viernes, 8 de enero de 2010
REFLEJOS DE MENORCA
jueves, 7 de enero de 2010
MEMORIAS DE UN JUBILADO

DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS

martes, 5 de enero de 2010
MEMORIAS DE UN JUBILADO

Así, La calle del Olivo, se llamaba una novela que yo estaba escribiendo hasta hace poco y que ahora no puedo continuar porque acabo de perderla. Son cosas que pasan en el mundo de la informática. Aprovecho la circunstancia para aconsejar a todos aquellos que escriben y escriben en el ordenador sin ir guardando el material resultante en una copia de seguridad, que lo hagan ya y que no se confíen plenamente en el disco extraíble que lo contiene y donde escriben en este momento. Porque falla. Falla. A mí me acaba de pasar, y llevo encima un cabreo que no me aguanto. Recuerdo, sin embargo, muchos detalles de la novela que guardaba hasta hace unos días en el "lápiz" en cuestión y que ahora no tengo otro remedio que tirar (un dispositivo minúsculo con tripas misteriosas). Detalles que espero que me sirvan para reconstruir de algún modo el esqueleto de La calle del Olivo.
La calle del Olivo, hoy de la Olivera, es la calle donde yo viví de soltero hasta 1970. Como todo el mundo sabe (sólo basta consultar una sencilla guía), esta calle se encuentra muy cerca de la hermosa Plaza de España y de Montjuic, adonde yo solía ir a estudiar algunos días en vísperas de exámenes mientras fui estudiante universitario. El piso de la calle del Olivo significa para mí y los míos un mundo entrañable que hoy provoca un sinfín de recuerdos. En ese piso, que hoy aún habitan mis hermanos mayores, vivieron hasta su marcha nuestros padres: primero él, apenas llegado a Barcelona desde nuestra querida tierra castellana, y sin haber disfrutado de su bien ganada jubilación (en mayo de 1966, un día lluvioso, depositamos sus restos en lo más alto de Montjuic con el mar de espaldas y el cielo cayendo inmisericorde sobre el granito de las tumbas); y al cabo de unos años, incapaz de soportar más el sufrimiento que le causaba la desaparición de su marido, ella, cuando yo ya había dejado aquel piso, me había casado y tenía un hijo y el segundo estaba a punto de llegar. De eso hablo en la novela. De eso, de lo que significó para mí la muerte de mis padres, y del aprendizaje que experimenté en Barcelona en los años que dejé de pronto de ser un estudiante para convertirme en un adulto con responsabilidades propias. La enseñanza de la ciudad condal fue decisiva en mi formación. Formación que compartí con un grupo de amigos catalanes que me acogieron como uno más, en especial Albert Casals, un joven artista que se abría entonces paso en el mundo difícil de la creación pictórica. De todo esto hablo en La calle del Olivo, novela inconclusa (me temo que seguirá así por mucho tiempo) que acabo de perder de la forma más estúpida.
El protagonista de la novela es un hombre mayor que, a punto de verse envuelto en un asunto grave relacionado con la inmigración sumergida barcelonesa, se pone a escribir una especie de libro de memorias que recoja su llegada a Barcelona desde su natal Toledo y su posterior aventura barcelonesa como estudiante primero y luego como profesor de Universidad y conductor de una famosa tertulia que tiene lugar en el Real Círculo Artístico de las inmediaciones de la Catedral dos sábados al mes. Durante sus años de estudiante conoce a un pintor que lo introduce en el mundo del arte, los museos y la belleza del Barrio Gótico barcelonés, pero también en el de los bares con magia y otros sitios donde bulle la vida joven y más libre de Barcelona. Al final de su vida de estudiante conocerá a la que será su novia y de la que recibirá más de lo que él está dispuesto a dar.
lunes, 4 de enero de 2010
RELÁNGRAFOS
Una mentira pequeña puede hacer a veces más tolerable una contundente verdad.
El teléfono nos permite decir cosas a la gente que no le diríamos a la cara.
Cuando somos viejos decimos que estamos prisioneros del tiempo, cuando de niños teníamos todo el tiempo en nuestras manos.
Si malo es el desamor, peor es la soledad.
Es verdad que la ilusión está lejos de ser realidad, pero nadie me negará que ayuda a soportarla.
El sexo sin amor es una ensalada sin aceite.
Bécquer describe en sus Rimas los rasgos y gestos de la mujer comparándolos con elementos vivos de la naturaleza.
Para Bécquer la mejilla de la mujer es una rosa temprana.
Cuando empiezo a pintar, una vez hecho el dibujo de base, no sé cómo va a resultar acabado el cuadro. Por eso el camino, aunque sea largo y difícil, vale la pena ser andado.
Un jardín sin riego es un cuerpo sin alma.
La luna es el ojo por el que mira el día que no ha desaparecido del todo.
La mariposa es el alma de una flor que murió y que en cuatro pátalos prolongó la vida en vuelo más allá de su desaparición.
Si el mundo real cupiera en mi televisor, con el mando a distancia borraría toda la corrupción que lo falsea.
Ni quiero que la puerta sea el femenino de puerto ni mucho menos que el cuadro sea el masculino de cuadra.
En la fina ironía conviven sabiamente la burla inteligente y la poesía elegante.
En la música el lazo profundo que ata los acordes es el silencio.
Para Bécquer los ojos de la mujer son verdes como el mar o tempranas hojas de almendro que tiemblan con el aire.
La boca, granada abierta.
La frente, cumbre nevada en que el día refleja su última luz.
Los niños son perfectos y el tiempo no. Por eso emplean en sus juegos el pretérito imperfecto: Yo era un policía y te hacía mi prisionero.
sábado, 2 de enero de 2010
POEMAS RESCATADOS
viernes, 1 de enero de 2010
MEMORIAS DE UN JUBILADO
Tres copas de champagne a medias y una vela encendida sobre adornos navideños. Es sólo una fotografía de anoche, la última noche del año que, para bien o para mal, acaba de desaparecer. En lo que a mí respecta, acaba de terminar el año de mi jubilación y empieza el segundo. Esto es como una rueda que no acaba nunca, hasta que la inercia de la vida diga fin. En este juego de ir contando cosas, entretengo al tiempo y lo engaño de algún modo. Del pasado 2009 sólo puedo hablar de cosas positivas. Mi alegría de vivir (ese es el significado de "jubilación", del latín 'iubilatio', viva alegría, júbilo), desde el 20 de febrero último, día de mi cumpleaños y del descanso de las aulas, la tiza y las explicaciones y correcciones escolares, mi vida ha dado un giro de ciento ochenta grados. Hasta me ha cambiado la forma de mirar a las cosas y considerar lo positivo y lo negativo de ellas y he llegado a una conclusión: a considerar más lo positivo que lo negativo, como si fuera todo sentarse a una buena mesa en compañía de familuares y amigos y hablar de lo bueno que tenemos delante, comerlo y beberlo y deshacerse de lo indigesto y poco más. Los viajes, los reconocimientos, los paseos, las lecturas, pintar o practicar la afición que más le guste a uno, escribir de vez en cuando algo que me aleje de la melancolía, aunque sea para hablar del tiempo, los hechos y los rostros pasados, bailar y contar chistes que me alegren de verdad el corazón, fomentar el contacto con muchas personas e intercambiar con ellas gozos y sorpresas agradables. Creo que en eso está lo que llamamos las personas ser medianamente felices. Si añadimos un poco de salud, todo eso que he mencionado antes, los viajes, los reconocimientos, los paseos, las lecturas, las aficiones... nos rejuvenecerán, o al menos no nos envejecerán tan deprisa. Y podremos acabar el champagne que aguarda en la copa y añadir un poco más, hasta que la cera de la vela se consuma del todo. Y mientras tanto, habitar el escenario con los rostros de las personas que más queremos. Y así un año tras otro. Ahora lo que toca es despedirse sin tristeza del año 2009, que ya no existe, y abrir los brazos con alegría al 2010, que nos espera para regalarnos nuevas aventuras y alegrías.