viernes, 8 de junio de 2012

El relato del mes




El libro

El libro era normal y corriente, de tantos como uno puede encontrar en los puestos de libros de ocasión del Mercadillo de San Antonio, de Barcelona, mercadillo que las mañanas dominicales se convierte en un río de ojos que buscan ansiosamente el pez de páginas nuevo que no haya nadado aún en sus aguas visuales. Era, como digo, el libro en cuestión vulgar y nada atractivo; sin embargo, para mí tenía algo mágico y era que lo acababa de adquirir ante mis ojos mi peor enemigo, aquel Eusebio Ratón que en los Salesianos, colegio donde los dos estudiamos de pequeños, me había vencido siempre en el certamen de recitación de poesías. Y eso no lo podía soportar, me refiero al hecho de haber comprado en el Mercadillo el libro de marras. Hasta daño físico me causaba  ver el libro entre sus manos.
De modo que, con el tiempo y sólo con el objeto de conseguir ese libro, fui fingiendo una amistad con Eusebio que únicamente a él beneficiaba, porque por dentro me seguía recomiendo el odio y la envidia que había sentido siempre hacia mi cordial enemigo y que ahora sentía crecer en mi interior como un árbol gigantesco dentro de una maceta.
Eusebio Ratón vivía solo en un piso confortable del barrio de Horta (una mujer le limpiaba la casa una vez por semana), y allí varias veces al mes, haciendo de tripas corazón, yo iba a hacerle una visita mientras planeaba cómo hacerme con el libro de mis ansias. Hasta empecé a participar de sus actividades ociosas y culturales. Juntos íbamos al cine de los viernes aunque muchas de las películas que ponían en pantalla eran tan malas que me hacían casi vomitar, como aquellas de Eddie Constantine, que no eran más que un diluvio de puñetazos y un ir y venir de policías corruptos que, eso sí, se enternecían ante la presencia de un perro abandonado. Le acompañé en sus aburridísimas excursiones a Sitges para ver docenas de veces la pintura de Rusiñol pese a que no me decían absolutamente nada ni los almibarados colores del paisajista catalán ni los motivos reiterados de sus cuadros, entre los cuales se llevaban la palma los patios, los huertos y los jardines. Aguanté de todo con tal de estar cerca del libro que anhelaba hacer mío; sólo tengo que decir que incluso asistí con Eusebio a las tertulias literarias del Círculo Cultural los primeros sábados de cada mes durante tres cursos consecutivos, aguantando estoicamente las tediosas parrafadas sobre poesía futura que lanzaban por doquier los contertulios más “enterados” y, sobre todo, las conclusiones dogmáticas del propio Ratón al acabar cada tertulia y camino de vuelta a su casa, primero por las Ramblas y, después, durante el trayecto en metro hasta el arrabal donde vivía. Y todo por conseguir el libro que tres años atrás había comprado Eusebio en el Mercadillo de Libros de Ocasión de San Antonio.
Ya he dicho que el libro en cuestión era normal y corriente y es hora de que añada algunas notas más. Tenía las cubiertas de cartón y las páginas de papel color crudo. Era un libro de divulgación sobre extrañas coincidencias que suelen ocurrir en la vida cotidiana, editado en Buenos Aires y llegado aquí por esas circunstancias de la vida que la inmigración, la prohibición estatal o el mercado cultural suelen provocar cada dos por tres. El libro se titulaba “Cuando el destino juega con nosotros”, y cada vez que yo me presentaba en casa de Eusebio Ratón (las visitas se habían vuelto en los últimos tiempos una obligación pues sus invitaciones empezaron a ser reiteradas y perentorias, sobre todo, a partir de unas pequeñas molestias que sentía en el cerebro y que, poco a poco, se fueron convirtiendo en crónicas y condenándole a la necesidad de la cama), cada vez que me presentaba en su casa, decía, le echaba al lomo del libro una rápida ojeada.
Yo creo que Eusebio Ratón conocía desde mucho tiempo atrás mi enfermiza inclinación por su libro porque un día en que los crónicos dolores de cabeza le permitieron un brevísimo respiro, se levantó de la cama y me llevó hasta la biblioteca. Allí extrajo el libro de su sitio y me lo enseñó diciendo, mientras me parecía advertir en sus labios el vuelo malicioso de una sonrisa:
--Al final algunos libros sólo acaban sirviendo para desvelar el secreto de nuestros verdaderos sentimientos.
Al oírle decir esas palabras, sentí que una oleada de furia me subía del corazón a la cabeza y justo entonces cruzó como un rayo por mi cerebro la idea de apoderarme de “Cuando el destino juega con nosotros” de una vez por todas, aunque no fue ese día cuando me hice con el maldito libro.
Paulatinamente la extraña enfermedad que padecía Eusebio había ido consumiéndolo hasta el extremo de no permitirle moverse de la cama. Incluso me había confiado una llave del piso para no tener que llamar y salir él a abrirme. Tan débil y enfermo estaba. Yo seguí aceptando sus invitaciones, que se fueron volviendo auténticas peticiones de S.O.S., y al concluir las visitas, que solían ser cada vez más silenciosas y apenas un par de frases sobre el tiempo que hacía fuera mediaba entre los dos, yo recorría el trayecto que separaba su dormitorio de la puerta del piso, pensando más de una vez aprovecharme de la circunstancia para sustraer el libro a mi paso por la biblioteca, que quedaba justo en mitad de mi recorrido. Allí estaba el libro gritando que lo librara de su prisión.
Aún no me explico por qué esperé para apoderarme del libro al día en que encontré a Eusebio inmóvil, de lado, sobre el lecho, con la mirada fija en el vano de la ventana, reflejando impasible el luminoso azul del cielo. Como si tuviera de hielo el corazón, tras cerciorarme de su muerte, aunque estaba todavía caliente su esmirriado cuerpo, cogí un papel del taco de la cocina y escribí una nota a la mujer de la limpieza diciéndole que le dejaba allí la llave del piso que Eusebio me había prestado. Luego llamé por teléfono a Pompas Fúnebres para que se hicieran cargo del cadáver. Finalmente, como si de repente me hubiera convertido en dueño de la casa, entré en la biblioteca, me dirigí al estante donde me esperaba desde siempre el libro de mis desvelos y lo saqué de su sitio. Y con la alegría del que ha recuperado al fin su objeto más querido, salí con él al rellano de la escalera y cerré de un tirón la puerta a mis espaldas.
No hice caso del libro durante una larga temporada. Actué con él como el que acaba de terminar un relato, tras las infinitas correcciones de rigor, y lo da por fin, liberado de toda carga, a la imprenta. Pasó el tiempo y un día, cuando ya no sentía ningún interés por él, cogí el libro de Eusebio Ratón. Y al abrirlo, fue cuando de entre sus páginas voló al suelo un pequeño sobre blanco. Me dio un vuelco el corazón. En el sobre descubrí la letra de mi peor enemigo de la infancia, que decía: “Para ti, que tanto ansiabas poseer este libro”. Dentro del sobre había una carta escrita en los siguientes términos: “Querido amigo, ¿recuerdas el día en que te dije que al final algunos libros sólo acaban sirviendo para desvelar nuestros verdaderos sentimientos? Pues me refería precisamente a tu fingimiento de ser amigo mío para hacerte con este libro. Siempre supe que más que envidiarme me odiabas de todo corazón porque siempre te había vencido en los concursos de declamación de poesía de los Salesianos cuando los dos éramos pequeños y que, ya adultos, desde el momento en que adquirí este libro, hiciste lo indecible por ganarte mi amistad:  las sesiones de cine, las excursiones a Sitges, la asistencia a las tertulias literarias... Y aunque yo sabía los motivos de aquellos “sacrificios” tuyos, nunca te agradeceré bastante el que, una vez cayera yo enfermo, siguieras visitándome y haciéndome compañía, pese a tener mis dudas sobre tus verdaderas intenciones. Pero como no eran tus intenciones las que me consolaban en mis horas de progresivos dolor y debilitamiento, sino tus generosas visitas, decidí olvidar aquéllas y admitir lo que sabía que un día u otro iba a ocurrir: que tomaras “prestado” el libro. Porque cuando el destino juega con nosotros, nadie puede hacer nada por torcer sus designios. Acuérdate de mí siempre que abras “nuestro” libro y perdóname, ahora que ya no podré hacerte sombra nunca más, el hecho de que te ganara siempre en los Salesianos recitando aquellas poesías que los hermanos nos hacían aprender de memoria. Un abrazo, Eusebio”.

jueves, 7 de junio de 2012

De vistas, de oídas, de leídas

Un recuerdo a Ray Bradbury


Acaba de apagarse la vida del escritor norteamericano Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920-Los Ángeles, California, 2012), uno de los más grandes escritores de Ciencia Ficción (también cultivó los géneros de misterio y de terror) de todos los tiempos. Aficionadísimo lector desde muy niño de Verne, enseguida supo que su carrera literaria iba a seguir el camino del autor de Viaje a la luna. Aunque no acabó ninguna carrera universitaria por razones económicas, Bradbury llegó a poseer una vastísima cultura. Además de trabajar como guionista (colaboró con John Huston en la adaptación cionematográfica de Moby- Dick, novela homónima de Herman Melville) publicó numerosísimos cuentos de temática futurista (Crónicas marcianas, El hombre ilustrado, De la ceniza volverás, etc.) y novelas tan conocidas como El árbol de las brujas, La feria de las tinieblas o Fahrenheit 451 (1953), que fue pasada al cine en 1966 y que todos los de mi generación hemos visto varias veces. Bradbruy hizo tanto por el mundo de las estrellas a través de sus relatos y novelas, que los científicos pusieron su nombre a un asterioide. Seguro que desde allí o algún otro lugar parecido nos está mandando ahora un saludo. Yo se lo devuelvo citando unas palabras suyas:


"Hay peores cosas que quemar libros, una de ellas es no leerlos."
"Hay solo dos cosas con las que uno se puede acostar: una persona y un libro."
"No estaba prediciendo el futuro, estaba intentando prevenirlo."
"Los viajes al espacio nos harán inmortales."
"Me gusta tocar un libro, respirarlo, sentirlo, llevarlo... ¡Es algo que una computadora no ofrece!"
"Sin bibliotecas, ¿qué nos quedaría? No tendríamos pasado ni futuro."
"Continuamos siendo imperfectos, peligrosos y terribles, y también maravillosos y fantásticos. Pero estamos aprendiendo a cambiar."   

miércoles, 6 de junio de 2012

Patadas al diccionario

El correcto empleo del determinante distributivo "sendos"

Hoy, en el telediario de Telecinco, la presentadora, refiriéndose a la noticia macabra del descuartizamiento que hace días salpica de tenebrismo la pequeña pantalla (la del súbdito canadiense que al parecer desmembró, tras asesinarlo, a un ciudadano chino que convivía con él) decía que el criminal había mandado una mano y un pie a sendos colegios. La ambigüedad está servida, además de lo macabro. Del contexto podemos deducir que una mano se mandó a un colegio y un pie a otro. Pero nunca debió emplearse el adjetivo "sendos".
El diccionario panhispánico de dudas nos define "sendos-as" así: Adjetivo distributivo que significa 'uno para cada una de las personas o cosas mencionadas'.
Un ejemplo correcto sería: Mis amigos Antonio y Juan asistieron a la reunión con sendas agendas."
(Antonio llevaba una agenda y Juan otra).
Ya puestos, me gustaría añadir que también "sendos, sendas", suele confundirse con con "ambos", que no tiene significado distributivo. "Hoy han jugado el Barça y el Madrid sus respectivos partidos y sendos equipos resultaron vencedores". Cuando debió decirse o escribirse "... y ambos equipos resultaron vencedores."



































































































































































































 

lunes, 4 de junio de 2012

El poema del mes

Federico García Lorca


Vivo que te quiero vivo sobre el olivo serrano,
no a dos metros bajo tierra ni por la tinta enterrado.
Vivo que te quiero vivo, vivo en la vida del canto
que esta mañana de junio con mis palabras enlazo.
Tu pelo es la noche negra de Nueva York y los charcos
donde palomas sin paz beben la lluvia del llanto.
Tu frente es la arena amarga del coso triste en que Ignacio
derramó la sangre hermosa de las fuentes de su mármol.
Tus cejas, los dos caminos que de pronto se cerraron
muy cerca de tu Granada bajo un olivo asustado:
uno el camino del fuego, otro el camino del canto,
y los dos como dos cauces de dos ríos apagados.
Tus ojos son dos mañanas con dos soles sin verano,
hartos de alumbrar las sombras de muertos enamorados.
Tus orejas, caracolas donde resuenan los mágicos
gemidos de las guitarras entre palmas de gitanos,
laberintos de sonidos donde se pierden los pájaros
entre explosiones de frutas y relinchos de caballos.
Tu nariz, abierto aljibe para el limón y el geranio
y para el ácido triste que derrama el navajazo.


Y cuando llego a tu boca para cerrar este canto,
sé de pronto que estás muerto como te quieren los falsos,
los que levantan su nombre a fuerza de estar nombrando
el tuyo, fiel Federico, madera de sus andamios.
Vivo que te quiero vivo sobre el olivo serrano.
Por eso canto tu boca, boca de cal y candado,
para gritar las palabras que estallaron en tus labios:
“Nunca os dejéis dominar por la voz de los balazos.
La vida sabe a justicia y el hombre oficia de hermano
cuando canta la verdad con corazones y manos.”

sábado, 2 de junio de 2012

Cien años de Campos de Castilla, 2

En la entrada anterior hablábamos de la muerte como actitud y como atmósfera en la poesía de Campos de Castilla (1912) de Antonio Machado. En la presente nos referimos a la muerte en uno de los poemas más conocidos del poeta andaluz, La tierra de Alvargonzález, que es una especie de homenaje que Machado rinde al romance español, composición poética presente en todas las épocas de nuestra poesía, desde que en la Edad Media se pusieran de moda los romances viejos, series indefinidas de versos octosílabos con rima asonante en los pares, cuyo origen hay que buscarlo en los Cantares de Gesta (Poema de Mio Cid, Cantar de Roncesvalles, El sitio de Zamora, etcétera), que habían aparecido en siglos anteriores.


2. EL CRIMEN DE  ALVARGONZÁLEZ

Otras veces la muerte se convierte en un horrible crimen parricida, como ocurre en La tierra de Alvargonzález, un verdadero homenaje al Romancero por el que Antonio Machado sentía una confesada admiración. La composición está dividida en varias partes: una introducción en la que se nos presenta al protagonista Alvargonzález desde su casamiento hasta el día en que ya viejo se queda dormido al pie de una fuente, pasando por el nacimiento de sus tres hijos varones, a quienes, ya crecidos los puso a cultivar la huerta y a cuidar de las ovejas a los dos mayores, y al pequeño lo dio a la Iglesia. La segunda parte es El sueño de Alvargonzález, donde ve a sus tres hijos de niños jugando a la puerta de la casa; entre los mayores salta un cuervo (mal presagio), y a su mujer pidiéndoles que suban al monte a por leña para el fuego.



“Tres niños están jugando
a la puerta de su casa;
entre los mayores brinca
un cuervo de negras alas…”



Cuando, más tarde, los mayores quieren encender el fuego, no lo consiguen; sólo lo hace el menor y enseguida la hoguera alumbra toda la casa. Alvargonzález alaba al hijo menor mientras los mayores se alejan en el sueño y un hacha (segundo mal presagio) brilla entre ellos..



“Los dos mayores se alejan
por los rincones del sueño.
Entre los dos fugitivos
reluce un hacha de hierro.”



En la tercera parte, Aquella tarde…, los dos hijos mayores de Alvargonzález encuentran a su padre dormido al pie de la fuente.



“Tiene el padre entre las cejas
un ceño que le aborrasca
el rostro, un tachón sombrío
como la huella de un hacha.
Soñando está con sus hijos,
que sus hijos lo apuñalan;
y cuando despierta mira
que es cierto lo que soñaba.”



El parricidio, el crimen horrendo se ha cometido.



“A la vera de la fuente
quedó Alvangonzález muerto.
Tiene cuatro puñaladas
entre el costado y el pecho,
por donde la sangre brota,
más un hachazo en el cuello.”



Luego los parricidas cogen el cadáver y lo llevan hasta la Laguna Negra, a cuyas aguas lo arrojan con una piedra amarrada a los pies. La gente encontró la manta de Alvargonzález junto a la fuente y un reguero de sangre que iba hacia la Laguna Negra. Un buhonero que por entonces cruzaba por aquellos lugares fue acusado de matar a Alvangonzález y condenado a morir en garrote. Pasado un tiempo, la madre murió de pena.



Los que muerta la encontraron
dicen que las manos yertas
sobre su rostro tenía,
oculto el rostro con ellas.”


Y así los hijos mayores se vieron ricos y dueños de la huerta, de campos de trigo y ovejas.

Otros días se titula la parte en que se ve cómo la primavera vuelve a la tierra de Alvargonzález. Sin embargo, el horrible crimen sigue impune.



“La tierra de Alvagonzález
se colmará de riqueza;
muerto está quien la ha labrado,
mas no le cubre la tierra.”



Los parricidas cabalgan a lomos de sendas mulas en busca de ganado, y al pasar cerca del Duero, oyen cantar a una voz  los cuatro versos citados en último lugar:



“La tierra de Alvagonzález
se colmará de riqueza;
muerto está quien la ha labrado,
mas no le cubre la tierra.”



Se les va a hacer de noche en el camino y tiemblan de miedo al recordar lo que hicieron aquella tarde con su padre. Vuelve a sonar la copla en la espesura del bosque:



“La tierra de Alvagonzález
se colmará de riqueza;
muerto está quien la ha labrado,
mas no le cubre la tierra.”



Y cuando hablan del camino de regreso y acuerdan atajar por la Laguna Negra, desisten al momento y deciden cerrar el trato de la compra de ganado en Covaleda. Y antes de salir a zona despejada, les parece oír cantar al agua:

“La tierra de Alvagonzález
se colmará de riqueza;
muerto está quien la ha labrado,
mas no le cubre la tierra.”



La penúltima parte del poema se titula Castigo, y alude evidentemente al desenlace de la historia. Los dos parricidas ven cómo al cabo de un año de abundancia le sigue otro de pobreza. Los sembrados se llenan de amapolas, el tizón pudre las espigas, los hielos matan las frutas de la huerta y un maleficio hace que enfermen los rebaños. Después vinieron largos años de miseria. Y una noche de invierno en que nieva copiosamente los dos hermanos parricidas se arriman a un fuego casi inexistente. Es hora de remordimientos.



El pensamiento amarrado
tienen a un recuerdo mismo
y en las ascuas mortecinas
del hogar los ojos fijos.
No tienen leña ni sueño.
Larga es la noche y el frío
arrecia. Un candil humea
en el muro ennegrecido.
El aire agita la llama,
que pone un fulgor rojizo
sobre las dos pensativas
testas de los asesinos.
El mayor de Alvargonzález,
lanzando un rosco suspiro,
rompe el silencio exclamando:
--Hermano, ¡qué mal hicimos!



El apartado siguiente titulado El forastero muestra otra noche fría de invierno en que un hombre cabalga por el camino bajo la nevada y llega hasta la casa de Alvargonzález. Es Miguel, el hermano pequeño que regresa de lejanas tierras. Una vez franqueada la puerta, abraza a sus hermanos llorando y luego se arrima al fuego. Pregunta a sus hermanos si tienen leña y le contestan que no. En ese momento ocurre el milagro, la aparición del padre muerto.



“Un hombre,
milagrosamente, ha abierto
la gruesa puerta cerrada
con doble barra de hierro.
El hombre que ha entrado tiene
el rostro del padre muerto.
Un halo de luz dorada
orla sus blancos cabellos.
Lleva un haz de leña al hombro
y empuña un hacha de hierro.”



El siguiente apartado se titula El indiano, aludiendo al hermano pequeño de los asesinos, el cual, con el caudal que ha traído de América, les compra una parte de las tierras y empieza a trabajarlas con ahínco. También trabajan sus hermanos, pero, al contrario de Miguel, la suerte sigue sin acompañarles.



“Ya con macizas espigas,
preñadas de rubios granos,
a los campos de Miguel
tornó el fecundo verano;
y ya de aldea en aldea
se cuenta como un milagro
que los asesinos tienen
la maldición en sus campos.
Ya el pueblo canta una copla
que narra el crimen pasado:
A la orilla de la fuente
lo asesinaron.
¡Qué mala muerte le dieron
los hijos malos!
En la laguna sin fondo
al padre muerto arrojaron.
No duerme bajo la tierra
el que la tierra ha labrado.”



Otro día Miguel, yendo de caza, escucha una voz que canta:



No tiene tumba en la tierra.
Entre los pinos del valle
del Revinuesa,
al padre muerto llevaron
hasta la Laguna Negra.”



La casa se titula el apartado siguiente y en él, como en un paréntesis de calma antes de sobrevenir el desenlace, se describe la casa de Alvargonzález con todo lujo de detalles: es una casona vieja de labradores separada de la aldea y situada entre dos olmos gigantescos, posee un fuego de hogar, a cuyo arrimo dos pucheros de barro alimentan a dos familias, una cuadra y un corral, un huerto y una escalera que conduce a las habitaciones distribuidas en dos viviendas: en una viven los hermanos mayores, y Miguel en otra, que es donde vivían los padres y donde soñaba Alvargonzález ser un día feliz y grande. Sin embargo, el pueblo hoy canta una copla que dice:



“¡Oh, casa de Alvargonzález,
qué malos días te esperan;
casa de los asesinos,
que nadie llame a tu puerta."

A continuación se describe una tarde de otoño en que todo es despedida y tristeza en torno a la casa de Alvargonzález, un bello romance en el que poeta nos trasmite sus propias inquietudes, que acaban con los versos



“¡oh, pobres campos malditos,
pobres campos de mi patria!”


En el penúltimo apartado de esta magnífica sinfonía de romances titulado La tierra, se abre con una mañana de otoño en que los hermanos labran con esfuerzo sus tierras; el arado apenas avanza.



Cuando el asesino labre
será su labor pesada;
antes que un surco en la tierra,
tendrá una arruga en su cara.”



Y en la huerta la azada, al hundirse en la tierra, aparece teñida de sangre.

Así que, los parricidas, hartos de sufrir con la tierra sin lograr nada de ella, venden todo a su hermano pequeño: casa, huerto, colmenar y campo.

Finalmente, en el apartado del desenlace de la historia titulado Los asesinos, vemos a éstos emprender con el alba la marcha Duero arriba. Llegan a la fuente y el agua clara suena como si estuviera contando la historia del crimen.



“A la vera de la fuente
Alvargonzález dormía.”


Y se ponen a hablar. Uno de ellos le dice al otro que la noche anterior a la luz de la luna, había visto un hombre inclinado hacia la tierra y una hoz de plata brillaba en su mano. Pasan el Puerto de Santa Inés y se encaminan hacia la Laguna Negra. El paisaje, rocoso, adquiere formas y aspectos animados: bocas, garras, jorobas, panzas, hocicos, dentaduras melladas. Un lobo aparece con sus ojos brillantes y la noche entera y los bosques, con sus miradas fieras, parecen acechar a los dos asesinos, que al fin llegan hasta la Laguna Negra, y en ella encuentran su propia muerte.



“…agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas;
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas.
¡Padre!, gritaron; al fondo
de la laguna serena
cayeron, y el eco ¡padre!
repitió de peña en peña.”



Un final un tanto precipitado, pero eficaz y justo.

jueves, 31 de mayo de 2012

Fotografías que hablan

Lo que el mar enseña


¿Qué diríais que es lo que muestra la fotografía? Podría ser una abstracción pictórica, una falda hawaiana abandonada en plena danza, una diadema de diosa, un pez perseguido, un huevo de dinosaurio derramado, una raqueta desvencijada, un cojín reventado... Podría ser lo que la imaginación humana, siempre despierta, maquinara. Siento desilusionar. Porque aquí la imaginación no tiene lugar, salvo la del mar, que en sus eternos vaivenes, ha querido pintarnos en la arena de la orilla el lírico recuerdo de una medusa, cuyos tentáculos morados se han cansado de navegar contra las olas y han acabado extendiéndose en el último estertor de su vida fantástica y marina.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Nuevos relángrafos


Pregunta: ¿En qué poema vital cabe un verso que sólo hable de la muerte? Respuesta: En cualquiera que no sólo hable de la vida.



* * *



Preparar las maletas antes de emprender un viaje es como ponerse a leer una novela de la que nunca se ha oído hablar antes.



* * *



¿Qué piensas del que te mira desde el fondo del espejo y te sonríe condescendiente? Yo, a veces, que se trata de quien me hubiera gustado ser y que nunca seré. Claro que un hecho me consuela, y es que él no puede, por ejemplo, meterse en el mar como yo, o leer o escribir o hacer cualquier cosa de las que me siento orgulloso pese a ser peor que el que me aguarda siempre dentro del espejo.



* * *



Al novelista se le ocurrió hablar del asesino en el segundo párrafo de su recién iniciada novela, pero cometió el fallo de mostrarlo simpático a los lectores y, especialmente, de demorar excesivamente el momento de llevar a cabo su crimen.



* * *



Si Fermín de Pas hubiera tenido una infancia más feliz, liberado un tanto de las faldas opresoras de su madre, seguramente no habría intentado nunca apoderarse del cuerpo y el alma de Ana Ozores; creo que ni siquiera habría entrado en el seminario para hacerse sacerdote. Pero por otra parte, Clarín no habría dado con su personaje para escribir como debía La Regenta.



* * *



En un poema, aunque sea breve, cabe el mundo. En un solo verso cabe el hombre; al menos su capacidad de sentir, de pensar, de soñar. He aquí un ejemplo:

“Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso… ¡yo no sé
qué te diera por un beso.”



* * *



Paseando por la orilla del mar, asistes a dos ritmos diferentes y comunes a la vez: al del ir y venir de las olas y al ir y venir de los humanos. Sólo el saber que ese ir y venir acabará un día para uno de ellos diferencia y separa irremediablemente a los dos. Eso hace, por otra parte, que los hombres nos agarremos con uñas y dientes a ese monótono pero esperanzado ritmo de ir y venir.



* * *



El novelista, pese a tener bien pensada la trama de su relato, no puede evitar casi nunca que alguno de los ingredientes narrativos que combina en su obra no salga como había planeado. Unas veces es el espacio donde se mueven los personajes, el cual intenta explicar y justificar su comportamiento según sea sórdido o saneado, opresor o liberal; otras, el tiempo que regula y ordena las acciones de los personajes según la lógica o la importancia de las mismas; y otras veces, son los propios personajes quienes se rebelan contra los designios de su autor atendiendo a las situaciones que el propio argumento, con sus causas y efectos, va creando a su paso. De ahí que, en ocasiones, el novelista se lamenta de que en su quehacer literario no sea Dios, que tiene bien atados los destinos de sus criaturas desde que nacen hasta que mueren y nada pueden hacer para evitarlo, salvo el adelantar su propia muerte con el suicidio voluntario, que a veces falla también, lo que da la razón al verdadero Novelista de la Vida.



* * *



Sólo los novelistas buenos entienden por qué eso es así. Dios escribe la realidad; el novelista la inventa. De otro modo: Dios escribe vida; el novelista, ficción.