viernes, 29 de octubre de 2010

EL RELATO DEL MES

La luz blanca




Todo empezó cuando una noche se levantó para aliviar la vejiga y en el lavabo una luz blanca se le metió en el ojo derecho. No hizo mucho caso, pero, para su sorpresa, al volver a la cama, un haz de luz que manaba de ese ojo lo guió hasta ella y más tarde, mientras conciliaba el sueño, esa luz se quedó flotando sobre la almohada. El hombre se despertó a las tantas de la mañana y, sin ninguna preocupación, se presentó en el trabajo, donde le esperaba el jefe con una bronca monumental. Sin embargo, ayudado de la visión excepcional de su ojo derecho, en menos tiempo del habitual rellenó los documentos que se habían acumulado sobre su mesa. El resto del día se lo pasó esperando que llegara la noche para ver si se repetía la experiencia de la luz. En efecto, a eso de las tres de la madrugada, la próstata lo tiró de la cama de nuevo y, valiéndose de su ojo encendido, entró en el lavabo justo en el momento en que otra luz blanca se alojaba en el ojo izquierdo. Tras aliviar la urgencia, sirviéndose de los dos ojos encendidos, regresó a la cama, donde cayó dormido como un bebé, mientras se quedaban flotando sobre su cabeza dos conos de luz blanca. Esta vez despertó casi a mediodía y al llegar al trabajo, la bronca del jefe fue tan grande que acabó amenazándolo con despedirle si repetía la tardanza. De nuevo gracias a la inmejorable visión de sus ojos acabó igualmente con la enorme faena que le esperaba encima de su escritorio y en mucho menos tiempo que el día anterior. Estaba empezando a enamorarse de aquella luz de sus noches y todo lo supeditaba a ella y esperaba el momento de levantarse de la cama para irse al lavabo y encontrarse con su benefactora presencia. ¿Qué parte de su cuerpo elegiría esta vez para mejorárselo? Porque todo hay que decirlo: el hombre era un cúmulo de imperfecciones y anomalías físicas: desde las cataratas en los ojos a las migrañas, pasando por las flatulencias, la próstata, la artrosis de pies y manos, la disfunción sexual o las palpitaciones que de vez en cuando le asaltaban en el sitio y la hora menos esperados y le causaban un miedo tan atroz que creía llegada la hora de su muerte. El caso es que cuando por tercera noche consecutiva se levantó de la cama para ir al lavabo sin necesidad de dar la luz pues la de sus ojos era equiparable a la de dos linternas juntas, nada más atravesar el umbral del lavabo una tercera luz blanca vino veloz a su encuentro para refugiarse entre sus manos. Esta vez sintió un calor especial en los dedos, que se volvieron jóvenes y ágiles al instante. Al meterse en la cama, se sintió bendecido por una suerte que no era de este mundo y, mientras los dos conos de luz blanca quedaron bailando a escasos centímetros de su cabello, se dejó abrazar por el sueño más profundo y feliz que había tenido nunca. Cuando al día siguiente, ya caída la tarde, se presentó en el trabajo, su jefe le esperaba con la carta del despido. No se inmutó siquiera mientras advertía que sus ojos podían ver a través de la ropa el fajo de billetes que escondía su jefe en uno de los bolsillos de su americana. Así que, sin mediar palabra, con una mano le cogió la carta y con la otra, con una agilidad suprema, le sacó del bolsillo el fajo de billetes sin que notara nada. Salió del despacho pensando que para nada necesitaba volver a trabajar con aquella excepcional visión y aquellas agilísimas manos. Sin embargo, a medida que daba un nuevo paso hacia la salida se alargaba un metro más el pasillo que tenía delante. Al poco tiempo era ya un túnel y no parecía terminar nunca. Entonces decidió darse la vuelta y regresar al despacho mientras la idea de devolverle el dinero a su jefe para ver si le reintegraba al trabajo le rondaba la cabeza. Pero también el pasillo de ese lado empezó a alargarse y cuanto más deprisa andaba en esa dirección, más se estiraba el pasillo y la puerta del despacho enseguida se hizo un punto en la lejanía. Un túnel infinito llevaba a la salida y otro túnel infinito al despacho del jefe. Y él en medio de ninguna parte. Así que, atenazado por el pánico y en un último intento de salir de aquel laberinto, el hombre pidió a gritos ayuda a su querida luz blanca, ayuda que no se hizo esperar. Fue instantáneo. La luz entró directamente en su cabeza y, en medio de una gran tranquilidad, perdió el conocimiento. Cuando lo recobró estaba en la cama de un hospital, blanco y rígido como si estuviera muerto. Tenía los ojos abiertos y los médicos hablaban de la extraña luz que habían recogido de sus retinas. Lo oía todo perfectamente, pero no podía mover ni un solo dedo, y eso era debido entre otras cosas a que se los habían amputado en aras del servicio que podían reportar a otros pacientes que… estuvieran vivos. Por lo visto, él estaba muerto para los médicos. Y no era verdad. Él estaba oyendo todo aquello, él estaba viendo aquella escena… Hasta que le cubrieron la cabeza con la sábana. Aún oyó a uno de los médicos pedir a un celador del hospital que se llevara su cadáver al depósito. Y no podía hacer nada para impedirlo. Si al menos le hubiera quedado un hilo de voz para pedir nuevamente ayuda a su querida luz blanca… Y camino del depósito oyó dentro de sí: “Has desperdiciado los favores de la luz; ahora debes vivir los sinsabores de la sombra.”

jueves, 28 de octubre de 2010

EL POEMA DEL MES


El poema de este mes no podía ser otro que el que escribí para celebrar nuestra reunión de cada año en torno al hermano mayor en su nuevo cumpleaños. Que aproveche.




El nido bien arriba
Para Nato:
un año menos, un año más.

Ni nada es como siempre ni todo es como antaño;
ni tan sabios los ojos ni tan vivas las manos.

Vamos envejeciendo y hemos andado tanto,
que nuestras mentes viven a veces del pasado:
de ilusiones perdidas, de caminos errados,
de olvidados membrillos, de pálidos retratos.

Y no es verdad.
Aún somos los que fuimos. Y amamos,
y abrimos todavía baúles y veranos.
Porque vamos creciendo con la fuerza del árbol,
que aguanta los otoños, el hielo y los hachazos.

Y cada primavera vivimos el milagro
de tener nuevas hojas de futuro en los brazos,
nuevas causas y soles para seguir andando
por la senda diaria de este bosque animado.

Porque lo nuestro es vida, savia, camino, canto,
sonrisas de bebé, ascensiones de andamio.
Lo nuestro es emular la vida del milano:
el nido bien arriba,
y el vuelo limpio y alto.


Caldetas, octubre 2010

miércoles, 27 de octubre de 2010

MEMORIAS DE UN JUBILADO

Un octubre más


Hace unos días volvimos a reunirnos la familia en torno al hermano mayor para celebrar su cumpleaños. De esto hace más de treinta años, desde que los padres se fueron, y ni un solo octubre ha pasado desde que empezamos a juntarnos en torno a una mesa, unas conversaciones, unos versos, una celebración, sin que hayamos dejado de vernos. Muchas lluvias, muchos recuerdos, muchas emociones hemos ido viviendo juntos en diversos lugares de Barcelona y ahora los dos últimos años en Caldetas. Nosotros, los mayores, hemos ido haciéndonos más mayores aún, y los chicos, a nuestro lado, creciendo, casándose, teniendo hijos, amparando ilusiones, haciendo nuevos proyectos. Y aunque algunos de nosotros somos ya abuelos y vemos que nuestros nietos también crecen, de algún modo, rejuvenecemos con la alegría que nos dan a cada momento, un gesto, una sonrisa, su gracioso parloteo, sus ocurrencias...

Un octubre más al lado del hermano mayor celebrando el hecho más alegre de la vida: cumplir años rodeados de quienes nos quieren. Y que vengan muchos detrás.

martes, 26 de octubre de 2010

PROSAS DE ANTAÑO

Cabeza de tortilla



Volvamos con Berni y los demás y seamos testigos de una nueva narración, ésta relacionada con la Mitología. Que aproveche.







5. La leyenda de Ceix y Alcione

Berni sonreía recordando el momento en que les había dicho que todo eso no era más que ficción, leyenda, mitología…, y la cara de Chago preguntándole qué era la mitología. Él le había respondido:
-Algo así como una ciencia que recoge leyendas maravillosas, cuentos donde la fantasía, la belleza y los sentimientos van de la mano, como ocurre en la historia de Ceix y Alcione, historia que, a instancias de Chago, referirió de esta manera:
“Ceix era un rey que tenía muy mala suerte pues en poco tiempo había visto morir a un hermano suyo, a su querida nieta y a un hijo suyo muy joven que prometía ser un hombre necesario para el reino; así que un día decidió acudir al oráculo de Apolo para consultarle acerca de su desdichada suerte. Pero su mujer Alcione, que lo quería entrañablemente, miraba con temor el viaje de su marido e intentó en vano hacerle desistir de su propósito contándole un sueño que repetidamente padecía y en el cual aparecían fantasmas y sepulcros y horribles rugidos de tempestades marinas. Ceix la tranquilizó diciéndole que su separación no duraría mucho tiempo, y se hizo a la mar. Pero la nave en que viajaba Ceix no había recorrido todavía la mitad de su trayecto cuando un desatado temporal empezó a azotar el mar salvajemente. Al poco tiempo, el vendaval había destrozado las velas y los mástiles, y los tripulantes se entregaban o bien al llanto esperando un milagro de los dioses o bien a la desesperación. A Ceix sólo le preocupaba el recuerdo de su mujer y su imagen querida permanecía constante en su cerebro. De pronto en su mente un deseo se le hizo insoportable en su mente: “Si al menos tuviese el consuelo de ver por última vez mi casa, mi mujer...”
En ese momento una ráfaga del huracán rompió el timón del barco y una ola gigante lo sumergió por completo. Ceix se abrazó como pudo unos segundos a un madero y luego desapareció en las frías y tenebrosas profundidades. También en ese momento Alcione, en su casa, padeció un terrible sueño: su querido esposo Ceix se acercaba a su cama para decirle que ha muerto ahogado y que ya no tendrá el consuelo de volverlo a ver, que se vista de luto y no permita que su sombra baje a los infiernos sin haber recibido las debidas honras fúnebres. Alcione despertó sobresaltada y a gritos recorrió la casa despertando a la servidumbre, que le preguntaba por la causa de su excitación. “He muerto yo también”, les grita, “Alcione ha muerto con su esposo Ceix. El mismo naufragio ha matado a los dos. El viaje nos separó y la muerte nos ha vuelto a juntar”. Y sin dar tiempo a los criados a reaccionar, la pobre viuda corrió hacia la orilla del mar, hacia el lugar de donde había partido la nave que se llevó para siempre a su esposo. Y mientras recordaba su último adiós, descubrió flotando sobre las aguas el cadáver de Ceix. Su primer deseo fue salir corriendo hacia él y en vez de eso, se vio volando en el espacio pues acababa de convertirse en ave. Atravesó velozmente el aire moviendo con fuerza sus alas para llegar cuanto antes a donde se encontraba Ceix flotando. Alli lo besó repetidas veces mostrándole su cariño y su dolor.
La escena era conmovedora para quienes la contemplaban desde el puerto, y también para los dioses, quienes, compadecidos de la mala suerte de esta desgraciada pareja, acabaron convirtiéndolos en alciones, aves marinas parecidas a los martines pescadores. Y cuentan los libros de mitología que desde que sufrieron esta transformación y durante los nueve días que Alcione encuba sus huevos en el nido, el mar está tranquilo y los navegantes están libres del riesgo de naufragar.”

lunes, 25 de octubre de 2010

PATADAS AL DICCIONARIO

Torear con las palabras


Los toreros con su arte y su valentía lidian con los toros, los burlan, les sacan el máximo provecho a su bravura y su belleza campestre y, finalmente, tras una espléndida faena, acaban con su vida y se llevan como trofeos de la fiesta, además de los aplausos de los aficionados, algunos apéndices del animal. Todo muy entonado, como los pasodobles que acompañan sus lances. En el toreo los toreros son los máximos artífices, los verdaderos héroes de la fiesta nacional. Pero cuando hacen declaraciones a la prensa a veces las palabras que emplean no son los capotes que burlan a la bestia en la plaza, sino más bien se convierten en estoque que se vuelven contra ellos. Vamos, que como toreros son los protagonistas de la fiesta, pero como hablantes propinan también sus pequeñas patadas al diccionario. Un ejemplo. El matador El Juli, en un reciente telediario en Telecinco, hablando de lo espléndido de su temporada taurina, afirmó: "Veré lo que puedo dar de sí." Así, tal cual. Y se quedó el hombre como exultante, fuera de sí. Como todo el mundo debe saber, la forma del pronombre personal de tercera persona, se refiere a él, ella, ellos, ellas, y nunca a la forma de primera persona del singular YO ( MÍ es la forma correspondiente al complemento). Recuérdese la expresión: "Finalmente, el enfermo volvió en sí", frente a "Finalmente, tras mi desmayo, volví en mí." Concluyendo, porque el asunto gramatical no da de sí mucho más, el famoso torero debió decir "Veré lo que puedo dar de mí." Como torero seguirá llenando las plazas de toros y saliendo a hombros algunas tardes memorables.

domingo, 24 de octubre de 2010

GALERÍA PROPIA




Tres bodegones

En la pintura el bodegón suele ser el género chico, como en la literatura pasa por serlo la poesía (por su escasa aceptación o distribución), pero aún así siempre que me pongo a escribir un poema vuelvo a empezar un viaje por el mundo de las sombras y las luces para despertar rincones de la memoria; y lo mismo me ocurre cuando pinto un bodegón. Entonces, por arte del birlibirloque, unas pinceladas aquí, otras allí, una línea de color en este lado, una mancha en el otro, aparecen de pronto en el cuadro unas flores metidas en un jarrón, unas jugosas frutas o un ídolo junto a un almirez.
He aquí tres muestras de lo que digo pertenecientes a distintas fechas:






jueves, 21 de octubre de 2010

MEMORIAS DE UN JUBILADO




De viajes en tren





Ahora hace cinco años que cogimos mi mujer y yo el tren con destino a Madrid para recoger un premio de cuentos gastronómicos. En el cuento ganador don Quijote, ayudado por su fiel escudero Sancho Panza, había construido un jardín secreto con fines culinarios en la cámara que el ama y la sobrina habían mandado tapiar después de que el hidalgo, tras perder el juicio de tanto leer libros de caballería, creyera ser uno de aquellos caballeros andantes de las historias leídas, se echara a los caminos para defender a los débiles contra los poderosos y acabara apaleado por unos comerciantes y devuelto al pueblo por un vecino. No es el momento y el lugar de extenderme en el contenido de ese relato. Sin embargo, el hecho de escribirlo me reportó ratos muy agradables y, además, el premio que me permitía viajar en tren hasta Madrid, acompañado de mi mujer, como digo.


La presencia del tren en mi vida es algo que debo considerar seriamente pues de otro modo me comportaría como un auténtico mentecato. Los trenes de mi infancia eran de pequeño recorrido pero de grandes emociones. El que me llevó de Zamora a Medina del Campo fue el primero, comida a bordo incluida, tortilla española y carne empanada. Recuerdo que mi padre llevaba también una bota de vino y que por primera vez tenté el cuero en alto y me manché de vino la camisa. Ahora era diferente. La forma, que no el fondo. La forma, más cómoda, silenciosa, rápida. El fondo, el mismo: la imaginación que vuela paralela al paisaje de allende las ventanillas, el gusto de viajar, de conocer otros mundos, otras gentes, y el placer de compartir un espacio que rueda sobre unos raíles hacia un mismo destino y en un mismo tiempo. Y el cosquilleo interior al partir y al llegar. En la estación de Sants de Barcelona todo un mundo de ajetreo, prisas, emociones, luces, olor a café y a vida se reunió con nosotros de repente y ya no nos abandonó hasta la estación de Atocha de Madrid. El AVE era el cordón umbilcal que hacía ese milagro. Y cuando por la escalera metálica ascendíamos llenos de ilusión hacia el Jardín Tropical y por él salir al exterior para coger un taxi que nos llevaría al hotel que habíamos reservado, recordé otro viaje bien distinto y con motivaciones diferentes muchos años atrás, cuando yo llevaba poco tiempo trabajando en aquel colegio privado del Vallés intentando enseñar a quien no quería aprender (capital problema con el que eternamente tiene que enfrentarse quien se dedique a esta apasionante profesión, por otra parte tan denostada a veces). Eran las vacaciones de verano del 68 ó 69 y una noticia triste acababa de llegar a casa. El hermano pequeño de mi madre, tras una enfermedad galopante, estaba agonizando en una habitación de un Hospital de Madrid y se temía que de un momento a otro dejara este mundo. Y como el único de la familia que estaba disponible era yo, tuve que acompañar a mi madre a lo que parecía acabar en el entierro de su hermano. Mi madre se había quedado viuda dos o tres años antes y la sempiterna guerra que había mantenido siempre con el corazón, se agravó desde entonces con frecuentes ataques que la ponían al borde de la muerte y que sólo el cardiotónico recetado por el médico había logrado posponerla hasta el momento. Así que provistos del cardiotónico milagroso y de todo lo necesario para pasar una noche entera en el tren y el día del entierro en la capital de España, cogimos un convoy nocturno en la Estación del Norte. Durante aquella noche apenas pudimos pegar ojo ninguno de los dos: mi madre, por el disgusto que acababa de llevarse, y yo, por tener que estar pendiente de que a ella no le diera uno de sus temidos ataques de corazón. Así que intentaba distraerla con conversaciones que nada tuvieran que ver con el luctuoso suceso, hablándole de mi novia, del colegio…, pero ella no hacía más que repetir, entre suspiro y suspiro, una sola idea, la de que su hermano pequeño había muerto justo ahora que había logrado encontrar un trabajo duradero en Madrid y comprado un piso en el barrio de Entrevías adonde podía llevar a su familia y empezar una nueva vida. Y mientras yo palpaba el cardiotónico alojado en mi bolsillo escuchando sus temblorosas palabras, recordaba a mi tío en otros momentos más agradables de su vida, sobre todo, en aquellas ocasiones en que desde Medina del Campo, que era donde trabajaba mi tío de Guarda Jurado, viajaba hasta Zamora para hacernos una visita; entonces yo, todavía un niño, me lo pasaba muy bien oyéndole pronunciar enrevesados trabalenguas, como aquel de “Oiga, compadre Guerra, ¿por qué le pegado usted con la porra de parra a la perra de Parra? Porque si la perra de parra no hubiera mordido al compadre Guerra, el compadre Guerra no hubiera pegado con la porra de parra a la perra de Parra…” Palabras que entonces, mientras cruzábamos la noche española a bordo de aquel tren, adquirían una solemnidad tan contundente que me hicieron saltar las lágrimas. Me las borré de los ojos como pude para que mi madre no las viera y así no acentuar más su tristeza. El tacatá monótono del tren y el olor de carbonilla que de vez en cuando entraba en el compartimento eran una compañía tan efectiva como el cardiotónico que llevaba en el bolsillo.
Amanecía cuando llegamos a la estación de Chamartín. Desayunamos un café con leche y una pasta en el bar y luego salimos a la calle para coger un taxi que nos llevara a La Paz (paradójico nombre para un centro médico), donde mi tío había muerto.
Ahora, en una situación completamente distinta, otro taxi nos llevaba a mi mujer y a mí al hotel que habíamos reservado. El acto de entrega del premio tendría lugar por la tarde en un conocido restaurante del barrio de Salamanca, y hasta ese momento disponíamos del tiempo suficiente para darnos una buena vuelta por el viejo Madrid. Era otoño, y la luz en esa estación del año y en la Corte adquiere un papel tan importante que hace que todo, desde las fachadas hasta el cielo, pasando por los árboles y los tejados y remates de los edificios más emblemáticos de la ciudad, parezca recién estrenado. Daba gusto pasear bajo aquella luz suave y serena, y las conversaciones de las gentes que se cruzaban con nosotros en las aceras y el rodar de los coches por las vecinas calzadas componían para nosotros la mejor música. Comimos alegremente en un restaurante del Paseo del Prado hablando de las sorpresas agradables que tiene la vida y luego fuimos a pasear un buen rato por el Retiro para distraer la vista a la vez que contribuíamos con la buena digestión de la comida. Los paseos entre los jardines aparecían tapizados de hojas secas y un olor a vida sana emanaba de todos los rincones, mientras que los patos en el gran estanque nadaban a placer.
Salimos del Parque por el lado de Príncipe de Vergara y, torciendo en la calle de Alcalá, seguimos por ella hasta la de Castelló, donde estaba ubicado el restaurante del Premio. El recibimiento fue de los que apabullan. Allí se había reunido lo más granado de Madrid en asuntos gastronómicos y culinarios para celebrar el Premio que sufragaban los dueños del restaurante con la ayuda de algunas entidades bancarias y comerciales, dedicadas estas últimas a la venta de productos alimenticios de toda clase. Todo eran halagos a mi persona por haber presentado un trabajo de tanta calidad, y felicitaciones a mi mujer por la parte que a ella tocaba. Luego los dueños del restaurante me entregaron una veintena de libros con el relato ganador y algunas colaboraciones de los miembros del jurado y otras personalidades del mundo del periodismo gastronómico así como una cesta llena de productos alimentarios, pertenecientes a varias casas comerciales.
En contra de las emociones alegres y reconfortables que aquellos regalos me produjeron, una de las cuales causada por los ejemplares del libro que contenía mi relato, recordé el volumen que me llevé conmigo a Madrid en aquel triste viaje que hice con mi madre para asistir al entierro de su hermano pequeño. Era La colina de los chopos, un libro inigualable y difícil de clasificar de Juan Ramón Jiménez, que por otra parte apenas ojeé durante todo el viaje. Lo cogí en última instancia, de camino a la calle, después de echarme al hombro la bolsa con cuatro ropas para el viaje, sabiendo que en situaciones así es muy difícil centrarse en ninguna lectura. Aún así, en un par de ocasiones en que mi madre logró conciliar el sueño pasada Zaragoza, mientras el monótono y resollante respirar del tren ponía música de fondo a la silenciosa noche, me refugié en los apartados de los Aforismos, cuya lectura sincopada e inconexa me pareció ser la más idónea para esos momentos. “Suelo confundir la mujer desnuda con la muerte” (un escalofrío). “Lo bello da a la vida una ‘eternidad suficiente y verdadera’ que acaba bien con la muerte” (una sorpresa). “Quiero ser, a un tiempo, la flecha y el punto donde se clava… o se pierde” (otro escalofrío). “¡Quién tuviera, con una buena memoria, un buen olvido” (otra sorpresa). De otra lectura anterior tenía señalados en el índice del libro títulos de asuntos relacionados con Madrid y sus cosas, monumentos emblemáticos, parques, rincones variados… Pero este otro viaje a Madrid, más de treinta años después, promovido en torno a mi relato sobre don Quijote sólo me producía un placer exquisito, y en cuanto a mi mujer, vi que estaba viviendo sobre una nube. Así que, encantados con el ambiente de bienestar y alegría que nos envolvía, nos dispusimos a pasar una agradibilísima velada en compañía de aquellas personas que tanto entendían de cocina como de amabilidad.
Todo lo contrario vivimos mi madre y yo cuando nos apeamos del taxi ante la puerta del Hospital, en una de cuyas habitaciones hacía poco que mi tío Tano había muerto. Según nos dijo su viuda, el triste desenlace había tenido lugar en las primeras horas de la madrugada. El hombre que me había hecho reír más de una vez con sus dichos y trabalenguas yacía tendido sobre la cama en que había muerto y aún su cuerpo estaba tibio. Yo temía que a mi madre, en cuanto viera de aquella guisa a su hermano, le daría uno de aquellos temibles ataques de corazón. Pero no fue así; al contrario, ante mi sorpresa, ayudó a la viuda a desnudar al muerto y a ponerle la ropa del entierro. Me sorprendió la flexibilidad que aún mantenían los brazos y las piernas del cadáver en un momento en que ayudé a las dos mujeres a meter sus miembros inferiores en los pantalones. Acabamos de vestir al muerto y esperamos a que un celador llegara para llevárselo al depósito. En el intervalo se presentó mi primo Tomás, que acababa de llegar en tren desde Valladolid. Los dos bajamos en el montacargas con el celador y el cadáver de nuestro tío hasta la planta fría, mal alumbrada y silenciosa donde se abrían las cámaras de los depósitos. En una de ellas, sobre una plataforma de cemento, el celador dejó el cadáver y se marchó. Oí como entre sueños el rodar de la litera que se iba alejando. Allí abajo noté con claridad la crueldad fría de la muerte. Pero sólo duró hasta la llegada de las dos mujeres. A mi tía le faltaban los papeles de la funeraria y tuvimos que encargarnos mi primo y yo de resolver el problema. Había que pasar antes por el piso de Entrevías a coger unos documentos y con ellos volver a la agencia funeraria para encargar el féretro. Antes de salir, me acerqué a mi madre y le pregunté si se encontraba bien porque notaba cierto temblor en sus labios. Y como me contestó que estaba bien, que no me preocupara por ella y fuera a arreglar el entierro de Tano, salí del Hospital en compañía de mi primo camino de la primera boca de metro. El tren subterráneo iba a aquellas horas de la mañana atestado de gente y entramos en el vagón como pudimos. Viajábamos sin decirnos nada hasta que mi primo me preguntó por mis hermanos; correspondí a su interés preguntándole por los suyos. La gente, adormilada, apenas hablaba tampoco; así que el murmullo en sordina de los escasos diálogos y el ruido continuo del tren en movimiento componían la única sinfonía de aquella mañana gris y triste.
La zona donde se levantaba el edificio de pisos donde había comprado el suyo mi tío aún aparecía sembrada aquí y allá de cascotes y residuos de las obras. Y cuando abrimos el pìso, se me cayó el alma al suelo al verlo sucio y polvoriento y con varias cajas sin desembalar todavía repartidas por varias estancias. Como nos había dicho mi tía, los documentos se encontraban en la cocina, dentro de un tarro de legumbres. Los cogimos y, echando la misma mirada de lástima a lo que dejábamos allí dentro, desanduvimos el recorrido anterior hasta la estación de metro de origen. Allí cruzamos de acera para acercarnos a la funeraria. Arreglamos los trámites y volvimos a los depósitos del Hospital.
Allí, en la cámara donde estaba nuestro muerto, me esperaba algo que me temía. Mi madre estaba sentada en un sillón con la cabeza para atrás, las piernas temblorosas, suspirando y poniendo los ojos en blanco, tal y como se ponía cuando le daba uno de sus terribles ataques de corazón, mientras mi tía le cogía por las manos e intentaba tranquilizarla susurrando palabras de cariño en su oreja.
--Deja, tía—le dije mientras cogía a mi madre por la nuca y sacaba del bolsillo el cardiotónico--. Tomás, tráeme un vaso de agua, por favor.—Cuando mi primo me lo trajo, eché en él unas gotas del frasco milagroso y lo arrimé a los labios de mi madre, que todavía temblaban lo mismo que sus piernas. A los pocos minutos empezó a calmarse.
A media mañana aparecieron dos empleados de la funeraria con el féretro y de nuevo temí que mi madre sufriera otro ataque. Gracias a Dios no fue así y, cogida del brazo de su cuñada, asistió a la operación rutinaria de los funerarios (descorazonadora para sus familiares) de alojar al cadáver en la caja que lo acompañaría a la tierra. Vi que el cuerpo de mi tío estaba completamente rígido y, antes de que le pusieran la tapa al féretro, me acerqué a besarle la frente, que estaba absolutamente gélida. Una tristeza indescriptible me hizo temblar de pies a cabeza y no pude evitar que se me escaparan dos lágrimas enormes.
¡Qué diferente la sensación de la noche del premio! No cabía en mi cuerpo de lo alegre y satisfecho que estaba de mí mismo en aquella mesa ocupada por personas que la única preocupación que tenían era estar pendiente de que nada nos faltara a mi mujer y a mí. La cena transcurrió entre comentarios que elogiaban la buena comida y la buena literatura. El periodista que estaba sentado frente a mí sacó a colación la opípara y abundante comida que se sirvió en las Bodas de Camacho del Quijote y el vecino, a petición del anterior, recitó La cena, de Baltasar del Alcázar, “En Jaén, donde resido, /vive don Lope de Sosa / y diréte, Inés, la cosa / más brava de él que has oído…” Los aplausos sonaban por doquier con la misma fuerza que las risas. Cualquier tema que se tocara aquella noche de fiesta en la que reinaban la euforia y el rioja era bien venido, y la risa y el buen humor ponían el resto. Y sabedores de mi oficio, pidieron que expresara mi opinión sobre el absentismo escolar, problema que por entonces se había convertido en galopante. Dije lo que pensaba y era que parte de la culpa la tenían los propios padres de los alumnos, que pasan la mayoría del tiempo fuera de casa y acostumbran a sus hijos a lo que se ha dado en llamar últimamente la técnica de la llave al cuello y la soledad del domicilio. Y con estos ingredientes era fácil ver a los chicos y las chicas en edad escolar desentenderse de sus responsabilidades más cercanas (una de ellas la de no asistir siquiera a las clases) con el único objeto de llamar la atención de sus despistados progenitores. Y acabé confiando en que éstos se den cuenta de su error antes de que sea demasiado tarde. Hubo comentarios de todo tipo, pero la aparente seriedad del tema pasó a segundo término en cuanto los dueños del restaurante levantaron sus copas para brindar por todos los que un día, tras pasar esos años difíciles de la adolescencia, lleguen a escribir relatos como el ganador del premio elogiando la presencia de una buena receta culinaria para hacer mejor la vida.
La fiesta acabó pasada la medianoche, y en un taxi, sin podernos creer lo que estábamos viviendo, regresamos al hotel con el dinero del premio, la cesta con productos alimenticios y la veintena de libros, por un Madrid románticamente iluminado que parecía rendirse a nuestros pies. La vida era un camino de rosas, pese a ser otoño en Madrid.
Nada tenía que ver con lo que vivimos aquel verano del 68 ó 69 mi madre y yo en aquella misma ciudad que nos mostró su peor cara, la cara de la tristeza y de la muerte. A mi tío Tano lo enterramos en el cementerio de La Almudena, a pleno sol, en una fosa con paredes de ladrillo. Mientras el féretro con los restos de mi tío era descendido por los empleados de la funeraria haciendo rodar las cuerdas entre sus manos, con las mías aguantaba el cuerpo de mi madre que amenazaba derrumbarse de un momento a otro entre espasmos y temblores. Pero gracias a Dios no tuve que recurrir al cardiotónico.
Como el tren de vuelta a Barcelona salía a media tarde, mi madre y yo acompañamos a mi tía al piso de Entrevías que aún no había podido estrenar y, tras comer algunas cosas que compramos en una tienda del barrio, las dos mujeres se acostaron un rato en los colchones que había en una habitación. Yo me senté sobre una caja del comedor y abrí La colina de los chopos por una página que tenía señalada. “Estábamos hablando hace un instante: ‘Dentro de 20 años, cuando yo tenía 45…’ Y de pronto, malestar, menos cuerda, una luz y una sombra que huyen, la mano por los ojos: y sin saber cómo nos encontramos diciendo: ‘Hace 20 años, cuando yo tenía 45…’ Y ¿ qué es lo que ha pasado mientras tanto, en ese dudoso, incogible, incomprendido instante? Nada, eso, tiempo.” Ya no pude dormirme, descansar un poco de aquellas horas tan agobiantes y demoledoras. A pesar de mi juventud (hacía poco que había cumplido veinticuatro años), sentí todo el peso del tiempo y de la vida sobre mis espaldas y noté que algo se rompía en mi interior, como si el tapiz de la confianza en la existencia humana se hubiera rajado de repente. No podía quitarme de la cabeza la muerte de mi tío Tano, que, joven aún, había luchado y trabajado solo, a destajo y lejos de los suyos, una mujer y dos niños pequeños, para hacerse con un piso donde empezar una nueva vida todos juntos, y todo se lo había llevado de un soplo el tiempo, la muerte quiero decir, que a veces es lo mismo.
Y había sucedido allí, en Madrid, hacía más de treinta años de este otro viaje, tan diferente, a la misma ciudad para recibir un premio, bajo una luz otoñal y sagrada que lo hacía todo más duradero y feliz. Camino de la estación de Atocha, pensaba en todo eso, en que la vida es un tren que a veces lleva a los viajeros a estaciones oscuras, llenas de presagios y tristezas, pero otras los lleva a estaciones amables, llenas de esperanzas y alegrías. Y al pasar por delante del monumento al viajero, en el Jardín Tropical, justo antes de bajar a los andenes para coger el tren que nos llevaría de vuelta a Barcelona, ante aquellas maletas solitarias, aquel sombrero huérfano, aquel paraguas sin abril, hice posar a mi mujer delante del monumento para habitarlo de vida en mi cámara de fotos. Y también para no olvidar ninguno de aquellos otros viajes, tan separados por los años y las razones.