ALFREDO SANCHO
Alfredo Sancho pertenecía a la hornada de los ochenta, cuando se produjo el cambio en el Colegio y con él el principio de su decadencia. Gente poco preparada científicamente (y menos aún pedagógica y didácticamente) empezó a ocupar cargos directivos para promocionar el apostolado (¿qué apostolado?) sin límites y donde los fines justificaban todos los medios. Era gente que apenas pensaba por sí misma (las directrices de la Obra así lo tenían establecido) y sólo seguían una consigna fija: hacer "santos" a los alumnos a toda costa, aunque las horas de instrucción se vieran menguadas y muchas veces sustituidas por visitas al Oratorio, rezos sin cuento y cantos a la Virgen y a los Santos, rosarios, romerías, novenas y meses de retiro espiritual. Gente obsesionada, fanática e integrista que automáticamente tachaba de pecadores en potencia a quienes participaban en todos estos actos con fe tibia, y de irredentos difíciles a quienes no participaban en ellos.
Alfredo Sancho pertenecía a esta clase de personas. Era hombre de pocas luces, algo simple y de escasos recursos para expresarse personalmente y comunicarse con los demás. Daba clases de Ciencias, pero hizo unos cursillos para impartir otras de Religión; así que en su horario, lleno de huecos por ser preceptor, sólo figuraban estas dos asignaturas: Ciencias y Religión. Allí, en el Colegio, era sabido que las horas de preceptuación contaban más que las horas lectivas y eso era algo que en vano se esforzaban en explicarnos los gerifaltes del Colegio a los profesores que no pertenecíamos a la Obra y que nos veíamos obligados a dar más clases de las que podíamos y a cargarnos cada dos por tres de sustituciones.
Sancho era un catalán muy cerrado (entonces el idioma vehicular seguía siendo el castellano y él se afilió al grupo que todos llamaban la Minoría Catalana, en el que figuraban algunos profesores del Departamento de Arte y los profesores de Catalán, por supuesto) y tenía problemas muy serios para hablar el idioma de Cervantes. Su conversación ordinaria solía convertirse en “una tortilla lingüística”, como decía el "Extremeño", y así podía decir en una misma oración expresiones como “Me duele el cap multíssim” o “No puedo andar porque estic malalt” o “Tengo una malaltia en el genoll”. Eso sí, esta deficiencia idiomática, si se le puede llamar así, aparecía con frecuencia en contextos que tenían que ver con enfermedades y dolencias. Cuando tenía que hablar con los padres o con los alumnos que eran sus preceptuados, la cosa cambiaba. Era peor. En su afán de ganarse voluntades para los "buenos" fines del Colegio, no tenía ningún empacho en castellanizar su cerrado catalán. de ahí que algún padre le oyera decir asombrado mensajes como los siguientes:
” Su fill debe tener más cuidadu amb sus llibres y su material educatiu, forrar los cuadernus y possar su nombre y apellidus en la primera página.”
“Aquest mes su fill ha faltat a classe más de set días; això se notará en su rendiment académic si no possa remei desde ara mateix."
O cosas por el estilo.
Al cabo de un tiempo, Sancho dejó de ser preceptor en la jornada de la mañana para pasar a ser Encargado de Curso en la Sección de Estudios de la Tarde (en siglas, SET) concretamente en el COU de Ciencias, donde daba la Biología correspondiente. Cuando llegaba a las lecciones referidas a la Reproducción, hacía equilibrios semánticos para evitar ciertos términos, con lo que provocaba risas malévolas entre los alumnos.
Sus pocas luces oscurecieron aún más su relación con el resto de los profesores hasta tal punto que en más de una ocasión causaba muchos roces con ellos por causa de las notas. Solía decir que lo importante era que los chicos fueran buenos antes que sabios. Eso era fácilmente comprendido por los que no eran de la Obra y por algunos pertenecientes a ella que pensaban y sentían como los demás hombres. Ya quedó dicho en otro lugar que lo de pensar y sentir por cuenta propia era algo infrecuente entre ellos. Decía el Monseñor respecto de ese asunto en su opúsculo que pensar demasiado y sentir en exceso sacaba del camino a quienes deben guiar hacia Dios sus huestes, que sólo tienen que vivir la santa obediencia y la incondicional confianza en quienes las dirigen. Alfredo Sancho, como casi todos ellos, seguían esa norma sin pensar ni sentir, como marionetas que actúan según las manos de quienes mueven sus hilos. Sin embargo, existían también quienes parecían tener su propia personalidad, como Mariano Valdovinos o Jesús Pérez, los cuales siempre que podían dejaban su particular rastro en el Colegio, con la consiguiente disconformidad de los gerifaltes, que no veían con buena cara aquellas pequeñas explosiones de autonomía personal.
martes, 27 de mayo de 2008
lunes, 26 de mayo de 2008
Cuando todo era hiel
Recuerdo que la noche era un folio de nieve,
y tú eras las palabras que volaban sobre él,
cual gaviotas sin isla o arena sin cristales.
Recuerdo que la noche se hizo día,
y tú seguías sembrando tus versos en mis surcos.
Después pasó el verano, y las estrellas
del trigo florecieron. No volvimos
a vernos más los ojos. Pero siempre
recuerdo la distancia que tu sombra
detrás iba dejando. Ahora recuerdo
que fue todo un invento de mis ansias
por tener a mi alcance una sonrisa,
cuando todo era hiel y lontananza
y un otoño sin hojas ni deseos.
Recuerdo al fin que nada
era dulce en mi vida: sólo arena
perdida entre las olas de la vida.
Recuerdo...
Sólo siembro recuerdos, sólo brisas
sin odios, sin olvidos...
Y así recojo el eco de tu voz,
el eco de algo bueno que jamás
podrá existir si no es en mi deseo.
y tú eras las palabras que volaban sobre él,
cual gaviotas sin isla o arena sin cristales.
Recuerdo que la noche se hizo día,
y tú seguías sembrando tus versos en mis surcos.
Después pasó el verano, y las estrellas
del trigo florecieron. No volvimos
a vernos más los ojos. Pero siempre
recuerdo la distancia que tu sombra
detrás iba dejando. Ahora recuerdo
que fue todo un invento de mis ansias
por tener a mi alcance una sonrisa,
cuando todo era hiel y lontananza
y un otoño sin hojas ni deseos.
Recuerdo al fin que nada
era dulce en mi vida: sólo arena
perdida entre las olas de la vida.
Recuerdo...
Sólo siembro recuerdos, sólo brisas
sin odios, sin olvidos...
Y así recojo el eco de tu voz,
el eco de algo bueno que jamás
podrá existir si no es en mi deseo.
La educación lectora del franquismo
La educación
Las listas de todo y sobre todo eran algo consustancial con la época a que nos referimos: lista de los libros que debían leerse, lista de las emisiones de radio aptas para escucharse en familia, lista de las películas lícitas para ser vistas por todos... Es oportuno citar a estas alturas las palabras de Pío XI en “Vigilanti cura” que el doctor Salicrú, presbítero catalán propugnador de normas morales de la época, cita en apoyo de su “Depuración ideológica, moral y estética del cine”: “Se hace necesario que el pueblo conozca claramente qué películas son lícitas para todos, cuáles son lícitas con reservas y cuáles son dañosas y positivamente malas. Esto exige la publicación regular de listas de las películas clasificadas, que deberán llegar fácilemnte al conocimiento de todos. Sería muy de desear que se puediese establecer una lista única para todo el mundo, porque para todos rige una misma ley moral.” El libro de referencia del doctor Carlos Salicrú se titula La educación, y es un documento de primer orden para comprender la moralidad del franquismo, habida cuenta de que, como dice el subtítulo de la obra, se trata de un “estudio normativo acerca de las obligaciones que impone la vida social”. El libro del doctor Salicrú observa parecida metodología que Hace falta un muchacho: apoyo continuado de las aseveraciones del autor en dichos y poemas de autoridades reconocidas nacional y mundialmente, dentro de una ortodoxia tradicional y conservadora. Dios es la idea central de la educación, es una de las primeras afirmaciones de La educación , avalada por estos versos:
“...El Ser que da luz al día
y al hombre fuerza y salud,
al logro de la virtud
los pasos del hombre guía.”
Y Salomón refuerza la educación moral exigible en todo tiempo: “Ejemplo de superiores, guía de inferiores”. “La educación del hijo será la honra del padre, y de su enseñanza le resultará la gloria de verle amado por todos los de la casa.” Etcétera. Tenemos deberes para con el alma. Los místicos nos hablan del “vuelo del espíritu”, de las almas que “vuelan como las aves que en el aire se purifican y alimpian”. La virtud es para Gracián “cadena de todas las las perfecciones, centro de las felicidades. Ella hace un sujeto prudente, atento, sagaz, cuerdo, sabio, valeroso, reportado, entero, feliz, plausible, verdadero y universal héroe. Tres eses hacen dichoso: santo, sano y sabio.” Acerca del valor de la sinceridad cita estas palabras de José Mª Salaverría: “Ser sincero, pero no cándido; este es el plan que conviene. Hay que ser hábil para descubrir la mentira en los otros, como sorprendemos un peligro natural, un abismo, un montón de cieno, un reptil asqueroso. Pero dejemos la mentira y el deshonor a las almas ruines y cobardes”. Para apoyar la necesidad de la abnegación cita el famoso soneto místico que empieza por
“No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido...”;
la humildad a Santa Teresa (“La humildad es la verdad”); la modestia a la Mitología, en las palabras que Júpiter dice a la modestia una vez que esta se queja porque es desplazada de todos los lugares del Olimpo: “Tú vivirás con todas las virtudes; a todas acompañarás”; el trabajo a Gabriel y Galán y al contrario, para demostrar que podemos ser esclavos de nuestras pasiones, el doctor Salicrú se apoya en Calderón de la Barca, en aquellas palabras que Diógenes dice al emperador Alejandro en “Darlo todo y no dar nada” Uno de los capítulos más interesantes de La educación, desde el punto de vista del tema que estamos tratando, es “La familia laboratorio de la educación”, y de los miembros que forman la familia el más importante es el niño porque es el ciudadano de mañana, por lo tanto, debe ser atendido perfectamente; para apoyar este aserto, el autor recurre al poeta bengalí Rabindranath Tagore: “Parece que la mayor parte de las gentes han olvidado que los niños son seres vivientes, más vivientes que los adultos”. El hogar es una especie de “inexpugnable baluarte para las tradiciones, el alma de la raza, la autoridad, la resistencia contra las crisis sociales, la pureza de las ideologías, todo lo que sea vital y fundamental para la existencia de la Patria”. Apoyo, Homero, que en la Iliada y la Odisea condensa en el hogar la unidad, cohesión y grandeza de Grecia. La familia es el depósito de la tradición, “entraña fecunda donde, en gestación callada, pero incesante, se va forjando, día tras día, generación tras generación, el alma de la misma Patria”. La Patria será lo que sean las familias de España y nuestra individualidad se forma desde nuestra más tierna infancia. Apoyo, Horacio: “El ánfora conserva durante mucho tiempo el perfume en que la impregnaron cuando estaba nueva”. El eje en torno al que ha de girar todo el sistema de la moral familiar es el amor entre los miembros del hogar, porque si la pasión se extingue, el amor es fuente perenne. Apoyo, la copla popular:
“¿Dónde se va a comparar
un charco con una fuente?
Sale el sol, se seca el charco,
y la fuente permanece”.
Y puestos a alabar el modelo de hogar cristiano, el autor recurre a Gabriel y Galán para copiarnos aquellos versos tan conocidos y que nosotros aprendíamos y recitábamos de niños:
“Yo aprendí en el hogar en qué se funda
la dicha más perfecta..." Y así avanza el libro, como un río seguro en cuyo espejo se reflejan las palabras de los grandes pensadores y poetas confirmando las márgenes, encauzándolo sabia y moralmente hacia el mar de la felicidad y la perfecta educación. Núñez de Arce ataca a la ciencia mentirosa que se levanta contra la fe :
Cicerón, Horacio, Séneca defienden la verdadera sabiduría, Dante el arte verdadero, Fray Luis de León la armonía universal como fuente de goces inefables, Severo Catalina la auténtica galantería, Quevedo, Maragall, Bécquer, Víctor Hugo el verdadero amor. Al final, el doctor Salicrú resume: “Fomentemos la urbanidad, la cortesía, la sociabilidad, el comedimiento, la etiqueta social, el buen modo cívico, la educación ciudadana, la convivencia; empero, informado todo ello por la moral de Cristo. La educación cristiana es un deber.”
Las listas de todo y sobre todo eran algo consustancial con la época a que nos referimos: lista de los libros que debían leerse, lista de las emisiones de radio aptas para escucharse en familia, lista de las películas lícitas para ser vistas por todos... Es oportuno citar a estas alturas las palabras de Pío XI en “Vigilanti cura” que el doctor Salicrú, presbítero catalán propugnador de normas morales de la época, cita en apoyo de su “Depuración ideológica, moral y estética del cine”: “Se hace necesario que el pueblo conozca claramente qué películas son lícitas para todos, cuáles son lícitas con reservas y cuáles son dañosas y positivamente malas. Esto exige la publicación regular de listas de las películas clasificadas, que deberán llegar fácilemnte al conocimiento de todos. Sería muy de desear que se puediese establecer una lista única para todo el mundo, porque para todos rige una misma ley moral.” El libro de referencia del doctor Carlos Salicrú se titula La educación, y es un documento de primer orden para comprender la moralidad del franquismo, habida cuenta de que, como dice el subtítulo de la obra, se trata de un “estudio normativo acerca de las obligaciones que impone la vida social”. El libro del doctor Salicrú observa parecida metodología que Hace falta un muchacho: apoyo continuado de las aseveraciones del autor en dichos y poemas de autoridades reconocidas nacional y mundialmente, dentro de una ortodoxia tradicional y conservadora. Dios es la idea central de la educación, es una de las primeras afirmaciones de La educación , avalada por estos versos:
“...El Ser que da luz al día
y al hombre fuerza y salud,
al logro de la virtud
los pasos del hombre guía.”
Y Salomón refuerza la educación moral exigible en todo tiempo: “Ejemplo de superiores, guía de inferiores”. “La educación del hijo será la honra del padre, y de su enseñanza le resultará la gloria de verle amado por todos los de la casa.” Etcétera. Tenemos deberes para con el alma. Los místicos nos hablan del “vuelo del espíritu”, de las almas que “vuelan como las aves que en el aire se purifican y alimpian”. La virtud es para Gracián “cadena de todas las las perfecciones, centro de las felicidades. Ella hace un sujeto prudente, atento, sagaz, cuerdo, sabio, valeroso, reportado, entero, feliz, plausible, verdadero y universal héroe. Tres eses hacen dichoso: santo, sano y sabio.” Acerca del valor de la sinceridad cita estas palabras de José Mª Salaverría: “Ser sincero, pero no cándido; este es el plan que conviene. Hay que ser hábil para descubrir la mentira en los otros, como sorprendemos un peligro natural, un abismo, un montón de cieno, un reptil asqueroso. Pero dejemos la mentira y el deshonor a las almas ruines y cobardes”. Para apoyar la necesidad de la abnegación cita el famoso soneto místico que empieza por
“No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido...”;
la humildad a Santa Teresa (“La humildad es la verdad”); la modestia a la Mitología, en las palabras que Júpiter dice a la modestia una vez que esta se queja porque es desplazada de todos los lugares del Olimpo: “Tú vivirás con todas las virtudes; a todas acompañarás”; el trabajo a Gabriel y Galán y al contrario, para demostrar que podemos ser esclavos de nuestras pasiones, el doctor Salicrú se apoya en Calderón de la Barca, en aquellas palabras que Diógenes dice al emperador Alejandro en “Darlo todo y no dar nada” Uno de los capítulos más interesantes de La educación, desde el punto de vista del tema que estamos tratando, es “La familia laboratorio de la educación”, y de los miembros que forman la familia el más importante es el niño porque es el ciudadano de mañana, por lo tanto, debe ser atendido perfectamente; para apoyar este aserto, el autor recurre al poeta bengalí Rabindranath Tagore: “Parece que la mayor parte de las gentes han olvidado que los niños son seres vivientes, más vivientes que los adultos”. El hogar es una especie de “inexpugnable baluarte para las tradiciones, el alma de la raza, la autoridad, la resistencia contra las crisis sociales, la pureza de las ideologías, todo lo que sea vital y fundamental para la existencia de la Patria”. Apoyo, Homero, que en la Iliada y la Odisea condensa en el hogar la unidad, cohesión y grandeza de Grecia. La familia es el depósito de la tradición, “entraña fecunda donde, en gestación callada, pero incesante, se va forjando, día tras día, generación tras generación, el alma de la misma Patria”. La Patria será lo que sean las familias de España y nuestra individualidad se forma desde nuestra más tierna infancia. Apoyo, Horacio: “El ánfora conserva durante mucho tiempo el perfume en que la impregnaron cuando estaba nueva”. El eje en torno al que ha de girar todo el sistema de la moral familiar es el amor entre los miembros del hogar, porque si la pasión se extingue, el amor es fuente perenne. Apoyo, la copla popular:
“¿Dónde se va a comparar
un charco con una fuente?
Sale el sol, se seca el charco,
y la fuente permanece”.
Y puestos a alabar el modelo de hogar cristiano, el autor recurre a Gabriel y Galán para copiarnos aquellos versos tan conocidos y que nosotros aprendíamos y recitábamos de niños:
“Yo aprendí en el hogar en qué se funda
la dicha más perfecta..." Y así avanza el libro, como un río seguro en cuyo espejo se reflejan las palabras de los grandes pensadores y poetas confirmando las márgenes, encauzándolo sabia y moralmente hacia el mar de la felicidad y la perfecta educación. Núñez de Arce ataca a la ciencia mentirosa que se levanta contra la fe :
Cicerón, Horacio, Séneca defienden la verdadera sabiduría, Dante el arte verdadero, Fray Luis de León la armonía universal como fuente de goces inefables, Severo Catalina la auténtica galantería, Quevedo, Maragall, Bécquer, Víctor Hugo el verdadero amor. Al final, el doctor Salicrú resume: “Fomentemos la urbanidad, la cortesía, la sociabilidad, el comedimiento, la etiqueta social, el buen modo cívico, la educación ciudadana, la convivencia; empero, informado todo ello por la moral de Cristo. La educación cristiana es un deber.”
miércoles, 21 de mayo de 2008
HILO DIRECTO CON DIOS
PABLO BARCO
Pablo Barco entró en el Colegio a finales de los años setenta y permaneció allí hasta finales de la década siguiente. Pablo era corpulento, con barba, y vestía de modo muy informal, generalmente con pantalones de pana negros, jerséis grises o azules y camisas blancas sin corbata. Cuando se ponía americanas, solían ser también negras, con lo cual su figura parecía más bien la de un pastor protestante. Era un gran aficionado a la poesía de tipo urbano y social y llegó a publicar algunos versos en una Antología de poetas barceloneses. Yo lo conocí, lo mismo que a Juan Espejo en la tertulia de Jurado Morales (en realidad fue Espejo quien lo había llevado a la tertulia). Los tres, Espejo, Barco y yo, figuramos en la citada Antología y luego formamos parte, junto con otros poetas, de recitales que tuvieron lugar en algunas casas regionales de Barcelona. Y hasta en una ocasión montamos los tres en el Colegio un recital especial para profesores y alumnos, aunque Barco no era muy partidario de efusiones sentimentales en presencia de los gerifaltes del Colegio. Todo tenía su explicación y es que tampoco la Junta de Gobierno sentía muchas simpatías por un profesor que, lejos de amoldarse a las normas del centro, se empeñaba, según ellos, en presentarse en el lugar de trabajo inadecuadamente, a su aire, sin ropas conjuntadas ni calzado apropiado para dar clases a chicos de familias pudientes y educadas. Evidentemente, nunca se lo dijeron claramente, pero era de dominio público (el dominio público de los gerifaltes) que Pablo Barco no se había integrado en la vida del Colegio. Tanto era así, que de buenas a primeras empezaron sistemáticamente a acosarle y a hacerle la vida imposible, sobre todo, con cambios de sección sin previo aviso y de horarios cargados de clases y de sustituciones. Él aguantaba el temporal estoicamente hasta que, con ocasión de realizar una salida cultural de la Sección a la que pertenecía, se le privó de hacerlo a cambio de un trabajo sustitutorio que le olió a cuerno quemado, como le habría olido a cualquier persona con dos dedos de frente y veinte centímetros de corazón. El trabajo consistía en ordenar los archivos de la Biblioteca, que estaban un poco dejados de la mano de Dios. Parecía que la Biblioteca se había convertido, en vez de un lugar tranquilo para encontrarse con las ideas y los sentimientos del mundo del pasado, en cárcel y humilladero para las personas del presente. Pues los gerifaltes del Colegio repitieron, como ya quedó dicho en otro lugar, "mobbing” con el "Extremeño".
El caso es que Barco no soportó mucho aquella vejación de derechos laborales pues nada más terminar la jornada escolar se fue a ver al abogado del Colegio de Doctores y Licenciados, el cual le aconsejó lo que los abogados siempre aconsejan: obedecer a cuanto digan los superiores y a esperar que transcurran los acontecimientos. Y a eso estaba dispuesto Pablo, pero cuando al día siguiente, secundando las recomendaciones del abogado, les pidió que le pusieran por escrito los detalles del cambio de horario y las razones por las cuales lo habían hecho, los gerifaltes se negaron en redondo a firmarle ninguna nota en los términos solicitados. Entonces la situación se enturbió más de lo que ambas partes hubieran deseado.
A todo esto ocurrió algo que modificó sustancialmente las relaciones entre él y Juan Espejo. Y fue que Cesáreo Calvo, a la sazón Jefe de su Sección, deseando recabar alguna información extraescolar que perjudicase a Pablo, acudió a Juan , sabedor de lo bien que se conocían los dos profesores, para sonsacarle alguna cosa que pudiera perjudicar al primero, y así, rastreramente, le preguntó sobre asuntos muy personales de su amigo. Que quede claro que en ningún momento, y sabedor de cómo hacían las cosas los de la Obra, traicionó Espejo a Pablo. Así que respondió a las maliciosas preguntas de Calvo unas veces con el silencio y otras con evasivas. Claro que, por otra parte, la mala suerte, que está presente siempre y lo enreda todo, hizo que Pablo interpretara negativamente el hecho de ver tantas veces hablando a Calvo con su amigo durante aquella nefasta temporada. Eso, unido a los nervios y a la preocupación que vivía en aquellos momentos, le llevaron a pensar lo que de ningún modo había sucedido. Desde ese momento empezó a evitar cualquier conversación con Espejo. De modo que, olvidando la confianza que siempre había depositado en él, junto con tantas cosas agradables relacionadas con la poesía que habían vivido juntos, Pablo Barco se fue distanciando de Juan Espejo.
Y no sólo de Juan, sino también del resto de los compañeros. Seguramente el ánimo, avinagrado por las circunstancias, le perturbó la manera de ver las cosas tal como eran. Y hasta implantó una costumbre nueva, y fue que hasta el día de su despido del Colegio, a la hora de comer se presentaba en el Comedor con un librito de título inequívoco, Derechos de los trabajadores; una vez allí, lo colocaba sobre la mesa de modo que todo el mundo pudiera ver qué libro estaba leyendo. Días antes del despido, improcedente por supuesto (nunca los gerifaltes le dijeron los motivos verdaderos por los cuales le rescindían su contrato de trabajo), mantuvo una conversación con Cesáreo Calvo, en la que, tras decirle que su conversación con ciertos compañeros traidores (clara referencia a Juan Espejo) a nada bueno conduciría, le amenazó con ir a unas cuantas emisoras de radio y a los periódicos barceloneses de mayor tirada para contarles de pe a pa lo sucedido entre él y el Colegio. Total, que acojonados como siempre ante la amenaza del escándalo, los gerifaltes arreglaron con Pablo la suma de dinero con que debían indemnizar su despido y pagar su silencio. El día que se fue de allí se encontró con Alfredo Sancho en la puerta del Pabellón. Algo debió de decirle éste que no gustó a Pablo, el cual se inventó una obra de misericordia sobre la marcha y le dijo:
“Bienaventurados los que se van de este sitio porque ellos verán la verdadera libertad.”
Pablo Barco entró en el Colegio a finales de los años setenta y permaneció allí hasta finales de la década siguiente. Pablo era corpulento, con barba, y vestía de modo muy informal, generalmente con pantalones de pana negros, jerséis grises o azules y camisas blancas sin corbata. Cuando se ponía americanas, solían ser también negras, con lo cual su figura parecía más bien la de un pastor protestante. Era un gran aficionado a la poesía de tipo urbano y social y llegó a publicar algunos versos en una Antología de poetas barceloneses. Yo lo conocí, lo mismo que a Juan Espejo en la tertulia de Jurado Morales (en realidad fue Espejo quien lo había llevado a la tertulia). Los tres, Espejo, Barco y yo, figuramos en la citada Antología y luego formamos parte, junto con otros poetas, de recitales que tuvieron lugar en algunas casas regionales de Barcelona. Y hasta en una ocasión montamos los tres en el Colegio un recital especial para profesores y alumnos, aunque Barco no era muy partidario de efusiones sentimentales en presencia de los gerifaltes del Colegio. Todo tenía su explicación y es que tampoco la Junta de Gobierno sentía muchas simpatías por un profesor que, lejos de amoldarse a las normas del centro, se empeñaba, según ellos, en presentarse en el lugar de trabajo inadecuadamente, a su aire, sin ropas conjuntadas ni calzado apropiado para dar clases a chicos de familias pudientes y educadas. Evidentemente, nunca se lo dijeron claramente, pero era de dominio público (el dominio público de los gerifaltes) que Pablo Barco no se había integrado en la vida del Colegio. Tanto era así, que de buenas a primeras empezaron sistemáticamente a acosarle y a hacerle la vida imposible, sobre todo, con cambios de sección sin previo aviso y de horarios cargados de clases y de sustituciones. Él aguantaba el temporal estoicamente hasta que, con ocasión de realizar una salida cultural de la Sección a la que pertenecía, se le privó de hacerlo a cambio de un trabajo sustitutorio que le olió a cuerno quemado, como le habría olido a cualquier persona con dos dedos de frente y veinte centímetros de corazón. El trabajo consistía en ordenar los archivos de la Biblioteca, que estaban un poco dejados de la mano de Dios. Parecía que la Biblioteca se había convertido, en vez de un lugar tranquilo para encontrarse con las ideas y los sentimientos del mundo del pasado, en cárcel y humilladero para las personas del presente. Pues los gerifaltes del Colegio repitieron, como ya quedó dicho en otro lugar, "mobbing” con el "Extremeño".
El caso es que Barco no soportó mucho aquella vejación de derechos laborales pues nada más terminar la jornada escolar se fue a ver al abogado del Colegio de Doctores y Licenciados, el cual le aconsejó lo que los abogados siempre aconsejan: obedecer a cuanto digan los superiores y a esperar que transcurran los acontecimientos. Y a eso estaba dispuesto Pablo, pero cuando al día siguiente, secundando las recomendaciones del abogado, les pidió que le pusieran por escrito los detalles del cambio de horario y las razones por las cuales lo habían hecho, los gerifaltes se negaron en redondo a firmarle ninguna nota en los términos solicitados. Entonces la situación se enturbió más de lo que ambas partes hubieran deseado.
A todo esto ocurrió algo que modificó sustancialmente las relaciones entre él y Juan Espejo. Y fue que Cesáreo Calvo, a la sazón Jefe de su Sección, deseando recabar alguna información extraescolar que perjudicase a Pablo, acudió a Juan , sabedor de lo bien que se conocían los dos profesores, para sonsacarle alguna cosa que pudiera perjudicar al primero, y así, rastreramente, le preguntó sobre asuntos muy personales de su amigo. Que quede claro que en ningún momento, y sabedor de cómo hacían las cosas los de la Obra, traicionó Espejo a Pablo. Así que respondió a las maliciosas preguntas de Calvo unas veces con el silencio y otras con evasivas. Claro que, por otra parte, la mala suerte, que está presente siempre y lo enreda todo, hizo que Pablo interpretara negativamente el hecho de ver tantas veces hablando a Calvo con su amigo durante aquella nefasta temporada. Eso, unido a los nervios y a la preocupación que vivía en aquellos momentos, le llevaron a pensar lo que de ningún modo había sucedido. Desde ese momento empezó a evitar cualquier conversación con Espejo. De modo que, olvidando la confianza que siempre había depositado en él, junto con tantas cosas agradables relacionadas con la poesía que habían vivido juntos, Pablo Barco se fue distanciando de Juan Espejo.
Y no sólo de Juan, sino también del resto de los compañeros. Seguramente el ánimo, avinagrado por las circunstancias, le perturbó la manera de ver las cosas tal como eran. Y hasta implantó una costumbre nueva, y fue que hasta el día de su despido del Colegio, a la hora de comer se presentaba en el Comedor con un librito de título inequívoco, Derechos de los trabajadores; una vez allí, lo colocaba sobre la mesa de modo que todo el mundo pudiera ver qué libro estaba leyendo. Días antes del despido, improcedente por supuesto (nunca los gerifaltes le dijeron los motivos verdaderos por los cuales le rescindían su contrato de trabajo), mantuvo una conversación con Cesáreo Calvo, en la que, tras decirle que su conversación con ciertos compañeros traidores (clara referencia a Juan Espejo) a nada bueno conduciría, le amenazó con ir a unas cuantas emisoras de radio y a los periódicos barceloneses de mayor tirada para contarles de pe a pa lo sucedido entre él y el Colegio. Total, que acojonados como siempre ante la amenaza del escándalo, los gerifaltes arreglaron con Pablo la suma de dinero con que debían indemnizar su despido y pagar su silencio. El día que se fue de allí se encontró con Alfredo Sancho en la puerta del Pabellón. Algo debió de decirle éste que no gustó a Pablo, el cual se inventó una obra de misericordia sobre la marcha y le dijo:
“Bienaventurados los que se van de este sitio porque ellos verán la verdadera libertad.”
lunes, 19 de mayo de 2008
UN "ENTRENO" MAL ARMADO
Existe una curiosa contradicción en el diario PÚBLICO. Por un lado es un periódico empeñado en regalar cultura (los viernes, una película de DVD, los sábados, cuentos y entretenimientos infantiles, y los domingos, libros de maestros de la pintura universal), y eso es de agradecer. No faltaría más. Pero por otro lado, es una mina de desidia respecto de la lengua; de ahí que el medianamente atento a las cuestiones del lenguaje (léxico, morfo-sintaxis, ortografía...) puede encontrarse aquí y allá, salpicando la labor informativa del diario, y en especial la tarea formativa de los lectores, abundancia de patadas al diccionario. Ya he comentado en esta sección algunas de ellas. Hoy me limitaré a citar dos que ayer domingo figuraban en sendos titulares de DEPORTES. Uno de ellos decía: "NO CONVOCADO: Salió serio del entreno". El otro, por el estilo y también más frecuente, rezaba: "CALIDAD: La técnica es el mejor arma de la selección". El "entreno" del primer titular no puede ser nunca la forma verbal correspondiente a la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo entrenar, sino el sustantivo "entrenamiento", que el diccionario de la RAE define así: "Acción y efecto de entrenar o entrenarse." En cuanto al segundo titular, notamos enseguida un fallo de concordancia que desgraciadamente se está extendiendo en todos los medios de comunicación, y es el ocurrido con los sustantivos femeninos singulares que empiezan por A tónica, como agua, arma, alma, asa, etcétera, que por razones históricas y etimológicas se construyen con el artículo el (el agua, el arma, el asa, etcétera), siempre que no aparezca intercalado entre el artículo y el sustantivo, como es el caso que nos ocupa, un adjetivo calificativo (aquí, "mejor"), que entonces hay que escribir o decir el artículo femenino que concuerda con el sustantivo. Así pues, el titular debería haber escrito "La técnica es la mejor arma de la selección."
RETAHÍLA DE UNA MAÑANA EN BARCELONA
Mañana otoñal. El hombre espera
sobre el andén al tren que vendrá pronto,
mientras lloran las letras en las hojas
del periódico gratis.
No discriminem les persones amb SIDA.
Nuevas pistas señalan al vecino de los McCann.
Kidman teme seguir los pasos tristes
de la Princesa de Gales…
¿Qué le espera al hombre el día en Barcelona?
¿Saldrá tal vez el sol? ¿Habrá alguna incidencia en la salida
cultural con los chicos?
El manco de Lepanto y dos novelas
pasadas al teatro, y luego el vicio
de recorrer los pasos del Manchego
por las calles vetustas de Barcino.
Pensamientos de miedo y esperanza.
El miedo al aire, entre las hojas secas
que se mueren con quejas amarillas
y el aire quieto de ausencias transparentes.
El tren llega, se sube. Dentro, el mundo
del libro y del trabajo
(en sus manos la ausencia y en sus ojos
el brillo del olvido)
se saludan y enzarzan
sus ardientes condenas.
Barcelona, expectante,
les aguarda en el vientre de los túneles.
Llega Clot, el teatro,
Cervantes y un cristal de licenciado
Y una boda engañosa. Dos actores
se multiplican en soldados,
licenciados, doncellas,
damas tunas que ocultan sentimientos.
Abren cestas de mimbre,
izan velas, dialogan, cantan
simulando voces dulces de mujer…
todo el truco
de la tramoya que no da más de sí:
un telón y las sombras,
y la Portada
de las doce Novelas Ejemplares.
Los premios del aplauso, y se fini.
La humedad de la calle, el barrio suelto,
ruidoso entre semáforos, las tiendas
y la gente, de espaldas a la muerte,
caminando con luz en la mirada
hacia los duros mercados de la vida.
De nuevo los andenes, los billetes
del tren de cercanías
que alejan los olvidos y los miedos
y acercan en suspiros virtuales
la esperanza de los últimos andenes.
Y abandonar el vientre subterráneo.
Suben profes y alumnos como topos
a la luz de la Plaza.
Devienen aves libres
de vuelos callejeros,
ríos habladores en busca del Quijote por el Gótico,
el Call, la Sinagoga, los balcones
que gritaban al paso de los héroes.
El mar estaba cerca. El fin al borde
de una herida en la arena, velas rotas
por arcabuces ciegos. Y en la playa
de la imaginación
Sansón Carrasco vence al caballero,
pone punto final a la locura.
Cerca está la casa de Cervantes.
Desde ella otea aún el mar caliente
de aventuras, galeras y grilletes.
y ve caer vencido a su otro yo
a punta cruel de lanza de destierro.
Madrid le espera ya, sin tumba fija,
a la deriva entre docenas de esternones,
calaveras y tibias… Eso piensa
el profesor mirando la fachada
que frente al mar recuerda el paso vivo
del Manco de Lepanto en Barcelona.
Mientras, arriba, el cielo, encapotado,
aguanta la tristeza del momento.
Se cruza Layetana, gotas frías
ungen al grupo cultural. El muro gris
de Santa María del Mar se lava y salva
su silencio con lluvia de otro otoño.
Mientras, sigue la llama
del vecino Fossar de las Moreras
diciendo: Cataluña no quiere ya más eñes,
no quiere más palabras de Castilla en la lista
de los muertos por la Comunidad.
Pero la lluvia cae con eñes de cien sueños
sobre las duras baldosas de la plaza.
Los alumnos descansan mientras comen
en los bares cercanos.
El hombre y sus colegas
visitan las Caputxes.
Sentados a la mesa, en la ventana
ven el arco apuntado de la iglesia.
Lasaña y vino. Y lluvia
tenaz sobre la plaza.
Cada adoquín es ya charol humilde
y en el alma se moja la semilla
de la nostalgia inútil.
Se reanuda el paseo ya de vuelta
hacia los vientres trepidantes de los túneles
con la fatiga hiriendo
los escudos más fuertes.
Picasso les saluda al pasar por su patio
y les muestra la ropa hecha jirones
de un arte de entreguerras, de una guerra
pintada en las meninas y en cerámicas,
en trastiendas de polvo y oro viejo
de la calle Montcada.
El camino les lleva hacia Arcos Rojos
con murciélagos regios en los bordes
y leyendas de finales de siglo,
cuando Onofre Bouvila, imitaba al Quijote
en manos de Mendoza, otro Cervantes
sin deriva y sin ganas de soñar
en anónimas tumbas.
De toda la salida cultural
le queda al hombre el ruido de la plaza
de San Felipe Neri, los zumbidos
de unos niños jugando a la pelota
y los gritos callados de los tiros
grabados para siempre en las paredes.
Cervantes, el teatro, Barcelona…
Y el fusilamiento impasible del olvido.
sobre el andén al tren que vendrá pronto,
mientras lloran las letras en las hojas
del periódico gratis.
No discriminem les persones amb SIDA.
Nuevas pistas señalan al vecino de los McCann.
Kidman teme seguir los pasos tristes
de la Princesa de Gales…
¿Qué le espera al hombre el día en Barcelona?
¿Saldrá tal vez el sol? ¿Habrá alguna incidencia en la salida
cultural con los chicos?
El manco de Lepanto y dos novelas
pasadas al teatro, y luego el vicio
de recorrer los pasos del Manchego
por las calles vetustas de Barcino.
Pensamientos de miedo y esperanza.
El miedo al aire, entre las hojas secas
que se mueren con quejas amarillas
y el aire quieto de ausencias transparentes.
El tren llega, se sube. Dentro, el mundo
del libro y del trabajo
(en sus manos la ausencia y en sus ojos
el brillo del olvido)
se saludan y enzarzan
sus ardientes condenas.
Barcelona, expectante,
les aguarda en el vientre de los túneles.
Llega Clot, el teatro,
Cervantes y un cristal de licenciado
Y una boda engañosa. Dos actores
se multiplican en soldados,
licenciados, doncellas,
damas tunas que ocultan sentimientos.
Abren cestas de mimbre,
izan velas, dialogan, cantan
simulando voces dulces de mujer…
todo el truco
de la tramoya que no da más de sí:
un telón y las sombras,
y la Portada
de las doce Novelas Ejemplares.
Los premios del aplauso, y se fini.
La humedad de la calle, el barrio suelto,
ruidoso entre semáforos, las tiendas
y la gente, de espaldas a la muerte,
caminando con luz en la mirada
hacia los duros mercados de la vida.
De nuevo los andenes, los billetes
del tren de cercanías
que alejan los olvidos y los miedos
y acercan en suspiros virtuales
la esperanza de los últimos andenes.
Y abandonar el vientre subterráneo.
Suben profes y alumnos como topos
a la luz de la Plaza.
Devienen aves libres
de vuelos callejeros,
ríos habladores en busca del Quijote por el Gótico,
el Call, la Sinagoga, los balcones
que gritaban al paso de los héroes.
El mar estaba cerca. El fin al borde
de una herida en la arena, velas rotas
por arcabuces ciegos. Y en la playa
de la imaginación
Sansón Carrasco vence al caballero,
pone punto final a la locura.
Cerca está la casa de Cervantes.
Desde ella otea aún el mar caliente
de aventuras, galeras y grilletes.
y ve caer vencido a su otro yo
a punta cruel de lanza de destierro.
Madrid le espera ya, sin tumba fija,
a la deriva entre docenas de esternones,
calaveras y tibias… Eso piensa
el profesor mirando la fachada
que frente al mar recuerda el paso vivo
del Manco de Lepanto en Barcelona.
Mientras, arriba, el cielo, encapotado,
aguanta la tristeza del momento.
Se cruza Layetana, gotas frías
ungen al grupo cultural. El muro gris
de Santa María del Mar se lava y salva
su silencio con lluvia de otro otoño.
Mientras, sigue la llama
del vecino Fossar de las Moreras
diciendo: Cataluña no quiere ya más eñes,
no quiere más palabras de Castilla en la lista
de los muertos por la Comunidad.
Pero la lluvia cae con eñes de cien sueños
sobre las duras baldosas de la plaza.
Los alumnos descansan mientras comen
en los bares cercanos.
El hombre y sus colegas
visitan las Caputxes.
Sentados a la mesa, en la ventana
ven el arco apuntado de la iglesia.
Lasaña y vino. Y lluvia
tenaz sobre la plaza.
Cada adoquín es ya charol humilde
y en el alma se moja la semilla
de la nostalgia inútil.
Se reanuda el paseo ya de vuelta
hacia los vientres trepidantes de los túneles
con la fatiga hiriendo
los escudos más fuertes.
Picasso les saluda al pasar por su patio
y les muestra la ropa hecha jirones
de un arte de entreguerras, de una guerra
pintada en las meninas y en cerámicas,
en trastiendas de polvo y oro viejo
de la calle Montcada.
El camino les lleva hacia Arcos Rojos
con murciélagos regios en los bordes
y leyendas de finales de siglo,
cuando Onofre Bouvila, imitaba al Quijote
en manos de Mendoza, otro Cervantes
sin deriva y sin ganas de soñar
en anónimas tumbas.
De toda la salida cultural
le queda al hombre el ruido de la plaza
de San Felipe Neri, los zumbidos
de unos niños jugando a la pelota
y los gritos callados de los tiros
grabados para siempre en las paredes.
Cervantes, el teatro, Barcelona…
Y el fusilamiento impasible del olvido.
sábado, 17 de mayo de 2008
HILO DIRECTO CON DIOS
UN TRÁGICO DESENLACE
Como el caso del alumno Antonio Duero hubo en el Colegio algunos más que hicieron historia. El más importante fue el protagonizado por Luis Esteban, hijo de un ginecólogo barcelonés que asistió a los partos de varias mujeres de profesores, entre ellas el de Marta, esposa de Pablo Barco. Y aunque el muchacho, Luis Esteban, era reacio a dejarse llevar por consejos de mayores y en especial por profesores del Colegio, llegó a simpatizar medio bien con Pablo y hasta dejó que el profesor se acercara a él mucho más de lo que lo había hecho su propio padre. El caso es que Luis solía “fumarse” algunas clases, sobre todo las de Deportes, y en su lugar frecuentaba el bar Los dos Hermanos, situado fuera del recinto del Colegio, al otro lado de la carretera. Era usual que al bar se acercaran algunos profesores cuando las provisiones de tabaco se acababan o cuando había que tomarse alguna cerveza entre amigos y lejos de las orejas excesivamente atentas de los de la Obra. También, pero muy de cuando en cuando, algunos alumnos saltadores de normas por sistema, como Luis Esteban, se atrevían a darse una vuelta por el bar. El alumno utilizaba para no ser visto el seco cauce de la riera y luego el talud de la vía. Era una operación que le reportaba un placer especial. Tanto que solía comentar con los más próximos a él a propósito de esas idas y venidas al bar de sus escapatorias:
“Sólo es parecido al gusto que tengo cuando me hago una paja”.
Una vez en el bar, se gastaba el dinero locamente en las máquinas de juegos mientras bebía varios refrescos, hasta que pasaba la hora de Gimnasia. Entonces volvía por el mismo camino, se colaba en las duchas con el último turno de alumnos y, aseadito, como si se hubiera castigado el cuerpo con el ejercicio físico y la postrera ducha igual que los demás, se incorporaba al resto del horario académico. Un día tuvo la mala suerte de encontrarse de golpe en el bar conmigo, y en vez de pararse a hablar, cosa que habría ayudado a arreglar el asunto, optó por salir corriendo. Yo, que me llevaba bien con Pablo Barco y sabía la complicidad que había entre el profesor y el alumno, de regreso y a la primera ocasión que tuve le conté mi encuentro con el chico.
Lo que Pablo Barco hablara con él es cosa que ignoro, pero a partir de ese momento Luis se mostró claramente violento y descarado en mis clases. Yo pensé inmediatamente que el chico acababa de descubrir en mí a un maldito chivato. Y me pregunté si tal vez no habría sido mejor cambiar unas palabras con Luis antes de hablar con mi colega. Sin embargo, las cosas habían sucedido así y ahora había que poner remedio a sus faltas de disciplina en clase, que a medida que avanzaba el curso iban aumentando. Rara era la clase en que Luis no soltara algún despropósito en plena explicación, cosa que provocaba que los que habían tirado la toalla respecto de la asignatura (por supuesto que el suspenso más claro era el del propio Luis Esteban, y eso sin necesidad de que yo interviniera, porque la labor del muchacho era nula y no había un sola prueba que consiguiera sacar más de un 2); decía que los rematadamente insalvables, al oír aquellas continuas y extemporáneas intervenciones de Luis, se las aplaudían y vitoreaban. Daba lo mismo el asunto que en ese momento estuviera tratando yo. Si, por ejemplo, hablaba de la elegancia y musical sensibilidad de los versos de Garcilaso, Luis me interrumpía para decir:
“Sí, la elegancia y la sensibilidad propias de un marica.”
O si yo comentaba que Espronceda había muerto de una afección de garganta, se apresuraba a añadir:
“A alguno que yo sé debería pasarle lo mismo”.
Yo intentaba entender la causa de aquellos despropósitos, pero no le pasé ni uno y así se lo hacía saber tomando nota en mi cuaderno del día, de la hora y del contenido de sus palabras y, si podía, hasta anotaba exactamente la frase que él decía. Sancho, el profesor de la Obra que era preceptor del chico, y yo mantuvimos con su padre más de una reunión para ponerle al corriente de qué podía pasar si Luis insistía en su mal proceder. Pero ni con ésas. Y una tarde, en el colmo de la desfachatez, y mientras yo intentaba explicar la extraña enfermedad que había llevado a Bécquer a reponerse al Monasterio de Veruela, Luis Esteban exclamó a gritos:
“¡Eso fue de tanto como le daba al manubrio!”
El cachondeo que se armó en el aula fue de lo que nunca me había encontrado a lo largo de mi vida docente. Así que no tuve otro remedio que invitarle a que saliera de clase para ir al despacho del Jefe de Sección, y más teniendo en cuenta el cúmulo de faltas disciplinarias que había ido coleccionando en su expediente.
El jefe de Sección llamó a su padre por teléfono comunicándole que su hijo había sido expulsado del Colegio por falta grave, que hiciera el favor de venir a recogerlo o mandar a alguien que lo hiciera en su nombre.
El ginecólogo reconoció una vez más que el muchacho había salido torcido como un árbol malo y que su mujer y él habían hecho todo lo posible por él, sobre todo poniéndole en manos de expertos psicólogos de Barcelona, los cuales, al fin y a la postre, tampoco habían podido dictaminar el verdadero alcance del desequilibrio mental y emocional del muchacho, quien, según todas las pruebas que le habían aplicado, era un inadaptado social con síntomas de doble personalidad y acentuada paranoia (todo esto expresado, evidentemente, en términos profesionales y clínicos).
Sólo un año más tarde el muchacho cayó en una horrible depresión y dejó de asistir al Colegio tras las vacaciones de Navidad. Y un día de mayo, mientras en el Colegio sus compañeros de clase se disponían a salir de romería hacia una ermita del Vallés, llegó a los despachos de los profesores una circular dando la terrible noticia. El alumno Luis Esteban acababa de fallecer en su domicilio de un ataque al corazón, al parecer mientras dormía. Pero eso no fue exactamente lo que había ocurrido. La realidad la contó el malogrado Mariano Valdovinos en el despacho que compartía con Aurelio Marqués y Jordí Puig. Al chico lo había encontrado su desconsolada madre ahorcado en el baño. Cuando supimos la verdad, los profesores nos quedamos consternados. Unos días más tarde me encontré a Pablo Barco en el sendero de piedra que separaba los dos grandes parterres del jardín central y le pregunté si sabía algo nuevo sobre la muerte del pobre chaval. Barco, visiblemente afectado, me dijo que no y me corroboró el atroz detalle del suicidio:
“Sí, ahorcado con la cortina de la ducha, completamente desnudo.”
Como el caso del alumno Antonio Duero hubo en el Colegio algunos más que hicieron historia. El más importante fue el protagonizado por Luis Esteban, hijo de un ginecólogo barcelonés que asistió a los partos de varias mujeres de profesores, entre ellas el de Marta, esposa de Pablo Barco. Y aunque el muchacho, Luis Esteban, era reacio a dejarse llevar por consejos de mayores y en especial por profesores del Colegio, llegó a simpatizar medio bien con Pablo y hasta dejó que el profesor se acercara a él mucho más de lo que lo había hecho su propio padre. El caso es que Luis solía “fumarse” algunas clases, sobre todo las de Deportes, y en su lugar frecuentaba el bar Los dos Hermanos, situado fuera del recinto del Colegio, al otro lado de la carretera. Era usual que al bar se acercaran algunos profesores cuando las provisiones de tabaco se acababan o cuando había que tomarse alguna cerveza entre amigos y lejos de las orejas excesivamente atentas de los de la Obra. También, pero muy de cuando en cuando, algunos alumnos saltadores de normas por sistema, como Luis Esteban, se atrevían a darse una vuelta por el bar. El alumno utilizaba para no ser visto el seco cauce de la riera y luego el talud de la vía. Era una operación que le reportaba un placer especial. Tanto que solía comentar con los más próximos a él a propósito de esas idas y venidas al bar de sus escapatorias:
“Sólo es parecido al gusto que tengo cuando me hago una paja”.
Una vez en el bar, se gastaba el dinero locamente en las máquinas de juegos mientras bebía varios refrescos, hasta que pasaba la hora de Gimnasia. Entonces volvía por el mismo camino, se colaba en las duchas con el último turno de alumnos y, aseadito, como si se hubiera castigado el cuerpo con el ejercicio físico y la postrera ducha igual que los demás, se incorporaba al resto del horario académico. Un día tuvo la mala suerte de encontrarse de golpe en el bar conmigo, y en vez de pararse a hablar, cosa que habría ayudado a arreglar el asunto, optó por salir corriendo. Yo, que me llevaba bien con Pablo Barco y sabía la complicidad que había entre el profesor y el alumno, de regreso y a la primera ocasión que tuve le conté mi encuentro con el chico.
Lo que Pablo Barco hablara con él es cosa que ignoro, pero a partir de ese momento Luis se mostró claramente violento y descarado en mis clases. Yo pensé inmediatamente que el chico acababa de descubrir en mí a un maldito chivato. Y me pregunté si tal vez no habría sido mejor cambiar unas palabras con Luis antes de hablar con mi colega. Sin embargo, las cosas habían sucedido así y ahora había que poner remedio a sus faltas de disciplina en clase, que a medida que avanzaba el curso iban aumentando. Rara era la clase en que Luis no soltara algún despropósito en plena explicación, cosa que provocaba que los que habían tirado la toalla respecto de la asignatura (por supuesto que el suspenso más claro era el del propio Luis Esteban, y eso sin necesidad de que yo interviniera, porque la labor del muchacho era nula y no había un sola prueba que consiguiera sacar más de un 2); decía que los rematadamente insalvables, al oír aquellas continuas y extemporáneas intervenciones de Luis, se las aplaudían y vitoreaban. Daba lo mismo el asunto que en ese momento estuviera tratando yo. Si, por ejemplo, hablaba de la elegancia y musical sensibilidad de los versos de Garcilaso, Luis me interrumpía para decir:
“Sí, la elegancia y la sensibilidad propias de un marica.”
O si yo comentaba que Espronceda había muerto de una afección de garganta, se apresuraba a añadir:
“A alguno que yo sé debería pasarle lo mismo”.
Yo intentaba entender la causa de aquellos despropósitos, pero no le pasé ni uno y así se lo hacía saber tomando nota en mi cuaderno del día, de la hora y del contenido de sus palabras y, si podía, hasta anotaba exactamente la frase que él decía. Sancho, el profesor de la Obra que era preceptor del chico, y yo mantuvimos con su padre más de una reunión para ponerle al corriente de qué podía pasar si Luis insistía en su mal proceder. Pero ni con ésas. Y una tarde, en el colmo de la desfachatez, y mientras yo intentaba explicar la extraña enfermedad que había llevado a Bécquer a reponerse al Monasterio de Veruela, Luis Esteban exclamó a gritos:
“¡Eso fue de tanto como le daba al manubrio!”
El cachondeo que se armó en el aula fue de lo que nunca me había encontrado a lo largo de mi vida docente. Así que no tuve otro remedio que invitarle a que saliera de clase para ir al despacho del Jefe de Sección, y más teniendo en cuenta el cúmulo de faltas disciplinarias que había ido coleccionando en su expediente.
El jefe de Sección llamó a su padre por teléfono comunicándole que su hijo había sido expulsado del Colegio por falta grave, que hiciera el favor de venir a recogerlo o mandar a alguien que lo hiciera en su nombre.
El ginecólogo reconoció una vez más que el muchacho había salido torcido como un árbol malo y que su mujer y él habían hecho todo lo posible por él, sobre todo poniéndole en manos de expertos psicólogos de Barcelona, los cuales, al fin y a la postre, tampoco habían podido dictaminar el verdadero alcance del desequilibrio mental y emocional del muchacho, quien, según todas las pruebas que le habían aplicado, era un inadaptado social con síntomas de doble personalidad y acentuada paranoia (todo esto expresado, evidentemente, en términos profesionales y clínicos).
Sólo un año más tarde el muchacho cayó en una horrible depresión y dejó de asistir al Colegio tras las vacaciones de Navidad. Y un día de mayo, mientras en el Colegio sus compañeros de clase se disponían a salir de romería hacia una ermita del Vallés, llegó a los despachos de los profesores una circular dando la terrible noticia. El alumno Luis Esteban acababa de fallecer en su domicilio de un ataque al corazón, al parecer mientras dormía. Pero eso no fue exactamente lo que había ocurrido. La realidad la contó el malogrado Mariano Valdovinos en el despacho que compartía con Aurelio Marqués y Jordí Puig. Al chico lo había encontrado su desconsolada madre ahorcado en el baño. Cuando supimos la verdad, los profesores nos quedamos consternados. Unos días más tarde me encontré a Pablo Barco en el sendero de piedra que separaba los dos grandes parterres del jardín central y le pregunté si sabía algo nuevo sobre la muerte del pobre chaval. Barco, visiblemente afectado, me dijo que no y me corroboró el atroz detalle del suicidio:
“Sí, ahorcado con la cortina de la ducha, completamente desnudo.”
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