lunes, 17 de enero de 2011

EL RELATO DEL MES

Las lechugas rellenas



Una portería la conformaban los palos del potro donde el señor Pepe, el herrero, ponía las herraduras a los caballos, y la otra un trozo de tapia de la huerta del Serranillo señalizada con dos montones de piedras al pie. Lo lógico era que muchas veces la pelota acabara al otro lado de la tapia entre los surcos de la huerta y el juego se paralizaba todo el rato que quisieran los hortelanos que faenaban entre las lechugas o las berzas.
Una vez, hartos sin duda de que la pelota fuera a interrumpir su trabajo para buscarla entre las hortalizas y lanzarla por encima de la tapia, la pelota no volvió a la plazuela. De nada sirvieron nuestros ruegos. El Serranillo y sus empleados habían decidido con buen criterio quedarse con la pelota. Pero para nosotros no existían buenos criterios si eran para robarnos el objeto de nuestros juegos. Así que también nosotros decidimos con buen criterio, precisamente porque era nuestro, vengarnos de la judiada de los hortelanos.
Recuerdo que las lechugas del Serranillo estaban en su sazón y un día u otro el amo mandaría arrancarlas de los surcos para llevarlas al mercado. Y una noche cuatro de los más amigos, provistos de sendos cestos y cubos de basura, atados con cuerdas a nuestras muñecas, escalamos la tapia por detrás del Comedor de Ancianos, que era el lugar más fácil para saltar a la huerta pues contaba con ladrillos y piedras apilados previamente; una vez encaramados en las bardas, tiramos de las cuerdas hasta hacernos con nuestras respectivas cargas para luego hacer la operación contraria, es decir, descolgar los cestos y los cubos de basura hasta los surcos. Allí escogimos un buen espacio de terreno y, puestos a lo largo de cuatro surcos, empezamos nuestra tarea. Que consistía en cuatro tiempos: uno, quitar a cada lechuga su cogollo; dos, echarlo en el cesto; tres, rellenar el hueco de basura, y cuatro, recomponer la lechuga lo mejor que pudiéramos para que no se notara nada anormal. Y a seguir avanzando surco adelante con la siguiente lechuga, y así hasta vaciar el cubo de basura y llenar el cesto de cogollos.
En cuanto dimos por terminada la operación “lechugas rellenas”, dejamos la huerta tan sigilosamente como antes, aunque esta vez nos servimos de los cubos, puestos boca abajo al pie de la tapia, para trepar hasta la barda; allí izamos los cestos y el resto puede imaginarse. Sí, en efecto, se nos olvidó recoger los cubos. Y como la noche se había alargado más de lo debido, nadie quería volver para recogerlos. Al final convencimos a uno para hacer el trabajo sucio a cambio de tres cuadernos de las Aventuras del FBI que le daríamos a la mañana siguiente en el Puentico cuando nos enseñara los cuatro cubos.
Aquella venganza valió la pena dado el gusto y la diversión que vivimos la tarde en que el Serranillo y sus hortelanos decidieron recoger las lechugas de su huerta y entre ellas las “lechugas rellenas”. Asomados a la tapia, esperábamos con ansiedad el gran momento.
Las muecas que pusieron cuando las arrancaron y vieron que el oloroso relleno caía sobre sus manos, junto con las maldiciones que brotaron de sus bocas al verse rebozados de tal guisa, fueron de las que no se olvidan fácilmente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario