viernes, 21 de enero de 2011

CURSOS



NUEVE NOVELISTAS DEL REALISMO ESPAÑOL (y 3)



Armando Palacio Valdés (1853-1938). Asturiano, se educó en Avilés y Oviedo y acabó la carrera de Derecho en Madrid. Fue director de la Revista Europea. Como crítico, colaboró con Clarín y cuando murió Pereda fue elegido para ocupar su silla en la Academia Española de la Lengua.
Palacio Valdés escribió colecciones de relatos breves, entre las que destaca la titulada Aguas fuertes, uno de cuyos cuentos, El crimen de la calle de la perseguida, está inspirado en una anécdota de la época. He aquí un breve fragmento del relato:

“Aquí donde usted me ve soy un asesino.
--¿Cómo es eso, don Elías?—pregunté riendo, mientras le llenaba la copa de cerveza.
Don Elías es el individuo más bondadoso, más sufrido y disciplinado con que cuenta el Cuerpo de Telégrafos; incapaz de declararse en huelga, aunque el director le mande cepillarle los pantalones.
--Sí, señor…; hay circunstancias en la vida…, llega un momento en que el hombre más pacífico…
--A ver, a ver; cuente usted eso—dije picado de curiosidad.
Fue en el invierno del setenta y ocho. Había quedado excedente por reforma, y me fui a vivir a O. con una hija que allí tengo casada. Mi vida era demasiado buena: comer, pasear, dormir. Algunas veces ayudaba a mi yerno, que está empleado en el ayuntamiento, a copiar las minutas del secretario. Cenábamos invariablemente a las ocho. Después de acostar a mi nieta, que entonces tenía tres años y hoy es una moza gallarda, rubia, metida en carnes, de esas que a usted le gustan (yo bajé los ojos modestamente y bebía un trago de cerveza), me iba a hacer la tertulia a doña Nieves, una señora viuda que vive sola en la calle de la Perseguida, a quien debe mi yerno su empleo…”

Pero Palacio Valdés destacó en la novela donde recogió la vida y costumbres de nuestra patria de manera optimista y risueña. Así su tierra asturiana se ve reflejada en novelas como José, El maestrante o La aldea perdida; Andalucía, en La hermana San Sulpicio o Los majos de Cádiz; Madrid, en Maximina y Riverita; o Valencia, en La alegría del capitán Ribot. A veces también plantea en sus relatos problemas religiosos, como en el caso de Marta y María, o estudia detalladamente las reacciones espirituales de sus personajes, como hace en El señorito Octavio y en Tristán o el pesimismo. Se le suele achacar falta de dramatismo y exceso de sentimentalismo en algunas de sus novelas.
Leamos un fragmento extraído de su novela Marta y María:




“Marta se maravillaba sinceramente. No comprendía que un hombre tuviera que descender a estos oficios habiendo tantas mujeres en el mundo, y se informaba menudamente de las particularidades de la vida de colegio; cómo los trataban, qué comían, a qué hora se acostaban, quién les hacía las camas, les lavaba la ropa y se la planchaba; si los colchones eran duros o blandos, si bebían vino, cuántas veces a la semana les mudaban las toallas, etc., etc. Ricardo satisfacía a todas estas preguntas haciendo una relación circunstanciada de sus hábitos de colegial con la verbosidad del que tiene los recuerdos muy frescos y no le pesa traerlos a cuento. De las costumbres pasaba a las aventuras, narrando las que podían ser narradas delante de una niña, y entreteniéndose sobre todo a pintar con negras tintas las desdichas de la época de novatada y las crueldades que con ellos ejecutaban los antiguos. Les obligaban a pasar noches enteras haciendo pitillos de arena para que después salieses mejor hechos de tabaco; en el paseo nos les permitían levantarse del asiento de piedra que les habían señalado de antemano; les ponían en el cepo de campaña sin motivo alguno, aunque fuese después de comer, sólo por divertirse; los que eran más débiles solían vomitar o caer desmayados…
Marta le escuchaba con atención profunda, revelando con su semblante todas las fases de la indignación; tiraba cada vez con más fuerza de las sábanas y las doblaba atropelladamente sin apartar los ojos de los del narrador. De vez en cuando soltaba una exclamación: ‘¡Pero, Dios mío, eso es una atrocidad! ¡Esos hombres estaban locos! ¿Por qué no dabais parte al jefe de tales atrocidades?”








Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) nació en Valencia y desde muy joven se afilió al Partido Republicano. Fue abogado y periodista. En 1909 se retiró de la política y viajó por América del Sur (en Argentina se hizo colono aunque sin suerte). Tras volver a España, luchó en la primera Guerra Mundial y fue reconocido por el Gobierno francés con la Legión de Honor (fue precisamente durante el conflicto cuando escribió Los cuatro jinetes del Apocalipsis, novela que le haría mundialmente famoso). Asimismo en EEUU la Universidad de Washington le invistió Doctor “Honoris causa” y en Nueva York fue proclamado el autor europeo más leído y traducido. Después se entregó de nuevo a viajar por Europa y América. Al volver a España la Dictadura de Primo de Rivera lo exilió a Francia, donde murió.

Escribió libros de viajes y cuentos, alguno de los cuales de tema valenciano, como el caso de Sancha, donde una serpiente, al crecer en el abandono, estrangula a la persona que le había dado de comer en otro tiempo. He aquí un fragmento del mencionado relato:

“Sancha era una serpiente pequeña, la única amiga que le acompañaba. El mal bicho acudía a los gritos, y el pastor, ordeñando sus mejores cabras, le ofrecía un cuenco de leche. Después, en las horas de sol, el muchacho se fabricaba un caramillo cortando cañas en los carrizales y soplaba dulcemente, teniendo a sus pies al reptil que enderezaba parte de su cuerpo y lo contraía como si quisiera danzar al compás de los suaves silbidos. Otras veces el pastor se entretenía deshaciendo los anillos de Sancha, extendiéndola en línea recta sobre la arena, regocijándose al ver con qué nerviosos impulsos volvía a enroscarse.
Cuando, cansado de estos juegos, llevaba el rebaño al otro extremo de la gran llanura, seguíale la serpiente como un gozquecillo o enroscándose a sus piernas le llegaba hasta el cuello, permaneciendo allí como caída o muerta, y con sus ojos de diamante fijos en los del pastor, erizándole el vello de su cara con el silbido de su cara triangular.
Las gentes de la Albufera lo tenían por brujo y más de una mujer de las que tomaban leña en la Dehesa, al verle llegar con la Sancha en el cuello, hacían la señal de la cruz como si se presentase el demonio. Así comprendían todos cómo el pastor podía dormir en la selva sin miedo a los grandes reptiles que pululaban en la maleza. Sancha, que debía ser diablo, le guardaba de todo peligro.”

Pero fueron sus novelas las que le proporcionaron su máximo reconocimiento. Entre ellas destacan las de carácter regional, como Cañas y barro o La barraca, que retrata la vida campesina de un grupo de huertanos, de los cuales uno, el tío Barret, al no poder pagar el alquiler concertado, se enfrenta al dueño y lo mata. Con claros rasgos naturalistas, son de ambiente popular y se hacen eco de los conflictos sociales de la huerta o la Albufera valencianas.
En otras novelas, como La bodega o La catedral, plantea tesis relacionadas con algaradas anarquistas, problemas clericales o habla del mundo del hampa de Madrid. Éstas, como las anteriores, siguen teniendo rasgos naturalistas.
Hay otro grupo de novelas psicológicas, con reflexiones sobre la naturaleza humana y algún análisis del espectáculo taurino, tan enraizado en el alma española, como la titulada Sangre y arena.
Finalmente, y siguiendo la propia clasificación del autor, existen en su haber algunas novelas cosmopolitas y sobre la guerra europea, en las que muestra el influjo que causó la primera Guerra Mundial en el mundo de la economía o del arte. La más importante de todas ellas es Los cuatro jinetes del Apocalipsis, jinetes que hacen referencia a la guerra, la peste, el hambre y la muerte.


El estilo de Blasco Ibáñez a veces aparece sin pulir aunque son admirables sus descripciones de paisajes y su fuerza expresiva, sin olvidar su preferencia por los personajes socialmente marginados y el predominio de la acción narrativa sobre el análisis psicológico.
En el apartado Lecturas y actividades puede leerse un fragmento de su novela La barraca. Aquí se muestra un fragmento de la novela Cañas y barro:

“El muchacho, antes sólido y bien equilibrado, mostrábase inquieto y nervioso, lloraba a solas por cualquier cosa o se entregaba a expansiones infantiles; pero, a pesar de esto, era más feliz que nunca. Su antigua vida parecíale la existencia soñolienta de una bestia amarrada a la estaca, rumiando la comida o durmiendo, sin noción alguna de un más allá.
Ahora, el amor, por un lado, y, por otro, la primavera, parecían incubar en él un nuevo ser, y de la ruda cáscara del antiguo dependiente, con la inteligencia muerta y la voluntad atrofiada, surgía un hombre nuevo, en el cual despertábase el mismo romanticismo de su padre cuando era joven.
El mercado le atraía los domingos en las primeras horas de la mañana, e iba a lucir sus arreos entre los puestos de las floristas. Allí permanecía confundido en el grupo de curiosos que atisbaban las caras hermosas, y lo mismo abrían paso a las señoritas que volvían de misa con el devocionario en la mano que echaban piropos a las criadas emperejiladas que, doblándose al peso de las cestas, mecíanse entre la varonil barrera para comprar un mazo de flores.”





La condesa Emilia Pardo Bazán (1851-1921) nació en La Coruña. Se casó muy joven y se instaló en Madrid. Mujer de espíritu abierto e intelectual sobresaliente, fue consejera de Instrucción Pública y catedrática de la Universidad de Madrid. Viajó mucho por Europa. Dio conferencias políticas y culturales y defendió las doctrinas naturalistas a sabiendas de que iba a encontrar numerosos detractores. Murió sin haber conseguido el sillón de la Real Academia Española que tanto había deseado.

Cultivó la prosa en sus principales géneros:
.- Cuentos de temática diversa, entre los que sobresalen los Cuentos de Marineda. He aquí una muestra extraída del cuento titulado Por el arte:

“Mientras residí en la corte desempeñando mi modesto empleo de doce mil en las oficinas de Hacienda, pocas noches recuerdo haber faltado al paraíso del Teatro Real. La módica suma de una peseta cincuenta, sin contrapeso de gasto de guantes ni camisa planchada –porque en aquella penumbra discreta y bienhechora no se echan de ver ciertos detalles—me proporcionaba horas tan dulces, que las cuento entre las mejores de mi vida.
Durante el acto, inclinado sobre el antepecho o sobre el hombro del prójimo, con los ojos entornados, a fuer de dilettante cabal, me dejaba penetrar por el goce exquisito de la música, cuyas ondas me envolvían en una atmósfera encantada. Había óperas que eran para mí un continuo transporte: Hugonotes, Africana, Puritanos, Fausto, y, cuando fue refinándose mi inteligencia musical, El Profeta, Roberto, Don Juan y Lohengrin. Digo que cuando se fue refinando mi inteligencia, porque en los primeros tiempos era yo un porro, que disfrutaba de la música neciamente, a la buena de Dios, ignorando las sutiles e intrincadas razones en virtud de las cuales debía gustarme o disgustarme la ópera que estaba oyendo. Hasta confieso con rubor que empecé por encontrar sumamente agradables las partituras italianas, que preferí lo que se pega al oído, que fui admirador de Donizetti, amigo de Bellini, y aun me dejé cazar en las redes de Verdi. Pero no podía durar mucho mi insipiencia; en el paraíso me rodeaba de un claustro pleno de doctores que ponían cátedra gratis, pereciéndose por abrir los ojos y enseñar y convencer a todo bicho viviente.”

.- Ensayos, libros de viajes, monografías y crítica. Acaso el libro más importante de este grupo sea La cuestión palpitante, conjunto de artículos que trataban sobre el Naturalismo francés de Zola y su adaptación entre los escritores españoles del momento, defendiendo así la posibilidad de relacionar los postulados de aquel movimiento con los rasgos propios del realismo tradicional español de El Quijote, por ejemplo. Decía al respecto: "La novela ha dejado de ser mero entretenimiento, modo de engañar gratuitamente unas cuantas horas, ascendiendo a estudio social, psicológico, histórico, pero al cabo estudio."
.-Y, en especial, novelas, a las que aplica los postulados defendidos en el libro anterior, y entre las que sobresalen las que para muchos son sus obras maestras: Los pazos de Ulloa y La madre naturaleza.

En Los pazos de Ulloa la autora justifica la relación que existe entre el ambiente de tierras húmedas y verdes de Galicia y los tipos de sensualidad primaria y embrutecida de Sabel y Rita, pertenecientes a clases sociales diferentes, sensualidad que contrasta con la tímida sensibilidad de Julián, el sacerdote. El mundo rural gallego, con acertadas descripciones de su paisaje verde y húmedo al fondo, aparece crudamente retratado en escenas singulares como la de las luchas electorales entre los carlistas, la fiesta de Naya o, sin ir más lejos, en el desfile de tipos humanos de diverso cariz (Nucha, Julián, Isabel, don Pedro Moscoso, Perucho, Primitivo... Veamos una muestra:




"Estaba escrito que aquella mañana había de ser fecunda en extraordinarias sorpresas. En la capilla acostumbraba Perucho notar que se hablaba bajito, se andaba despacio, se contenía hasta la respiración: el menor desliz en tal materia solía costarle un severo regaño de don Julián; de modo que, sobreponiéndose al instinto y el hábito de azoramiento y trastorno, penetró en el sagrado lugar con actitud respetuosa. En él sucedía algo que le causó un asombro casi mayor que el de la catástrofe de su abuelo. Recostada en el altar se encontraba la señora de Moscoso, con un color como una muerta, los ojos cerrados, las cejas fruncidas, temblando con todo su cuerpo: frente a ella, el señorito vociferaba muy deprisa y en ademán amenazador, cosa que no entendió el niño, mientras el capellán, con las manos cruzadas y la fisonomía revelando un espanto y un dolor tales que nunca había visto Perucho en rostro humano expresión parecida, imploraba al señorito, a la señorita, al altar, a los santos..., y, de repente, renunciando a la súplica, se colocaba, encendido y con los ojos chispeantes, dando cara al marqués como desafiándole… Y Perucho comprendía a medias frases indignas, frases donde se desbordaba la cólera, el furor, la indignación, la ira, el insulto, y sin saber la causa de alboroto semejante, deducía que el señorito estaba atrozmente enfadado, que iba a pegar a la señorita, a matarla, quizá, a deshacer a dos Julián, a echar abajo los altares, a quemar tal vez la capilla…
El niño recordó entonces escenas análogas, pero cuyo teatro era la cocina de los Pazos, y las víctimas su madre y él; el señorito tenía entonces la misma cara, idéntico tono de voz. Y en medio de la confusión de su tierno cerebro, de los terrores que se reunían para aturdirlo, una idea, superior a todas, se levantó triunfante."

Emilia Pardo Bazán pinta en estas líneas de modo magistral el mundo interior de un niño, Perucho, sus miedos, sus inquietudes, sus asombros...; en resumen, sus emociones en un ambiente cerrado y amenazador.
La madre naturaleza, continuación de la anterior, pretende ser un canto a la vida de un hombre y una mujer jóvenes que se quieren y adoran sin saber que son hermanos, lo cual no deja de ser una triste elegía porque el amor que se profesan ambas personas representa la expiación de los vicios de su padre.

El estilo de la condesa de Pardo Bazán es, pese a la atmósfera naturalista que envuelve muchas de sus páginas, cálido y de trazo enérgico y vivo, algo atrevido para lo que se pensaba en aquellos tiempos que fuera propio de una mujer. Muchos le achacan abuso de intelectualismo y cierta morosidad en la narración. De cualquier modo, su prosa es casi siempre eficaz y varonil y en ocasiones aparece teñida de belleza y lirismo. Y frente al materialismo, la Condesa defiende el realismo de este modo: "Si es real cuanto tiene existencia verdadera y afectiva, el realismo en el arte nos ofrece una teoría más ancha, completa y perfecta que el naturalismo. Comprende y abarca lo natural y lo espiritual, el cuerpo y el alma y concilia y reduce a unidad la oposición del naturalismo y del idealismo racional."



Lecturas y actividades
Lee el siguiente fragmento de La barraca, de Blasco Ibáñez, y contesta las preguntas:





“El ruido lento y monótono que surgía entre los árboles era el de la escuela de don Joaquín, establecida en una barraca oculta por una fila de álamos. (...)
Era una barraca vieja, sin más luz que la de la puerta y la que se colaba por las grietas de la techumbre: las paredes de dudosa blancura, pues la señora maestra, mujer obesa que vivía pegada a su silleta de esparto, pasaba el día oyendo y admirando a su esposo; unos cuantos bancos, tres carteles de abecedarios mugrientos, rotos por las puntas, pegados al muro con pan mascado, y en el cuarto inmediato a la escuela unos muebles, pocos y viejos, que parecían haber corrido media España.
En toda la barraca no había más que un objeto nuevo: la luenga caña que el maestro tenía detrás de la puerta, y que renovaba cada dos días en el cañaveral vecino, y siendo una felicidad que el género resultase tan barato, pues se gastaba rápidamente sobre las duras y esquiladas testas de aquellos pequeños salvajes.
Libros, apenas si se veían tres en la escuela: una misma cartilla servía a todos. ¿Para qué más…? Allí imperaba el método moruno: canto y repetición, hasta meter las cosas con un continuo martilleo en las duras cabezas.
A causa de esto, desde la mañana hasta el anochecer, la vieja barraca soltaba por su puerta una melopea fastidiosa, de la que se burlaban todos los pájaros del contorno.
--Pa…dre…nuestro que…estás…en los cielos…
--Santa…María…
--Dos por dos…cuuuatro…
Y los gorriones, los pardillos y las calandrias, que huían de los chicos como del demonio cuando los veían en cuadrilla por los senderos, posábanse con la mayor confianza en los árboles inmediatos, y hasta se paseaban con sus saltadoras patitas frente a la puerta de la escuela, riéndose con escandalosos gorjeos de sus fieros enemigos al verlos enjaulados, bajo la amenaza de la caña, condenados a mirarlos de reojo, sin poder moverse y repitiendo un canto tan fastidioso y feo.
De vez en cuando enmudecía el coro y sonaba majestuosa la voz de don Joaquín soltando su chorro de sabiduría.
--¿Cuántas son las obras de misericordia…?
--Dos por siete, ¿cuántas son…?
Y rara vez quedaba contento de las contestaciones.
--Son ustedes unos bestias. Me oyen como si les hablase en griego. ¡Y pensar que les trato con toda la finura, como en un colegio de la ciudad, para que aprendan ustedes buenas formas y sepan hablar como las personas!”

a) Averigua las acepciones del término "barraca" y di cuál corresponde a la del fragmento. Construye una oración con cada una de las acepciones. ¿Qué otras casas regionales españolas conoces?
b) Resume el contenido del fragmento.
c) ¿Qué tipo de narrador es el que cuenta los hechos? Razona la respuesta.
d) ¿En cuántas partes puede dividirse el texto? Anota la idea principal de cada una de ellas.
e) Cita nombres de pájaros del texto y señala su relación con los chicos de la escuela.
f) Traza la etopeya del personaje central del fragmento y el retrato de su esposa.
g) Explica brevemente el método de enseñanza de don Joaquín.
h) Analiza el procedimiento que emplea el narrador para describir la barraca.
i) Comenta los rasgos naturalistas presentes en el fragmento.
j) Localiza alguna metáfora y personificación del texto. Cita algunas oraciones irónicas.


TEXTO COMENTADO
Fragmento de Los pazos de Ulloa, de Pardo Bazán.

"El cazador que venía delante representaba veintiocho o treinta años: alto y bien barbado, tenía el pescuezo y rostro quemado del sol, pero por venir despechugado y sombrero en mano, se advertía la blancura de la piel no expuesta a la intemperie, en la frente y en la tabla de pecho, cuyos diámetros indicaban complexión robusta, supuesto que confirmaba la isleta de vello rizoso que dividía ambas tetillas. Protegían sus piernas recias polainas de cuero, abrochadas con hebillaje hasta el muslo; sobre la ingle derecha flotaba la red de bramante de un repleto morral, y en el hombro izquierdo descansaba una escopeta moderna, de dos cañones. El segundo cazador parecía hombre de edad madura y condición baja, criado o colono: ni hebillas en las polainas, ni más morral que un saco de grosera estopa; el pelo cortado al rape; la escopeta de pistón, viejísima y atada con cuerdas; y en el rostro, afeitado y enjuto y de enérgicas facciones rectilíneas, una expresión de encubierta sagacidad, de astucia salvaje, más propia de un piel roja que de un europeo"


SITUACIÓN
El Naturalismo español (segunda mitad del siglo XIX) está representado, entre otros, por Emilia Pardo Bazán en dos de sus novelas: La madre naturaleza y Los pazos de Ulloa, a la que pertenece el fragmento. Que pinta el momento en que aparecen a la vista del narrador dos cazadores bien diferentes: uno joven, bien vestido, que parece ser el amo, y otro, de edad madura, de condición social inferior, posiblemente el criado.


CONTENIDO
Se trata de las prosopografías de dos cazadores (del segundo se añaden algunos rasgos psicológicos, con lo que se formaría su retrato), con sus correspondientes rasgos físicos, edad, condición social, vestimenta, aditamentos de caza... Tiene, pues, dos partes claras, señaladas por las frases "El cazador que venía delante..." y "El segundo cazador..." El primero es joven, apuesto, bien vestido y se trata del amo, mientras que el segundo es de edad madura, mal vestido, de condición social baja y es el criado. En la última línea se apuntan unos cuantos rasgos de su carácter: sagacidad, astucia salvaje...

ANÁLISIS
En orden riguroso (de arriba abajo), se citan los adjetivos descriptivos (algún epíteto: recias polainas, repleto morral, encubierta sagacidad) acompañando a sus correspondientes nombres anatómicos (pescuezo y rostro, pecho, piernas...) o referidos a los aderezos venatorios (polainas, hebillaje, morral, escopeta de dos cañones): positivos en el primer cazador (alto y bien barbado, pescuezo y rostro quemado del sol, despechugado, complexión robusta, vello rizoso, escopeta moderna...) y negativos en el segundo (condición baja, el pelo cortado al rape, escopeta viejísima y atada con cuerdas, astucia salvaje...); lo negativo se intensifica con anáforas del tipo "ni hebillas en las polainas, ni más morral que un saco" o con la comparación "más propia de un piel roja que de un europeo" (en contraposición con el primer cazador).

CONCLUSIÓN
El texto es un modelo de descripción naturalista por la cantidad de detalles que se apuntan propios de la observación que se da en este movimiento. Así como el orden en la exposición de los rasgos físicos y morales de los cazadores, contrapuestos en función de su categoría social.

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