domingo, 27 de abril de 2014

DICCIONARIO PERSONAL DE ZAMORA Abrantes, Aceitadas, Aceñas



Pasada la Semana Santa de mi tierra, doy comienzo a uno de mis proyectos más antiguos, que es confeccionar un Diccionario personal de Zamora. En la entrada de hoy recojo los primeros apuntes.



A

ABRANTES, Ramón


Pequeñito de cuerpo pero inmenso como artista escultor, nació Ramón Abrantes en Corrales del Vino (Zamora), aunque muy pronto se trasladó con su familia a la capital. Allí vivió unos años en Cabañales, el barrio de mi sangre. Autodidacto, montó al poco tiempo un taller al otro lado del río. De sus prodigiosas manos salieron esculturas que recorrieron medio mundo. Pero la obra que le ha dado más fama es la Virgen de la Amargura (1959), cuyas cabeza y manos expresan el dolor más humano, y desfila por las calles de Zamora tras el paso de Jesús en su Tercera Caída, de cuya restauración se encargó él mismo. Entre sus esculturas abunda la imagen de la maternidad. En mis regresos a la ciudad del alma solía pasarme por su taller de la calle Sacramento, y en una de mis primeras visitas me emocioné mucho al mostrarme su primer caballete hecho por mi padre, que era ebanista. Durante otra visita me regaló un libro de Claudio Rodríguez, de quien era amigo personal. En la última, ya muy enfermo, me habló de la muerte como de una amiga que está aguardando siempre su ocasión de entrar en contacto con él. Corría el mes de julio de 2006. Un mes más tarde me enteré por unos amigos zamoranos que el escultor acaba de morir.
Dije en otra parte: 
“Voy de asombro en asombro porque Abrantes
me enseña el caballete que le hiciera
mi padre en otro tiempo en la primera
hornada que esculpió con sus amantes
diamantes de diez dedos. Los diamantes
postreros me los muestra en primavera
de tacto silencioso y luz certera
de cuerpos femeninos y fragantes.

Voy de asombro en asombro por el arte
que Abrantes tiene vivo por su casa
en bronce, en barro, en piedra… Y es tan fuerte
la huella que en el alma me reparte,
que, aunque sé que el artista muere y pasa,
sus diamantes de dios no tienen muerte.”



ACEITADAS




Dulce sabroso de Semana Santa para degustar con una copita de anís mientras suena la Marcha de Thalberg y desfila al otro lado del balcón la procesión del Martes Santo, con la Virgen de la Esperanza que pernoctará en las Dueñas, la iglesia de nuestro barrio de Cabañales, y el Jesús de San Frontis con la cruz a cuestas, que lo hará en su templo.
Harina, huevos y aceite amasados por las amorosas manos de nuestra madre en algún horno de la ciudad del alma.
Las aceitadas son el calambre dulce que despierta los mejores recuerdos de nuestra infancia durante la Semana Santa.
Dije en otra parte: 
“Alargaba la mano por debajo del mueble y recibía un chispazo eléctrico cuando mis yemas acariciaban la cruz abierta de la aceitada. Un aluvión de jugos gástricos me empujaba al instante a rescatarla de su escondrijo. Era como un ritual. En cualquier momento podían oírse en lontananza los inequívocos pasos de mi madre, lontananza que se convertía en inminencia con el crujido de los escalones.
“Los pasos de mi madre eran la alarma que indicaba peligro, que el plan A había fallado y había que poner en práctica el B, que consistía, simplemente, en devolver a su sitio la aceitada y salir escapado hacia la sala de los chicos y allí hacer ruido con el plumier de los lápices, arrastrando una silla o dejando caer de su caja unas cuantas canicas para que la voz de mi madre sonara fiscalizadora.
--¿Ya estás, hijo, otra vez con los dulces?
 “Sin embargo, casi siempre llegaba su voz en el momento más crucial, cuando yo ya había alojado la masa harinosa y dulce de la aceitada en mi boca. Entonces la cosa no tenía remedio…”




ACEÑAS, Las 
Inmóviles barcos de piedra anclados en el Duero para moler el trigo del trabajo y la esperanza de los más pobres. En un ayer muy lejano.
Hoy las aceñas de los barrios que besa el río, de Pinilla, de Cabañales, de Olivares, ya no mueven sus palas de madera para hacer la harina del futuro.
Hoy son recuerdos puros del tiempo que pasó y ya no existe sino en la niebla de la añoranza, y en algunos casos, bares tranquilos donde se bebe el vino del presente o siempre museos de la palabra lírica donde la memoria abreva para no morir de olvido.
Dije en otra parte:
“Tres aceñas tiene el Duero
que ya no muelen el trigo:
la de Olivares, que reza
entre sus ruinas al Cristo;
la de Cabañales, rota
y sangrando en sus ladrillos;
y la del puente de Hierro,
que vende paz y buen vino.
Las aceñas olvidaron
las palas y los molinos
para avanzar en el alma
sagrada de nuestro río:
barcos varados en aguas
que sueñan con mil caminos.
Aceñas, aquí tenéis
un corazón bien sencillo:
dejad que sueñe en el tiempo,
dejad que sueñe en el sitio
del espejo que corriendo
bendice vuestro destino.”

Y en otro lugar de mi Zamora entre la ausencia y el reencuentro:

“En la aceña de mi barrio
el río cobra el jornal
por las anguilas de plata
y la harina candeal
sin saber que el tiempo ha roto
la tela de la verdad.”
 

martes, 8 de abril de 2014

UNA DE LOPE EN EL LLIURE




El caballero de Olmedo



El sábado 5 de abril fuimos al Teatro Lliure para ver El caballero de Olmedo, de Lope de Vega. Llegamos con adelanto y ocupamos nuestras privilegiadas butacas a la espera de que comenzara el espectáculo. Y enseguida me llevo la primera sorpresa.
Trece sillas solitarias para una de las mejores piezas teatrales del Fénix de los Ingenios me ha parecido un mal agüero para que el experimento de Lluís Pasqual saliera adelante, como todas las críticas que cuelgan del vestíbulo del Teatro no paran de celebrar. Sin embargo, la magia ha empezado cuando los actores, la mayoría muy jóvenes, han subido al escenario y se han reunido en un ángulo para cantar a coro la copla del Caballero, origen de la redacción del drama lopesco, mientras la astuta Fabia se dirigía al público para pedirnos que apagáramos los móviles porque la obra estaba a punto de comenzar. Y ante nuestros ojos, incrédulos por lo desnudo, espartano y minimalista del escenario, así como por los ropajes callejeros y actuales de los actores, empezaron  a desplegarse los cincelados y emotivos versos de Lope que, en sus labios, apenas sin contexto, escenas, actos (sólo la voz de Fabia nos avisará que un acto acaba y empieza otro, pues la representación empieza y concluye de un tirón; sólo hay un pequeño respiro en el clímax para oír, imitando al acostumbrado entremés de la época clásica, un tango que al pobre Monstruo de la Naturaleza hubiera hecho gritar fuera de sí, pero que a nosotros nos parece hasta acertado). Las luces y los fundidos, las proyecciones al fondo del desnudo escenario, la música de guitarra y percusión se encargan de marcar el cambio y transcurso del tiempo, como los amaneceres o las noches, así como el galopar de los caballos o el viento, sin olvidar de encuadrar emocionalmente el amor entre Alonso e Inés, el odio y el ansia de venganza de Rodrigo, o destacar, finalmente, la tragedia de la muerte del protagonista precedida del disparo de arcabuz que lo derribará a tierra a medio camino entre Medina y Olmedo.
Y la magia del teatro, creada este caso por Lluis Pasqual, va de Fabia a Tello, de Inés a Alonso… hasta que las sillas solitarias del escenario se hacen a un lado para que los actores se despidan de nosotros, que, tras premiarles el milagro que han desplegado ante nuestros ojos, descendemos al mundo real de los semáforos y los bocadillos con cerveza de la cercana Plaza de las Arenas, mientras que el jilguero del amor y la vida, que en el sueño de Alonso es muerto por el Azor, vuela feliz otra vez abierto a la aventura cotidiana.
Más tarde, desaparecidas las emociones de la atmósfera creada por la ficción teatral y la interactividad entre actores y espectadores, el análisis en frío de lo contemplado entre las cuatro paredes del teatro arroja un saldo no muy equilibrado: los medios empleados (personales, de atrezzo, tramoya, luminotecnia y texto…) no consiguen el cien por cien de la eficacia teatral que se esperaba. La antigua polémica entre espectáculo y texto en la puesta de escena de Lluís Pasqual se decanta por el mero recitado de los versos de Lope a cargo de los diversos personajes, que no siempre es acertado, a excepción de Fabia (Francesca Piñón), Tello (Pol López), Inés ( Mima Riera) y Leonor (Paula Blanco), sobre todo, los dos primeros, que los bordan y en ocasiones hacen saltar las lágrimas. El vestuario, que le daría a la obra contexto y profundidad (sólo se ha intentado acercarse en la indumentaria de Fabia y de Tello), es más bien pobre y rudimentario (unas cuantas capas, un par de sombreros, zahones de montar y poco más), y en ocasiones me atrevería a tildar de ridículo, y si no, repárese en la corona de papel del rey Juan II (Samuel Viyuela), que más bien parece que viene de saborear el roscón de reyes en una fiesta familiar. Lo mismo cabe decir del uso de la tramoya y otras técnicas escenográficas: raya en lo simple el hecho de colgar de una cuerda las cintas de Inés que luego lucirán los sombreros de Rodrigo (Francisco Ortiz) y Fernando (Carlos Cuevas), o el hecho de situar la palangana de agua fuera del escenario, sobre un trípode, y que en un par de ocasiones salpica al espectador de la primera fila. ¿Eso es realismo, proximidad y complicidad con el público? Y no hablemos de la coreografía de las espadas o la presencia de las lanzas de rejoneador en dos momentos de la obra que, lejos de intensificar la acción, la paralizan (sobre todo, en el de las espadas). Sí que ejerce su papel de atrezzo necesario la bolsa de Fabia y su contenido, que pinta magistralmente el oficio del personaje, que va de alcahueta a medio maga.
Y no sigo porque prefiero quedarme con la primera impresión que recibí mientras estuve metido en el ambiente de por sí sugeridor del espectáculo. ¿No dicen que la primera impresión es la que vale? Pero…

jueves, 27 de marzo de 2014

HASTA LA VISTA, TOSCA



El pasado 25 de marzo del año en curso, pude disfrutar de Tosca, la magnífica ópera romántica de Puccini. Era precisamente el último día de sus representaciones en el Liceo y fue un verdadero descubrimiento y gran suerte acudir  a Barcelona para presenciarla.
Para mí ha sido una experiencia inolvidable. Conocer in situ el famoso teatro barcelonés, envuelto en su ambiente verdadero de teatro, canto y música, luces y aplausos y gritos fervorosos a los artistas, ya digo, ha sido imborrable. Para empezar, nos adelantamos lo suficiente para entrar y ver el despliegue de elegancia y buen gusto por escalinatas, espejos, corredores, plateas, palcos y pisos de localidades, cada una con su pantallita para seguir en el idioma que se quiera las intervenciones de los tenores, barítonos, sopranos, coros, etc., orquesta y escenario, luces de dragones, estucados y pinturas por doquier y el techo, como la tapa de una bombonera. Nuestras localidades, situadas en uno de los pisos, nos ha permitido contemplar lo que es el recinto del teatro con el privilegio de los dioses, desde lo alto y a placer. A nuestra llegada, algunos músicos se entretenían afinando sus instrumentos y la música, así tocada, trepaba por los palcos arriba, se enredaba en los dragones de luces y acariciaba el platillo volante del alto techo. Mientras tanto la gente iba llegando y ocupando sus respectivas localidades. Luego llegaron por megafonía los avisos de que la obra iba a comenzar y, de pronto, la magia que yo esperaba, empezó a desplegar su influjo. Las luces se apagaron y la música empezó a tocar, mientras el telón rojo del escenario comenzaba a subir para mostrarnos el primer acto de Tosca. La escenografía, soberbia y práctica, en todo momento, nos mostró enseguida el interior de la iglesia de San Andrea della Valle de Roma y la acción cantada y musicada que nos iba a plantear el problema de la obra de Puccini: el triángulo amoroso compuesto de los dos enamorados, el pintor Mario Cavaradossi, la cantante Floria Tosca, y el jefe de policía el barón Scarpia, que quiere conseguir a la vez los favores amorosos de Floria y acabar con el pintor que está ayudando al revolucionario Angelotti, que acaba de fugarse de la prisión de Sant’Angelo; así matará tres pájaros de un tiro. Para mí lo mejor de este acto es la astucia que emplea el cruel Scarpia para sembrar los celos en la de por sí ya celosa Tosca, que cree ver en los ojos de la Magdalena, que está pintado su amado en la iglesia, los de la marquesa Attavanti. El acto concluye de forma magistral con el canto coral del Te Deum, en un despliegue de color, vestimenta y efectos luminosos extraordinario. El sobretexto en catalán, proyectado sobre el escenario, me pareció una idea afortunada para seguir fielmente el significado del argumento y las intervenciones de los cantores.


El segundo acto, para mí el mejor de los tres, puso en práctica nada más empezar el truco escenográfico de emplear el mismo escenario del primero haciéndolo girar sobre su eje para ofrecernos el interior de las oficinas del perverso Scarpia dentro del Palacio de Farnese; a la derecha permanecerá en sombra, hasta uno de los momentos cumbre de dicho acto, la cárcel en que torturan a Mario para que delate el paradero del fugado Angelotti. Creo que los dos momentos principales son: el primero, el aria que canta Tosca (Martina Serafín) : Vissi d’arte, una vez que se ha visto obligada a ceder a las pretensiones de Scarpia (Scott Hendricks), no sin antes haber conseguido de éste un salvoconducto para ella y su amado Cavaradossi (Alfred Kim), y el segundo la muerte del malvado jefe de policía que la misma Tosca lleva a cabo tras hacerse con un cuchillo del aparador de las bebidas. El acto tiene un final apoteósico cuando Tosca cubre el cadáver de Scarpia con la cortina roja que previamente servía para velar las rejas de la cárcel. Es de un efecto estremecedor y muy romántico pues, habiendo quedado fuera la mano del muerto que mantiene el salvoconducto, sale a relucir la rabia decisiva con que Tosca se lo arrebata. Después, lentamente la cantante desaparece por el fondo del escenario bajo una luz fría de amanecer mientras el resto se va apagando. Se baja el telón y los aplausos, como al final del acto anterior, atronaron el teatro desde la platea hasta la tapa de la bombonera del techo; sin embargo, yo no dejaba de recordar los que le habíamos dedicado a Martina Serafín tras concluir su maravillosa y sentida aria
“Vissi d'arte, vissi d'amore,
non feci mai male ad anima viva!...
Con man furtiva
quante miserie conobbi, aiutai...
Sempre con fe sincera,
la mia preghiera
ai santi tabernacoli salì.
Sempre con fe sincera
diedi fiori agli altar.”
(“He vivido del arte, he vivido del amor,
¡nunca le he hecho daño a nadie...!
Con mano furtiva
he socorrido cuantas miserias conocí,
Siempre, con fe sincera, mi plegaria
elevé en los santos tabernáculos.
Siempre, con fe sincera,
he llevado flores al altar.”)
En cuanto al tercer y último acto, que sucede al anterior sin descanso, es más rápido que los otros, y sus golpes de efecto no son menores, especialmente, el inicio escenográfico, que es excelente, dando lugar al paso lento de las horas de la madrugada, entre lentas campanadas, niebla que invade el lugar de la orquesta y el movimiento teatral y solemne de la plataforma que hará a la vez de cárcel de Sant’Angelo y lugar de fusilamiento de Cavaradossi (real y no fingido como le había hecho saber Scarpia a Tosca en el segundo acto antes de que cayera muerto a manos de ella). También destacan dos momentos esenciales en este último acto: el del aria que canta Alfred Kim, que desató nuestra admiración y nuestros aplausos (no pude evitar las lágrimas):
“E lucevan le stelle,
Ed olezzava la terra,
Stridea l'uscio dell'orto,
E un passo sfiorava la rena...
Entrava ella, fragrante,
Mi cadea fra le braccia.
Oh! dolci baci, o languide carezze,
Mentr'io fremente
le belle forme disciogliea dai veli.
Svanì per sempre il sogno mio d'amore,
L'ora è fuggita
E muoio disperato!
E muoio disperato!
E non ho amato mai tanto la vita!
Tanto la vita!...
(“Y brillaban las estrellas,
Y olía la tierra,
Chirriaba la puerta del huerto,
Y unos pasos rozaban la arena...
Entraba ella, fragante,
Caía entre mis brazos...
¡Oh, dulces besos! ¡Oh, lánguidas caricias,
Mientras yo, tembloroso,
Sus bellas formas liberaba de los velos!
Se desvaneció para siempre mi sueño de amor...
El tiempo ha huido...
¡Y muero desesperado!
¡Y muero desesperado!
¡Y no he amado nunca tanto la vida!
¡Tanto la vida!”
El otro momento es el que sigue inmediatamente al fusilamiento de Mario. Los soldados desaparecen por debajo de la plataforma (terraza del castillo) y Tosca le dice a su amado que se levante ya para escapar ambos con el salvoconducto de Scarpia. Pero todo ha sido otra estratagema del perverso jefe de policía, que lo había previsto todo. El fusilamiento ha sido de fuego real y Cavaradossi está muerto. Tosca palpa y agita en vano el cuerpo de su amado. Desesperada, ante la proximidad de los soldados, que han vuelto  a la escena para capturarla, se aproxima al borde de la terraza, al fondo del escenario, y se arroja al vacío.
Más romanticismo, imposible. Los héroes mueren trágicamente tras mostrarse su amor. Y la música, dirigida excelentemente por Paolo Carignani, acompaña en todo momento las emociones de los protagonistas y colabora perfectamente a entender los diversos ambientes que envuelven sus vidas y sus pasiones.
¡Hasta la vista, Tosca!


miércoles, 19 de marzo de 2014

LAS ADIVINANZAS DE LA ABUELA



                                         

I.
El niño, sentado sobre el escalón de la puerta, está triste, con los ojos perdidos en la pared manchada del fondo del patio. De repente, el abuelo se le acerca por detrás y le toca el hombro. El niño se gira para mirarle. Entonces el anciano le dice mientras le alarga una libreta pequeña de cubiertas color de miel:
--Esto es para ti. Lo escribió la abuela antes de dejarnos. Me dijo que te la entregara cuando hiciera una semana de su partida. Y hoy es el día.
El niño coge la libreta y, con lágrimas en los ojos, sale corriendo hacia su cuarto con el deseo de ponerse a leer lo que su abuela había escrito para él. Intuye que esa libreta, de algún modo, le mantiene unido a su abuela muerta. Así pues, se seca las lágrimas y, tumbado sobre la cama, abre la libreta y se refugia en su contenido.

II.
Y lo primero que encuentran sus ojos es un título que le alimenta la imaginación: ADIVINANZAS PARA TI. Y a continuación las palabras que su abuela escribió dirigidas a él:
“Mi muy querido nieto: Sabes de sobra que las adivinanzas son manifestaciones populares de todo tiempo y lugar consistentes en ingeniosas combinaciones de palabras que plantean un enigma que hay que resolver, acertando la cosa por la que se pregunta, se esconde o se sugiere. Ya sé que es una definición algo extensa, pero sé que tú, que eres muy listo, la entenderás a derechas.
“En las páginas que siguen te he reunido unas cuantas adivinanzas que tienen que ver con el cuerpo humano, la naturaleza, la casa, las prendas de vestir, los objetos más variados y cosas por el estilo. Espero que al volverlas a leer, recuerdes los ratos agradables que pasamos juntos, y que cuando tú mismo te hagas mayor, se las cuentes a tus hijos y a tus nietos.
Intenta descifrarlas, pero si alguna se te resiste, al final tienes todas las soluciones. Te doy muchos besos mientras te invito a que, sin más espera, pases a la página siguiente para comenzar el juego.”



III.

Imagínate que estás en la cocina.
Piensa en los condimentos y comidas, antes de enfrentarte a las siguientes adivinanzas: 
1. “Un arbolito, fino, bajito, blanca la gorra, verde el vestido”.
Otra variante:
“Gorda la cabeza, el cuerpo estrecho, y no me puedo aguantar derecho”.

2. “ Una señorita está en el terrado, con la cola verde y el vestido morado”  

3.      “Verde me crié, rubio me cortaron y blanco me amasaron”.
Otra variante:
“En el campo verdea, en la casa blanquea, sirve de alimento y es más caliente cuanto más fresco.”
4. “Blanco por dentro, verde por fiera; si quieres que te lo diga... espera”.

4.      “Una caja blanca y tierna, que se abre y no se cierra.”
Otra variante:
“Mi madre es tartamuda, mi padre es cantador, tengo blanco mi vestido y amarillo el corazón.”

5. “Si me miras a derechas, soy un vegetal; si me miras al revés, soy un animal.”

6. “Oro parece, plata no es; quien no lo adivine bien tonto es.”

7. “Blanca de nacimiento, verde de inclinación, y ahora por mala suerte, soy más negra que el carbón.”

8. “He nacido de la tierra, conmigo el hombre es valiente, a veces doy la salud y a veces mato a la gente.”

9. “¿Quién es la que viene de fuera, vive en la casa y come con la gente en la mesa?”

Vamos ahora con objetos y cubiertos de la cocina.
10. “¿Qué es lo que tiene rabo y no lo puede mover?”

11. “Adivina este misterio: un señor que come todo, y siempre está delgado y seco”.

12, “Cuanto más se levanta, más baja”.
Otra variante:
“Adivina, adivina: si quieres hablar conmigo, has de mirar hacia arriba.”

13. “Lana sube, lana baja; ya te he dicho de qué trata.”

14. “ Presido todas las mesas entre muchos pretendientes; uno me coge, otro me deja, pero sola me quedo siempre.”

15. “Tengo patas y no camino; alas, y no puedo volar, y tanta comida me entregan, que toda la vuelvo a entregar.”

16. “Cuando trabajo estoy derecha, y si alguien me quiere parar, me ha de poner de manera que no pueda trabajar.”

17. “Verde en el campo, negro en la plaza y rojo en la casa”. 
18. “Nace en el bosque, crece en el bosque, y conoce en la casa todos los rincones.”
Otra variante:
“Verde en el campo, blanca en la plaza y muy trabajadora en casa.”

19. “¿Qué es aquella cosa, di, donde todos metemos la nariz?”

20. “¡Qué cosa tan extraña, que come por abajo y lo echa por la espalda!”

21. “Tengo de madera el cuerpo y de hierro la cabeza, y tan sólo en golpear consiste mi tarea.”

¿Qué, cómo ha ido? ¿Las has adivinado todas? Si no, puedes consultar las

SOLUCIONES:

ajo, berenjena, pan, pera, huevo, arroz, plátano, aceituna, vino, mosca, cuchara, plato, porrón, navaja, botella, mesa, silla, carbón, escoba, vaso, cepillo de la madera, martillo.


 

miércoles, 26 de febrero de 2014

EL RELATO DEL MES



 

LA GAVIOTA


Bajó hasta la playa y buscó el rincón de las gaviotas. En la arena, junto a las piedras del acantilado, encontró un grupo de huellas de gaviotas. Sabía que eran suyas aquellas huellas triangulares formadas por tres pequeñas hendiduras alargadas hechas sobre la arena. Lentamente, como en un rito, se quitó las sandalias y colocó cuidadosamente sobre las primeras huellas las plantas de sus pies. Luego caminó durante unos segundos sobre las huellas de las gaviotas mientras pronunciaba en voz baja las sílabas guturales de las aves cuando se llaman unas a otras. Después abrió los brazos y los movió como si fueran alas. Entonces vio que el conjuro había surtido efecto: su cuerpo se había separado ligeramente del suelo, gravitando milagrosamente sobre la arena. Todo era cosa de agitar los brazos un poco más y efectuar un golpe hacia arriba con los pies. Así lo hizo, convencida de que lograría su deseo. Y antes de que se diera cuenta de ello, se vio en el aire, a una decena de metros de la orilla, sobre las oscuras olas del mar. Unos movimientos más y entró en el mar abierto. Todo era una poesía azul y silenciosa desde arriba. Volaba majestuosamente hacia la isla. Cuando vio bajo ella su silueta de color de carne planeó unos segundos y poco a poco fue descendiendo hasta posarse sobre la roca más alta de la isla, a pocos centímetros de sus hermanas las gaviotas, que allí descansan durante la noche, y se unió a ellas en la melancólica orquesta de gemidos y llamadas que acababan de iniciar. Hasta bien entrada la noche convivió con las gaviotas en el feudo inaccesible de la isla. Y ya en la madrugada, cuando las primeras luces sonrosadas de la aurora empiezan a abrirse paso en las cortinas espesas de las nubes nocturnas, regresó a casa. Por el balcón, abierto de par en par, entró hasta el dormitorio y se metió en la cama, junto a su esposo, que dormía plácidamente. Con la llegada del nuevo día, se despertó muy alegre y le dijo a su marido que había tenido un sueño muy confortador. Su esposo la miraba muy sorprendido y, cuando ella acabó de contarle el sueño, le dijo:
--Eso está muy bien, querida, pero debías quitarte ese plumón que tienes en la comisura de los labios.
Entonces ella sospechó algo que le venía rondando un tiempo atrás, mucho antes incluso de despertar y contarle el sueño a su marido. Se tiró de la cama y miró debajo en busca de sus sandalias. No las vio por ninguna parte. Y al momento recordó que se las había quitado en la playa para pisar con los pies desnudos las triangulares huellas de las gaviotas.