viernes, 27 de junio de 2008

HILO DIRECTO CON DIOS

LA NATURALEZA DE ENRIQUE SANTOS

No quiero terminar sin dedicar unas palabras al recuerdo de Enrique Santos, que en aquella ocasión se quedó sin oír en directo la voz del Monseñor, bello sacrificio que redundaría en sus méritos personales. Buen espíritu, en dos palabras, tan necesario para agradar al Fundador, meta y camino de sus actividades.
Enrique Santos, originario de Badalona, era maestro y daba clases en Elemental con verdadera dedicación. Numerario ejemplar, solía repetir y poner en práctica una de las normas referidas a la discreción recogidas en el librito del Fundador que casi nadie observaba: “La buena administración ni se ve ni se oye”. Enrique hacía, actuaba, servía a los demás sin pregones ni heraldos. ¡Qué diferencia había entre él y un socio agregado tan soberbio y quisquilloso como Molinos, que cualquier iniciativa que emprendía al momento alguien, si no él mismo, se encargaba de darla a conocer a los cuatro vientos! En cambio, Santos entraba en las clases y sólo se ocupaba de darlas como Dios le daba a entender. Y si entraba en el Oratorio se recogía en un lugar retirado, lejos de los bancos del altar, y allí se componía a solas con su alma. Y si tocaba el clarinete o cantaba a dúo con Jesús Mendoza una canción durante la fiesta de Navidad de profesores o recitaba algún poema que previamente le había pedido a Espejo, pues tocaba, cantaba y recitaba poniendo en ello lo mejor que tenía.
Dada su forma de ser y su discreción probada, apenas contaba nada que no tuviera que ver con su profesión. Por ello, algunos de nosotros, los que nos llevábamos bien con él, empezamos a apreciarlo más el día en que Mariano Valdovinos nos contó la desgracia que pesaba sobre la familia de Enrique. El caso era que una hermana melliza suya, también relacionada con la Obra, había contraído de muy joven una enfermedad atroz que la fue consumiendo poco a poco hasta postrarla en la cama para siempre sin haber cumplido aún los treinta años. Y ahí no acabó su dolor porque, declarado un incendio en la casa donde agonizaba, nadie pudo evitar que su cuerpo fuera devorado por las llamas. Vale me confió que, desde entonces, en la cartera de Enrique hay dos estampas juntas: la de su hermana y la del Fundador.
Enrique Santos pasaba inadvertido en el Colegio, como todos los que realmente cuentan a la larga en la memoria de las gentes. Para mí Enrique formaba parte del grupo auténtico del Colegio, y no contaba para esta clasificación el hecho de pertenecer o no a la Obra, ni el que de vez en cuando me pidiera alguna poesía mía indicada para niños, para hacérsela aprender de memoria y escribirla en sus cuadernos con letra caligráfica. Un día me enterneció al enseñarme una postal que había encargado hacer a los chicos a partir de mi poema La escoba. Se trataba de dos viñetas a todo color. En una de ellas aparecía una escoba estilizada que bailaba entre restos de papeles y en la segunda, una bruja cabalgando a lomos de otra escoba. Y el texto en forma de caligrama:
“La escoba siempre arrastra
los pelos por el suelo;
su cuerpo, tieso y flaco,
barriendo mira al cielo.
Furiosa el polvo empuja,
y dicen que de noche
sobre ella va una bruja.”
Le di las gracias emocionado. Pero era con pareados y coplas que le entregaba Espejo con los que solía montar sus clases de Lectura, Ortografía y Vocabulario. Había una copla en especial, la Copla del cisne, que repetía año tras año:
“Sobre la línea del agua
el cisne blanco es un dos,
un dos de tiza que nada
y se arrodilla ante Dios.”
Lo que más me gustaba de Enrique era la serenidad que respiraba su persona y la conformidad con que se entregaba a sus trabajos y quehaceres cotidianos sin decir “ya lo he hecho” o “aprended de mí a hacer las cosas". Evidentemente, seguía su norma interior: “Las buenas obras son para hacerse, no para pregonarse.”

MATERIA DE RECUERDO

Cómplices silencios

Y empezamos en casa a practicar los cómplices silencios que amortiguan el llanto y el dolor, las frías sombras que amenazan de muerte al hombre bueno que ha sido para ti un dios tranquilo, la mano que alzó un día el andamiaje de tu propia estatura, que dio pan de sueño a tu niñez.
Y planeamos meriendas a Las Planas, donde el padre reía débilmente, acaso cómplice también del disimulo, como magia para alargar el trágico momento, y elevaba el porrón para que el vino le bendijera como en años jóvenes.
Y al Tibidabo, donde los espejos cóncavos nos partían de risa y él soñaba aún con primaveras y viajes subido al avión y viendo el mar al fondo de la niebla, tras las grises avenidas de nuestra gran ciudad.








Tristeza

Yo no disfrutaba con los cuadros que pintábamos por los alrededores, estaciones en ruinas, campos rubios, barcos desahuciados o masías con perros que espantaban nuestras telas.
Ni comprando en Canuda libros viejos con pétalos de rosas en sus páginas y tarjetas postales con Colón apuntando hacia el mar, y entradas rotas del Liceo, y estampas y billetes que nunca más compraron...
Yo no disfrutaba con los vinos de Las Botas. Ni los versos procaces de Espronceda, ni los chistes subidos distraían la alarma de mi pena.
Sabía que más tarde o más temprano no podría acallar más la morfina los perros de la muerte. Que mi padre, cansado de luchar contra el dolor, cerraría las puertas al verano y, las manos en cruz sobre su pecho, iniciaría la ruta de la seda.


La muerte

Lejos de la gran ciudad, de la casa donde la muerte estaba gobernando, una noche de mili encabronada escuché la noticia bien sabida.
Un tren de medianoche atravesó tierras y lágrimas sin un descanso.
En mi macuto ardían cien poemas de rabia contra Dios, contra la vida, contra la primavera que incendiaba los campos de lujuria.
Llegué, limpio de llantos, hasta el lecho donde el padre aguardaba mis besos, mis palabras, tal vez la confesión de que él había significado todo para mí. Pero el tronco de un árbol más que yo habría sentido entonces. Nada dije, nada hice sino mirarlo lentamente como quien ve partir el barco que un día lo había traído hasta esta orilla.
Más tarde, cuando el cuerpo lo dejamos en el gris Cementerio de Montjuic, supe bien que cualquier descubrimiento lleva luz a las almas y penumbras, y que los cuerpos crecen con heridas que la vida les va abriendo sin causa, como letra obligada en su poema.




Bálsamo

Menos mal que el amor es puro bálsamo y todo lo aligera su ternura. Si no, todo habría sido un tobogán hacia el odio del vino y la desidia.
Las Ramblas de los pájaros, las Ramblas por donde el mundo entero se codea entre razas y lenguas de Babel, fueron ojos de mi florecimiento, oídos de mi amor. (La pena ardía entre sus manos blancas hasta hacerse ceniza de ternura.)
Ella me hablaba de barcos y gaviotas que tenían nombres de personas que queríamos, mientras la “golondrina” se alejaba por la dársena azul hacia los cubos grises del rompeolas, y su estela era el limpio recuerdo de una vida que nos seguía mar adentro, como el eco de la voz que nos hablaba momentos antes.
Ella lo decía y yo me lo creía. ¡Puro bálsamo!


Amor en todas partes

Y Montjuic me mostraba sus rincones con la procacidad del primer día, los arcos del Museo Arqueológico, la Font del Gat llorando cantos viejos, la grata Rosaleda, el Teatre Grec... y en todas partes era fácil, libre, el beso, el desamarre del amor, en todas partes dábamos fe viva de que la soledad más triste canta y explota cuando hierve en luz la sangre, si otra sangre baila con la tuya.
Y si no era Montjuic era el Parc Güell, la piedra vuelta loca en maceteros, en arcos, en columnas, en la gracia que aquel loco arquitecto de inquietudes sembró en el corazón de Barcelona.
En todas partes ella hacía de mí una soledad más pequeña, una elegía menos triste y más alta y más auténtica.

jueves, 26 de junio de 2008

HILO DIRECTO CON DIOS

EL MONSEÑOR EN EL COLEGIO

La Tertulia que llevó a cabo el Monseñor en la Biblioteca del Colegio se preparó concienzudamente. Por lo pronto se suspendieron las clases y se nos sugirió a los profesores que no pertenecíamos a la Obra que podíamos elegir entre asistir en directo a las palabras del Monseñor o no, y en este caso debíamos rezar para que todo saliera como se esperaba. Eso sí, Alberto Moral, que a la sazón era el director del Colegio, nos aseguró que no todo el mundo tenía la inmensa suerte de respirar el mismo aire que el Fundador y aprovecharse del fruto especial de sus palabras y que Dios sabía cuándo se iba a poder repetir aquella extraordinaria circunstancia.
Todo el Colegio, al menos por donde debía pasar él, especialmente el Pabellón Central, se perfumó con Akintson, su fragancia favorita, y se decoró con detalles que eran de su predilección, sobre todo, flores de tallo largo como gladiolos, rosas y azucenas, y pequeñas estatuillas de porcelana fina con las formas de patitos nadando o burritos de alforjas llenas, símbolos del trabajo y la actividad.
Desde primeras horas de la mañana fueron llegando al Colegio cochazos lujosísimos con matrimonios y gentes encopetadas de Barcelona, Sabadell y Tarrasa, la mayor parte empresarios y todos miembros o simpatizantes de la Obra, y también de otras partes de España, como Aragón o Valencia. En el aparcamiento de la entrada ya estaba Enrique Santos, un numerario de la Obra, organizando la manera de estacionar aquellas impecables carrocerías, a la vez que, tras saludar a los recién llegados, les indicaba el camino que debían seguir para acceder a la Biblioteca. Aquello se convirtió en una procesión o romería con todas las indulgencias ganadas. Y aquí y allá, plantados en el trayecto como ángeles guías, otros numerarios escogidos concienzudamente para tal ocasión, se encargaban de proporcionar a los romeros información de todo tipo antes de llegar a la Biblioteca. Allí ya estaba preparada, en lugar bien visible y privilegiado, una tarima hecha de maderas nobles desde la que el Monseñor se dirigiría a los asistentes.
Hacía rato que Pedro, Aurelio y yo asistíamos al impresionante despliegue y, sin decir palabra, cuando lo creímos conveniente, acudimos a la Biblioteca dispuestos a escoger un buen sitio para no perdernos detalle de tamaño acontecimiento. En la puerta del Pabellón se hallaba Xavier Botella controlando el paso. Al vernos, se colocó la corbata de rayas azules y rojas en perfecto estado de revista, estiró la barbilla hacia arriba y esperó a que llegáramos junto a él para decirnos en un susurro de voz:
“Se ha creído conveniente que, durante la Tertulia, los profesores del Colegio ocupemos discretamente la zona del altillo de la Biblioteca. Así permitiremos que la gente que ha venido de lejos y ha realizado un viaje prolongado para oír la palabra de nuestro Fundador se encuentre lo más a gusto posible. Espero que lo entendáis. Gracias por vuestra comprensión. Así haremos todos buen espíritu.”
Nada dijimos, con la mirada fue suficiente. Entramos en el vestíbulo y, al ver el despliegue material que había allí dentro, volvimos a mirarnos con complicidad. La decoración y el perfume elegidos lo decían todo. En la puerta de la Biblioteca vimos a Demetrio Velarde rompiéndose la cintura ante cada mujer que se acercaba a la entrada para saludarla y darle la bienvenida. Nos descubrió y, en un momento que se vio desocupado de tanta reverencia, nos hizo un gesto para que tomáramos el camino lateral de la Biblioteca, el de los cuartos que solían habilitarse para celebrar reuniones y cursillos.
“Todo como si creyeran que viene Dios en persona,” se me ocurrió decir a mí en un susurro de voz.
“Más que Dios”, añadió el "Extremeño" un poco más alto.
“Callaos, coño”, exigió Aurelio, “no vaya a ser que nos oigan”.
Y por la escalera posterior accedimos a la parte superior de la Biblioteca, una especie de balconcillo corrido que, a la sazón, estaba ya atestado de gente. Otros profesores y personal no docente nos hicieron gestos en cuanto nos vieron. Devolvimos el saludo a un lado y a otro y buscamos hacia los ventanales que daban al pequeño jardín del vecino Oratorio un sitio para colocarnos. En apenas unos minutos la zona baja de la Biblioteca se llenó a rebosar. La gente ocupaba hasta los escalones de la escalera de caracol que subía a la parte del altillo donde nosotros nos encontrábamos y tapaba las cristaleras de las estanterías de los libros. El "Extremeño" se disponía a hacer al respecto uno de sus típicos comentarios, cuando de fuera nos llegó un murmullo esclarecedor.
“Silencio”, dijo Aurelio, “algo ocurre en el exterior. Seguramente, el Fundador ha llegado.”
Se hizo un silencio celestial, de esos en que el alma puede oír las voces más peregrinas y saborear el contacto solitario del Más Allá. La expectación allí dentro fue espectacular. De repente, apareció en la puerta de la Biblioteca Alberto Moral y tras él, dos sacerdotes que flanqueaban a un tercero rechoncho y blanco que traía en los labios una sonrisa seráfica, el Monseñor. Finalmente, entró detrás, como en comitiva etérea, un grupo de gente joven que siempre suele acompañar al Fundador de la Obra en sus desplazamientos o que son requeridos para la ocasión en la zona donde tiene lugar la Tertulia. Todos se distribuyeron de forma estudiada sobre la tarima, de manera que reprodujeran lo más fiel posible el Sermón de la Montaña: el grupo de jóvenes alrededor del Monseñor, sentados a sus pies; los dos sacerdotes, como dos guardianes, a ambos lados de él, aunque ligeramente atrasados y ocupando dos sillas; y a un lado, fuera de la idílica escena, el director del Colegio, fijos sus ojos en el protagonista del momento.
Éste, carraspeó ligeramente para aclararse la voz y luego empezó la charla hablando del papel que deben ocupar en la educación de los hijos primero los padres y después los profesores. Se movía con mucha soltura, sonreía de vez en cuando, encarándose con las personas que tenía más cerca, sentada en los primeros bancos de la Biblioteca, o mirando hacia el altillo para hacer referencia al privilegio que teníamos los que nos apiñábamos allí por estar en las alturas. De vez en cuando utilizaba palabras del pueblo llano y pequeñas sentencias que su padre y su madre le repetían de niño, así como chistecillos populares, para acercarse más al público de aquella tertulia, que parecía estar en el cielo.
Mirando todo aquello con detalle, descubrí allí abajo, entre la gente que atendía fervientemente al Fundador de la Obra, a Octavio Tapia asintiendo con la cabeza a cada palabra que decía aquél, a riesgo de clavar su nariz en la espalda de su vecino de delante.
El Monseñor estuvo hablando un buen rato de la labor del profesor, de la del padre y de la del alumno comparándolos con trabajos del campo todos necesarios, progresivos y relacionados entre sí: la siembra de los padres, el riego y abonado de los profesores, el crecimiento recto de la semilla del alumno, luego transformada en planta que da fruto, y la consecuente buena cosecha, ayudada también por las lluvias y las bonanzas que caen del cielo sobre el campo de la vida para hacer más perfecta, más divina la recolección. Luego hizo una pausa de silencio, cruzó las manos sobre el pecho y sonrió beatíficamente mientras asomaba la punta de la lengua por la comisura de sus labios y recorría con la mirada los rostros de los oyentes.
Allí dentro, entre las cuatro paredes de la Biblioteca, había una química especial entre el sacerdote rechoncho y blanco de la sonrisa eterna y la gente que abarrotaba el local encendida de admiración hacia él, casi sumida en el éxtasis de los santos.
Después llegó el turno de las preguntas de los extasiados y las respuestas del Fundador. Al "Extremeño", por la facilidad con que el Monseñor contestaba todas las preguntas, le pareció enseguida que éstas debían ser preparadas, y así me lo iba diciendo a mí en un susurro de voz para que nadie lo advirtiera.
Una señora embutida en visón de primera clase y situada en las primeras filas le preguntó:
“Padre, ¿qué debemos hacer los cónyuges para no desestabilizar el ambiente que nuestros hijos deben vivir en casa y en familia?
El Fundador, esbozando una de sus sonrisas especiales, le contestó:
“Que os queráis, hija mía, que os queráis mucho. Con eso basta. El amor en la familia es el mejor campo para que crezcan sanos y rectos vuestros hijos. Pero qué te voy yo a decir a ti que tú ya no hagas. Anda y sigue queriendo mucho a tu marido. Lo demás vendrá solo.”
Otro padre de familia pidió la palabra para preguntarle:
“Padre, ¿ cómo puedo vencer la resistencia y la dificultad con que a veces se me presenta en el mundo diario, personal y social, la comprensión respecto de otras personas que no son de la Obra?
Y el Monseñor le contestó sin dejar de sonreír:
“¿Comprensión dices? Hijo mío, yo he ido por el mundo como Diógenes con su lámpara, buscando comprensión por todas partes, y no la he encontrado. ¿Y me he dado por vencido? No, de ninguna manera. ¿Y vosotros vais a daros por vencidos? Luchad, luchad con vuestras herramientas lo mejor que podáis y haced vuestro trabajo con rectitud y buen espíritu, y saldréis adelante. Los demás, los que no os entienden o hacen todo lo posible por no entenderos, algún día verán su equivocación. Vosotros, hijos míos, sembrad con buenas obras y recogeréis. Mirad al pobre burro cómo trabaja y cómo lo muelen a palos. Y fue el único animal que entró con Dios en Jerusalén.”
Y de pronto sucedió. La mano que se levantaba ahora entre el público era la de Octavio Tapia. Se puso en pie y, con voz temblorosa por la emoción, le formuló su pregunta al Fundador de la Obra, su ídolo aquí en la tierra y el puente seguro para su salvación eterna:
“Padre, ¿ qué cualidades debo reunir para ser un buen profesor?
Y el padre de la sonrisa eterna le contestó:
“Hijo mío, para ser un buen profesor lo primero que debes cumplir es ser un buen cristiano, cumplir con las leyes de la iglesia y los mandamientos de Dios, para que tus alumnos vean en ti un espejo de virtudes. Y en segundo lugar, estudiar y trabajar para que tu asignatura se enriquezca de sabiduría y sea comprendida en sus rectos límites por tus discípulos. Y otra cosa, en la clase procura lograr un aire de familia. Así que, si eres buen cristiano, trabajas como un burro y te haces querer por tus alumnos, serás un buen profesor, el mejor de los profesores. Pero tú no necesitas que yo te lo recuerde. Tú ya tienes todo eso. Se te ve en la cara. Anda y sigue así, hijo mío.”
Vimos desde nuestra privilegiada atalaya cómo Octavio, tras oír las palabras del Fundador, se restregaba los ojos para limpiarse las lágrimas de emoción que le salían a borbotones. Sin duda estaba viviendo el más excelso de sus éxtasis. Luego le dio las gracias y se sentó en el cielo. El "Extremeño" arrimó su boca a mi oreja y dijo:
“Ése mea hoy agua bendita.”
Después la Tertulia entró en una atmósfera de gloria, indulgencias y perdones, así como de complacencias mutuas, hasta que uno de los sacerdotes custodios se acercó al Monseñor como solía hacer en situaciones parecidas y, señalándose el reloj de la muñeca, le recordó que se había hecho tarde, gesto que rechazó teatralmente el Fundador como había hecho otras veces mientras con aquella sonrisa tan suya, especial y seráfica, comentaba:
“¡Que va a ser tarde! Voy a seguir un ratito más con estos hijos míos tan atentos. Porque os lo merecéis. ¿Verdad que sí? Y cuando un día yo ya no esté entre vosotros, seguid con este espíritu de entrega y trabajo, que la labor que le queda por hacer a la Obra es inmensa. Y vivid, vivid muchos años. Porque, hijos míos, en el cielo se puede amar, pero no se puede trabajar por Dios; hay que seguir trabajando mucho por Él antes de ir al cielo. Está bien lo que decía Santa Teresa: “Que muero porque no muero”. Pero eso no es lo nuestro. Debemos desear vivir para trabajar por Dios. Así que, seguid siendo buenos padres y buenos profesores trabajando cuanto podáis y más para ser santos aquí en la tierra.”

miércoles, 25 de junio de 2008

DE GALICIA

I.

Me pregunto si este acto de amor en Portonovo
Algo tiene que ver con las plegarias
De los altos pinos que ahí, amantes,
Orantes, se besan bajo el viento
Y ofrecen su prisión a algún dios celta
Que los mira en la lluvia.
Amamos como ellos y rezamos
Para alargar el hilo del momento.
Los gemidos mojados de los pinos
Acompasan los besos, los abrazos,
La siembra y el silencio.
Y yo los miro
Como si fuera uno de ellos,
Otro cautivo sin saber qué pasa.
Y rezo la mejor canción que sé:
El silencio.

Me pregunto si este acto de amor en Portonovo
Es cosa de la ría,
Del mágico obelisco que a unos pasos,
Sobre el cantil, señala otro destino.
No sé, pero ahora quieto,
Mientras mis manos sueñan todavía
Con su ternura, sigue
Siendo el lecho la playa donde el mar
Se apacigua, y yo un niño
Absorto en su inocencia,
Todo magia y murmullo de silencio.




II.

La lluvia bajo el ala.
El corazón soñando en vuelos de perdones.
El parque
De silencio, palomas y camelias,
Surcos donde siembra el cielo brumas
De la gran Rosalía. Ahora vengo
De aquel ámbito frío, traigo el alma
Con media pulmonía y pido vino
Y una tapa de pulpo que me salve
Del aljibe que me tiene cautivo.
“Jacobus” es la magia.
En sus cuatro caricias resucito
Recitando las nieblas de aquel ángel
Que no voló en su cielo.
Luego pago, estornudo y vuelvo a ser
Un fiel enamorado de Santiago.
Aunque llueve y me duele el rezo oscuro
Del pino en Portonovo,
Aunque llueve y escucho,
Entre el hondo gemido de los bronces,
Cómo el clavo de amor de Rosalía
Taladra el cuerpo blando de mi verso.




III.

Esta noche es la última.
Dios sabe cuándo habremos de sentirnos
Tan libres y tan niños como ahora.
Los pinos y sus besos
Serán versos un día, pero ahora, esta noche
Son testigos de vida.
Los miro
Como si pudiera saber de qué están hechos
Sus rezos sin nostalgia.
Como si después de mí
Ya no quedara nadie en la ventana
Mirándolos así, como si fueran
Humanos como yo.

Arde al fuego el orujo,
El azúcar, los granos de café
O la olla donde cantan las brujas.
La fórmula hechicera, la joven hierofante,
Las sombras como hiedras trepando en las columnas
Del salón. Y nosotros,
Rezando la oración de la memoria,
Endulzando las hieles del pasado
Con estas mieles. Bebo
Lentamente la taza de los ritos
Sin que se cuele aquí la lluvia negra
De lo que espera luego. Cuenta sólo
Este embrujo de ahora,
Caliente y duradero, de la maga Galicia
Que nos da en un instante la luz de su misterio.

HILO DIRECTO CON DIOS

LA ACTITUD DE OCTAVIO TAPIA

Cuando pienso en todo aquello ahora, me parece haber salido, no ya de una pesadilla pegajosa y destructiva, sino de un túnel que parecía no tener final, como uno de aquellos suplicios que dicen que hay en el infierno, me parece que es Papini en su Libro negro quien lo asegura; dice que el peor suplicio para los soberbios y vanidosos del infierno es situarlos en un túnel interminable y hacerlos andar por él alardeando de lo bien que han hecho las cosas durante la vida pero sin público que los vea. Me imagino vagando por él a Francisco Molinos, hablando y hablando de cómo deben hacerse las cosas poniéndose a sí mismo como ejemplo.
Recuerdo que la tarde que fuimos a ver a Aurelio al Hospital, vi salir del edificio camino del aparcamiento a Tejada y a Molinos, tal para cual, y lo primero que me vino a la cabeza fue acercarme a ellos y decirles cuatro cosas. Pero inmediatamente desistí al pensar en el dicho: “Vale más no remover la mierda”. Sólo el masoquismo podría ahora resucitar aquel solar de muertos al que esos dos pertenecen.
Pero aquella tarde me esperaba en la planta de Cuidados Intensivos otra sorpresa. Allí estaban Octavio Tapia y su mujer Marisol, ambos miembros de la Obra y él, profesor del Colegio desde sus inicios. Estaban hablando con la hija mayor de Aurelio. Les saludamos y oímos de boca de la chica lo que le había pasado a su padre, el partido de tenis, el dolor del pecho, la cerveza fría y el posterior empeoramiento e ingreso en el Hospital a toda prisa. Luego añadió que, gracias a Dios, el amago de infarto que había sufrido su padre había quedado sólo en un susto
Octavio Tapia, después de alegrarse por la ligera mejoría de Aurelio, se despidió cogiendo la mano a las señoras por la punta de los dedos e inclinándose como para besárselas, costumbre arraigada entre los miembros varones de la Obra.
“Como la cosa parece salir a petición de nuestros rezos”, dijo, “nos vamos más contentos. Tenednos al corriente, ¿eh? Hasta la vista. Ah, y a ti, Sebastián, te veo muy bien. Se ve que la Pública no es tan mala como dicen. Ya hablaremos en otra circunstancia más serena. Os tendremos a todos en nuestras oraciones, ¿verdad, Marisol?”
La aludida sonrió de oreja a oreja mientras asentía con la cabeza y luego los dos desaparecieron en el hueco del ascensor como dos habitantes del pasado. Por lo menos eso me pareció a mí, que en cuanto vi que la puerta del ascensor se cerraba tras ellos, susurré al oído de Nati:
“Por mucho que quiera regresar el tiempo ido, para mí será como esa puerta de ascensor.”
Octavio Tapia había sido mayor siempre. Esa era la impresión que causaba a quien se encontrara con él por primera vez. Destacaban en él tres rasgos inconfundibles: primero, su cabeza, grande y cuadrada con el pelo blanco como la nieve y en la que el rostro, moreno y surcado de arrugas, destacaba notablemente; después, sus curtidas y enormes manos, que más bien parecían propias de un trabajador de la construcción; y, finalmente, su andar reposado y seguro, como de emperador romano, haciendo, así, honor a su nombre. Era natural de Toledo, donde se había hecho miembro de la Obra, junto con su mujer, y Maestro Nacional. Vino al Colegio para ocupar un cargo importante en la sección de Preelemental, que era el curso de los alumnos más pequeños, y enseguida mostró sus dotes de persona aquiescente a todo cuanto afirmaran sus correligionarios, dispuesta a aceptar de buen grado cuantas sugerencias vinieran de ellos. Pronto vimos los que no pertenecíamos a la Obra que Octavio Tapia era el hincha más incondicional del Director de turno. Durante las reuniones a que asistíamos todos los profesores del Colegio en la Biblioteca los sábados obligados, podía verse a Octavio en la primera fila dando cabezadas ante las afirmaciones del Director, y no de sueño, como cualquiera de las últimas filas podría haber supuesto al ver su hermosa cabeza blanca ejecutando peligrosas reverencias, sino de ferviente asentimiento. Sin duda, de entre todos los profesores del Colegio, los gerifaltes lo eligieron a él para que formulara la pregunta al Monseñor cuando pasó por el Colegio en su memorable tertulia. Octavio era la persona idónea. Correcta, plana y sin inquietudes intelectuales. Por enésima vez, lo de pensar por cuenta propia y tener preocupaciones mentales, está terminantemente prohibido en la Obra, así como mostrar el menor atisbo de sentimiento noble y libre que pueda distanciar a su propietario del redil común, cuyo gobierno exclusivamente corresponde al Monseñor. Así pues, Octavio aceptaba sin rechistar las órdenes de sus superiores, órdenes disfrazadas siempre de insinuaciones correctas y sugerencias amables.
Una de las cosas más importantes que han ocurrido en la vida de Tapia fue que en el edificio donde estuvo viviendo un tiempo en Barcelona allá por los años setenta (luego se trasladaría a Cerdanyola, localidad próxima al Colegio) la banda terrorista ETA colocó una bomba. El susto que se llevó fue de lo que no se olvida nunca. Toda la noche la familia Tapia se vio obligada a pasar la noche en un hotel del Ensanche. Con el tiempo Octavio decía de aquella barbaridad que Dios lo había elegido a él para vivirla sin que, gracias también a Dios, perdiera la vida porque seguramente se la reservaba para efectuar empresas mayores.
Octavio Tapia y Aurelio Marqués, aunque han tenido algunas diferencias, siempre han hecho buenas migas y hasta hicieron juntos el viaje a Madrid para ver a Juan Pablo II en la visita que el Sumo Pontífice realizó a España. Pero las desavenencias entre ambos son vox populi en el Colegio. Una de ellas, seguramente la que más duró, surgió a raíz de una charla que en el café del comedor de profesores mantenía un grupo en el que se encontraban los dos. Eran ya los finales del curso y la hora de sacar balance estaba en los ánimos de todos. De pronto Octavio dijo:
“De todos modos he de aceptar que durante este curso no me he cansado tanto como otros.”
Entonces, el "Árbitro", ni corto ni perezoso, le soltó:
“¡Nos ha jodido mayo con sus flores! Si hubieras dado la mitad de clases que figuran en mi horario, no dirías eso.”
Aún continúa Octavio Tapia en el Colegio y, según Aurelio, con el mismo régimen de dedicación de siempre. Preceptor, miembro de la Obra, cuatro clases y muchas horas de reuniones y charlas espirituales.

jueves, 19 de junio de 2008

MATERIA DE RECUERDO

Noches de fuegos corporales

¡Cuántas noches después de estar con ella, después de someter mi carne a fuegos que sólo de pensarlo todavía me queman el recuerdo...!
¡Cuántas noches dejé que mi semilla blanca hiciese acrobacias nocturnas en la esquina de la calle, en los cipreses, testigos del deseo insaciable del carnoso ciprés que crecía en mis ingles!
El tranvía me llevaba cansado al otro extremo de la ciudad. El sereno venía, golpeando la acera con el chuzo y agitando las llaves de la noche, a mi torpe llamada mientras todo el mundo perseguía al Fugitivo en su televisión individual.
Después caía en la cama como un Orfeo que ha abrazado a su Eurídice y sueña que el infierno es un regreso constante a las delicias del Olimpo.
¡Qué tiempos cuando el alma se inundaba de música de disco ( el Richard Anthony de “Aranjuez mon amour”) y el cuerpo ardía mientras iba a buscarla a su trabajo!
Un dios Pan disfrazado de estudiante con apuntes del Cid y cien poemas temblando por hallar sus cauces vivos era yo camino de sus besos, del volcán donde las lavas del deseo una noche y las otras se perdían en fuegos acrobáticos, silentes, por laderas de tela o trapecios de cipreses nocturnos.
¡Qué retornos más dulces a la casa con la brisa de su pelo enredada aún en el mío, con el gusto a manzana de sus labios aún besando la fiebre de los míos!
Nostalgia inútil, te odio, pero te amo también porque el recuerdo me da vida.


Horta

Y viviendo la luz que me dio ella, otro barrio brilló bajo mis pies: su nombre, Horta, de casas con glicinias y pisos heridos de aluminosis; de plazas donde el pueblo compartía su tipismo con fuet y con sardanas, de cines donde ardíamos sin ver las películas que proyectaban, solamente explorábamos los cálidos y húmedos recovecos de nuestros cuerpos jóvenes. (Diamante, Astor, Virrey, Venecia, Horta, Maragall, Odeón... Sagradas sombras donde hicimos de nuestros cuerpos aras de devoción carnal). Y bailes donde juntábamos volcanes de deseos con músicas románticas en tanto que la tarde, mareada, daba fe del amor enredado en nuestras yedras.





Garraf

Y en tiempos de toalla y mar amigo, de arena y bronce gratis, nos armábamos de paciencia infinita y de nevera portátil, y cogíamos el tren para Garraf.
Era casi imposible echar el cuerpo a la larga sobre la arena entre tanta carne puesta al asador, y apenas la toalla señalaba el candor de nuestra piel.
El agua, acometida, se quejaba de tanta pierna y tanto brazo, era como entrar en la gresca de un buen caldo.
Pero pronto, recogidos los útiles, monte arriba, entre pinos, requeríamos un refugio tranquilo para comer y echar la siesta luego.
¡Un paraíso al alcance de Romeo y Julieta!




El nubarrón

No todo era soñar y dar los pasos por sendas florecidas, vino y arte en aquel sesenta y cinco de la luz que vino a deslumbrar aun más mi vida.
Había un nubarrón que amenazaba la mies de la familia, un nubarrón inexorable, una termita hambrienta dispuesta a socavar la luz de casa.
El hospital artístico, de cúpulas de fresa que yo había conocido, fue también bisturí y convalecencia para el padre operado.
Y la termita que roía el pilar de su estatura siguió sembrando el luto agazapada, mordiendo, devorando amor y tiempo.




Dios no disponible

Dios no estaba nunca disponible. Busqué su compañía en las iglesias, por las plazas cuajadas de palomas y niños que jugaban al columpio; de día, cuando todo es más abierto y la luz unge labios y miradas; de noche, cuando el miedo se hace pánico y el pánico sepulcro de deseos.
Las clases eran humo donde Góngora luchaba por lucir sus “Soledades”. Nada, nada lograba detener mis ríos de tristeza, la esperanza era una lluvia sucia que se hundía en las bocas del alcantarillado.
Y Dios no estaba en las iglesias, no estaba en ningún sitio, despachaba ignorancias y olvidos. Yo no iba a pedirle milagros, sólo tiempo, un poco más de tiempo para el hombre que me había traído a la ciudad un año antes. ¡Tan sólo tiempo, tiempo! Y el tiempo era ya humo para él.
Y aunque Dios no quería oírme, le dije de todo menos “Dios”, por las calles, por las plazas cuajadas de palomas y niños que jugaban al columpio, y en las iglesias donde sólo estaba el tedioso silencio de su ausencia.

CREDO POÉTICO

(Revisado)

Yo ya no busco bosques
abatidos de tristeza
ni ríos cuajados de crepúsculos
para hacer mis poemas
porque vienen a mí
como el mar a la arena.

Yo no busco el peligro
ni me invento las guerras
para que revienten de rabia
mis sencillos poemas
porque están en el mundo
como el llanto en la pena.

Yo canto lo diario,
si el hombre vive y sueña,
si en el campo una lluvia
el pan futuro riega,
y canto con palabras
sin resonancias huecas,
con palabras calientes
de un alma siempre en vela.