martes, 18 de octubre de 2016

MEMORIAS DE UN JUBILADO. EL PREMIO I



La tertulia de Jurado (1)


Algunas veces que mi mujer me acompañaba a la tertulia de Jurado, sobre todo, a partir de cierto tiempo en que empecé a sentirme allí como en mi casa, íbamos los cinco o seis más avenidos de la tertulia a un bar de la Ronda de San Antonio, que estaba pegando al Mercadillo de libros de ocasión, y allí charlábamos de nuestras familias y de los proyectos literarios que teníamos. Pero eran las cuatro paredes del salón principal del piso de Jurado donde tenía lugar lo más importante. Allí dentro, alrededor de la mesa presidida por el poeta anfitrión, rodeados de estanterías de libros, encima de una de las cuales el busto de Galdós nos miraba siempre protector, era donde crecía la amistad, el respeto y la admiración entre nosotros, pero también las inquietudes personales de llegar más lejos en el reconocimiento de nuestra obra particular, que con el tiempo, se fueron convirtiendo en pequeñas envidias, especialmente cuando alguno conseguía algún premio. Como cuando el amigo Vicente Rincón obtuvo el Premio de Poesía Ciudad de Martorell.
Ya estoy volando demasiado lejos. Debo volver a aquella primera vez que pisé la tertulia de Jurado, tras el envío de Cangilones si quiero poner cierto orden a estas memorias. Cuando junto a la puerta de la calle pulsé el timbre del piso, el corazón amenazaba salírseme por la boca. De repente, una voz de hombre me preguntó desde arriba quién era. Le dije mi nombre y tras un ruido electrónico se abrió la puerta. Entré en el portal y empecé a subir las escaleras. Aunque era todavía bastante joven, llegué arriba a punto de echar los bofes. En la puerta del piso me esperaba un hombre mayor que yo, de cabeza grande y pelo fuerte y encrespado de color zanahoria, que se presentó como Matea, me dio la mano y me invitó a entrar. Luego le seguí por un pasillo hasta el salón donde estaba reunida la tertulia.
Aquel día fue memorable. Además de conocer al poeta de poetas y director de la tertulia José Jurado Morales y a Matea, que fue quien me había abierto la puerta, tuve la suerte de conocer a dos poetisas de alto vuelo, ambas licenciadas como yo e igualmente colegas del mismo gremio. Una, Isabel Abad, que había cursado Clásicas, de verso elegante a la vez que profundo y culturalista, como se llamaba entonces a una corriente poética recién nacida y a cuyos representantes los manuales al uso bautizaban de Novísimos, y la otra, Esther Bartolomé, licenciada en Filología Románica, que era la persona que había contestado a mi carta invitándome a asistir a la tertulia, una mujer tan joven como sabia, autora de libros de poesía y de crítica literaria y colaboradora de revistas de tirada nacional y de reconocida solvencia, como Ínsula o La estafeta literaria, por citar dos de ellas.
En aquella primera reunión también conocí a una pareja singular formada por la poetisa aragonesa Sofía Sala, fina y rubia como un ángel, de voz reposada y mágica, y su marido Aurelio, un hombre de leve sonrisa, demacrado y enfermizo que cuando se envolvía en su abrigo, que era casi siempre, aun en temporadas de bonanza climática, parecía desaparecer dentro de él; y a otros poetas como Vicente Rincón y Carreta, que resultó ser muy amigo de Matea; estos dos últimos, Carreta y Matea, eran los dos tertulianos más asiduos, según puntualizó José Jurado Morales. Jurado era un anfitrión perfecto: él mismo preparaba en la cocina contigua café para todos los circunstantes. Como poeta, poseía un gusto exquisito y escribía una lírica profunda a la vez que musical, como pude comprobar ya aquel mismo día, cuando nos leyó, a petición de Esther, el Pórtico del libro que acababa de publicar en Rondas, la editorial que él dirigía, Poemas del amor radiante:
“Cancelas abre al AMOR
con trovas y madrigales,
que al amor le agrada el verso
con las sílabas cabales.
Cancelas abre al AMOR,
que pasará tus umbrales
si le ofreces, como en prenda,
miel de flor en tus panales…”

Luego me hicieron hablar de Cangilones y me invitaron a leer algunos poemas. Aquella mi primera tertulia literaria me fue de gran utilidad pues Jurado, sacando a relucir una de sus cualidades más celebradas, me proporcionó generosamente una lista de escritores y poetas nacionales y extranjeros a quienes me sugirió que les enviara ejemplares de mi libro para que lo conocieran y opinaran sobre él. Recuerdo que me dijo:
--Esa es la regla número uno que debe seguir al pie de la letra el neófito si quiere ser conocido en el mundillo literario.
Y esas cosas y todo lo decía con hablar pausado y riguroso. Y yo, ilusionado como siempre, me puse a mandar Cangilones, junto con la recomendación de Jurado, a cuantos escritores y poetas me alcanzaron los ejemplares que tenía, a excepción de una veintena, que conservé para casos imprevistos. Me contestaron muchos y de ellos recuerdo especialmente las palabras generosas de dos figuras señeras de nuestra poesía contemporánea, Carlos Murciano y José García Nieto, amigos personales de Jurado. Amigos que al año siguiente, con motivo de un homenaje que la Casa de Andalucía de la Vía Layetana le hizo al poeta de Linares, acudieron muy gustosamente para hacer una semblanza muy emotiva de Jurado Morales. Esa noche compartí tiempo y emociones con esos dos poetas, con el homenajeado y con otros poetas de la tertulia, como Matea, Carreta o Rincón, en el restaurante Las cinco Villas de Barcelona, situado delante del antiguo estadio del Español, en la avenida de Madrid. En un momento dado de la cena, me atreví a ir a la mesa que ocupaban junto con Jurado y, tras presentarme, les di las gracias por las palabras amables que ambos habían dedicado a Cangilones.



Recuerdo que al acabar aquella mi primera tertulia, Matea y Carreta se ofrecieron a acompañarme en el viaje de vuelta a casa en metro hasta Sagrera, donde hacía trasbordo para tomar el tren que me llevaba a Horta. Ellos, que seguían el viaje en la misma vía, me dijeron que vivían en Cerdanyola. Uno, Carreta, era vigilante nocturno en obras de construcción, y Matea capataz en la fábrica de amianto de Aiscondel. El más hablador era Matea, que no dejaba de sacar de los bolsillos de su chaqueta recibos de la empresa donde había escrito al dorso borradores incontables de poemas para leérnoslos en el viaje en voz alta, ante la sorpresa de los demás viajeros. Matea tenía una letra pequeña, rápida y angulosa que recorría el renglón de un lado a otro, y él la leía igual de rápido, como si tuviera miedo a que se le fuera el tiempo y no pudiera leer todo lo que  quería. Y pasaba al siguiente papel. Y explicaba cómo había empezado a escribir en él, qué ideas le habían venido a la cabeza cuando escribía o en qué o quién estaba pensando antes de dejar bolar el bolígrafo. Aquel día me regaló dedicado uno de sus libros de sonetos (siempre llevaba a la tertulia algún libro para regalar y dedicar); el poemario se llamaba Sonetos en gris mayor, que había obtenido el premio de Diputación de Albacete veinte años atrás pero que había sido publicado el año 1977. Fue poco antes de que yo abandonara el vagón en Sagrera. Justo cuando me recomendó que fuera al cine a ver Sonata de otoño, de Bergman, una historia, me dijo de amor materno-filial llena de desencuentros, amores, odios, reproches, música de la buena y poesía, mucha poesía, en el texto, en los ambientes interiores de la casa donde se mueven los personajes, en los paisajes del lago… Justo entonces, sin transición ninguna, me dijo que era de Albacete y que había venido con su madre a Cerdanyola después de la guerra civil. Quedamos en vernos en la tertulia para dentro de dos sábados porque el siguiente yo tenía que hacer otras cosas con la familia y me era imposible asistir.
Pensé en ir al cine un día de aquellos para ver Sonata de otoño, y pensé también en la bella novela del mismo nombre de Valle-Inclán. Y entonces abrí el libro de Matea mientras el tren me llevaba a Horta. Lo primero que descubrí en él fueron algunos comentarios que habían escrito sobre su obra escritores españoles muy conocidos como Pemán, Leopoldo de Luis, Cristóbal Benítez, Luesma Castán, Buero Vallejo, Antonio Beneyto, Juan Antonio Villacañas o el mismo Jurado Morales, que había consignado: “La poesía de Matea es un espejo en el cual podemos ver su imagen, tal como es él mismo. Poeta que logra expresarse con la difícil sencillez, logro que no está al alcance de todos.”
Luego leí el primer soneto:
“Quisiera ser cual soy, tener pan tierno,
un beso de mujer, de vino… un vaso,
que no quiero vivir con el fracaso
de buscar gloria y encontrar infierno.
¿Por qué ambicionar más si, en mi gobierno,
encuentro la salud hasta el ocaso
y el dulce hogar que acoge, donde paso
las horas frías del helado invierno?...”



 He mencionado arriba, entre los escritores que opinaron sobre el libro de Matea, a Cristóbal Benítez. ¡Ay, Cristóbal Benítez!, ¡cuántos buenos recuerdos conservo de él! No hace mucho nos dejó. Era un poeta andaluz, de Montejaque, Málaga, una persona simpática y generosa donde los haya que ya se había dado a conocer como amante de las musas poéticas en 1968, con Sendero en el alba, título sugeridor que parece ya indicar a las claras el arranque esperanzador de su largo camino lírico. Cristóbal fue un asiduo asistente a la tertulia de Jurado desde sus inicios, como Matea, Carreta, Rincón o Díaz Borges, por citar otro poeta de cuerpo entero, de gran corazón e igualmente generoso conmigo desde el primer momento en que nos conocimos, del que ya hablaré en otro momento. Ahora le toca el turno a Cristóbal.
Cristóbal entregó a Rondas su segundo libro, también de título elocuente, Del camino y la esperanza, para que viera la luz en 1976, tres años antes que mi Agua vivida. Jurado escribió de él en la solapa del libro: “Se trata de un poeta que, conmovido ante el paisaje, lo describe con ternura, ofreciéndonos siempre la imagen real, viva.” Autodidacto, supo construir un camino propio en medio de tantos poetas como a diario surgían en la época aquí y allá con miles de páginas dedicadas a cantar la belleza. Hay mucha poesía echada al mundo, pero hay muy pocos poetas que sepan verla y expresarla, y uno de ellos era sin duda Cristóbal Benítez. Con palabras de Jurado, “poema a poema coordina espíritu y corazón, hasta entregarse sobriamente en cada verso con un enternecido acento: el de la poesía verdadera.” Del camino y la esperanza muestra una métrica variada: versos libres y sin rima, versos con rima asonantada y versos sujetos al rigor de las estrofas clásicas; y en todos un corazón sincero y generoso y una mente libre e independiente, siempre al servicio de la tolerancia y el amor, del canto y del optimismo. Cuando se me pregunta si la poesía de Cristóbal es de matiz social o intimista, respondo sin dudar que Cristóbal es un poeta que cultiva un intimismo social porque al hablar de sí mismo se vale de los sentimientos de los demás y al hablar de los demás lo hace a través de su propia manera de sentir y de pensar. El libro contiene sonetos donde el intimismo social prevalece y tiene romances donde lo social aparece interiorizado. Y otras composiciones donde ambos ingredientes están tan sabiamente mezclados, que es difícil discernirlos. Como puede comprobarse en Pon de tu pan, poema que dedica precisamente “a José Jurado Morales, porque de su celemín yo cogí algún grano de trigo.”
“Cuando sientas, amigo,
herido tu costado por traidora lanza,
no te dejes vencer por su latido
y bébete la pena con tus propias lágrimas.
Siéntete más entero.
Muerde la vida. Agárrala:
renace de tu propia desventura.
Ánimo y no decaigas.
Sigue llamando. Así es la vida,
y, si alguien responde a tu llamada,
dale la mano, mírale a los ojos,
y con tu sentimiento y tu palabra
dile que vienes por las sendas solo,
pero sin renunciar a la esperanza.”



En cuanto a José Díaz Borges, igualmente desaparecido, tinerfeño de Guía de Isora, estudió Bachillerato Universitario en Ciencias por la Universidad de San  Fernando de La Laguna (Tenerife). Fue Maestro de Primera Enseñanza, Practicante en Medicina y Cirugía con especialidad en Anestesia, Medicina de Empresa y Podología y “Oficial del Ejército en situación de retirado”, como le gustaba a él retratarse en sus Bio-bibliografías. Además era una persona educada, seria, culta, atenta y generosa como pocas he conocido, y desde luego nacida para ser poeta de cuerpo entero, pues ya  a los catorce años publicó su primer libro, Horizontes de zafiro. Le siguieron otros poemarios como En la sólida piedra, La luz herida y, últimamente, Cantos a Miguel Hernández, que vio la luz en Rondas un año antes que mi Agua vivida. Los Cantos fueron seleccionados en el Premio de Poesía de Ciudad de Martorell de ese mismo año 1978. Está formado por 25 sonetos, varias composiciones de diferente extensión métrica que titula Ecos y un extenso poema de versos libres, No puedes luchar. Como afirma Jurado en el prólogo, José Díaz Borges “en este nuevo poemario, Cantos a Miguel Hernández, rinde un fervoroso homenaje a esa gran figura de nuestra lírica…” Y más abajo: “Hay en estos sonetos mucha admiración que el poeta expresa con acento tierno unas veces y otras con cierta aspereza porque así lo requiere la configuración de lo que hay en el fondo del soneto, donde se despejan los contornos de la recia personalidad de Miguel Hernández de tan destacados matices humanos como espirituales.” Tiene razón Jurado. Eso es lo que hay en este libro: mucha humanidad y mucha espiritualidad. Sin espigar demasiado, encontramos bellos ejemplos en el libro. Sirva de muestra el soneto titulado Te me vas:
“Te me vas de la cuenca de mi mano
como el agua en el alma, fuente o río,
para dejar cegado este vacío
como si se evaporase un oceano.
Pero te gano, creo que te gano
para volver de nuevo al pecho mío,
y, en armonioso canto, un dulce pío
escucho de tu voz, poeta hermano.
No se apaga tu voz, tu voz resiste
contra el odio, la muerte y la cizaña;
por todo aquello que en el verso diste
hoy de nuevo te aclama y vibra España,
cual gigante, Miguel, morir supiste.
¡Hoy mi verso en la gloria te acompaña!”

viernes, 3 de octubre de 2014

LA EXTRAÑA SEMILLA




Antes de que se lo llevaran, estuve hablando con él del asunto que lo había puesto en aquella situación extrema. Entre palabras a medias y conversaciones alocadas, logré arrancarle lo que sigue.
“Yo tuve un duende, llamado familiar aquí en la isla, y lo cuidé con abundante comida y bebida, tal como los duendes exigen que sus amos los cuiden. Me ayudaba en la casa y en la huerta y rendía como tres hombres juntos. Mis vecinos no podían creer lo que veían sus ojos. El patio delantero siempre limpio, los muebles de la casa relucientes, la comida y la cena puestas a la hora en la mesa, el corral ordenado, con los animales atendidos y los aperos de la huerta preparados. Y en cuanto a la huerta, los vecinos se echaban las manos a la cabeza sin entender cómo sacaba adelante yo solo el trabajo de escardar, labrar, abonar, regar, podar, recoger la fruta y la alfalfa y almacenar la cosecha en las cámaras. “Debes de estar agotado”, me decían. Y yo me reía para mis adentros. Hasta que la redoma negra en que lo guardaba se me cayó de la repisa de la cocina y se hizo trizas. Entonces la semilla de la planta efímera, de la que estaba hecho, al contacto con la luz, se pudrió en un santiamén produciendo un olor tan nauseabundo que estuvo varias semanas apestando toda la casa. Ya no me dio tiempo a crear otro duende porque fue cuando se presentaron en casa los agentes de la ley para detenerme. Sé que fueron mis vecinos, que, envidiosos de mi buena fortuna, debieron avisar a la policía de que algo raro ocurría en mi casa.”
Esto fue lo que más o menos saqué en limpio de la historia que me contó el sujeto entre conversaciones alocadas y palabras a medias antes de que se lo llevaran al manicomio de la capital de la isla. Y un detalle de su historia se me había quedado flotando en la cabeza sin que acertara a explicarme su significado. Era el de la semilla de la planta efímera. ¿Qué clase de semilla debía de ser esa que, encerrada en una redoma negra, era capaz de crear un duende?
Así que deseando darle a la historia un viso de veracidad, me fui al manicomio de la capital de la isla a hacer una visita a mi hombre aun sabiendo que aquello no parecía tener ninguna lógica y cualquiera que se parara a examinar lo que pretendía hacer me habría tomado también por loco. De todos modos, me convencí a mí mismo de que hacerle una visita para que me contara algo más de la extraña semilla me serviría al menos para tener algo que narrar en el futuro más inmediato.
El caso es que, sin parar en mientes, me presenté en el frenopático a preguntar por el recién ingresado. Mentí al director diciéndole que era un pariente lejano, a lo que la autoridad del centro no puso ningún reparo; al contrario, me dio las gracias porque, según él, dado que el enfermo no tenía ningún pariente conocido, mi presencia allí le podría reportar algún bien. Sin embargo, antes de permitirme verlo, se interesó por el motivo de mi visita. Y ahora viene lo más curioso del caso, y es que, sin encomendarme ni a Dios ni al diablo, empecé a hablarle de la semilla… No me dejó terminar y esbozando una sonrisa escéptica me dijo sin rodeos que eso de la semilla de la planta que en un día germina, crece, se desarrolla y muere y que si se encierra en una redoma llega a crear un familiar que todo lo puede no era más que una superstición que corría entre la gente más crédula de la isla, cosas de películas, como la que Eduard Norton en El ilusionista ejecuta con la semilla de naranja, la cual, ante los espectadores que abarrotan el teatro, se hace en cuestión de segundos un naranjo con sus naranjas correspondientes, que arroja entre el público. A mí también me parecía que eso no podía existir nunca, pero que para crear una ficción valía. Y sonreí, como el director. Aunque también vi  que presionaba disimuladamente un timbre que tenía sobre la mesa, seguramente para llamar a los cuidadores del manicomio para que se hicieran cargo de mi persona; de modo que, pretextando una urgencia, puse pies en polvorosa ya que de ninguna manera quería acabar en una habitación parecida a la que ocupaba el protagonista de mi historia.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

DICCIONARIO PERSONAL DE ZAMORA San Atilano, B, Calle de Balborraz, el Barandales







ATILANO, San
Es el santo por antonomasia de nuestra ciudad. Fue en la antigüedad el primer obispo de Zamora, aquel obispo que, tras descubrir que no era digno de pastorear a su grey zamorana, un amanecer abandonó la ciudad por el puente que lleva su nombre, hoy en ruinas (sólo quedan volcados sobre la corriente del río, a la altura de Olivares, dos o tres de sus cortamares), y el santo en medio del puente, se despojó de su anillo episcopal y lo arrojó al Duero mientras pronunciaba la frase que todos los zamoranos recordamos tan bien: “Cuando volviere a ver este anillo y sólo entonces, pensaré que Dios se ha apiadado de mí y perdonado mis faltas.” Y cuenta la leyenda o el milagro que, después de recorrer el mundo haciendo bien a cuantos se encontraba en su camino, a escasa distancia de la ciudad, donde hoy se levanta el cementerio que lleva su nombre (durante mi infancia oía decir de una persona que acababa de morir que la llevaban a San Atilano), decía que a escasa distancia de la ciudad Atilano, vestido de mendigo, llegaba a una posada pidiendo alojamiento. La dueña, que en ese momento entraba en la cocina con unos barbos del río, accedió a dárselo y, mientras ella iba por agua al pozo, le pidió al vagabundo que fuera limpiando los peces, que comerían más tarde. Así lo hizo Atilano y al abrir el vientre de uno de los barbos, halló su anillo episcopal. Entendió que Dios deseaba que volviera a ser obispo de Zamora y se lo puso en el dedo mientras todas las campanas de la ciudad empezaron a darle la bienvenida y sus andrajos de mendigo se cambiaron por las sagradas ropas de Obispo. ¡Cómo me gustaba que el maestro nos repitiera una y mil veces aquel milagro o aquella leyenda de San Atilano!

Luis Cortés Vázquez dijo en su mencionada obra:
“Pero sigamos con Atilano que durante algunos años vivió de limosnas, hasta que una voz de lo alto así le ordenó en sueños: Atilano, vuelve a pastorear a tus ovejas, que tus preces han sido escuchadas.
“Fiel a este divino mandato volvió sus pasos a Zamora, deteniéndose antes de penetrar en ella, para pasar la noche, en una casa hospitalaria contigua a la capilla de San Vicente de Cornu, asentada extramuros y dando vista a la ciudad cercana, no lejos del arrabal del santo sepulcro, en el lugar que hoy ocupa el camposanto.
“Será aquí y ahora, como todos sabemos, donde entra en escena propiamente el primer pez de la historia zamorana, pródiga en ellos, el famosísimo barbo tragasortijas…”








B




BALBORRAZ, Calle de
Para nosotros, Cuesta de Balborraz, nace en la Plaza Mayor, junto al Ayuntamiento Viejo, y muere en los Barrios Bajos al pie del Duero. Lleva el nombre de la Puerta de la Cabeza (en árabe, Bab al-Ras) puerta de la muralla que aquí se levantaba antiguamente, y donde al parecer se colgó la cabeza del caudillo bereber Ahmed ben Muawiya tras perder la vida en la batalla del Día de Zamora del siglo X, gloriosa victoria para los cristianos súbditos de Alfonso III. Es esta calle empinada buen escenario para algunas de las procesiones de nuestra Semana Santa, entre ellas, el Yacente, la de la Virgen de la Esperanza o la de Jesús Resucitado, que el Domingo de Gloria sube por ella para encontrarse con su Madre en la Plaza Mayor entre estampidos de cohetes y repiques de campanas, que de ese modo celebran la resurrección del Señor. La imagen de Jesús, como muchas otras de nuestra Semana Santa, es obra del imaginero zamorano Ramón Álvarez, al que, por cierto, se le dedicó una lápida en una casa de la cuesta conmemorando el centenario de su nacimiento. Recuerdo con lágrimas en los ojos que por aquí acompañaba a mi padre en su labor de cobrador de seguros.

El mencionado Luis Cortés dejó escrito en su también aludida obra:

“Enrojeció sus aguas el Duero con la mucha sangre que se derramó en los combates, pues hemos de asentar que precisamente los más enconados tuvieron al puente como escenario principal. Lidióse igualmente con toda aspereza por los que es hoy barrio de Santiago, y hacia la parte de Valorio. Había sido dirigida esta aceifa bereber por el caudillo Ahmed ben Muawiya, pretendido Mahdí o Profeta que, subiendo victorioso hasta Zamora con nutrida horda de fanatizados correligionarios, acabó con su cabeza clavada sobre una de las puertas de la ciudad. Seguramente entonces, aunque después cambiara de emplazamiento, nació la denominación de la castiza y pina calle de Balborraz, pues no otra cosa quiere decir en lengua árabe…”







BARANDALES, El
Es una figura ligada a la Semana Santa. Sin ese hombre que voltea sus campanas atadas a las muñecas al frente de las procesiones. Muchas de ellas perderían su personalidad. Ha habido a lo largo de la historia de nuestra Semana Mayor muchos Barandales, unos más mayores, como aquel España del que me hablaba tanto mi padre, y otros más jóvenes; pero todos llevaban la estampa de la seriedad en su forma de tocar y en sus andares. Avisaban con sus repiques que la procesión que esperábamos con ansia apostados en alguna esquina de la ciudad se estaba acercando. Parece ser que el origen de su existencia se remonta al siglo XVI, en que ya hacía de campanillero avisador de desfiles procesionales. Son tan queridos entre nosotros estos barandales, que en los años noventa el escultor zamorano Ricardo Flecha (comenzó su actividad como aprendiz en el taller de escultura de nuestro buen amigo Ramón Abrantes, de quien ya tratamos en nuestro Diccionario) esculpió una imagen del Barandales que acabó colocándose en la plaza de Santa María la Nueva, delante del Museo de la Semana Santa; asimismo se le puso el nombre de Barandales a la pequeña calle que separa la Plaza anterior de la de Viriato.

Dije en mi poema Barandales, que dediqué a España, el primer Barandales que conocí (del ya mencionado Zamora, entre la ausencia y el reencuentro):

“Tío Barandales, dales, dales…,
suena en el alma de los chavales
mientras los pasos pasan solemnes
por las callejas viejas, perennes.
Esas campanas, como latidos,
suenan a tiempos nunca perdidos
en lo más hondo del corazón
como una eterna, viva canción.

Tío Barandales, dales, dales…
Las campanadas suenan iguales
en la distancia y en la presencia,
En los adultos y en la inocencia.
Semana Santa de mi ciudad.
Los pensamientos son de piedad
mientras voltean esas campanas
viendo a las gentes tras las ventanas
mirar con ojos tiernos, llorosos,
los latigazos tan dolorosos
que sufre Dios en su soledad.

Sigue tocando, tío Barandales,
tío Barandales, dales, dales…,
para que nunca nos olvidemos
de aquellas cosas que hoy no tenemos
y que un día fueron nuestra Verdad.”

martes, 26 de agosto de 2014

JULIO CORTÁZAR, FELICIDADES







Resultado de imagen de Cortázar



Hoy habría cumplido 100 años Julio Cortázar. Sus lecturas sirvieron durante mucho tiempo de disfrute estético para muchas generaciones y lo seguirán haciendo. De niños jugábamos a la rayuela en la plaza o en la calle de nuestros barrios natales. De mayores el escritor argentino, cuyo arco vital se extiende desde Ixelles (Bélgica), 1914, a París, 1984, dejando en medio Argentina y el mundo, jugó con nosotros con su Rayuela, novela de laberintos y navegaciones por el mundo de la conciencia (ese mismo rumbo o parecido sigue en otras como 62 Modelo para armar o Libro de Manuel).
Sus razones tendría para cambiar su nacionalidad argentina por la francesa (supongo que la mayoría políticas, y en ese mar revuelto y personal nunca me meteré), pero nosotros tenemos mil razones claras para seguir confiando en su obra escrita. Desde siempre he frecuentado especialmente sus cuentos, la mayoría de ellos retos para la sensibilidad y la inteligencia (juegos de palabras, de sintaxis, de punto de vista de narrador, de alienación de los personajes o de trasposición de lugares y tiempos, entre otros caracteres del estilo de Cortázar que exigían constantemente la participación incondicional del lector).
Aunque últimamente releo cosas de su Obra crítica, muchos de cuyos ensayos arrojan luces nuevas sobre temas archimanoseados como el surrealismo o el existencialismo, y otros sobre autores señeros en la literatura universal de todos los tiempos y lugares (los de política prefiero dejarlos para quienes deseen sufrir leyendo sobre diferentes maneras de matar y alambradas culturales), como Huxley, Cernuda, Baudelaire, Alfonso Reyes, Rabindanath Tagore, Allan Poe, Keats, Gelman, Neruda, Lezama Lima, Callois y un largo etcétera, me gusta recordar el género en que destacó más, el cuento.
Tengo muy presentes especialmente media docena de cuentos (Casa tomada, Instrucciones para subir una escalera, La isla a mediodía, La señorita Cara, Lejana o Página asesina).
Por eso no tengo ningún reparo en afirmar ante quien sea que disfruto con párrafos como los dos que siguen del primero de los cuentos citados en el último paréntesis, párrafos que el autor precisamente escribe también entre paréntesis:
“(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
“Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)”
FELICIDADES, CORTÁZAR

jueves, 14 de agosto de 2014

DICCIONARIO PERSONAL DE ZAMORA Alfonso III, el Magno. Ramón Álvarez. Arias Gonzalo. Los Arribes. San Atilano



ALFONSO III, el Magno
Es, podemos decirlo bien alto, el rey de Zamora, pues no sólo nació en nuestra ciudad, sino que, gobernando Asturias, consolidó el río Duero como el límite sur del reino en torno a las capitales de Toro y Zamora. Y cuando el rebelde omeya Ibn al-Quitt predicó la guerra santa y atacó Zamora, que había sido reconstruida y repoblada por mozárabes toledanos, hizo que su ejército la salvara y hasta el rebelde moro murió en la batalla que se conoce desde entonces como el Día de Zamora. Al final de sus días su hijo García se sublevó contra él, peregrinó a Santiago, realizó una expedición militar autorizada por García por tierras de Mérida y murió a medianoche en Zamora de regreso de la expedición.
Luis Cortés Vázquez dijo en su mencionada obra:
“Así llegamos a nuestro señor el rey don Alfonso III, justa y hermosamente motejado el Magno, título que, al menos los zamoranos, no le hemos de regatear y discutir, pues es tan afortunado monarca quien no sólo conquista y repuebla Zamora, sino quien obtendrá una brillantísima victoria sobre los bereberes, que ha dejado su recuerdo hasta hoy. Ella hizo del nombre de Zamora el más execrado por los mahometanos, quienes perpetuaron tan dolorosa derrota en sus crónicas e historias con la denominación de Día de Zamora; Jornada del foso de Zamora, dicen de preferencia las cristianas.
“Gloriosa fue en cambio para los cristianos tal refriega, cuya jornada final y victoria aconteció un 12 de julio del año 901, cuando corría en tierra de moros el 288 de la Héjira.
“Enrojeció sus aguas el Duero con la mucha sangre que se derramó en los combates, pues hemos de asentar que precisamente los más enconados, tuvieron al puente como escenario principal.”


ÁLVAREZ, Ramón
Es el imaginero zamorano por excelencia y a él le debemos un buen número de pasos excelentes de nuestra Semana Santa. Nacido en Coreses, muy pronto se trasladó a la capital, viviendo en una casa de la cuesta de Balborraz, junto a la Plaza Mayor, donde la ciudad, en agradecimiento a su obra, le levantó un monumento.
Mi padre conocía a la perfección los pasos que de Ramón Álvarez esculpió para desfilar por las calles de Zamora durante la Semana Santa; de hecho, fue él quien, mientras veíamos determinadas procesiones, me iba diciendo cuáles eran y en qué detalles debía fijarme para valorar la magnífica ejecución de las imágenes, hechas con materiales ligeros y de poco coste como escayola, arpillera, tela encolada y madera. Entre ellas destacaban la Verónica, la Soledad, la Virgen de los Clavos, Nuestra Madre de las Angustias, el Longinos, el Jesús de la oración en el huerto de los olivos,  la Crucifixión, el Jesús Resucitado… Recuerdo que mi padre tenía hasta su paso favorito de entre los salidos de las manos prodigiosas de Ramón Álvarez, y no era otro que La Caída, inspirado en el cuadro El pasmo de Sicilia, de Rafael, y que mi padre reprodujo al carboncillo en un dibujo que estuvo colgado en mi casa natal durante mucho tiempo.

Dije en mi obra citada:
“Ahora entiendo por qué mi padre sentía verdadera devoción por este paso. Jesús, caído bajo el peso de la cruz, refugia sus fatigados ojos en la figura desconsolada de su Madre, que inútilmente le abre sus brazos. Mientras que San Juan, el discípulo amado, intenta también en vano consolar a la Virgen. Y Simón Cirineo pretende con su auxilio aligerar la carga del pesado madero. Por otro lado están las personas ajenas al dolor: el sayón que sujeta la cuerda atada al cuello del Nazareno; el otro sayón que oprime con el pie la espalda de Jesús aprestándose a azotarle con el látigo; y, sobre todo, ese niño que contempla la escena sonriendo mientras lleva en una mano la cesta de los clavos y en la otra el mazo que empujará el hierro carne adentro hasta clavarla en la indigna madera.
“Hay mucho más que arte en estas figuras de La Caída que el zamorano Ramón Álvarez cinceló para recorrer las calles de Zamora durante la mañana del Viernes Santo. Más que arte inspirado en Rafael, respira en esta composición escultórica la vida misma: el sufrimiento de los elegidos, la compasión de los que sienten el dolor de los demás y la crueldad de los que no tienen corazón.”


ARIAS GONZALO
Es el alcaide de Zamora en el momento en que el rey don Sancho sitia la ciudad, gobernada por su hermana la reina doña Urraca. Es tildado de traidor, junto con el resto de los zamoranos, y retado en duelo por el orgulloso castellano Diego Ordóñez tras saber que su rey don Sancho ha sido asesinado por un ciudadano gallego llamado Bellido Dolfos que vivía entonces en Zamora. Como doña Urraca no le permite responder personalmente al reto, el noble alcalde responde al desafío mandando al Campo de la Verdad a sus propios hijos, que uno tras otro van perdiendo la vida, hasta que Pedrarias, el tercero de ellos, antes de morir logra herir al caballo de Ordóñez, que en su dolor arrastra al jinete fuera de los límites del Campo, con lo que se da a los zamoranos como debidamente honrados y vencedores del desafío.

El Romancero dijo: 
“Tristes van los zamoranos   metidos en gran quebranto;
retados son de traidores,   de alevosos son llamados;
más quieren todos ser muertos   que no traidores nombrados.
Día era de san Millán,   ese día señalado,
todos duermen en Zamora,   mas no duerme Arias Gonzalo;
aún no es bien amanecido   que el cielo estaba estrellado,
castigando está a sus hijos,   a todos cuatro está armando,
las palabras que les dice   son de mancilla y quebranto:
—Yo he de lidiar el primero   con don Diego el castellano:
si con mentira nos reta,   vencerle he y haceros salvos;
 pero si cualquier traidor   hay entre los zamoranos,
y él nos reta con verdad,   muerto quedaré en el campo.
Morir quiero y no ver muerte   de hijos que tanto amo.
Las armas pide el buen viejo,   sus hijos le están armando,
las grebas le están poniendo;   doña Urraca que allí ha entrado,
llorando de los sus ojos   y el cabello destrenzado:
—¿Para qué tomas las armas?   ¿Dónde vas, mi viejo amo:
pues sabéis, si vos morís,   perdido es todo mi estado?
¡Acordaos que prometistes   a mi padre don Fernando
de nunca desampararme   ni dejar de vuestra mano!
Caballeros de la infanta   a don Arias van rogando
que les deje la batalla,   que la tomarán de grado;
mas él sólo da sus armas   a su hijo don Fernando:
—¡Dios vaya contigo, hijo,   la mi bendición te mando;
ve a salvar los de Zamora;   como Cristo a los humanos!”



ARRIBES, Los
El Duero, señor de Zamora, de la tierra del vino y del pan, poco antes de dejar atrás la provincia, a la vista ya de Portugal, entra en unos parajes descomunales y hermosos que lo encajonan en su marcha, formando lo que se llaman los Arribes del Duero, Parque Natural protegido, formado por barrancos, peñascos y bosques de flora diversa, en la que destacan los enebros, donde nuestro río se convierte en navegable a la vista de buitres leonados y cigüeñas negras, que lo sobrevuelan majestuosamente, y ante la presencia privilegiada de pueblecitos encantadores como Almendra, Fariza o  Fermoselle, entre otros.


            Viajes El País dijo:

"La envejecida y hospitalaria población pertenece a la cultura del sudor y la labranza, una tradición que se extiende de norte a sur del parque, y que se deja ver en la piel y los usos gastronómicos basados en la matanza, el pastoreo, la harina y la vid.
Gentes que se aferran a sus costumbres, la naturaleza, la ganadería y la agricultura, en un entorno descuidado, en lo que a comunicaciones por carretera se refiere, y que aprovechan sus escasos recursos al máximo. Una arquitectura popular basada en la piedra y unos cultivos que buscan desesperadamente el agua con pozos, cigüeños o cigüeñales y norias, o con bancales al filo de los acantilados. Un agua garantizada por la gran cantidad de embalses y presas de amamantan a las difrentes comarcas.

Por todo el parque natural de los Arribes del Duero, hay reminiscencias de las diferentes culturas que dejaron su huella en la zona: castros celtas, calzadas y estelas funerarias romanas y otros restos visigodos, musulmanes y cristianos del reino castellanoleonés, como ermitas e iglesias de los siglos X y XI.
Pero el impacto visual del visitante llega al borde de la garganta geológica de los Arribes, la parte que da nombre al parque. Un impresionante espacio natural de abruptos cañones y desfiladeros, por donde el río discurre formando un serpenteante y caprichoso cauce que puede alcanzar los 500 metros de desnivel. Estos enfilados barrancos bajan hasta el Duero, a cuyo paso crea una frontera natural con la vecina Portugal. "



ATILANO, San
Es el santo por antonomasia de nuestra ciudad. Fue en la antigüedad el primer obispo de Zamora, aquel obispo que, tras descubrir que no era digno de pastorear a su grey zamorana, un amanecer abandonó la ciudad por el puente que lleva su nombre, hoy en ruinas (sólo quedan volcados sobre la corriente del río, a la altura de Olivares, dos o tres de sus cortamares), y en medio de él, se despojó de su anillo episcopal y lo arrojó al Duero mientras pronunciaba la frase que todos los zamoranos recordamos tan bien: “Cuando volviere a ver este anillo y sólo entonces, pensaré que Dios se ha apiadado de mí y perdonado mis faltas.” Y cuenta la leyenda o el milagro que, después de recorrer el mundo haciendo bien a cuantos se encontraba en su camino, a escasa distancia de la ciudad, donde hoy se levanta el cementerio que lleva su nombre (durante mi infancia oía decir de una persona que acababa de morir que la llevaban a San Atilano), decía que a escasa distancia de la ciudad Atilano, vestido de mendigo, llegaba a una posada pidiendo alojamiento. La dueña, que en ese momento entraba en la cocina con unos barbos del río, accedió a dárselo y, mientras ella iba por agua al pozo, le pidió al vagabundo que fuera limpiando los peces, que comerían más tarde. Así lo hizo Atilano y al abrir el vientre de uno de los barbos, halló su anillo episcopal. Entendió que Dios deseaba que volviera a ser obispo de Zamora y se lo puso en el dedo mientras todas las campanas de la ciudad empezaron a darle la bienvenida y sus andrajos de mendigo se cambiaron por las sagradas ropas de Obispo. ¡Cómo me gustaba que el maestro nos repitiera una y mil veces aquel milagro o aquella leyenda de San Atilano!

Luis Cortés Vázquez dijo en su mencionada obra:

“Pero sigamos con Atilano que durante algunos años vivió de limosnas, hasta que una voz de lo alto así le ordenó en sueños: Atilano, vuelve a pastorear a tus ovejas, que tus preces han sido escuchadas.
“Fiel a este divino mandato volvió sus pasos a Zamora, deteniéndose antes de penetrar en ella, para pasar la noche, en una casa hospitalaria contigua a la capilla de San Vicente de Cornu, asentada extramuros y dando vista a la ciudad cercana, no lejos del arrabal del santo sepulcro, en el lugar que hoy ocupa el camposanto.
“Será aquí y ahora, como todos sabemos, donde entra en escena propiamente el primer pez de la historia zamorana, pródiga en ellos, el famosísimo barbo tragasortijas…”

viernes, 25 de julio de 2014

INFIERNO, IDA Y VUELTA




Aunque no se crea, la historia que voy a contar le sucedió a un sencillo ciudadano de Tordera llamado Pere Portes, el cual el 23 de agosto de 1608 recibió en su casa la reclamación de una deuda que ya había satisfecho tiempo atrás. La sorpresa que se llevó fue mayúscula, pero no desesperó porque sabía que el notario de la villa debía guardar en algún sitio el recibo con su deuda pagada. Sin embargo, su sorpresa aumentó cuando se enteró de que dicho notario había fallecido un mes antes y en su casa no se encontró por ningún lado el dichoso recibo. Así que desesperado de su mala fortuna, no pudo por menos de exclamar: “¡Ojala el diablo me acompañe al infierno para hablar con el maldito notario!”
No había acabado del todo de pronunciar la frase, cuando se le apareció un caballero ofreciéndose a llevarlo a lomos de su cabalgadura a donde había deseado ir. Con más miedo que vergüenza aceptó el ofrecimiento, y en cuanto se hubo acomodado en la silla a espaldas del caballero, que no era otro que el Diablo, el caballo salió a galope y antes de que se arrepintiera de la locura que había hecho, Pere se vio entrando en la Cueva de Pau de Hostalric, a la que los lugareños consideraban una de las entradas naturales del infierno.
En el infierno, además de poder contemplar a sus anchas las horribles torturas a que eran sometidas las almas de los condenados, logró reconocer a algunos de sus paisanos que allí se quemaban eternamente entre estremecedores alaridos de dolor, y, lo que era más importante, por fin consiguió encontrar entre ellos a su notario Gelmar Bonsoms. Cambiaron algunas palabras y, entre gritos de dolor, el notario le dijo dónde podía encontrar el libro de actas donde aparecía el documento, la fecha y la firma de Pere conforme había sido satisfecha su deuda.
Una vez resuelto el motivo de su visita al infierno, Pere le pidió al Diablo que le ayudara a salir de aquel lugar de eterno sufrimiento. Pero el Maligno, tras lanzar una horrenda carcajada, le dijo: “Mi cometido es traer almas al infierno, no sacarlas de él.” De nuevo asediado por el miedo, Pere exclamó: “¡Dios me ayude!” Y al pronunciar el nombre del Altísimo, se le apareció un hombre vestido de peregrino, con capa y esclavina y ayudado de un bastón más alto que él, que le dijo: “Agárrate al extremo de mi bordón y sígueme.” Y empezó a caminar en medio de la oscuridad más cerrada por una cuesta muy empinada que, a las primeras de cambio, empezó a fatigarle las piernas y a robarle parte de la respiración. Pero no se quejó ni un instante porque sabía que más tarde o más temprano llegaría a ver la luz de la superficie.
Y pronto, mientras notó que ya nadie tiraba de él, sintió una ráfaga de aire fresco, una lucecita allá en lo alto y rumores de voces cada vez más cercanas, por encima de su cabeza. Finalmente, y sin apenas podérselo explicar, se vio caminando por una calle de una gran ciudad, que no era otra que Barcelona. Y a un transeúnte que se cruzó con él le preguntó: “Oiga, buen hombre, ¿podría decirme dónde me encuentro?” Y el interrogado le contestó con toda la naturalidad del mundo: “En la calle del Infierno.” Y es que aquella calle, hoy avenida de la Catedral, se llamaba entonces calle del Infierno.
Al día siguiente Pere Portes regresó a Tordera y a todo con el que se cruzaba, le contaba los extraordinarios acontecimientos que acababa de vivir. Pero nadie le creía; es más, se burlaban de él llamándolo loco. Para probar sus palabras, entró en la casa del notario y, mirando detrás de un mueble, tal como le había dicho aquél en el infierno, encontró el libro de actas y, con él en la mano, demostró a cuantos quisieron verlo, que era verdad lo que decía.
Sin embargo, la Santa Inquisición la tomó con Pere por lo que iba contando a todo el mundo sobre el Infierno y las eternas torturas que sufren los condenados en él, y lo encerró en la prisión. Entonces sí que se volvió loco y murió al poco tiempo. El inquisidor general, para que la gente no hablara más de Pere Portes, mandó quemar su cadáver junto con el libro de actas del notario.
Los lugareños contaban que todos los 23 de agosto de  los años siguientes habían visto salir del ventanuco de la cárcel donde había muerto Pere unas hojas de papel volando y oído los lamentos que el prisionero lanzaba quejándose de su mala fortuna. Después el silencio. Y ahora el eco de su triste historia recorre las líneas de este escrito.

miércoles, 2 de julio de 2014

VIVALDI EN EL PALAU







Ayer, martes primero de julio, tuvimos la suerte de contemplar a nuestras anchas el hermoso Palau de la Música, que sirvió de magnífico marco para escuchar Las Cuatro estaciones del año de Vivaldi y su Gloria en Re mayor, interpretadas las primeras por la Orquestra Camera Musicae, con la excepcional interpretación del violín Santiago Juan, que nos hizo vibrar de emoción en diversos pasajes del concierto, y la segunda a cargo del Cor de noies de l’Orfeó Català, con la participación de la Soprano Laia Frigolé y el contratenor Oriol Rosés, cuya cristalina y poética voz sabe llegar al corazón del espectador.
Bajo la cúpula del sol de oro del Palau y las rosas de cerámica de su florado techo, y envueltos por tanta belleza modernista, especialmente a la vista del ábside de iglesia que constituye el escenario, revestido de triangulares piezas de cerámica rosa, las bellas damas que tocan instrumentos musicales y cuyos sus bustos blancos brotan del mosaico como lirios sobre un campo alfombrado de pétalos de rosas, el imponente órgano del fondo y, sobre nuestras cabezas, los caballos desbocados de la pasión creadora; rodeados, digo, de tanta belleza diseñada por Domènech i Montaner, Vivaldi bajó a este mundo para mostrarnos cuatro estaciones de poesía auditiva donde los arcos  y los dedos de los violinistas arrancaban de las cuatro cuerdas de su instrumento (emoción, belleza, sugerencia y poesía), desde el murmullo de las flores al abrir sus pétalos en primavera o el suave caer de los copos de nieve sobre los silenciosos campos, hasta el rumor de las espigas ondeando en un mar sin naufragios, pasando por la lluvia golpeando en el río y en las hojas de los árboles o la tormenta desatada y furiosa sobre una granja solitaria.
Ver ayer el Palau, palacio de cristal donde se aúnan la escultura, las vidrieras, los mosaicos y la forja para dar cobijo a la Música, y escuchar a Vivaldi fue hacer realidad un doble sueño de hace mucho tiempo. Aún sigo despertando entre vibraciones de belleza y emociones.