jueves, 7 de abril de 2011

CURSOS



EL CAMINO DE DELIBES EN CAPÍTULOS (y 4)










Capítulo XVI




Temas y contenidos: Recursos persuasivos de don José, el cura; el ocio del pueblo, la inmoralidad de las parejas.




Personajes: Don José, la Guindilla, Trino, el sacristán.




Puntos de conexión: Individualismo de los hombres del valle (Cap. III), la iglesia (Cap. XVII).




Referencias locales: El cine (cuadra de Pancho, el sindiós), la iglesia, los prados, el monte.




Referencias temporales: Las tardes dominicales, las noches.




Antología:




"Don José, el cura, que era un gran santo, utilizaba, desde el púlpito, todo género de recursos persuasivos: crispaba los puños, voceaba, reconvenía, sudaba por la frente y el pescuezo, se mesaba los escasos cabellos blancos, recorría los bancos con su índice acusador e incluso una mañana se rasgó la sotana de arriba abajo en uno de los párrafos más patéticos y viokentos que recordaría siempre la historia del valle. Así y todo, la gente, particularmente los hombres, no le hacían demasiado caso. La misa les parecía bien, pero al sermón le ponían mala cara y le fruncían el ceño. La ley de Dios no ordenaba oír sermón entero todos los domingos y fiestas de guardar."






Capítulo XVII




Temas y contenidos: La virilidad (el coro), el camino de la vida, las proezas infantiles (la cucaña).


Personajes: La Guindilla, don José, los tres amigos, el novio de la Mica.


Puntos de conexión: La iglesia (Cap. XVI), los tres amigos (aventuras) (Caps. VI, VII, X, XIV, XV, XIX), el camino de la vida (Cap. XVIII).


Referencias locales: La iglesia, la romería, el prado.


Referencias temporales: El día de la Virgen.


Antología:




"Volvieron al día siguiente y la Guindilla siguió sin excluirle. aquello se ponía feo. Permanecer en el coro suponía, a estas alturas, una deshonra. Era casi como dudar de la hombría de uno, y Daniel, el Mochuelo, estimaba demasiado la hombría para desentenderse de aquella selección. Mas a pesar de sus deseos y a pesar de no restar ya más que seis varones en el coro, Daniel, el Mochuelo, continuó formando parte de él. Aquello era el desastre. Al cuarto día la Guindilla mayor, muy satisfecha, declaró:


--Ha terminado la selección. Quedáis sólo las voces puras.--Eran quince niñas y seis niños.--Espero--se dirigía ahora a los seis niños-- que a ninguno de vosotros se le vaya a ocurrir cambiar la voz de aquí al día de la Virgen."




Capítulo XVIII


Temas y contenidos: El amor de la Guindilla mayor y el Manco, y el de Daniel y la Uca-uca, desaparición de la Uca-uca.


Personajes: La Guindilla, el Manco, Daniel, la Uca-uca.


Puntos de conexión: El camino de la vida (Cap. XVII).


Referencias locales: El pueblo, las montañas.


Referencias temporales: Julio (la boda del Manco y la Guindilla).


Antología:




"Como otras muchas mujeres, la Guindilla mayor despreció el amor mientras ningún hombre le propuso amar y ser amada. A veces, la Guindilla se reía de que el único amor de su vida hubiera nacido precisamente de su celo moralizador. Sin su afán de recorrer los montes durante las anochecidas de los domingos no hubiera soliviantado a los mozos del pueblo, y, sin soliviantar a los mozos del pueblo, no hubiera dado a Quino, el Manco, oportunidad de defenderla y sin esta oportunidad, jamás se hubiera conmovido el seco corazón de la Guindilla mayor, demasiado ceñido y cerrado entre las costillas. Era, la de su primer y único amor, una cadena de causalidad y casualidad que si pensaba en ella la abrumaba. Son infinitos los caminos del Señor."






Capítulo XIX




Temas y contenidos: Las costumbres de los pájaros, la muerte de Germán, el Tiñoso, y su influencia en Daniel. El milagro del tordo.


Personajes: Germán y sus amigos.


Puntos de conexión: Los tres amigos (aventuras) (Caps. VI, VII, X, XIV, XV, XVII), la muerte del Tiñoso (Cap. XX).


Referencias locales: La Poza, la casa de Andrés, el zapatero.


Referencias temporales: La noche del velatorio y la mañana del día siguiente.


Antología:


"Germán, el Tiñoso, levantó un dedo, ladeó un poco la cabeza para facilitar la escucha, y dijo:


--Eso que canta en ese bardal es un rendajo.


El Mochuelo dijo:


--No. Es un jilguero.


Germán, el Tiñoso, le explicó que los rendajos tenían unas condiciones canoras tan particulares, que podían imitar los gorjeos y silbidos de toda clase de pájaros. Y los imitaban para atraerlos y devorarlos luego. Los rendajos eran pájaros muy poco recomendables, tan hipócritas y malvados.


El Mochuelo insistió:


--No. Es un jilguero."








Capítulo XX




Temas y contenidos: La irreversibilidad de la muerte y del tiempo, entierro del Tiñoso.


Personajes: Daniel, la Uca-uca, don José y el pueblo entero.


Puntos de conexión: La muerte del Tiñoso (Cap. XIX).


Referencias locales: El cementerio.


Referencias temporales: Indeterminadas.




Antología:




"Al concluir los bombardeos, durante la guerra, las campanas también repicaban alegres, mas con un deje de reserva, precavido y reticente. había que tener cuidado. Otras veces, los tañidos eran sordos, opacos, oscuros y huecos como el día que enterraron a Germán, el Tiñoso, por ejemplo. Todo el valle, entonces, se llenaba hasta impregnarse de los tañidos sordos, opacos, oscuros y huecos de las campanas parroquiales. y el frío de sus vibraciones pasaba a los estratos de la tierra y a las raíces de las plantas y a la medula de los huesos de los hombres y al corazón de los niños. Y el corazón de Daniel, el Mochuelo, se tornaba mollar y maleable --blando como el plomo derretido-- bajo el solemne tañir de las campanas."




Capítulo XXI




Temas y contenidos: El progreso, el adiós al valle y a la infancia, el camino de la vida.


Personajes: Daniel, la Uca-uca.


Puntos de conexión: Pensamientos antes de la partida (Cap.I), el camino de la vida (Caps. XVII, XVIII).


Referencias locales: Casa del Quesero.


Referencias temporales: El día de la partida.




Antología:




"Daniel, el Mochuelo, recordaba con nostalgia su última noche en el valle. Dio media vuelta en la cama y de nuevo atisbó la cresta del Pico Rando iluminada por los primeros rayos del Sol. Se le estremecieron las aletillas de la nariz al percibir una vaharada intensa a hierba húmeda y a boñiga. De repente, se sobresaltó. Aún no se sentía movimiento en el valle y, sin embargo, acababa de oír una voz humana. Escuchó. la voz le llegó de nuevo, intencionadamente amortiguada:


--¡Mochuelo!


Se arrojó de la cama, exaltado, y se asomó a la carretera. Allí abajo, sobre el asfalto, con una cantarilla vacía en la mano, estaba la Uca-uca. Le brillaban los ojos de una manera extraña.


--Mochuelo, ¿sabes? Voy a La Cullera a por la leche. No te podré decir adiós en la estación."




miércoles, 6 de abril de 2011

Fotografías que hablan

4. Lo que fue





Entre el tiempo y las manos nunca ociosas del que se aprovecha del bien ajeno han escrito esta historia. El protagonista no volverá a rodar por los alrededores con los soles inquietos de su complemento de hierro. Centauro de los bosques y los caminos vecinos, mirará a veces con ternura, a veces con desolación, el medio del que se valía para saludar el rocío de las mañanas y atestiguar los cantos de las ranas en el estanque. Y verá, sin poderlo evitar ya, cómo lo que fue su bicicleta muere un poco más cada día entre las hierbas que lo asfixian y la inmovilidad que le da la verja a la que sigue atado. ¡Araña de hierro apresada para siempre en la red de sus propias telarañas!

martes, 5 de abril de 2011

Una novela del siglo XVIII


Se trata de un relato en el que ando metido desde hace más de un año, cuando mi hijo mayor, estudioso del Siglo de las Luces (su tesis doctoral versó sobre el asunto de la censura en la Ilustración española) me animó a escribir alguna cosa de ficción sobre ese nunca bien entendido siglo. Empiezo hoy a incluir en el blog parte de ese escrito. En sucesivas entradas, como si se tratara de una publicación por entregas, iré dando a conocer nuevas secuencias o capítulos de
El corresponsal
1. El protagonista de presenta



Barcelona, 1770 La última vez que me sentí amenazado de muerte fue hace una semana cuando recibí el Diario con mi última colaboración, que era por otra parte de lo más inocente. Se trataba de un artículo que hablaba, entre otras cosas, del pino que hace un tiempo estuvo en la plaza de la iglesia que lleva su nombre, y añadía que, según cuenta la leyenda, fue en un hueco del tronco de ese árbol donde se encontró una imagen de la Virgen, que se llamó por ello Nuestra Señora del Pino. En el mismo artículo trataba de la costumbre que se tiene en las fiestas de Navidad, según la cual en Nochebuena algunas aldeanas suelen preparar una olla con agua caliente por si a medianoche llega la Virgen María a dar a luz a su hijo y encuentra todo preparado para que el feliz alumbramiento tenga lugar sin ningún contratiempo. Pues bien, en las columnas donde aparecía mi escrito en el Diario un aspa roja lo cruzaba de un extremo a otro y debajo de la tachadura aparecían dos frases, escritas a mano con saña evidente pues los trazos habían roto el papel por varios sitios, y dirigidas a mí con una intención que no dejaba lugar a dudas:


LAS COSAS DE NUESTRA SACROSANTA RELIGIÓN NO SE TOCAN.

LA PRÓXIMA VEZ QUE LO HAGAS TU CUERPO APARECERÁ

TACHADO COMO TU IRREVERENTE Y ASQUEROSO TEXTO.


Aquella amenaza me quitó el sueño de las dos noches siguientes. Al tercer día le escribí una carta al ilustrado madrileño que había contratado mis servicios para pedirle su protección, tal como me había prometido desde un principio en el caso de que mi integridad física corriera el menor peligro. Pero se lavó las manos como Pilatos diciéndome en una carta, que tardó en llegar a mis manos más de dos semanas, que lo mejor era que cambiara de aires. Me llevé una decepción tan grande, que tomé la pluma para recordarle, entre otras cosas, que cuando él contrató mis servicios, me prometió seguridad y protección, que yo siempre le había servido fielmente durante más de cincuenta años y, ahora que me veía amenazado de muerte, lo único que se le ocurría era recomendarme un cambio de residencia y ciudad. La verdad es que esperaba de él una respuesta más positiva, es decir, una actuación traducida en cualquier tipo de ayuda con medios y personas para sacarme de aquel peligro que parecía inminente. Enseguida comprendí que desde Madrid se veían las cosas de modo diferente al que las veía metido en el ajo. Porque vivir en Barcelona y en el barrio donde yo vivo, es malvivir y estar sujeto a continuos riesgos y constantes asechanzas. Sin embargo, evité en la carta molestarle con inútiles lamentaciones. Y así, le aseguraba que no quería convertir la que posiblemente sería mi última carta en un rosario de quejas y lamentaciones y que, como yo había elegido la vida que llevaba, yo debía responsabilizarme de cuanto ella me acarrease. Bajé a la calle a echar la carta al correo y, de vuelta a casa, no he dejado de mirar con miedo a un lado y a otro por si, escondidos en alguna esquina, hacían su aparición los sicarios que me acechaban.

Aquella misma noche, agazapado como un conejo en mi camastro en espera de que la noche me deparara alguna hora de descanso, unos golpes furibundos sonaron en mi puerta. Aterrorizado por los golpes, estuve a punto de tirarme de la cama y huir por el ventano de la cocina a los tejados colindantes, pero mi cuerpo y mis piernas ya no están para eso y, cerrando fuertemente los ojos, esperé a que mi destino se cumpliera. Pero al rato se hizo el silencio nuevamente en el edificio y respiré aliviado. Me engañé a mí mismo pensando que los que golpeaban de ese modo tan furioso la débil puerta de mi casa no eran los sicarios de don Matías, el cura de Santa Ana, que querían cobrar en mis propias costillas el escrito que firmé en el último número del Diario, sino algún vecino u otra persona que se había equivocado de puerta. De todos modos y por si acaso determiné, en cuanto volviera el nuevo día, hacer una visita a mi contacto de Madrid para arreglar urgentemente y del modo más seguro mi salida de Barcelona. Yo soy un hombre insignificante, hasta feo, enjuto de carnes, escaso de esqueleto y precario de salud, pero en compensación aún puedo contar con lo que me queda de vida, con mis libros, mis ideas. Y, especialmente, tengo muy presentes los dulces recuerdos de mi querida y desventurada familia, a los que vuelvo de vez en cuando en busca de consuelo. Mis padres, naturales ambos de Aragón, se trasladaron a Barcelona en la peor época de la historia de la ciudad, cuando las tropas del rey Felipe, que aunque rey de los españoles se sentía francés hasta la médula, destruyeron a cañonazos las escasas libertades que tenían hasta ese momento los barceloneses. Mis padres encontraron una casa en la Barceloneta y allí, camuflados en la vida de los pescadores y, sobre todo, en la de quienes habían sido expropiados de sus casas de la Ribera que habían sido tiradas abajo para construir la ominosa Ciudadela, presencia indeseable del despótico rey en la ciudad condal, empezaron a sacar adelante con muchísimas dificultades una familia compuesta por cuatro miembros: ellos mismos, mi hermanita Eulalia y yo. La proximidad del mar, con la humedad excesiva que produce a todas horas, y un trabajo agotador de sol a sol remendando redes y calafateando barcas y sin apenas alimentos que llevarse a la boca acabaron con ellos y con mi hermana pequeña, que contrajo además unas fiebres malignas, con cuyo luctuoso recuerdo tiemblo a veces y lloro sin consuelo alguno. Yo me salvé de milagro y estuve hasta los primeros diez años de mi vida en un Orfanato de la calle de la Canuda donde las monjas carmelitas que lo regían me enseñaron a leer y a escribir, a hacer las cuatro cuentas y el catecismo. De vez en cuando me hacían rezar con ellas para que una familia de alta clase con bienes y poderes viniera a adoptarme y a hacer de mi vida algo más agradable. Pero el tiempo pasaba y, mientras otros niños y niñas eran redimidos de aquella solitaria tristeza que emanaba a todas horas de las paredes del Orfanato, en mí nadie se fijaba. Y era lógico porque siempre me crié pelón y escuchimizado, y tosiendo con esta tos crónica que me acompañará al sepulcro. En espera de lo inesperado, me aficioné a leer vidas de santos y tradiciones y leyendas de Barcelona que contenían algunos libros de las monjas y a escuchar con atención los relatos que nos contaban las hermanitas sobre rincones y monumentos de la ciudad, y cosas y oficios de sus moradores. Entre las neblinas que dejan la distancia y el tiempo en mi memoria, recuerdo el toque de las campanas que recorría el cielo de Barcelona a todas horas del día y de la noche, y la historia que sor Montserrat nos contó un día sobre ellas. Contaba, por ejemplo, que todas las campanas de la Catedral tenían su nombre, desde la Honorata, que era la campana que se había instalado en el reloj dos siglos antes, hasta una llamada la Eulalia, en memoria seguramente de la patrona de la ciudad, cuyo cuerpo dicen que está enterrado en la cripta de la Catedral, y otra la Tomasa; las tres se encargaban de señalar a los barceloneses las horas enteras, las medias y los cuartos. Pero se daba la circunstancia de que en la vecina iglesia de Santa María del Pino la campana de su reloj, a la que, por cierto, la gente llamaba la Andrea, daba sus propias horas; de manera que al oír los ciudadanos a unas y a otra repicar, decían que ya estaban otra vez discutiendo las campanas, y al hablar de una hora en punto determinada, se estaban refiriendo a la hora del barrio del Pino o a la hora del barrio de la Catedral. Y todos tan contentos.

Mientras tanto, seguía pasando el tiempo sin que la suerte me llegara. Ya me había resignado a lo que el destino tuviera reservado para mí. Aun así, allí dentro me enteraba de lo que pasaba en el mundo. Un noviembre irrumpió en el Orfanato la trágica noticia de que un terremoto había destruido la ciudad de Lisboa. La trajo un familiar de sor Montserrat que era de Cádiz. Empezó diciendo que el terremoto, cuyo epicentro estaba situado en el océano Atlántico, había levantado olas gigantescas y que una de ellas se abatió sobre la capital de Portugal y la arrasó casi completamente, causando más de treinta mil muertos. Y añadió que en su ciudad, Cádiz, una de esas olas había alcanzado veinte metros de altura, y había sembrado el pánico entre los vecinos. El día de la triste noticia del terremoto hubo rosario y muchas oraciones en la capilla del Orfanato para pedir a Dios que no permitiera que volvieran a ocurrir sucesos tan luctuosos en ninguna parte del mundo. Y por la noche tuve pesadillas. Me desperté llorando y sudando de pies a cabeza. Creía, como otros niños, que aquello podía significar el fin del mundo. Al día siguiente sor Montserrat intentó en vano tranquilizarnos diciendo que los terremotos no eran exclusivos de nuestro siglo y que ya antes otras gentes habían padecido sus efectos; y nos recordó, como ejemplo, el que en el siglo anterior había destruido una ciudad cercana a Quito, allá en América. Añadió que existía fuego, con llamas muy altas, en el interior de la tierra que era el causante de estos movimientos o temblores de la tierra llamados terremotos, aunque estén sumergidos bajo el mar. Aquello me puso más triste y me hizo sentirme más solo y desvalido que nunca. Entonces recordé a mis padres y a mi hermanita Eulalia. Y sucedió que un día de ese mismo otoño, tan apagado y frío como los demás, en que la lluvia golpeaba los vidrios de las ventanas y reventaba sobre ellos en pequeñas culebrillas que el viento hacía correr en todas direcciones, apareció el matrimonio Dalmau i Grau con intenciones de adoptar a un niño. Yo seguí con mi lectura, acostumbrado a que nadie se fijara en mí, y mira por dónde, aquel día gris y lluvioso de otoño se convirtió para mí en un día de buena suerte pues los señores Dalmau i Grau debieron de ver en mí a un niño serio y aplicado que entraba en los planes de futuro que habían hecho contando conmigo. El caso es que la hermana Montserrat dijo mi nombre en voz alta y, cuando levanté los ojos del libro para mirarla, añadió que me acercara a aquellos señores tan distinguidos que había en medio de la sala porque querían hablar un rato conmigo. A los pocos días ya formaba parte de la familia Dalmau i Grau.

lunes, 4 de abril de 2011

CURSOS

EL CAMINO DE DELIBES EN CAPÍTULOS


Capítulo XI

Temas y contenidos: El amor en la Guindilla, Quino, la Josefa, la Mariuca-uca, Daniel, don Moisés y Sara ; la historia del Manco y su mujer.


Personajes: Quino, Uca-uca, los tres amigos.


Puntos de conexión: La cicatriz (Caps. X, XII).


Referencias locales: El pueblo.


Referencias temporales: Indeterminadas.


Antología:

"Roque, el Moñigo, dejó de admirar y estimar a Quino, el Manco, cuando se enteró de que éste había llorado hasta hartarse el día que se murió su mujer. Porque Quino, el Manco, además de la mano, había perdido a su mujer, la Mariuca. Y no sería porque no se lo avisaran. Más que nadie la Josefa, que estaba enamorada de él, y se lo restregaba por las narices a la menor oportunidad, muchas veces sin esperar la oportunidad siquiera.


--Quino, piénsalo. mira que la Mariuca está tísica perdida. --¿Y a ti qué diablos te importa, si puede saberse? --decía."



Capítulo XII

Temas y contenidos: La caza (con perro, el Gran Duque) del milano, la herida de Daniel.


Personajes: El Quesero y su hijo Daniel.


Puntos de conexión: La cicatriz (Caps. X, XI).


Referencias locales: El pueblo, la ciudad, el Pico Rando.


Referencias temporales: Indeterminadas.


Antología:


"Todas las temporadas, al abrirse la veda, el quesero cogía el mixto en el pueblo, el primer día, y se marchaba hasta Castilla. regresaba dos días después con alguna liebre y un buen racimo de perdices que, ineluctablemente, colgaba de la ventanilla de su compartimiento. A las codornices no les tiraba, pues decía que no valían el cartucho y que los pájaros o se les mata con tirachinas o se les deja vivir. Él les dejaba vivir. Daniel, el Mochuelo, los mataba con el tirachinas.

Cuando su padre regresaba de sus cacerías, en los albores del otoño, Daniel, el Mochuelo, salía a recibirle a la estación."



Capítulo XIII

Temas y contenidos: La impotencia de la voluntad humana ante ciertas cosas, el amor de Daniel, la belleza de la Mica.


Personajes: La Mica, los tres amigos.


Puntos de conexión: Las manzanas, la Mica (Cap. IX).


Referencias locales: El prado de la Encina.


Referencias temporales: Indeterminadas.


Antología:


"Hay cosas que la voluntad humana no es capaz de controlar. Daniel, el Mochuelo, acababa de averiguar esto. Hasta entonces creyó que el hombre puede elegir libremente entre lo que quiere y lo que no quiere; incluso él mismo podía ir, si éste era su deseo, al dentista que actuaba en la galería de Quino, el Manco, los jueves por la mañana, mediante un módico alquiler, y sacarse el diente que le estorbase. Había algunos hombres, como Lucas, el Mutilado, que hasta les cercionaban un miembro si ese miembro llegaba a ser para ellos un estorbo."



Capítulo XIV

Temas y contenidos: Las travesuras infantiles vistas por los adultos, la lupa, el túnel, castigos del maestro.


Personajes: Los tres amigos, la Guindilla, don Moisés.


Puntos de conexión: Los tres amigos (aventuras) (Caps. VII, X, XV, XVII, XIX).


Referencias locales: La tienda de las Guindillas, el túnel.


Referencias temporales: Indeterminadas.



Antología:


"La gente enseguida arremete contra los niños, aunque muchas veces el enojo de los hombres proviene de su natural irritable y suspicaz y no de las travesuras de aquéllos. Ahí estaba paco, el herrero. Él les comprendía porque tenía salud y buen estómago, y si el Peón no hacía lo mismo era por sus ácidos y por su rostro y su hígado retorcidos. Y su mismo padre, el quesero, porque el afán ávido de ahorrar le impedía ver las cosas en el aspecto optimista y risueño que generalmente ofrecen. Y la Guindilla mayor, porque, a fin de cuentas, ella era la dueña del gato y le quería como si fueres una consecuencia irracional de su vientre seco."



Capítulo XV



Temas y contenidos: El noviazgo del Peón, el maestro, con la Sara.


Personajes: Don Moisés, Sara y los tres amigos.


Puntos de conexión: Los tres amigos (aventuras) (Caps. VI, VII, X, XIV, XVII, XIX).


Referencias locales: La quesería, la escuela.


Referencias temporales: Indeterminadas.



Antología:


"Don Moisés, el maestro, decía a menudo que él necesitaba una mujer más que un cocido. Pero llevaba diez años en el pueblo diciéndolo y aún seguía sin la mujer que necesitaba. Las Guindillas, las Lepóridas y don José, el cura, que era un gran santo, reconocían que el Peón necesitaba una mujer. Sobre todo por dignidad profesional. Un maestro no puede presentarse en la escuela de cualquier manera; no es lo mismo que un quesero o un herrero, por ejemplo. El cargo exige. Claro que lo primero que exige el cargo es una remuneración suficiente, y don Moisés, el Peón, carecía de ella."

sábado, 2 de abril de 2011

Versos de antaño

2. Pertenecientes a Cangilones de vida (concretamente a la novela que da parte del título al libro) son los tres siguientes poemas, escritos ficticiamente por el Alacrán, protagonista de la misma, y que aparecen en el libro ya citado y publicado en 2011 en Bubok Hacia la luz:





LUGARES



Ando por esta senda que tú y yo recorrimos tantas veces. La casa de tus padres vestida por la yedra, el rincón sombreado de la fuente, el molino, tan vivo en otro tiempo, ahora muerto, en ruinas sus paredes y alejado del río. Es este el sitio de nuestras citas, este donde yo te esperaba ilusionado. La arboleda ahí enfrente estaba con sus olmos y los silbos de las oropéndolas. Y al verte, todo se iba, todo se callaba: sólo quedábamos tú y yo y la solemne promesa de no dejarnos nunca. Mas todo ahora ha cambiado de repente, soledad y abandono, hormigas, rotas botellas por el suelo en vez del césped sano que sostenía nuestros cuerpos. Ando por esta senda y me parece que ando acompañado de los fantasmas de ayer camino de la muerte.





PÁJAROS



Estos pájaros que oigo en la vieja senda del río ya no serán aquellos cuyos cantos y vuelos te llevaste contigo. Sin embargo, suenan y vuelan como aquellos otros, repetidos, como si un dios sin alma quisiera mantenerlos vivos. Y si es así, ¿por qué a ti no te trae para verte conmigo y me coges la mano y me llevas contigo? Porque desde que tú te fuiste, cada tarde que llego a nuestro sitio, tengo miedo de volverme loco y tu imagen se pierda en el olvido. Que canten y vuelen estos pájaros. De nuestro vivo amor serán testigos.





RÍO



Ya no hay plata en los álamos ni pájaros cantores en sus ramas: el invierno rabioso llovió salvajemente sus mil aguas y todo lo inundó: sus manos locas revolvieron las cosas que en el alma persistían eternas: la arboleda, el molino, la fuente, la cabaña que entre los dos tejimos para amarnos, la senda feliz que allí llevaba... Y ahora todo está muerto y sin futuro bajo esta agua alocada. Y miro al cielo de luto y a esas nubes que se posan sobre la blanca tapia que rodean la tierra oscura y fría bajo la cual descansas. Y despierto y aliviado respiro porque sigues, amada, durmiendo junto a mí, hermosa más que nunca en nuestra cama.


viernes, 1 de abril de 2011

Prosas de antaño


10. Sandra se transforma




Yo no podía creerme lo que estaba viendo y confieso que me entró una extraña melancolía al ver a Sandra de aquel modo, a expensas de un doctor en Parabiología. Éste le guiaba por el sueño. --Estás en el Madrid de los Austrias, frente a la Casa de las Siete Chimeneas... Pero Sandra de repente se puso a temblar y a negar con la cabeza. Después brotaron las primeras palabras de sus labios temblorosos: --Yo... yo soy hija de... Juana Romero y... Luis Navarro Ladrón de Guevara, comerciante de pieles... --No, no--le decía el hipnotizador--. Tú eres... Sandra Nevares y vas a entrar en la Casa del Montero; atravesarás... Sandra, mi Sandra, se agitaba de pies a cabeza. Estuve a punto de intervenir y parar aquella locura, pero el moreno me detuvo con un gesto de calma. La chica balbuceaba: -- Yo tenía... nueve años... cuando mi madre murió, y... mi padre se volvió a casar. Entonces... una tristeza inmensa se apoderó de mí y... unas extrañas dolencias empezaron a acosarme noche... noche y día... Mi infortunio... se hizo insoportable... cuando a los trece años... mi padre decidió... decidió que debía casarme con un... con un caballero varios años mayor... mayor que yo... y a quien no quería... Por obediencia familiar consentí en formar relaciones con él... Los sollozos rompieron en la garganta de mi chica. Entonces me interpuse entre ella y el hombre negro. Pero éste me miró fijamente, como con odio, pero enseguida sus ojos se volvieron serenos, me puso una mano en el pecho y con la otra me volvió a pedir calma. En un susurro me dijo: --En estos casos es imprescindible dejar terminar al sujeto. Me convenció para que permaneciera a un lado, mientras se dirigía a Sandra: --Tranquilízate--le dijo muy suavemente--. Estabas contándome que obedeciendo a tu padre aceptaste a aquel hombre. Continúa. ¿Qué pasó? Sandra pareció calmarse un poco y desaparecieron los sollozos, pero no el balbuceo de sus palabras: -- Aunque... esas relaciones no duraron mucho pues... pues... un día en que había querido sobrepasarse conmigo, rompí bruscamente el compromiso de casarme con él. Los sollozos volvieron. Pero ya no volví a intervenir. Aquella situación me tenía muy preocupado. Sandra dijo: --A los pocos días... me corté el pelo y, tras una larga y... meditada reflexión, hice votos de virginidad en la iglesia de San Miguel. (Una pausa) Por aquel entonces... Felipe III mudó la Corte a Valladolid y... y a esta ciudad castellana hubimos de marchar por el negocio de mi padre. (Nueva pausa) Yo... yo seguía dándole vueltas... al asunto de hacerme religiosa, y... al volver a Madrid en 1606 por el nuevo cambio de la Corte, empecé a frecuentar el convento de los frailes mercedarios... Augusto intervino. --Ahora deja esa parte de tu vida y vuelve al presente. Pero Sandra no parecía oírle. --Recibí el hábito de la Merced, ayudé a la gente sencilla, me llamaron la santa de Santa Bárbara y un día de primavera, adorando el Santísimo, sentí un agudo dolor en el pecho ...y...

El hipnotizador le tocó la frente. Yo me estaba poniendo muy nervioso. Augusto le tocaba la frente con el índice y apretó con él ligeramente echando hacia atrás la cabeza de Sandra. Entonces levantó un poco más la voz y le ordenó: --Deja el pasado y vuelve a tu vida de ahora. Lo harás totalmente cuando cuente tres. Uno... dos... y tres. ¡Ya!

Sandra abrió los ojos asustada. Entre los dos la ayudamos a ponerse de pie y finalmente se abrazó a mí."

Silvia dejó aquí la lectura, apagó la luz de la lámpara de la mesita de noche y se arrebujó entre las sábanas. Nada más despertar al día siguiente siguió leyendo el Cuaderno hasta media mañana. Entonces se duchó, desayunó y llamó al librero para quedar en la tienda. Le dijo que había una cosa que le llamaba la atención en el manuscrito y quería comentarla personalmente con él. Antes de salir de casa se quitó los pendientes y se puso unos que guardaba en el fondo del joyero desde hacía mucho tiempo. Sobre las doce empujaba la puerta de la librería y cambiaba una mirada con el librero. Había un cliente hablando con él; así que esperó a que terminara la compra mientras ojeaba unos libros. Por fin el cliente se fue después de que el librero le hubiese convencido para llevarse El Jarama en vez de Alfanhuí. --Lo de la cámara de cine y los de los diálogos realistas ha estado bien--dijo Silvia en cuanto se quedaron solos. --Y lo de ponerte los pendientes de ámbar, mejor. Luego el librero miró hacia la puerta y besó a la chica en los labios. Fue un beso rápido, pero suficiente. Silvia, un poco nerviosa, empezó a hablarle del Cuaderno. Él le hizo un gesto de calma. --¿Has desayunado? No importa. Pongo el letrero talismán en el escaparate y nos vamos un ratito al restaurante. Allí nos tomamos alguna cosa y me cuentas eso tan importante del Cuaderno. En el restaurante, sentados ya los dos en la mesa de la ventana, sonó el móvil del librero. Consultó la pantallita y lo volvió a guardar. --No es importante--dijo--. Ya llamaré luego yo. Silvia le interrogó con la mirada, pero él disimuló. El camarero se acercó a la mesa y pidieron un café cada uno. Sonaron los tonos de los mensajes. Ni caso. --¿No miras quién es? --Ya lo haré luego. Si fuera algo importante... Y ahora soy todo oídos... y ojos. Porque hay que ver qué preciosa estás, Silvia. Y pensar que todos estos años has estado por ahí y yo sin ver el proceso. ¿Qué es eso del manuscrito que querías comentar? --Hay un momento en que los del grupo se intercambian los regalos. Y en el momento en que Sandra le va a dar el suyo a Josemaría, pretendiente suyo a quien deja por el protagonista, le dice...--Sacó del bolso el Cuaderno y buscó rápidamente la página para leer: "--A ti te traigo un libro de pintura y cocina a la vez. Lo encontré en una librería de viejo las Navidades pasadas. Es un libro que habla de cuadros con motivos culinarios, bodegones... pero es mejor que lo veas tú mismo. Josemaría abrió el paquete, sacó el libro en cuestión y lo abrió por donde había un papelito doblado.


miércoles, 30 de marzo de 2011

Memorias de un jubilado


El río


Estos días pasados de comienzos de primavera he vuelto a ver en Tossa la riera que recoge las aguas de las lluvias de las montañas vecinas para desaguarlas en el mar, al pie de las murallas de la Vila Vella. En mis acostumbradas rutas en bicicleta por los alrededores me he parado a escuchar el ruido impetuoso de las aguas que llenaban el cauce de lado a lado del río y el estruendo de los riachuelos secundarios que, abriéndose paso entre la maleza, alivian sus caudales pasajeros en aquél. Y apoyado unos minutos sobre la barandilla del puente del camping, a la vista del hermoso espectáculo natural, no he podido evitar recordar mi río, aquel Duero de mi infancia a su paso por mi barrio en épocas parecidas.


He aquí lo que en mi novela Una carta de amor bajo la lluvia dejé escrito sobre él.




"Mi barrio, a decir verdad, nada era sin el vecino Duero, que se convertía en verdadero protagonista de su vida. Unas veces de forma cruel y violenta, en especial durante los meses más crudos del invierno, en que acababa saliéndose de madre con aquellas crecidas y riadas espeluznantes que inundaban las casas haciendo que navegaran a la deriva sus modestos muebles y la paz y la esperanza de sus dueños. Otras veces se comportaba apacible y sereno, sobre todo en verano, cuando los niños buscábamos cangrejos en las berrazas del puente o entre las piedras de San Francisco. Sin embargo, todo hay que decirlo, el río tenía sus propios misterios y lutos sin que nada tuvieran que ver en ellos la bonanza o las inclemencias de las estaciones, porque raro era el verano que no se cobrara alguna víctima, y en ocasiones varias a la vez. Un malvenido agosto en que tres chicos de San Frontis, buenos nadadores por cierto, mientras jugaban a atravesarlo varias veces a nado desde la azuda de San Francisco hasta Olivares, en un lance del juego debieron de cansarse o verse sorprendidos por algún calambre propio del esfuerzo. Resultado trágico: las traicioneras aguas del río tragaron a los tres muchachos. La escena de la búsqueda de sus cadáveres a cargo de los empleados del Ayuntamiento que, a bordo de unas barcas, tanteaban el fondo con largas pértigas para dar con los ahogados, no se me borrará nunca de la memoria. Ni las palabras de mi madre recordándome lo que me podía pasar si imitaba la temeridad de aquellos chicos. La verdad es que me atraían mucho las aguas del Duero, y rara era la tarde de verano en que no me daba un baño en ellas, ya en la isla de los álamos, ya en la orilla del soto de San Frontis, a la vista del imponente reflejo de la Catedral en la orilla opuesta. Recuerdo con lágrimas en los ojos que mi madre, antes de que yo saliera de casa aquellas tardes de verano, me obligaba a darle delante de ella una dentellada a la merienda de pimientos fritos que me había preparado para quedarse tranquila, sabiendo que ya no podía bañarme por aquello que nos habían repetido tantas veces nuestros mayores acerca del peligro que podíamos correr por un corte de digestión. Pero el caso era que, en cuanto llegaba a la calle, escupía el bocado mientras me santiguaba y pedía perdón a mi madre de todo corazón y guardaba la merienda para después de bañarme. Aunque luego, tras el baño en el río, mi amigo Paquito, el hijo del fontanero, gran entendido en pájaros y fuegos artificiales, me recordara la viva realidad: ­--Sólo con pasarte la uña por una pierna y observar el rastro—me decía convencido—tu madre sabe si te has metido en el río o no: si la uña deja una raya blanca, es que te has bañado. Y nuestras madres, que eran tan sabias, si querían, podían averiguar si nos habíamos bañado. Aun así, siempre podíamos decirles que vale, que sí, que nos habíamos metido en el agua, pero sólo hasta las rodillas para coger cangrejos. Como si eso no lo supieran. Y nos zambullíamos en las aguas frías de aquel río que formaba parte de nuestras propias vidas. Otras veces lo cruzábamos desde San Francisco hasta la azuda que llevaba hasta los tajamares volcados del puente romano de San Atilano. Allí escalábamos las ruinosas piedras hasta alcanzar los hondos agujeros donde anidaban los abejarucos. ¡Así era nuestra inconsciencia de aquellos años, según la cual no teníamos en cuenta el mal que podíamos causar a nuestros padres con nuestras continuas e inherentes chiquilladas! "