que había aprendido de su maestro. La alquimia y sus secretos palpita en La muerte de Procris. Los perros de la pintura son un ejemplo. Los alquimistas consideraban a la perra blanca de Corascene y al perro Armenio símbolos de los dos estados químicos antagónicos: lo sólido y lo volátil. Unirlos mediante el fuego era un paso importante para lograr la Piedra Filosofal. También había que sublimar en un alambique la materia muerta descompuesta para convertirla en la piedra blanca simbolizada por un cisne. Un cisne aparece también en el fondo de la pintura. El perro de caza lo vemos dos veces representado en el cuadro: una, en la orilla, vigilando la lucha de los contrarios, el perro negro y el perro blanco; y la otra, en primer plano, a la derecha, velando a los pies de su dueña difunta.
VI.
Más alquimia. El cuerpo muerto de Procris aparece envuelto en dos velos, uno rojo y otro dorado, colores que simbolizan los de la Piedra Filosofal: el rojo ardiente que convierte todo en oro. De un cuerpo muerto, de un hombre o una mujer, Eva o Adán, los alquimistas creían ver brotar un arbusto, el arbor philosophica, porque a la muerte de la materia le sucedía la resurrección, la liberación del espíritu, la transmutación material. En la pintura de Piero di Cosimo no brota el arbusto directamente del cuerpo muerto de Procris: lo ha pintado justo detrás, por encima de sus hombros y su corazón. Los alquimistas ven en el cuadro la victoria sobre la muerte, la inmortalidad, aunque con la intervención de las fuerzas naturales encarnadas aquí por el hombre salvaje, es decir, el fauno.
El anillo de los señores y otros microrrelatos
El Anillo de los Señores
Cuando tras ciento cincuenta años los doce Señores de la comarca hubieron fallecido y sus tumbas cerraron completamente el anillo alrededor del panteón del Rey, se hundió la tierra del camposanto bajo sus sepulcros y debajo apareció el dédalo de galerías y catacumbas habitadas por los hijos de los hijos de los hijos de los siervos de los Señores. Se hicieron con las armas ocultas en el panteón del Rey y gobernaron la comarca con equidad y prosperidad. Y al fin vivieron felices para siempre libres de la tiranía de aquéllos.
Un relato de fantasmas
¡Qué momento más agradable! Me preparo un combinado. Pongo en el tocadiscos mi música de siempre y me siento en mi sillón favorito a leer una novela de fantasmas de Henry James, cuando caigo en la cuenta de que no tengo ni tocadiscos ni ninguna novela de Henry James.
Misterio
En una vidriera de Can Doménech de Cerdanyola hubo antaño pintados un pájaro y una flor. En la restauración que se está haciendo del edificio no aparecen por ninguna parte el pájaro y la flor. Can Doménech fue en un principio teatro casino para los veraneantes de fines del siglo XIX y, en la segunda década del XX, una lujosa torre de veraneo modernista con adornos en los arcos de la fachada, la verja de hierro de la entrada y las vidrieras. En una de esas vidrieras, de la que se apasionó la dueña de la casa, aparecían el pájaro y la flor. Y cuando la familia dejó el edificio por problemas económicos y éste se convirtió en los laboratorios farmacéuticos Doménech, el hombre encargado de modificarlo, que estaba enamorado de la dueña, cambió por otra la vidriera del pájaro y la flor por otra para regalársela a la bella señora. Y jamás se ha recuperado esa vidriera.
Las palabras escritas en la arena
Jesús miró a su alrededor, contrajo su rostro en un gesto de tristeza, y escribió en la arena estas palabras que enseguida borró para que nadie pudiese leerlas: "A pesar de que la humanidad no tiene remedio, debo seguir intentándolo."
El ratón infeliz
Una vez un ratón fue a una academia a recibir clases de maullidos, pero por mucho que lo intentó no logró emitir uno solo. Al cabo del tiempo fue a otra escuela para desarrollar sus patas en forma de garras de felino, pero todo fue inútil. Probó más tarde enamorarse de una gata siamesa de ojos azules, pero recibió a cambio burlas y zarpazos. Entonces un amigo del jardín donde vivía el ratón, apenado por los constantes tropiezos de su congénere, se acercó a él y le dijo: "Tú has nacido ratón y como ratón has de conducirte en la vida. Para ser feliz, lo primero que hay que hacer es conformarse con la condición natural que tiene uno."
El ojo metálico
Al fin el hombre ocupadísimo logró compaginar sus dos aficiones más perentorias, la lectura y el cine, con el invento del ojo metálico, que además le ofrecía la ventaja de caminar por la calle y ver quién le seguía sin girar la cabeza, pues le bastaba ponerse en la oreja el ojo metálico como el carpintero pone el lápiz. Lo de compaginar la lectura y el cine a la vez, lo probó una tarde que se tomaba una cerveza con su mejor amigo en el bar contiguo al cine del barrio. Mientras él se enfrascaba en la lectura le pidió a su amigo que una vez entrado en la sala se colocara el ojo metálico sobre la oreja. En efecto, a los pocos minutos le empezaron a llegar las señales del dispositivo; así que con los ojos de la cara devoraba los renglones del libro y con el ojo metálico que portaba su amigo no se perdía un detalle de las evoluciones de los personajes de la película ni de su hermosa fotografía. Sólo había que solucionar un detalle: captar también los diálogos del film. Pero eso vendría más tarde.
Las reliquias de Juana de Arco
La Doncella de Orleans, que fue condenada a morir en la hoguera acusada de brujería a los diecinueve años de edad y canonizada en 1920, fue enterrada en un lugar desconocido de Rouen a mediados del siglo XV. Parte de sus restos fueron descubiertos por un farmacéutico de París al hacer inventario del contenido de la botica que acababa de adquirir en una jarra de cerámica, con un pergamino doblado en su interior que decía que aquellos huesos eran las reliquias de Juana de Arco. Ni que decir tiene que ante aquel hallazgo se armó un revuelo de padre y muy señor mío. La rehabilitación de la heroica doncella que ya llevaba haciéndose desde el mismo siglo de su desaparición, adquirió dimensiones extraordinarias, y sus llamadas reliquias fueron enterradas con el boato y respeto de una santa en un templo cristiano. Sin embargo, hace poco el científico Charlier, encargado de analizar los huesos y el fragmento de la ropa pertenecientes a santa Juana de Arco, llegó a la conclusión de que aquellos restos pertenecían a una momia egipcia y al fémur de un gato. ¡Vaya chasco! ¡Ah!, y respecto a lo del hueso de gato que nadie se extrañe. Según las costumbres de la época de la Doncella de Orleans, solían arrojarse gatos negros a las hogueras donde eran quemadas las mujeres acusadas de brujería.
La sombra
Durante el día la sombra era feliz aunque estuviera condenada a seguir a su dueño. Pero no soportaba la llegada de la noche, y no porque no se viera a sí misma pues sabía que siempre estaba pegada a la piel de su amo, sino porque, mientras éste dormía a pierna suelta y soñaba plácidamente, ella no tenía la capacidad de dormir y mucho menos la de soñar (¡le hubiera gustado tanto soñar en su enemiga la luz!).
La recriminación
"Le leí la historia y me recriminó que le hubiera devuelto el juicio", dijo Cervantes refiriéndose a Don Quijote.
Cuando tras ciento cincuenta años los doce Señores de la comarca hubieron fallecido y sus tumbas cerraron completamente el anillo alrededor del panteón del Rey, se hundió la tierra del camposanto bajo sus sepulcros y debajo apareció el dédalo de galerías y catacumbas habitadas por los hijos de los hijos de los hijos de los siervos de los Señores. Se hicieron con las armas ocultas en el panteón del Rey y gobernaron la comarca con equidad y prosperidad. Y al fin vivieron felices para siempre libres de la tiranía de aquéllos.
Un relato de fantasmas
¡Qué momento más agradable! Me preparo un combinado. Pongo en el tocadiscos mi música de siempre y me siento en mi sillón favorito a leer una novela de fantasmas de Henry James, cuando caigo en la cuenta de que no tengo ni tocadiscos ni ninguna novela de Henry James.
Misterio
En una vidriera de Can Doménech de Cerdanyola hubo antaño pintados un pájaro y una flor. En la restauración que se está haciendo del edificio no aparecen por ninguna parte el pájaro y la flor. Can Doménech fue en un principio teatro casino para los veraneantes de fines del siglo XIX y, en la segunda década del XX, una lujosa torre de veraneo modernista con adornos en los arcos de la fachada, la verja de hierro de la entrada y las vidrieras. En una de esas vidrieras, de la que se apasionó la dueña de la casa, aparecían el pájaro y la flor. Y cuando la familia dejó el edificio por problemas económicos y éste se convirtió en los laboratorios farmacéuticos Doménech, el hombre encargado de modificarlo, que estaba enamorado de la dueña, cambió por otra la vidriera del pájaro y la flor por otra para regalársela a la bella señora. Y jamás se ha recuperado esa vidriera.
Las palabras escritas en la arena
Jesús miró a su alrededor, contrajo su rostro en un gesto de tristeza, y escribió en la arena estas palabras que enseguida borró para que nadie pudiese leerlas: "A pesar de que la humanidad no tiene remedio, debo seguir intentándolo."
El ratón infeliz
Una vez un ratón fue a una academia a recibir clases de maullidos, pero por mucho que lo intentó no logró emitir uno solo. Al cabo del tiempo fue a otra escuela para desarrollar sus patas en forma de garras de felino, pero todo fue inútil. Probó más tarde enamorarse de una gata siamesa de ojos azules, pero recibió a cambio burlas y zarpazos. Entonces un amigo del jardín donde vivía el ratón, apenado por los constantes tropiezos de su congénere, se acercó a él y le dijo: "Tú has nacido ratón y como ratón has de conducirte en la vida. Para ser feliz, lo primero que hay que hacer es conformarse con la condición natural que tiene uno."
El ojo metálico
Al fin el hombre ocupadísimo logró compaginar sus dos aficiones más perentorias, la lectura y el cine, con el invento del ojo metálico, que además le ofrecía la ventaja de caminar por la calle y ver quién le seguía sin girar la cabeza, pues le bastaba ponerse en la oreja el ojo metálico como el carpintero pone el lápiz. Lo de compaginar la lectura y el cine a la vez, lo probó una tarde que se tomaba una cerveza con su mejor amigo en el bar contiguo al cine del barrio. Mientras él se enfrascaba en la lectura le pidió a su amigo que una vez entrado en la sala se colocara el ojo metálico sobre la oreja. En efecto, a los pocos minutos le empezaron a llegar las señales del dispositivo; así que con los ojos de la cara devoraba los renglones del libro y con el ojo metálico que portaba su amigo no se perdía un detalle de las evoluciones de los personajes de la película ni de su hermosa fotografía. Sólo había que solucionar un detalle: captar también los diálogos del film. Pero eso vendría más tarde.
Las reliquias de Juana de Arco
La Doncella de Orleans, que fue condenada a morir en la hoguera acusada de brujería a los diecinueve años de edad y canonizada en 1920, fue enterrada en un lugar desconocido de Rouen a mediados del siglo XV. Parte de sus restos fueron descubiertos por un farmacéutico de París al hacer inventario del contenido de la botica que acababa de adquirir en una jarra de cerámica, con un pergamino doblado en su interior que decía que aquellos huesos eran las reliquias de Juana de Arco. Ni que decir tiene que ante aquel hallazgo se armó un revuelo de padre y muy señor mío. La rehabilitación de la heroica doncella que ya llevaba haciéndose desde el mismo siglo de su desaparición, adquirió dimensiones extraordinarias, y sus llamadas reliquias fueron enterradas con el boato y respeto de una santa en un templo cristiano. Sin embargo, hace poco el científico Charlier, encargado de analizar los huesos y el fragmento de la ropa pertenecientes a santa Juana de Arco, llegó a la conclusión de que aquellos restos pertenecían a una momia egipcia y al fémur de un gato. ¡Vaya chasco! ¡Ah!, y respecto a lo del hueso de gato que nadie se extrañe. Según las costumbres de la época de la Doncella de Orleans, solían arrojarse gatos negros a las hogueras donde eran quemadas las mujeres acusadas de brujería.
La sombra
Durante el día la sombra era feliz aunque estuviera condenada a seguir a su dueño. Pero no soportaba la llegada de la noche, y no porque no se viera a sí misma pues sabía que siempre estaba pegada a la piel de su amo, sino porque, mientras éste dormía a pierna suelta y soñaba plácidamente, ella no tenía la capacidad de dormir y mucho menos la de soñar (¡le hubiera gustado tanto soñar en su enemiga la luz!).
La recriminación
"Le leí la historia y me recriminó que le hubiera devuelto el juicio", dijo Cervantes refiriéndose a Don Quijote.
Un zoo de hombres
UN ZOO DE HOMBRES
“Buenos días, me llamo Ubay Jamel y vengo de un zoo de hombres.”
Así empezó su charla en la sala de actos de la Universidad Autónoma de Barcelona un hombre joven, moreno, con barba espesa y negra, de ojos vivos y manos inquietas. Era un británico originario de Bangladesh que a los dieciocho años acudió con otros jóvenes al casamiento de un amigo común en Pakistán, sin sospechar lo más mínimo de la tragedia que iba a vivir.
“Yo hacía la vida normal de un chico europeo de dieciocho años. Mi familia procedía de Bangladesh y era de clase media. Estudiaba ingeniería por las mañanas y por la tarde trabajaba en una joyería para pagarme mis gastos. Hasta aquí todo normal. Pero un día de 2001, estando en Pakistán, decidí entrar en el vecino país de Afganistán. Para mí Afganistán era un país hasta cierto punto familiar. Es como si uno de vosotros viajara a un país sudamericano, Chile, Argentina, Venezuela, por ejemplo. En cualquiera de esos países no tendríais ningún problema para moveros. El idioma común, parecidas costumbres y todo eso que hace que os encontréis bien en una tierra que no es la vuestra. A mí me sucedía lo mismo con Afganistán. Allí no me sentía un extraño. A los dieciocho años uno ve las cosas diferentes a como las ve una persona de mayor edad. Y desde luego no era consciente del peligro que había. Además, cuando los Estados Unidos declararon la guerra a Afganistán yo sólo contaba dieciocho años como ya he dicho y no estaba involucrado en la política como ahora.”
Con una botella de agua y un micrófono delante, Ubay Jamel dirigía sus palabras a los estudiantes que atiborraban el Salón de Actos de la Autónoma deseosos de no perderse el testimonio de aquel hombre de raza árabe que en 2001, durante una breve estancia en Afganistán, fue detenido por unos soldados estadounidenses y conducido a Guantánamo.
“Mi pesadilla comenzó en otoño de 2001 cuando en compañía de otros amigos viajamos a Pakistán para asistir a la boda de un conocido nuestro. Como teníamos unos días de vacaciones, aprovechamos la circunstancia para entrar en Afganistán, coincidiendo por suerte o por desgracia (más bien esta última) con el inicio del ataque estadounidense contra este país poco después de los atentados terroristas contra las Torres Gemelas de Nueva York. Entonces se cerraron las fronteras entre los dos países vecinos y mis amigos y yo no pudimos regresar a Pakistán. Nos refugiamos en una casa vieja que tenían los padres del recién casado cerca de Kabul y allí estuvimos hasta que pasara el peligro. Yo creí que todo pasaría rápidamente para poder volver a casa sano y salvo. Pero todos los indicios señalaban que la guerra se iba a endurecer cada vez más y duraría mucho tiempo. Y unos meses después ocurrió lo que me estaba temiendo. Con la caída del régimen talibán, la vigilancia y las rondas militares se acentuaron y nosotros ya no estábamos seguros en ningún sitio. Un familiar del padre del recién casado nos buscó cerca de las montañas una nueva vivienda para burlar los constantes registros efectuados por los militares en busca de indocumentados y presuntos terroristas.”
El espeso silencio del Salón de Actos acentuaba la emoción que brotaba de las palabras del orador. No había un solo estudiante allí dentro que no supiera ya, porque lo había leído en el cartel colgado a la entrada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, que aquel joven musulmán llamado Ubay Jamel había estado prisionero en Guantánamo dos años y medio sin saber de qué se le acusaba ni cuándo saldría de allí .
“En una de esas rondas de vigilancia los militares de la Alianza del Norte dieron con nosotros y, creyendo que éramos miembros de Al Qaida, nos detuvieron. Luego nos llevaron a un campo de prisioneros donde había más de treinta mil hombres encerrados que no dejaban de llorar como niños. Era de noche y aquellos desgarradores llantos, poblando angustiosamente la oscuridad, encogieron mi alma. A la mañana siguiente nos obligaron a subir a unos camiones para conducirnos en condiciones infrahumanas a la prisión de Mazar El Sharif. Los camiones eran metálicos, como cajas de hierro. No entraba apenas oxígeno y la gente se ahogaba. Iba a mi lado un hombre de unos cuarenta años que en medio de la marcha empezó a pedir ayuda a gritos. Se había ensuciado los pantalones y decía que le faltaba el aire. Nadie acudió en su auxilio. Murió entre estertores unos minutos después. Los demás estábamos aterrorizados. Yo mismo noté que me mojaba los pantalones de miedo. Un poco más delante, oímos disparos en el exterior y enseguida comprobamos que las balas entraban por los huecos del camión buscando afanosamente nuestros cuerpos. Casi una docena de prisioneros murieron a causa de los disparos. Y puedo asegurar que el ejército de los Estados Unidos estuvo presente supervisando la operación de nuestro traslado.”
Algunos estudiantes, que llevaban enrolladas algunas pancartas de Amnistía Internacional, las desplegaron sin esperar a más. Y en la mayoría de los presentes afloraron a sus ojos brillos de protesta e indignación. Las palabras de Ubay Jamel habían sido el detonante. Hubo también algunos gritos aislados que decían “¡Tanquem Guantánamo!, ¡Tanquem Guantánamo!” Cuando Ubay Jamel oyó entre los gritos la palabra ignominiosa de “Guantánamo”, no pudo evitar que unas lágrimas brotaran en sus ojos y que su voz se rompiera durante unos segundos entre sollozos. Se hizo el silencio en el Salón de Actos.
“En la prisión de Mazar El Sharif sólo estuve unas semanas. Allí adelgacé veinte kilos y contraje una gastroenteritis que creí que iba a arrastrarme a la muerte. Hubo un tiempo en que deseé morir y así escapar de aquel horror. Pero el hombre no muere hasta que no le llega su hora. Y a mí, por lo visto, la hora del fin no me había llegado porque un horror más grande me esperaba para comprobar cuánto más podía aguantar. Un día los soldados de la prisión me obligaron junto con una cuarentena de hombres más a subir a otro camión. Oí decir que nos trasladaban a los Estados Unidos de América. Así fue. El vuelo me lo pasé vomitando mientras un soldado me golpeaba la espalda con la culata de su fusil. Pan y agua racionados eran los únicos alimentos que nos daban. Cuando llegué a América estaba exhausto. No tenía ni fuerzas para caminar. Pero tampoco me morí allí. No tenía tiempo. Antes debía vivir lo de Guantánamo. Sin apenas descanso, nos condujeron a lo que enseguida comparé con un zoo de hombres. Porque Guantánamo es un zoo para personas. Allí nos tenían como animales salvajes. Nos golpeaban en nuestras partes con estacas, nos torturaban psicológicamente llamándonos de todo y asegurando que iban a investigar a nuestras familias para hacerles la vida imposible por haber traído al mundo seres tan execrables como nosotros. Nos hacían permanecer en posturas de estrés, con las manos atadas a los pies o colgados boca abajo durante horas. Yo tuve que vivir cinco meses en una celda de aislamiento. Eso fue lo peor para mí. No dejaba de pensar en mis padres y en lo que pudieran hacerles. Cuando volví a una celda común, atiborrada de personas, les di las gracias llorando. Luego, cuando se me pasó el momento, me arrepentí. Malvivíamos en una especie de jaula, de las que existen en los zoológicos de todo el mundo. Para deciros como era aquello, sólo tengo que deciros que para evacuar disponíamos de un cubo y lo teníamos que hacer a la vista de todos. A estas alturas os preguntaréis cómo pude soportar una situación así. Os contesto simplemente que el instinto humano de supervivencia te obliga a adaptarte a cualquier situación por dura que sea.”
Los gritos de “¡Tanquem Guantánamo!, ¡Tanquem Guantánamo!” llenaron por completo el Salón de Actos de la Facultad de Ciencias de la Comunicación. Los futuros periodistas reunidos allí no olvidarían jamás las palabras de Ubay Jamel, aquel hombre joven de origen árabe que se había visto obligado a vivir una experiencia tan horrible que ponía en entredicho la tan traída y llevada democracia, defendida nada más ni nada menos que por el país que en el mundo pasaba por modelo de la misma, los Estados Unidos de América. ¿Dónde estaba la justicia? ¿Dónde los derechos humanos?
“En aquel zoo de hombres que es Guantánamo estuve dos años y medio preguntándome a todas horas por qué me encontraba allí y de qué se me acusaba. Creo que esas dos preguntas, cuya respuestas pululaban en mi conciencia, me hicieron aguantar lo que aguanté y el instinto de supervivencia que os he dicho. En 2004 fui liberado sin cargos. Os preguntaréis si me he metido en política desde aquello. Y os contesto que si entonces, al principio de todo, no me importaba para nada la política, ahora menos. Si un país como los Estados Unidos, modelo de democracia, ha hecho lo que ha hecho y está haciendo, cómo voy a creer en la democracia y en la justicia. Sin embargo, espero que si ganan los republicanos las elecciones de noviembre de este año cierren Guantánamo, tal como dicen en la campaña electoral. Pero os digo una cosa. No me fío. Además, lo importante no es sólo que cierren Guantánamo, sino saber qué harán con los hombres que hay encerrados allí.”
Todos se hacían la misma pregunta. Y cuando Ubay Jamel dio por terminada su charla, alguien de la primera fila le preguntó cómo había sido su regreso a la vida en Gran Bretaña y de qué modo le había afectado su terrible experiencia en Guantánamo.
“Del modo más injusto. No encuentro trabajo. Presento aquí y allá mi currículo, pero al ver un vacío de dos años y medio en él, me preguntan a qué es debido. Entonces les tengo que contestar que he estado en Guantánamo. Eso es una barrera infranqueable. Me considero una persona partida por la mitad. Una persona inútil. Porque sin trabajo no puedes organizarte la vida de nuevo, alquilar o comprar un piso, abrirte paso en el mundo. Pero bueno, supongo que todo con el tiempo se irá arreglando. De momento, le he dado un sentido a mi vida, colaborar con la campaña de Amnistía Internacional “Tanquem Guantánamo”.
“Buenos días, me llamo Ubay Jamel y vengo de un zoo de hombres.”
Así empezó su charla en la sala de actos de la Universidad Autónoma de Barcelona un hombre joven, moreno, con barba espesa y negra, de ojos vivos y manos inquietas. Era un británico originario de Bangladesh que a los dieciocho años acudió con otros jóvenes al casamiento de un amigo común en Pakistán, sin sospechar lo más mínimo de la tragedia que iba a vivir.
“Yo hacía la vida normal de un chico europeo de dieciocho años. Mi familia procedía de Bangladesh y era de clase media. Estudiaba ingeniería por las mañanas y por la tarde trabajaba en una joyería para pagarme mis gastos. Hasta aquí todo normal. Pero un día de 2001, estando en Pakistán, decidí entrar en el vecino país de Afganistán. Para mí Afganistán era un país hasta cierto punto familiar. Es como si uno de vosotros viajara a un país sudamericano, Chile, Argentina, Venezuela, por ejemplo. En cualquiera de esos países no tendríais ningún problema para moveros. El idioma común, parecidas costumbres y todo eso que hace que os encontréis bien en una tierra que no es la vuestra. A mí me sucedía lo mismo con Afganistán. Allí no me sentía un extraño. A los dieciocho años uno ve las cosas diferentes a como las ve una persona de mayor edad. Y desde luego no era consciente del peligro que había. Además, cuando los Estados Unidos declararon la guerra a Afganistán yo sólo contaba dieciocho años como ya he dicho y no estaba involucrado en la política como ahora.”
Con una botella de agua y un micrófono delante, Ubay Jamel dirigía sus palabras a los estudiantes que atiborraban el Salón de Actos de la Autónoma deseosos de no perderse el testimonio de aquel hombre de raza árabe que en 2001, durante una breve estancia en Afganistán, fue detenido por unos soldados estadounidenses y conducido a Guantánamo.
“Mi pesadilla comenzó en otoño de 2001 cuando en compañía de otros amigos viajamos a Pakistán para asistir a la boda de un conocido nuestro. Como teníamos unos días de vacaciones, aprovechamos la circunstancia para entrar en Afganistán, coincidiendo por suerte o por desgracia (más bien esta última) con el inicio del ataque estadounidense contra este país poco después de los atentados terroristas contra las Torres Gemelas de Nueva York. Entonces se cerraron las fronteras entre los dos países vecinos y mis amigos y yo no pudimos regresar a Pakistán. Nos refugiamos en una casa vieja que tenían los padres del recién casado cerca de Kabul y allí estuvimos hasta que pasara el peligro. Yo creí que todo pasaría rápidamente para poder volver a casa sano y salvo. Pero todos los indicios señalaban que la guerra se iba a endurecer cada vez más y duraría mucho tiempo. Y unos meses después ocurrió lo que me estaba temiendo. Con la caída del régimen talibán, la vigilancia y las rondas militares se acentuaron y nosotros ya no estábamos seguros en ningún sitio. Un familiar del padre del recién casado nos buscó cerca de las montañas una nueva vivienda para burlar los constantes registros efectuados por los militares en busca de indocumentados y presuntos terroristas.”
El espeso silencio del Salón de Actos acentuaba la emoción que brotaba de las palabras del orador. No había un solo estudiante allí dentro que no supiera ya, porque lo había leído en el cartel colgado a la entrada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, que aquel joven musulmán llamado Ubay Jamel había estado prisionero en Guantánamo dos años y medio sin saber de qué se le acusaba ni cuándo saldría de allí .
“En una de esas rondas de vigilancia los militares de la Alianza del Norte dieron con nosotros y, creyendo que éramos miembros de Al Qaida, nos detuvieron. Luego nos llevaron a un campo de prisioneros donde había más de treinta mil hombres encerrados que no dejaban de llorar como niños. Era de noche y aquellos desgarradores llantos, poblando angustiosamente la oscuridad, encogieron mi alma. A la mañana siguiente nos obligaron a subir a unos camiones para conducirnos en condiciones infrahumanas a la prisión de Mazar El Sharif. Los camiones eran metálicos, como cajas de hierro. No entraba apenas oxígeno y la gente se ahogaba. Iba a mi lado un hombre de unos cuarenta años que en medio de la marcha empezó a pedir ayuda a gritos. Se había ensuciado los pantalones y decía que le faltaba el aire. Nadie acudió en su auxilio. Murió entre estertores unos minutos después. Los demás estábamos aterrorizados. Yo mismo noté que me mojaba los pantalones de miedo. Un poco más delante, oímos disparos en el exterior y enseguida comprobamos que las balas entraban por los huecos del camión buscando afanosamente nuestros cuerpos. Casi una docena de prisioneros murieron a causa de los disparos. Y puedo asegurar que el ejército de los Estados Unidos estuvo presente supervisando la operación de nuestro traslado.”
Algunos estudiantes, que llevaban enrolladas algunas pancartas de Amnistía Internacional, las desplegaron sin esperar a más. Y en la mayoría de los presentes afloraron a sus ojos brillos de protesta e indignación. Las palabras de Ubay Jamel habían sido el detonante. Hubo también algunos gritos aislados que decían “¡Tanquem Guantánamo!, ¡Tanquem Guantánamo!” Cuando Ubay Jamel oyó entre los gritos la palabra ignominiosa de “Guantánamo”, no pudo evitar que unas lágrimas brotaran en sus ojos y que su voz se rompiera durante unos segundos entre sollozos. Se hizo el silencio en el Salón de Actos.
“En la prisión de Mazar El Sharif sólo estuve unas semanas. Allí adelgacé veinte kilos y contraje una gastroenteritis que creí que iba a arrastrarme a la muerte. Hubo un tiempo en que deseé morir y así escapar de aquel horror. Pero el hombre no muere hasta que no le llega su hora. Y a mí, por lo visto, la hora del fin no me había llegado porque un horror más grande me esperaba para comprobar cuánto más podía aguantar. Un día los soldados de la prisión me obligaron junto con una cuarentena de hombres más a subir a otro camión. Oí decir que nos trasladaban a los Estados Unidos de América. Así fue. El vuelo me lo pasé vomitando mientras un soldado me golpeaba la espalda con la culata de su fusil. Pan y agua racionados eran los únicos alimentos que nos daban. Cuando llegué a América estaba exhausto. No tenía ni fuerzas para caminar. Pero tampoco me morí allí. No tenía tiempo. Antes debía vivir lo de Guantánamo. Sin apenas descanso, nos condujeron a lo que enseguida comparé con un zoo de hombres. Porque Guantánamo es un zoo para personas. Allí nos tenían como animales salvajes. Nos golpeaban en nuestras partes con estacas, nos torturaban psicológicamente llamándonos de todo y asegurando que iban a investigar a nuestras familias para hacerles la vida imposible por haber traído al mundo seres tan execrables como nosotros. Nos hacían permanecer en posturas de estrés, con las manos atadas a los pies o colgados boca abajo durante horas. Yo tuve que vivir cinco meses en una celda de aislamiento. Eso fue lo peor para mí. No dejaba de pensar en mis padres y en lo que pudieran hacerles. Cuando volví a una celda común, atiborrada de personas, les di las gracias llorando. Luego, cuando se me pasó el momento, me arrepentí. Malvivíamos en una especie de jaula, de las que existen en los zoológicos de todo el mundo. Para deciros como era aquello, sólo tengo que deciros que para evacuar disponíamos de un cubo y lo teníamos que hacer a la vista de todos. A estas alturas os preguntaréis cómo pude soportar una situación así. Os contesto simplemente que el instinto humano de supervivencia te obliga a adaptarte a cualquier situación por dura que sea.”
Los gritos de “¡Tanquem Guantánamo!, ¡Tanquem Guantánamo!” llenaron por completo el Salón de Actos de la Facultad de Ciencias de la Comunicación. Los futuros periodistas reunidos allí no olvidarían jamás las palabras de Ubay Jamel, aquel hombre joven de origen árabe que se había visto obligado a vivir una experiencia tan horrible que ponía en entredicho la tan traída y llevada democracia, defendida nada más ni nada menos que por el país que en el mundo pasaba por modelo de la misma, los Estados Unidos de América. ¿Dónde estaba la justicia? ¿Dónde los derechos humanos?
“En aquel zoo de hombres que es Guantánamo estuve dos años y medio preguntándome a todas horas por qué me encontraba allí y de qué se me acusaba. Creo que esas dos preguntas, cuya respuestas pululaban en mi conciencia, me hicieron aguantar lo que aguanté y el instinto de supervivencia que os he dicho. En 2004 fui liberado sin cargos. Os preguntaréis si me he metido en política desde aquello. Y os contesto que si entonces, al principio de todo, no me importaba para nada la política, ahora menos. Si un país como los Estados Unidos, modelo de democracia, ha hecho lo que ha hecho y está haciendo, cómo voy a creer en la democracia y en la justicia. Sin embargo, espero que si ganan los republicanos las elecciones de noviembre de este año cierren Guantánamo, tal como dicen en la campaña electoral. Pero os digo una cosa. No me fío. Además, lo importante no es sólo que cierren Guantánamo, sino saber qué harán con los hombres que hay encerrados allí.”
Todos se hacían la misma pregunta. Y cuando Ubay Jamel dio por terminada su charla, alguien de la primera fila le preguntó cómo había sido su regreso a la vida en Gran Bretaña y de qué modo le había afectado su terrible experiencia en Guantánamo.
“Del modo más injusto. No encuentro trabajo. Presento aquí y allá mi currículo, pero al ver un vacío de dos años y medio en él, me preguntan a qué es debido. Entonces les tengo que contestar que he estado en Guantánamo. Eso es una barrera infranqueable. Me considero una persona partida por la mitad. Una persona inútil. Porque sin trabajo no puedes organizarte la vida de nuevo, alquilar o comprar un piso, abrirte paso en el mundo. Pero bueno, supongo que todo con el tiempo se irá arreglando. De momento, le he dado un sentido a mi vida, colaborar con la campaña de Amnistía Internacional “Tanquem Guantánamo”.
viernes, 11 de abril de 2008
Cuestión de acentos
En el concurso Pasapalabra, en el que se repite frecuentemente que hablar bien es gratis, tuve la otra tarde la oportunidad de escuchar de boca del conductor del programa una de esas lindezas lingüísticas que desgraciadamente oímos cada vez con más asiduidad. Los concursantes estaban situados ya en sus respectivos "roscos" de palabras, cuando el maestro de ceremonias al formular una de tantas preguntas se le escapó el gazapo siguiente: "... cuyos carácteres (así, con acento en 'caRÁCteres') árabes..." Sabido es que el plural de "carácter" cambia de lugar el acento de la palabra (caracTEres), como ocurre en otros términos como "régimen", cuyo plural es "reGÍmenes". Debemos tener cuidado todos con estas cuestiones,y más, si cabe, los que están en los medios de comunicación y son muchas las personas que los escuchan.
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